El capitán

Lo llamábamos, pero en realidad su rango era el de almirante. No es que, para él o para nosotros, su rango tuviera mucha importancia.

Hacía muchos años que habíamos salido de la buena y vieja Tierra. No teníamos mucho qué recordar de ella, pues nos había visto partir cuando éramos muy jóvenes. El capitán ya era un hombre cuando se nos asignó a él. Y, claro, nosotros en realidad no teníamos mucha opción. Podríamos discutir por horas la moralidad de nuestras órdenes, pero no llegaríamos a ningún lado. Estábamos a su servicio y él a nuestro cargo, y éramos los únicos habitantes de toda la galaxia en ese sector, en nuestra arcología que flotaba en el espacio, rumbo a un mundo distante, que se suponía no podríamos alcanzar nunca a velocidades por debajo de la luz. Y nosotros viajábamos mucho más rápido que la luz, pero no más rápido que el tiempo,  así que nuestra nave, distante ya 100 parsecs de la vieja y buena Tierra, apenas iba a la mitad de un viaje que duraría 40 años. En el futuro, quienes vinieran detrás de nosotros se encontrarían con nuestros restos, en forma de una vieja arcología, de una ecología similar a la de la Tierra, y de nuestras tumbas, quizá. Cientos de naves más iban detrás de nosotros, para colonizar nuevos mundos. Pero el nuestro era el más lejano. 200 parsecs. 650 años luz. 6.17 × 1015 kilómetros, metro más, metro menos. Recorríamos 5 parsecs por año, una cantidad que se antoja tan lenta en la vastedad del espacio como 5 kilómetros por hora en la superficie de un planeta. Aún así es 16 veces más rápida que la luz. La luz, algo que se supone es lo más rápido que existe. Algo que nadie pensaba que seríamos capaces de superar. Y aquí estamos. Pero la luz no es lo más rápido en llegar a un lugar. Tampoco lo es el motor más rápido que la luz. Lo más rápido es el aburrimiento. Y lo habíamos alcanzado hacía muchos años. Bueno, debo ser honesta. Quien lo alcanzó primero es el capitán. Nosotros éramos todavía muy jóvenes, comparados con él, para alcanzarlo. Y aún así, la arcología era tan vasta y nosotros tan pocos…

…Por eso estoy aquí, escribiendo esto, por aburrimiento. No tengo aún 25 años terrestres, y estoy aburrida. Muy aburrida. Y faltan años para llegar a nuestro destino. Quizá debería empezar a describir quiénes somos y por qué estamos aquí. Mi nave es la Gran Espira. No es un nombre particularmente imaginativo, tomando en cuenta que se parece más a un cilindro terminado en punta por un extremo y achatado por detrás, donde se ubican los motores. La punta en realidad no es tal, sino que es hueca, y cuando vamos a velocidades por debajo de la luz nos sirve para captar hidrógeno interestelar para obtener energía. Porque, caray, porque ir por fuera de nuestro universo es muy difícil, y no podemos viajar por ahí sin hacerle reparaciones a nuestros motores cada 5 parsecs, y necesitamos energía para hacer las reparaciones, y necesitamos tiempo. Así que viajamos 11 meses y uno nos quedamos quietos, relativamente hablando, mientras trabajamos incesantemente y almacenamos energía. Así que en realidad viajamos mucho más rápido de lo que parece, pero perdemos tiempo en acelerar y salir del hiperespacio. Durante ese mes en realidad no nos aburrimos. Pero fuera de ese mes… bueno, digámoslo así: esto es un infierno. No sabes qué hacer en un fin de semana feriado, imagínate no saber qué hacer durante un fin de semana de 11 meses. Hasta el sexo se vuelve aburrido si no hay nada más qué hacer.

