La Capitana

Dí por llamarla, aunque, ténicamente, ella no tiene rango alguno. Pero, bueno, mientras no haya mucha gente aquí, y la vieja y buena Tierra no nos alcance, en realidad puedo llamarla como quiera. Se parece tanto a Pepper que quizá por eso mismo huí de ella esa noche…

Me estoy volviendo viejo, no cabe duda. Quizá aún no cumplo cincuenta años, de acuerdo al reloj que traje cuando salimos de la Tierra, pero me siento viejo y acabado. Pepper era la razón de mi existir, aunque no me guste admitirlo. Ella y yo éramos iguales, y nos encantaba competir entre nosotros. Cuando murió, en ese desafortunado accidente, apenas un par de días después de que nos asignaran a la Gran Espira, sentí como si quien hubiera muerto hubiese sido yo. Ella era mi otra mitad, perdí una espalda y perdí las ganas de vivir junto con ella. Y necesitaba alejarme, irme para siempre de la Tierra, que me había quitado todo… así que acepté el grado de almirante y me decidí a empezar desde cero. No sé por qué, un día antes de irme, se me ocurrió que estar solo aquí arriba sería una locura. Cuando me dijeron que podía escoger a mi tripulación, se me ocurrió la idea más loca y atrevida del mundo. No había manera de que funcionara, pero funcionó. Cuando se dieron cuenta de lo que había pasado ya estaba yo demasiado lejos para darme alcance. Seguramente en la Tierra me removieron del mando; pero.. ¿qué podían hacer si no estaba yo cerca? Confío en que mis transmisiones los hayan tranquilizado. Transportar información es mucho más rápido que transportar materia por el hiperespacio, así que las señales me llegan con un ligero retraso: apenas una hora por parsec recorrido, siempre y cuando esté yo en el hiperespacio. En el espacio normal la velocidad de la luz es una amante cruel y la transmisión tarda mucho más, pero el ansible lo vuelve un juego de niños.  Pero a pesar de todo eso estar solo aquí arriba mina la cordura de cualquiera. Aunque mis computadoras pudieran simular perfectamente a un ser humano, no dejaría de volverse aburrido muy pronto. Por eso opté por los niños del orfanato.

Era un plan brillante, por lo sencillo que era. Un día antes de abordar mi tripulación, le daría un tour por la Gran Espira a los niños de un orfanato. Quienes quisieran seguirme, se marcharían conmigo. quienes no, regresarían. Podía escoger yo a 35 personas, y fue fácil convencer a las computadoras de que era mi tripulación. La diferencia de un día no importaba, porque primero debíamos hacer un vuelo de prueba. Pero yo sabía que no necesitábamos el vuelo de prueba. No lo necesitábamos porque ya lo habíamos hecho. El vuelo de prueba era, en realidad, para la tripulación, y si aprobábamos, podríamos marchar… y a las computadoras se les puede programar para que acepten los datos que les ofreces. Así que, con un poco de suerte, un poco de miedo, y un poco de cloroformo, me quedé con 35 niños, en edades desde los 12 hasta los 5 años, y me marché. Los niños tuvieron el día de sus vidas, cuando estaban sentados en el puente, junto conmigo, y pusimos en marcha todo el sistema. Sin fallos. Tan fácil que hasta un niño puede hacerlo. Y después del vuelo de prueba, cuando debíamos regresar a la Tierra, simplemente opté por seguir de frente, en dirección a la estrella que nos habían señalado, y seguir con las instrucciones. A las computadoras no les importó, y en Tierra estaban muy ocupados toreando el escándalo, así que partimos. Mi tripulación de mentes frescas y yo. Mentes frescas, ¿recuerdas, Pepper? Siempre pensábamos que si teníamos hijos serían mentes frescas y debíamos educar aquello que les fuera mucho más sencillo aprender. No puedes educar a un administrador para que sea ingeniero aeroespacial, y no puedes educar a un biólogo marino para que sea filósofo. Quizá estaba solo ahora pero nuestro proyecto funcionaría. Y tu asiento se quedó vacío, Pepper. Como te lo juré. Aunque no contaba con Lydia. Se te parece tanto…

