Back in my days…

Quienes me conozcan sabrán que, aunque soy parlanchín rayano en lo hablador, siempre mantengo detalles de mi vida privada en secreto. La pública todo mundo la puede conocer, así que no tiene sentido ocultarla, pero la privada es privada y me gusta que permanezca así.

Sin embargo, tomando en cuenta que estoy a punto de cumplir uno de mis sueños dorados, que es retirarme de las canchas de rugby en calidad de jugador mientras todavía soy capaz de moverme, quiero contarles una historia que realmente es una historia privada. Salvo mi identidad, que ya es conocida, los nombres de los demás involucrados y una que otra fecha ha sido modificada con el objetivo de resguardar su privacidad.

Como ustedes recordarán, y si no lo sabrán enseguida, soy jugador de rugby desde 1997, cuando un doctor en física, inglés para más señas, nos comenzó a entrenar a un grupúsculo de imbéciles que nos hacíamos llamar estudiantes. En 2002 dejé de jugar y ya no pasó nada hasta 2011, que refundé a mi equipo. Pues bien, entre 2002 y 2011 pasó un evento que, por alguna casualidad, se reflejó el 21 de octubre de 2015 y al cual yo no le dí ninguna importancia, pero alguien más sí. Veamos.

Fue allá por 2004, o a lo mejor antes, o a lo mejor después, cuando daba clases en una universidad de cuyo nombre no quiero acordarme, que comencé a sentir que algo estaba mal en mi organismo. Opté por ir con mi veterinario de confianza de ese entonces, un amigo de la preparatoria quien, tras una batería de pruebas, me recomendó ir con un amigo suyo especializado en endocrinología. El endocrinólogo, tras otra batería de pruebas, descubrió algo que a poca gente le interesa pero que, al fin y al cabo, no es algo que me avergüence: padezco p̶u̶e̶d̶q̶u̶i̶t̶o̶  una condición médica llamada mosaicismo, cuya característica principal es que parte de mi cuerpo tiene cromosomas XY y otra parte tiene cromosomas XXY. Esto último provoca que presente síntomas del síndrome de Klinefelter, y explica muchas cosas respecto a mi cerebro y su funcionamiento, o falta de él, que semejan al famoso síndrome de Asperger, pero con la ventaja de que a mí me lo diagnosticó un psiquiatra y no una serie de preguntas en una revista de modas. Como sea, tras otra complicada batería de pruebas el endocrinólogo decidió que soy lo bastante normal como para pasar desapercibido, pero lo bastante diferente como para andar con cuidado con mis revisiones médicas. El psiquiatra se dio por vencido y decidió que más que Asperger soy mamón. Pero ésto no es de lo que quiero hablar.

Sucedió que en una de las citas con el endocrinólogo, por alguna razón que atribuyo a que las coincidencias existen, apareció en el consultorio un alumno de la facultad. Un alumno cuyas características físicas, en ese entonces, no eran las características físicas que quería poseer. Estaba con mi endocrino porque su psiquiatra le había autorizado iniciar una terapia de reemplazo hormonal. Como, al contrario de muchos de mis conocidos, yo soy una persona tolerante al punto del valemadrismo, y además sé guardar los secretos realmente importantes, en ese momento, y tras servir de pañuelo, accedí a tratar con el género femenino a mi entonces alumno,  quien, a partir del siguiente semestre, sería mi exalumna. Nos hicimos amigos, y de hecho varias veces le serví como conejillo de indias para probar sus más recientes habilidades adquiridas en el sutil arte de ser mujer. Eso se facilitaba porque, curiosamente, nuestros gustos respecto a comidas, bebidas, música y películas eran similares; así podíamos vernos para ir a un concierto, o ver una película, o salir a comer, o una combinación de todo al mismo tiempo. Las primeras veces fueron un fracaso, como es natural, pero un par de años después nadie que la conociera por primera vez hubiera dicho que mi exalumna no había nacido con dos cromosomas X en su genotipo.

