Día de Muertos (4)

 31 de octubre.

Llovía.

—Usted no me recuerda —dijo Juan, acariciándose la mejilla disimuladamente—, pero nos conocimos hace cinco años. Desde aquel dia en que encontramos el error en el plano. Durante todo ese tiempo hemos trabajado sin cesar para compensarle su perdida. Ahora por fin hemos encontrado una manera de hacerlo, evitando problemas graves y beneficiando a todos. Claro, la naturaleza de mi trabajo me impide explicarle todos los detalles, y aunque pudiera, no comprenderá usted los elementos técnicos. Aún así creo que encontrará usted satisfactoria la solución.
—No entiendo.
—Me temo que ese es un efecto secundario del alcohol. Le hicimos mucho daño sin pretender hacerlo. En su tiempo no pudimos prever todo y tuvimos que hacer un sacrificio, pero ahora hemos tomado en cuenta todas las variables. Claro está que esto implica forzar las reglas al máximo, porque, bueno, no queremos que el jefe se entere. Verá, en nuestro trabajo, lo que estamos haciendo es aplicar un impulso de clase G para obtener un efecto de clase A. Los impulsos de clase G se pierden en el ruido de fondo de manera habitual; no son relevantes, por asi decirlo, aunque suficientes efectos marcan una diferencia en las ecuaciones psicohistóricas que utilizamos. Las ecuaciones son muy complejas y, para emplear una analogia con la cual está usted familiarizado, un impulso de clase G sería equivalente a un grano de arena en una mezcla de concreto, ya usted sabe bien que con suficiente número de granos se altera la granulometría de la arena.
—No entiendo qué tiene eso que ver.
—Bueno, en realidad, nada de importancia para usted. Menos en este instante, con una botella de vodka entre pecho y espalda. Felicidades por si hígado, por cierto. Me temo que de cualquier modo va a olvidarlo. Esos son los problemas del alcohol. pero, bueno, cuando nos conocimos usted estaba muy sobrio y me puso una gran paliza. Verdad es que me lo merecia. Por ahora lo que tiene usted que entender es que le dejaré aquí unos papeles, y ya podra usted leerlos con calma mañana a medio dia.
Ixchel entró, la chica detrás de ella, con la mirada gacha y los brazos cruzados, con miedo y hambre.
—He terminado.
—Gracias. Bueno, creo que aquí mi trabajo esta a punto de terminar. Dexter, permíteme presentarte a tu nueva protegida. Se llama Esperanza. No te preocupes, es una buena chica. Estará mas segura contigo que donde vivía. De hecho, en un par de semanas vendrán de servicio social a revisar si tienes un buen hogar. No dudo que pases todas las revisiones con honores. Fue difícil ajustar el plano para que sus historias coincidieran sin que se diera cuenta el jefe, pero valió la pena. Un trabajo excelente. Lamento que me haya tomado un lustro hacerlo.
Juan e Ixchel se dirigieron a la puerta.
—Permitanme felicitarlos. Tienen ustedes suerte de haberse conocido, créanme. Los dejamos para que se conozcan.

Sin terminar de entender que habia pasado, Dexter miró a Esperanza. Un rayo iluminó la estancia. El trueno retumbó en su cabeza. Empezaba a dolerle. Cuando trató de ubicar a los visitantes, ellos ya no estaban ahí. Se preguntó si los habría imaginado. Pero no, se dijo, porque los papeles estaban sobre la mesa. Escuchó un estómago gruñir. El suyo, quizá. No estaba seguro. Pudo ser el de la chica. Se dio cuenta de que, si él tenía hambre, ella también. Más que él.
—Ven, chica —le dijo—. A mí me hace falta algo de beber y a ti te hace falta algo de comer. Ya veré mañana qué hago contigo.
Se dirigió al portón. Estaba cerrado. Por un instante se preguntó cómo fue que salieron los… los… los que fueran que lo habian visitado. Estaba seguro de que no había escuchado abrir el portón. Abrió una nueva botella de vodka, bebió un largo trago, y tomó dos de las cenas congeladas que siempre pedía. Le dio un cartón de jugo a la chica, y se fue con ella a la cocina. Calentó en el microondas las dos cenas, y le dio una a la chica.

A pesar del hambre, Esperanza no tocó la cena. Dexter comió un poco de puré de papas y unas cuantas costillas, pero decidió que la chica necesitaba la  más que él. Le acercó su bandeja, y se fue, con su botella, a su balcón.
—Come lo que quieras —le dijo desde la puerta—. Cuando vayas a dormir basta que te metas a una habitación. La que quieras. Debe haber  ropa que te quede en alguno de ellos.

Esperanza lo miró salir. esperó aún un rato más, en lo que escuchaba sus pasos subir por la escalera. No comió nada aún, a pesar del hambre que tenía: debía estar segura de que el hombre no regresaría. No escucho nada más que la lluvia. Alargó la mano hacia el puré de papas. Estaba ya frío, pero le pareció muy bueno. Devoró el maíz y las costillas. Luego se comió lo que el hombre había dejado.

La lluvia estaba cerrada, y las pocas luces de la casa apenas bastaban para distinguir, en la penumbra, las formas de la casa. Tenía sueño. En el estudio, que había permanecido abierto, había un sillón. Quitó la cubierta llena de polvo, la sacudió un poco, y se acomodó. La cubierta la cobijaba. No quería causar molestias… si no fuera tan noche y no hiciera tanto frío, se marcharía de inmediato. Se escuchó el sonido de un trueno. Cerró los ojos y se durmió sin soñar, enteramente cansada.