Pero divago. La Gran Espira es un cilindro hueco. Por fuera tenemos una capa de acero, titanio, iridio, vanadio y no me acuerdo qué más elementos. Para efectos de esta historia, me basta con saber que mi cilindro nos protege de los rigores del espacio, que resiste la torsión que le aplicamos a toda su superficie, y que gira sobre su eje mayor para proporcionarnos una pseudogravedad de nueve metros sobre segundo al cuadrado, con un radio de 10 kilómetros. Es hace que tenga un diámetro total de 25 kilómetros, incluyendo todos los factores de seguridad, tanques, almacenes, océanos y similares, con un largo de 100 kilómetros. Es una nave enorme pero perfectamente factible y segura para nuestra población, que en este momento asciende a 50 personas, incluyendo niños. 50 personas, en un hábitat diseñado para albergar a más de 10 millones. Nuestro cilindro es nuestro mundo, y de hecho, no hubiéramos necesitado transformarlo desde su estado original, tres asteroides errantes de hierro, carbono y hielo, para viajar tan lejos, pero necesitábamos estar seguros de que íbamos a sobrevivir el largo viaje hasta donde se supone nos espera nuestro nuevo planeta, y si no había ninguno, aún así sobrevivir y colonizar el sector. Dentro de nuestro cilindro tenemos a nuestro sol. No es en realidad un sol, sino otro inmenso cilindro con inmensos paneles lumínicos. En su interior, nada. Bueno, tenemos un poco de luz, y algo de aire, la mitad de la presión atmosférica de la Tierra. Doscientos metros de diámetro, y lo usamos para jugar en gravedad cero.

Obtenemos nuestra luz por medio de energía eléctrica, claro. La encendemos y apagamos a intervalos regulares, para simular la existencia de noche y día. No tanto por nosotros, sino por nuestros animales y plantas. El hidrógeno que capturamos y fusionamos nos proporciona amplia energía, y un hábitat cerrado y sin ventanas ofrece más superficie y es más seguro que un hábitat a través del cual veamos las estrellas un mes al año. Tenemos unos cuantos ríos y un par de océanos (más bien mares, porque son más pequeños), y a veces llueve en la Espira. Más bien, a veces dejamos que llueva. Nuestras luces tienen el efecto de calentar la atmósfera, y eso evapora nuestros mares, y ocasiona condensación, y lluvia. Un día nublado en un cielo cóncavo es algo que nuestros cerebros no terminan de procesar. Los de nuestros hijos, nacidos aquí, están mejor adaptados, pero tampoco es precisamente sencillo para ellos. Lo mejor es ignorarlo. Así que a veces llueve en un cielo cóncavo sobre un suelo cóncavo, con un horizonte hacia proa y popa y una curvatura inmensa hacia babor y estribor. Distingues la proa, a veces, por la amura donde da inicio nuestra espira de proa, pero la popa termina en una inmensa pared donde las 360 escaleras comienzan. Las escaleras están ahí como mera decoración, claro. Nadie en su sano juicio caminaría 15 kilómetros para llegar al centro del cilindro. De hecho, ni siquiera podrías caminar hasta el centro del cilindro: la fuerza centrífuga que experimentas desaparecerá mucho antes de que llegues a la cima. O al núcleo. O a donde sea que quieras llamarle. El marco de referencia que tenemos no empata con nuestras palabras. Así que nuestro hábitat empieza en la proa, y termina en la popa, 100 kilómetros de aburrimiento puro. Durante once meses al año no podemos hacer más que sembrar campos, atender a nuestras poblaciones de animales, y aburrirnos. Hay quién dirá que estamos viviendo en el paraíso, pero para todo hay un límite. Por eso vivimos en el infierno. Un infierno, que debo decir, nosotros escogimos.

Nosotros no sabíamos en qué nos íbamos a meter cuando el capitán fue a visitarnos aquel día. Éramos nosotros, cómo decirlo, sobrantes de la especie humana. Los que no teníamos familia por cualquier clase de vicisitudes, y vivíamos encerrados en un orfanato. El capitán llegó un día, y pidió hablar con nosotros. Escogió cuidadosamente a quienes le servirían para su proyecto, que resultamos ser casi todos. Treinta y cinco chicos podríamos acompañarlos en una gran misión. El capitán quería mentes frescas y jóvenes. Durante los primeros años no habría mucho problema, porque usaría el tiempo muerto, que era casi todo, para educarnos. Los robots los usaría para mantener la nave. Salvo que ocurriera un problema realmente grave, la Gran Espira sería capaz de ser comandada por un sólo hombre, y el capitán lo sabía. Pero, aunque él era un hombre solitario por naturaleza, no quería pasar todo el tiempo solo. Nos llevaría si queríamos tener una gran aventura, y así podríamos pertenecer a una familia. Éramos 40 niños, y sólo 5 fueron suficientemente cobardes —o suficientemente sabios— para no subir. Yo estuve a punto de negarme, pero era yo una niña de cinco años y no quería estar sola más tiempo. Así que fuimos. Ahora sabemos que el capitán no nos adoptó; simplemente nos llevó con él. El capitán es un hombre de recursos. Lo disfrazó como una excursión, y fuimos allá los 40 niños, y los que no quisieron ir regresaron a la Tierra con los encargados del orfanato, y el resto, nos fuimos. Quizá los administradores se dieron cuenta de lo que hizo, pero no dijeron nada. Quizá ellos ya lo sabían. Quizá no, y el capitán los engañó. De pronto nosotros estábamos en un lugar enorme, contentos, libres y felices…

