Día de Muertos (1)

31 de Octubre. Noche.

Como cada semana, desde hacía casi cinco años, el camión del supermercado se detuvo en la puerta de la casona. Ya estaba pagado. Siempre está pagado con ese cliente. El portón se abrió para permitirles pasar a descargar su contenido sin bloquear el tráfico de la calle. En aquella zona casi completamente industrial, concurrida sólo de día pero con tráfico a todas horas, era importante no interrumpir el libre tránsito de personas. El camión se estacionó en el portón. Era amplio, de una de esas casonas viejas que habitualmente, en aquella zona, terminaban convertidas en oficinas; una de las causas por las que, de noche, aquella parte de la ciudad entraba inexorablemente a un proceso de hibernación. No todas las casas de aquella zona, sin embargo, quedaban vacías. Unos cuantos vecinos, reacios a irse, continuaban su vida. Pero de esa calle en particular, sólo aquella casona permanecía aferrada tenazmente al pasado. El camión comenzó a descargar su contenido. No necesitaba acuse de recibido. Nunca lo había necesitado. Se limitó a dejar todo, en el espacio en el que durante cinco años había servido para almacenar la compra. Perecederos de un lado, refrigerados en otro, consumibles más allá, el resto en una esquina. Era, de cierta manera, satisfactorio entregar las compras de esa manera.

El hombre ya estaba instalado en su balcón. Sentado en una vieja banca de concreto, curiosamente cómoda, a la sombra de un árbol que crecía en la acera. Una pequeña mesa con una botella de vodka grande y un vaso mediano. Con mano temblorosa, el hombre tomó la botella, quitó el sello y la tapa y los aventó al montón. Sirvió una generosa porción y la bebió, sintiendo la ardiente caricia del primer trago y recibiendo al alcohol como a un viejo amigo. Lo era. Lo era desde aquella noche de hace cinco años.

La botella se vaciaba lenta e inexorablemente. La noche cayó, temprano, y él seguía ahí. Siempre estaba ahí. Era la única señal de vida en la casa. Eventualmente se metió, tambaleante. Las compras seguían en el portón. A veces dos o tres días. Necesitaba vodka. No recordaba si había pedido vodka. Estaba siempre en la lista, claro, pero no recordaba haberlo pedido. El portón seguía abierto. Todos conocían la historia de aquel hombre, y mantenían una respetuosa distancia. Nadie entraba nunca a su casona. Nadie cerraba el portón. Nadie interactuaba con él. Era mejor así, decían. Quizá si hubiera tenido más vecinos alguien se hubiera preocupado por él, forzarlo a retornar a la sociedad, o por lo menos evitar que siguiera cayendo sin control a su muerte. Pero no los tenía. Era mejor así, decía para sí mismo. Sólo él con su dolor, ese dolor que nunca se iría.

Ella no conocía esa historia. Lo que ella conocía era el hambre. El frío. El miedo. El dolor. Los conocía muy bien. El hambre. Ella tenía hambre. Llegó a aquella zona huyendo de algo, pero el hambre ya la había hecho olvidar de qué huía. Se sentó en un rincón, donde terminaba el estacionamiento de una finca y comenzaba el estacionamiento de otra. Había una llave de agua. Estaba fría, pero era agua. Bebió hasta saciarse. Era un buen lugar. Estaba caliente y nadie la vería al menos hasta la mañana siguiente. Necesitaba descansar. Necesitaba comer. El portón se observaba abierto desde ahí. Las cosas de la compra seguían en su lugar. Nadie entraba. El tráfico disminuía. No había gente en la calle. Podía escuchar, de vez en cuando, a lo lejos, que en las casas iluminadas alguien pedía algo. Halloween. Era Halloween. Quizá podría unirse. Su apariencia no desentonaba con los disfraces, le dijo su reflejo en aquella ventana oscura allá enfrente. Se miró las manos. Había algo rojo ahí. Le dolía la cara. Sí, no necesitaba disfrazarse. Podría pedir dulces y comer algo. Tenía tanta hambre… y los dulces tenían azúcar. Energía. Necesitaba energía. Necesitaba valor.