…No lo hubiera dicho cuando la conocí. Esa primera vez no se parecía en nada a tí. Era una chiquilla desgarbada de cinco años, pelirroja y pecosa, con evidentes huellas de que le encantaba jugar más con los niños que con las niñas. Parecía más un chico. El greñero rojo mal cortado, seguramente por ella misma. arañones, magulladuras, callos… quizá pensé en ella como en la hija que tú y yo nunca tuvimos, Pepper. Y tenía tu carácter, eso sí lo vi, pero también me reflejé en ella. A pesar de todo, era una niña solitaria. Y el aburrimiento también hizo presa de ella, como nos pasaba a los dos. Demasiado tarde comprendí que los traje a un infierno. Y los llevaría a otro. Ojalá puedan perdonarme. Lydia creció, como suelen crecer todos los chiquillos. Todos aprendían rápido, quizá como parte de la rutina que les tuve que imponer. No teníamos más remedio. No hay otra cosa qué hacer. Y nosotros teníamos la arcología más lejana. Con ansible o sin él, con motores hiperlumínicos o sin ellos, el tiempo de cualquier manera avanzaba. ¡Qué hubiera dado por encontrar señales de una civilización antigua! Pero no sucedió. Sólo los tenía a ellos, y ellos a mí, y la nave, como un dios, protegiéndonos. Se pierde el sentido del tiempo cuando no hay nada qué hacer. Y la nave podía hacerlo todo sola. Era parte de su programación. Y los motores no requerirían mantenimiento antes de diez años. Tenía yo tiempo suficiente para convertir a mi tripulación en una auténtica tripulación. Ni siquiera en control de misión podían decir otra cosa. Cumplía con mis obligaciones casi religiosamente y ellos lo sabían. Además, tenía yo a la Gran Espira y ellos no. No les quedaba más remedio que confiar en que cumpliera con mis obligaciones, y eso tenía pensado hacer. Así que eduqué a los chicos y pronto emergió una civilización. Éramos un pequeño pueblo navegando entre las estrellas.

Lo más duro fue cuando descubrieron que niñas y niños no estaban precisamente pensados para ser enemigos. Como el único adulto me costó bastante trabajo acomodarles las hormonas. Además no había gran cosa qué hacer; mientras mantuviéramos un adecuado control de población, podían hacer lo que quisieran. Las parejas se ordenaron casi naturalmente. Después de todo la población era pequeña. Sólo una de mis chicas se quedó sola, y no fue precisamente por falta de pretendientes. Lydia se había quedado sola porque quería quedarse sola. En eso me recordó tanto a ti, Pepper. Cómo siempre te quedabas fuera. No eras retraída; simplemente eras solitaria. Eras mi reflejo. Así que, naturalmente, gravitamos al mismo punto.  Éramos unos solitarios, pero éramos unos solitarios que se complementaban. Naturalmente nos enamoramos, a falta de una mejor palabra. Par unificado, nos llamaban. Sabíamos qué hacer y qué iba a hacer el otro. Éramos un equipo genial. Así que nos casamos. La envidia de todo control de misión, ¿lo recuerdas? Y quizá la luna de miel más divertida, pues apenas nos casamos nos metieron a la habitación —pues temían que nos regresáramos al trabajo apenas terminar la ceremonia— y nos obligaron a meternos debajo de las sábanas. Nos hicieron quitarnos la ropa, y no se fueron, ni siquiera cuando nos pusimos cariñosos. Podemos echarle la culpa al licor, pero tú y yo sabemos lo que era. Casi deseé que tuviéramos un hijo esa noche. Casi. Pero eso no estaba en nuestros planes todavía. Y entonces, menos de un año después, mientras verificábamos la lanzadera, el accidente. Lo único por lo cual tengo que estarle agradecido al destino es porque tu muerte fue indolora. Al menos eso espero. Te extraño…