Todavía la veo de vez en cuando. Muy rara vez, porque ella decidió mandar al cuerno la carrera en la cual yo daba clases, y obtener un título en una ciencia económico administrativa que no estoy muy seguro si fue administración de empresas o relaciones industriales, o algo así. Lo que importa es que, por alguna razón, ambos dos conseguimos boletos para ir a ver a The Alan Parsons Live Project el 16 de noviembre pasado, y coincidimos en tiempo y espacio, al grado tal de que por medio de un par de artilugios (cambiamos boletos con otras personas) logramos sentarnos juntos, aunque un par de filas más atrás de lo que habíamos comprado. Al salir, y como persona fina y educada que soy, no se me ocurrió otra cosa que invitarla a cenar: primero porque teníamos hambre, y segundo porque queríamos contarnos nuestra vida y obra desde que dejáramos de vernos, varios ayeres atrás.

Hasta aquí, todo bien. Yo me sentía contento, porque había visto a mi grupo favorito, y había cenado con alguien a quien estimo mucho y que además de una agradable charla y una mejor compañía, me proporcionaba una vista agradable, lo cual, cuando se es viudo, se agradece sobremanera. Pero resulta que hoy, a más de una semana de la reunión, me encuentro con otro conocido. Y ahora sale lo curioso del asunto, que es la razón por la cual estoy escribiendo estas líneas para desahogarme antes de terminar mi formulario para el examen que tendré en dos días.

Mi conocido me saluda, y sin aviso, me pregunta a quemarropa:
―¿Es cierto que andas queriéndote ligar a XY?
El nombre me suena sospechosamente familiar, pero lanzado con una especie de tono despectivo que, a mí en lo particular, me desbalancea el delicado equilibrio cerebral que tengo que mantener para mantener una conversación que parezca normal. Por fortuna tengo experiencia en esos asuntos, así que pude replicar adecuadamente a dicha pregunta.
—XY, XY… No, no me suena para nada.
—Te ví con él en La Patata Suiza la semana antepasada.
—¿En La Patata Suiza? Achis, pero si ahí fui con XX.
—Pues es. XY es XX.
—¿Te cae? Nunca lo hubiera sabido.
—Yo nomás te digo para que no te lleves una sorpresa.
—¿Por qué?
—Güey, porque es hombre.
—¿Te cae de madre? No se ve como hombre.
—Porque se operó.
—Yo también me operé…
—¿Tú?
—Sí. Las anginas, el apéndice, un tendón de la cadera… lo que sigue es el cuello.
—Pero no te cambiaste el sexo.
—No, ¿es requisito para algo?
—No, güey, es que XY se operó para cambiarse de sexo.
—Ah, o sea que dejó de ser hombre y se hizo mujer. Pues quedó muy bien, no me hubiera dado cuenta si no me dices.
—Ah, pos por eso te aviso.
—Bueno. Oye, ¿Tu crees que si le pregunto me dará el teléfono de su cirujano?
—¿Eh?
—Sí. Ya quiero dar el último paso yo también y operarme para convertirme en hombre.
—¿EH?
—Sí, ¿qué tiene?
—Pero si tú ya eres hombre.
—Favor que me haces…
—¿¿EEHH??
—Sí. O sea, si XY, a quien conozco desde que le dí clases hace un chingo de años, resulta que se operó para ser mujer, pues entonces a lo mejor conmigo también pueden hacer un buen trabajo y me convierten en hombre.
—Pero… Pero…
—Sí, güey, o sea, no mames, sigo de luto y sales con pendejadas. Además, con quien salga o deje de salir es muy mi pinche pedo, y si quiero salir con una amiga mía pues que te valga madre si me la quiero coger o no, y a XX la conozco desde hace años y es mi amiga y la quiero mucho, y ya, cabrón. No me hagas enojar.
—Pero…
—Sin peros, cabrón. XX era hombre. Sí, claro… Y tú seguramente eres el rey de Prusia. Ya me voy. A ver si para la próxima vez que nos veamos me traes noticias más creíbles.

Y me largué, porque se me hacía tarde para una clase. Puedo ser muchas cosas, sobre todo puedo ser muy bruto, pero leal y cumplido sí que lo soy. Así que, XX, si estás por ahí (porque sé que me lees) y tienes tiempo, ¿qué te parecería ir a recordar a Edgar Allan Poe, y de paso hacer enojar a intolerantes? Me caería bien dejar de tener a ciertos conocidos chismosos en mi vida diaria…

Saludos cordiales.

V.