El portón seguía abierto.  La noche estaba ya cerrada e incluso los camiones de carga dejaban de pasar. Debía ponerse de pie y conseguir esos dulces si quería seguir adelante. Si quería seguir viva. Lo intentó. Estaba mareada. Le dolían las manos, le dolía la cara, le dolía todo el cuerpo. En especial el lado izquierdo. Se tocó la mejilla izquierda y el dolor casi la hace caer. Se obligó a permanecer de pie. El portón seguía abierto. Quizá pudiera entrar y comer algo antes de que lo cerraran. Si lo cerraban. Un pan. Unas galletas. Un jugo. Algo. No había robado. Robar era malo. Pero ella siempre había sido buena y la trataron mal. Quizá podía permitirse robar algo de comer y reponerlo cuando… cuando…

Cuando tuviera un futuro, se dijo. Necesitaba un futuro. La cabeza le dolía. Trató de levantar el brazo izquierdo, pero no pudo. Le dolía demasiado. Arrastrando los pies por el asfalto en mal estado cruzó la calle sin ver. El camión redujo su velocidad para dejarla pasar, sin detenerse. Ella no lo notó. El camionero, en cambio, sí. Llamó a alguien y le informó la posición y lo que había visto. Ella entró al portón, y buscó con la mirada al dueño. No estaba. Nadie. Sólo ella. Se acercó a la comida. Galletas. Sólo había galletas saladas. Pan. Pan de caja. Tomó el paquete. Todo estaba cada vez más oscuro, pero su visión se estaba tornando cada vez más brillante, su mareo cada vez más pronunciado. Apenas sintió cuando la tomaron del hombro. Se asustó.
—No quise hacerlo —intentó decir. De su boca no salió ningún sonido. El cuarto comenzó a girar y todo se puso blanco.

El hombre la depositó cuidadosamente en el suelo del portón. La miró. Catorce años, se dijo. Malnutrida. Alguien ha abusado de ella. ¿Qué te han hecho? se preguntó en silencio. Las luces rojas y azules afuera interrumpieron su tren de pensamientos. No sabía qué le molestaba mas: lo que le habían hecho a la chiquilla, o la intromisión en sus asuntos por parte de aquellos dos patrulleros. Tres, contando al paramédico. Cuatro. El otro llegó vestido de civil y, tras enseñar la charola y una breve conversación, despidió a los patrulleros y cerró el portón.

—Lo siento mucho, amigo mío —le dijo, ayudándolo a levantarse—. No por esto; por esto lo felicito. Lo siento por lo de hace cinco años. Un error sumamente grave de nuestra parte. Confío en que lo que hicimos esta vez compense lo que pasó. Nos tomó mucho trabajo corregir el incidente de hace cinco años. Es apropiado que todo vuelva a iniciar hoy.
—¿De qué está hablando?
—Es cierto, usted no me conoce. Juan Destino, oficina de Asuntos Internos. Mientras mi compañera Ixchel aquí presente hace su trabajo con la señorita, necesito que me acompañe usted a su estudio. Me parece que es el lugar apropiado para hablar.
Lo tomó del hombro, y avanzó con él por las habitaciones polvorientas de la casona. Sin saber muy bien qué hacía, se dejó llevar. Las escasas luces marcaban el camino. Sólo había dos partes donde el polvo no era aún el rey absoluto: la habitación y la escalera que llevaba al balcón. Destino se dirigió al estudio, siguiendo cuidadosamente el camino marcado por el propietario tras cinco años de constante recorrido. La puerta estaba cerrada y el polvo formaba una gruesa capa, pero Destino abrió la puerta y encendió la luz. Quitó dos de las fundas que cubrían las sillas y las depositó, cuidadosamente, en la mesa. Se sentó en una, extendiendo una mano hacia la otra. Entendiendo el gesto, el hombre se sentó.
—Como podrá usted imaginar, esto inició desde hace mucho tiempo, pero para usted las consecuencias tuvieron lugar —miró su reloj, y observó que eran ya las 8 de la noche— hace exactamente cinco años. Permítame explicarle con lujo de detalles. Tenemos tiempo. Hoy, tenemos tiempo.