…Desesperadamente. Te guardé luto por trece años. Pero Lydia. Ay, Lydia. No sé a quién culpar de esto. Lydia se volvió mi mano derecha. Era la chiquilla solitaria que se transformaba en mujer, y de pronto te vi, Pepper, te vi de nuevo. Cuando cumplió 12 años la llevé a estudiar conmigo. Sería mi reemplazo. La capitana, cuando yo faltara. Le interesaba la astrofísica, la mecánica, la cuántica. Lydia sería mi primer oficial. Cuando cumplió 16 años yo ya no soportaba estar sobrio en su presencia. Se estaba volviendo tú, Pepper. Eras tú. A 10, 15, 20 parsecs de la Tierra, y eras tú.  A los 17 era ya obvio que estaba yo en un mal sueño. Estaba atrapado en mi cuerpo, lo sabía, y quizá eras tú la que trataba de entrar en mi mente destrozada. A los 18 ya no tuve ninguna duda. Lo supe, o por lo menos creí saberlo, cuando me besó. Fue un impulso, un arrebato juvenil, no lo dudo, pero no, fue más que eso, lo sabía yo en lo más profundo de mi ser: Lydia me besó, y no era Lydia, eras tú, Pepper, eras tú a quien besaba y quien corespondía mi beso… hasta que miré sus ojos. Ojos verdes, profundos, como los tuyos… pero no eran los tuyos. No era un sueño, ni una pesadilla, ni el infierno, porque Lydia no eras tú. Me asusté. Yo, que nunca en mi vida había demostrado asombro, ansiedad o miedo, estaba temblando. Estaba temblando porque estabas ahí, Pepper, y a la vez no estabas conmigo.

Quizá sí sea el infierno.

Volé —nunca mejor dicho— a mis habitaciones. Necesitaba despejarme la cabeza. Yo era ya un hombre maduro. Lydia era todavía na chiquilla. Vaya, si tendría la edad de ser nuestra hija. Y eso fue lo que más me asustó. La posibilidad. No era probable que fuera cierto, pero era casi posible. Estaba ahí. Era la mezcla de Pepper y de Salty, ¿la puedes ver? Nunca antes en toda mi vida mi cara había tenido esa blanca sombra de palidez. Nunca antes había dejado que el licor me perdiera. Nunca antes había huído de mi destino. Era demasiado. Pepper, te extraño tanto…

Dos días, estoy seguro, fue lo que permanecí encerrado. A los hombres nos es tan difícil llorar… lo sabías, Pepper, y lo comprendías. Cada lágrima de un hombre es un torrente femenino. Es nuestra naturaleza. No lloramos. No porque no sepamos cómo: las lágrimas no fluyen. El hombre no llora. Y ahí estaba yo, llorando… y llegaste, Pepper. Quizá fue el alcohol. Llegaste, te sentaste conmigo, me abrazaste, y lloramos juntos, lloramos y nos despedimos… Te fuiste de mi mente, pero antes me dejaste a quien me acompañaría el resto de mis días. Gracias, Pepper, me presentaste a Lydia, me llevaste a ella, me guiaste, me abriste los ojos. No, me dijiste, Lydia no eras tú, y tampoco era nuestra hija. No era un reemplazo, no era un sustituto, no era nada de eso. Era alguien más, alguien diferente, alguien me me ayudaría, alguien a quién guiar y alguien que cuidaría de mí cuando ya no pudiera cumplir mi misión. Me abriste los ojos. Y cuando ella, cuando Lydia entró, y se fundió en tí, Pepper, acepté lo inevitable. Lydia estaba ahí. Me enjugó las lágrimas, y la abrazé. Me besó, y le correspondí. Nos fundimos en un beso, en un abrazo, en la bestia de dos espaldas…

Quizá no sea el infierno.

Y aún hay tanto por hacer.