…y el primer Salto nos alejó de la Tierra. Es difícil navegar en el hierespacio. Tres dimensiones son un juego de niños, incluso en coordenadas rotatorias. Pero en cuatro sencillamente no puedes calcularlo a mano. Es demasiado complejo. Puedes atravesar las otras dimensiones desde una que es perpendicular a ellas, pero no puedes imaginarla. Tu cerebro no puede imaginarla. Así que debes confiar en una computadora, que no necesita imaginarla para trabajar con ella. Ella hace las cuentas y te dice su valor. Ya sabrás tú si los aceptas o no. Allá afuera las cosas van 18 veces más aprisa de lo normal, si por normal entiendes la velocidad de la luz. La computadora trabaja con cuatro dimensiones y además con el tiempo, trazando nuestra ruta para no pasar muy cerca de un sol, o atravesar un planeta, o algo así. Pero hay tanto que no puedes ver, que me asombro de que todavía no nos hayamos atravesado en el camino de algo capaz de destruirnos. No es que viajar en el hiperespacio pueda destruirnos: las cosas que están ahí afuera son en realidad demasiado grandes y somos nosotros quienes parecemos una partícula gama atravesando una plancha de plomo; no estamos ahí el realidad. Quizá al estar en el hiperespacio somos en realidad una partícula gama. No lo sé, y por ahora, no me importa. Lo que me importa es que el capitán dio el primer Salto, es decir, que activó los motores hiperlumínicos, y aceleró. Para cuando se dieron cuenta en la Tierra que faltábamos 35 huérfanos, ya era muy tarde. Ya habíamos salido de la órbita de la Tierra y nos dirigíamos a donde Control de Misión le había ordenado al capitán que fuera.

El primer año fue sencillo. El capitán nos dejaba dormir 8 horas, nos daba 8 horas para hacer lo que quisiéramos, y nos daba 8 horas de educación. Era como estar en la escuela. El capitán había trazado un sistema de educación en el cual nos enseñaba lo que necesitábamos saber, y lo hacía con pruebas constantes que nos permitían saber qué era lo que se nos facilitaba aprender y qué no nos interesaba. Aunque, claro, en nuestra pequeña arca privada voladora no necesitábamos abogados o filósofos, los programas de enseñanza estaban ahí. Y cuando se descubrió lo que había hecho el capitán para llevarnos, ya era muy tarde para regresar y nosotros no queríamos regresar. ¡Teníamos un mundo nuevo para nosotros, un mundo hecho a la medida, y además, íbamos a colonizar un mundo nuevo! ¡Seríamos héroes, yo sería la heroína más grande, y el mundo se llamaría como yo! ¡El planeta de Lydia! ¿Puedes creerlo? Yo lo creía, y todos mis hermanos lo creían también. No, no estábamos equivocados: éramos simplemente unos niños. Y además el capitán nos había convencido. Así que estudiamos, y trabajamos, y estudiamos más. No había distracciones de muchas clases: los árboles todavía no crecían, los peces todavía no nadaban, las plagas no existían… así que terminabas, queriéndolo o no, en la escuela. El capitán lo sabía, y nosotros, deseosos de vencer el aburrimiento, estudiábamos. Y crecimos. Algunos más rápido que otros. El capitán lo sabía, y fue debido a su previsión que no sucedieron desgracias: después de todo, sólo teníamos médicos robóticos y cuando una niña tiene su primera regla un robot no es precisamente el más adecuado para resolver tus dudas. Bueno, técnicamente el capitán tampoco, pero era mejor que nada. El capitán es un hombre sabio, y calmó nuestros ímpetus adolescentes. Sabía que no podría impedirlos, pero nos dio acceso a métodos anticonceptivos; así que nuestra población no crecería mientras no estuviéramos preparados para ello. Éramos 18 niñas y 17 niños; no quiero ni imaginarme el dolor de cabeza que habremos sido para el capitán.

