Sadowe

Se llamaba Sadowe, y si pronunciabas su nombre con acento escocés, realmente la describía.

Mi madre la compró cuando apenas era una bebita recién nacida, allá en Somalia. No es un error. La compró. Usos y costumbres, que le dicen, que todavía no logramos eliminar esas cosas en estos tiempo. Curiosamente, es algo que, al menos en el caso de Sadowe en particular, agradezco.

Sadowe creció conmigo, como mi compañera de juegos. Un poco como mi hermana menor, debo decirlo, aunque, bueno, cualquiera podía ver que no podíamos ser más diferentes uno del otro. Mamá y yo habíamos viajado a Somalia —mamá, más bien, pues yo era apenas un crío de un año— como parte de sus investigaciones de doctorado. Estábamos en Mogadiscio, cuenta mamá, cuando una mujer negra como el carbón se le acercó. Quizá fuera un problema de choque cultural, o quizá realmente estaba desesperada porque su hija no sufriera lo que ella, o un millar de otras razones, pero la mujer se acercó a mi madre, y le ofreció venderle a su hija, con lágrimas en los ojos. La grabación de ese encuentro todavía lo tiene mamá; nos lo enseñó a Sadowe y a mí cuando ella cumplió doce años. Es desgarrador; la mujer, sucia y esmirriada, se acercó a mamá con lágrimas en los ojos y comenzó a tocar su vestido y a rogarle, ofreciéndole un bultito. Un traductor morisco le dijo que se fuera, pero mamá le dijo que se quedara. Tardó un rato en comprender a cabalidad lo que la mujer quería decirle: le estaba ofreciendo a su hija recién nacida porque no tenía leche para darle. Uno, como hombre, no termina de entender la sutilidad de esa palabra; mamá, como mujer, sí lo hizo. Miró a la pequeña bolita de tela, envolviendo a una más diminuta bolita negra, y comprendió: la mujer no tenía leche. No podía producir leche ya. Desnutrición, pobreza, o mutilación, lo que fuera, mamá accedió a tomar a Sadowe bajo su cuidado, y accedió a pagarle una cantidad moderada de dinero a la madre, que le besó las manos y se fue. Mamá cuenta que la madre murió un par de días después; nunca supo bien por qué, pero sospecho fuertemente que la mataron por el dinero.

Papá hizo malabares y cobró todos los favores posibles en Relaciones Exteriores para permitir que Sadowe regresara con nosotros cuando nos fuimos de Somalia. Mamá se encariñó con la niña, y papá también, y yo también, por supuesto. Sadowe era una chiquilla delgada, negra como el ébano, taciturna y callada pero inteligente y ágil. Crecimos juntos, casi como hermanos, aunque es difícil que un niño blanco y una niña negra pasen como hermanos. No nos importaba; el color de la piel era apenas una cosa accesoria. Yo cuidaba a Sadowe y Sadowe me cuidaba a mí. Yo era la voz de mando en nuestra relación, y Sadowe se encargaba de ejecutar mis órdenes, siempre y cuando le gustara lo que hacíamos. Papá se sentía orgulloso de la chiquilla, y sobre todo, de lo inteligente que era. Él cultivaba nuestras mentes. Mamá se sentía orgullosa de su hija, y la mimaba constantemente. Si papá no hubiera estado ahí como contrapeso, quizá Sadowe hubiera crecido como una niña rica. Pero mamá también cultivó su corazón. La volvió una damita refinada. Yo, en cambio, tomé lo que ambos hacían y me encargué de proporcionarle igualdad. Nunca la traté diferente que a mis compañeros, y Sadowe nunca me pidió trato especial; tampoco me trataba diferente a como ella trataba a sus amigos, y tampoco me importaba hacer lo que ella quería que hiciera, siempre y cuando no nos causara problemas. Nos. Siempre estuvimos unidos. Crecimos juntos, vivíamos las mismas cosas, comíamos lo mismo, jugábamos igual, estudiábamos lo mismo. Sadowe era mi otra mitad.

No nos separamos hasta que ambos no entramos a estudiar nuestras respectivas carreras. Yo elegí ingeniería robótica; ella, medicina. No solo fueron los horarios los que nos separaron; debí trasladarme a otra ciudad para estudiar mi carrera. Incluso conseguí un trabajo, lo bastante bien remunerado, antes de graduarme. Y me gradué solo, pero no me importaba: estaría presente cuando Sadowe se graduara, y eso era como si ambos lo hiciéramos al mismo tiempo. Esperaba con ansia ese día. Renuncié a mi empleo y me mudaría, de nuevo, a casa. Llegué un día antes de la ceremonia de graduación de Sadowe, con todas mis posesiones en mi vieja camioneta, y me presenté a una entrevista de trabajo, y lo conseguí, el mismo día de la ceremonia de graduación. Decidí que le daría una sorpresa a mi familia; renté un traje y me presenté a la graduación. Un par de chicas me miraron y me sonrieron, pero yo estaba buscando a Sadowe. Entre tantas togas y birretes era difícil encontrar a cualquiera. Pero ahí estaba ella.

Yo no sé si exista un dios. Tampoco me interesa. Pero si existe, estaba inspirado cuando creó a Sadowe. Vestida con la toga no parecía haber nada excepcional en ella, pero al momento de despojarse de ella no hubo ningún hombre, y tampoco ninguna mujer, que no se girara a mirar a Sadowe. Se movía con la gracia de un tigre y con el silencio de un leopardo. Una pantera negra. Mentiría si dijera que no me costó trabajo recordar que Sadowe había crecido como mi hermana. No podía tragar saliva. Me quedé paralizado. Ella se abrió paso entre la muchedumbre. Cuando llegó a mí, me miró a los ojos y me dijo «Ahora puedes respirar». Aspiré su aroma. Me acerqué, y la tomé por la cintura. Y la besé. La naturaleza de nuestra relación acababa de cambiar.