Pero lo hicimos razonablemente bien, creo yo. Ninguna de las chicas se embarazó mientras no cumplimos la mayoría de edad, y mira que no éramos precisamente castas o recatadas. Y cuando nació el primer bebé —Luna, una niña— todas nos lanzamos en masa a cuidar de ella, como si fuéramos una manada. Sí, ya habíamos tenido algunas crías de otros animales, y sabíamos qué caos era cuidar una cría—yo elegí una cerdita—, pero cuando tuvimos a nuestra primera bebé no supimos exactamente de qué se trataba. Y a partir de ahí nos hemos ido reproduciendo. Luna tiene ya casi siete años. Casi todas nosotras hemos tenido bebés ya. Faltamos unas pocas. Es curioso cómo las parejas se fueron dando solas. Pero, claro, con un número impar de personas, alguien estaba destinado a no tener una, y esa fui yo. Quizá fue porque yo también fui una niña solitaria, incluso antes de perder a mis padres, pero no me interesaba mucho estar con mis compañeros. O quizá fue algo más. La cuestión es que me separé de ellos y prefería pasar más tiempo estudiando, o en el puente, ayudando al capitán, que con mis hermanos. Poco a poco me transformé en su mano derecha.

Solos, el capitán y yo. Él se volvió la solución a mi problema de aburrimiento; yo, la solución al suyo. Quizá los dos seamos unos solitarios, pero apreciamos nuestra compañía mutua. No siempre fue fácil; en especial mientras crecía. Pero pronto no hubo más remedio. Recuerdo ese primer día como si fuera ayer. Acababa de cumplir 12 años. El capitán ya tenía 40 años. Cuando ya iba a regresar a su puesto, noté que estaba más cansado de lo normal. Se lo veía ojeroso. Le pregunté si podía ayudarle. Atrás mío, mis hermanos estaban muy ocupados en otras cosas. Podían hacerlo sin mí. El capitán me miró, y suspiró. Me acarició la mejilla y me dijo que ese día no, pero quizá después sí. Insistí. Se negó. Fue un estira y afloja que duró varios meses. Quizá se hartó de estar solo, quizá se hartó de mi insistencia, pero un día después de que terminara mis estudios preparatorios, me aceptó. Estaba francamente demacrado cuando me llamó. Era mitad de la noche, pero yo estaba despierta. No dormía mucho en ese tiempo. Me levanté, me puse mi uniforme, y fui al cobertizo donde teníamos nuestros deslizadores. Era un viaje de 50 kilómetros hasta la proa, y me tomó una hora hacerlo. Llegué a la amura y entré al área reservada. El largo túnel espiral convertiría a mi deslizador en una inutilidad, pero la cápsula ya estaba ahí. 36 cápsulas, una cada 10 grados, convergiendo casi en el centro de la amura; otras 36 en la amura, listas para bajar en caso necesario, en perfecta simetría. Cada cápsula, con capacidad para 100 personas, distaba de su vecina más cercana unos mil setecientos metros en la corona del cilindro. Me acerqué a una y subí a la cápsula. La computadora se encargó de llevarme hasta la corona de proa. Ahí, en una pseudogravedad tan reducida que prácticamente no se sentía, sentí un poco de miedo. Todavía faltaba medio kilómetro para llegar a mi destino. Podía tomar un tubo de aire comprimido hacia la proa, o podía acceder al tubo solar hacia la popa; había estado ahí incontables veces. Temblaba un poco, pero sabía que debía hacerlo. Tomé impulso, y me dirigí hacia proa. Llegué rápidamente. Había olvidado que continuaba con toda mi masa, así que cuando salí del tubo de aire comprimido, impulsándome con todas mis fuerzas, golpeé la puerta de entrada. Lo que más se lastimó fue mi orgullo; más cuando el capitán abrió la última puerta y me vio, frotándome la cara y con gruesos lagrimones en los ojos, que no podían rodar por mis mejillas por falta de gravedad. El capitán rió un poco, sacó un pañuelo, me enjugó las lágrimas y me ayudó a  entrar al puente de mando.

El puente de mando era un lugar solitario. Una hemisfera hacia popa, otra hacia proa, y multitud de asientos frente a terminales interminables. Debajo, las habitaciones de la tripulación, que en ese momento ascendía a una sola persona. La nave estaba completamente automatizada, y sólo necesitaba las directrices de una sola persona para funcionar. El centro de todo era el asiento del capitán, con su gran terminal y su conexión neuronal con la computadora de la nave. La mayor parte del tiempo no había nada qué hacer, así que el capitán sufría lo mismo que nosotros: aburrimiento. Cuando no estaba atendiendo las escasas llamadas de la nave, leía; cuando no tenía ganas de leer, escribía; cuando se le terminaron las historias, hacía ciencia. Sabía, sin embargo, que estaría solo durante mucho tiempo, mientras mis hermanos y yo no maduráramos y fuéramos sus iguales intelectualmente. El puente de mando olía extraño; no sabía yo todavía lo que eran, pero era olor a tabaco y a alcohol. Lo único que el capitán se permitía para sus ratos de ociosidad. Y ni siquiera en mucha cantidad; el tabaco lo fumaba, decía, para que las nanomáquinas anticancerígenas tuvieran algo qué hacer. Y el alcohol nunca lo bebía en grandes cantidades. No se podía dar el lujo de emborracharse; si sucedía una emergencia que sólo él pudiera manejar, el puente no podría hacerle caso intoxicado. Se sentó en su lugar del puente —flotó hacia él, más bien dicho— y me señaló un asiento, el de primer oficial. No lo sabía yo todavía, pero mi educación acababa de comenzar.

Pronto me la pasaba más tiempo en el puente que fuera de él. Sí, el capitán era un solitario, pero aún los solitarios necesitan compañía y estímulo intelectual. Cuando el capitán comenzó a educarme —además del trabajo que debía desarrollar fuera del puente— supe que mi destino era estar en ese puente. Acababa de cumplir los trece años cuando mudé mis cosas a las habitaciones del primer oficial. Pronto yo me pude hacer cargo de la nave cuando él no estaba al mando, y cuando cuando cumplí 16 años el capitán brindó conmigo con un vaso de cerveza. Probé el vino a los 17, y el whisky a los 18. Ese día hice algo que nunca creí hacer. Quizá fue el whisky, o quizá el whisky es la excusa que usé para racionalizar lo que hice: pero miré al capitán a los ojos y me acerqué a él… y lo besé. Y él me correspondió, hasta que algo lo hizo reaccionar y nos separó. No me importaba. El capitán me pertenecía igual que yo le pertenecía a él. «No, Pepper,» me dijo, «no puedo.» Pude ver que tenía los ojos enrojecidos y húmedos. Seguramente se resistía a llorar. «No soy Pepper, capitán,» le repliqué, «soy Lydia.» Algo le sucedió. Comenzó a temblar, y se fue. Me quedé en el puente de mando, sola y confundida. Hice lo que cualquiera hubiera hecho: busqué quién era Pepper. La encontré tras una pequeña búsqueda. Era la esposa del capitán. Había muerto unos días antes que el capitán hubiera sido puesto al mando de la Gran Espira. Eran una pareja integral: se entendían tan bien y estaban tan unidos que habían seguido la misma carrera y habían logrado las mismas cosas. Si uno ascendía, el otro también. Pepper había sido nombrada primer oficial de la Gran Espira sólo porque habían lanzado una moneda para ver quién se quedaba con la posición de capitán. La muerte de Pepper había sumido al capitán en una profunda depresión, decían sus análisis médicos, pero había salido de ella por su fuerza de voluntad inquebrantable. Y entonces encontré la foto de Pepper…

…Era igual a mí. O más bien, yo soy igual a ella.