El circo se fue…

—Cuéntame un cuento.
La lluvia caía con suavidad. La ventana, tenuemente iluminada por una luz de la calle, detenía las gotas, que adoptaban formas caprichosas. Apenas se escuchaba el sonido de tu respiración.

—Vamos, cuéntame un cuento —repetiste.
Me acosté junto a ti. Estabas helada. Siempre estabas helada. Me acurruqué contra ti y te abracé mientras nos cubría con las sábanas.
—¿Qué quieres escuchar?
—Cuéntame otra vez cómo nos conocimos.
—Está bien.

Estábamos afuera, observando las nubes arremolinarse por detrás del lomerío. Allá, del otro lado, estaba el mundo. Llevabas un collar de margaritas, un vestido amarillo, los pies descalzos, el pelo largo, cobrizo, suelto; tu cabeza en mi hombro, sin importarte que mi camisa, alguna vez blanca, estuviera sucia, o que mis pantalones, alguna vez azules, estuvieran raídos. Te hicieron para mí; me hicieron para ti; estábamos hechos el uno para el otro…

Observaste tú primero la polvareda que venía por el camino. Me la señalaste. Las nubes parecían arremolinarse por encima de ellos… de los fabulosos monstruos que conformaban el Circo de los Mil Rostros, que venían de lugares desconocidos y se establecerían en nuestro pueblo. La iglesia hizo sonar las campanas, y fuimos, curiosos, a ver.

La voz del Maestro de Ceremonias era profunda, negra y aterradora, pero no podías alejarte de él. Las nubes se establecían por encima de nosotros, el viento levantaba el polvo de la calle, y todos escuchaban lo que tenía que decir. Era como si hasta las flores se giraran a ver lo que pasaba, y estabas ahí, frágil, pequeña y valiente… y me abrazaste. Los fabulosos monstruos del Circo de los Mil Rostros desfilaban ante nosotros; mientras la carpa se desplegaba. El Maestro de Ceremonias nos llamó, y nos hizo pasar a la carpa de la gitana.

Ella te miró. Con una mezcla de horror y curiosidad decidiste que debías hacerle esa pregunta que siempre querías hacer y siempre temías preguntar. La lluvia comenzó; la carpa retumbaba débilmente. La gitana nos miró, con una mirada triste, la mirada de quien conoce el desenlace de todo; te acarició brevemente la barbilla, antes de decirte con la voz vieja, cascada y dulce lo que siempre sospechaste. Y me miró a mí, con ojos negros y profundamente tristes. No necesitó decirme nada. Yo ya lo sabía.

Un par de niños entraron a la carpa; un par de jóvenes salieron. Nos habían transformado las palabras. Los Mil Rostros nos miraron. El Maestro de Ceremonias se quitó el sombrero ante nosotros. Una mujer lloraba más allá. La lluvia arreció, pero no parecíamos sentirla. No hasta que no te dejé en tu casa. Tu madre me miró; tu padre me miró. No necesitaban palabras para decirme que lo sabían todo. Que tú y yo estábamos hechos el uno para el otro. Que aquello no podía terminar mas que de una forma.

El circo se fue una noche de lluvia, sin que nadie fuera a despedirlo, salvo tú y yo. El Maestro de Ceremonias se volvió a mirarnos por última vez, se caló el sombrero de copa, y se marchó, caminando, sequido por el Circo de los Mil Rostros. Los fabulosos monstruos caminaban por la calle empapada, en dirección al lugar al que no conocían pero al que iban a volver. Diste un paso. Luego otro. Y otro más. Y te seguí. Era nuestro destino. No volvimos la cara atrás jamás. Era necesario hacerlo. Abandonamos el pueblo, y decidimos, sin hablarlo, que debíamos forjarnos nuestro propio futuro.

Nunca supimos en dónde nos separamos del Circo de los Mil Rostros. Sólo supe que estaba escrito que no lo haríamos juntos. Tú estabas hecha para mí, yo estaba hecho para tí, pero ninguno de nosotros estaba destinado a estar juntos. Acaricié por última vez tu cabeza y me acurruqué junto a tí, mientras te contaba un cuento. Con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta escuché cómo tu respiración se hacía más lenta y ligera, hasta que ya no hiciste ningún ruido. Lloré lágrimas amargas, porque te habías ido mientras estabas en mis brazos.

Ha pasado un año desde entonces. El Circo de los Mil Rostros ha pasado de nuevo por el pueblo. Ahí estabas, al final, sonriente. Me reconociste, y me besaste, y por un instante fuiste mía y fui tuyo otra vez. Y el Circo se marchará, y tú te irás con él, y nos veremos brevemente, en sueños, cuando el Circo regrese a la ciudad, y no volveremos a estar juntos hasta que el Maestro de Ceremonias se me acerque y me tienda la mano como a un viejo amigo. Mientras tanto, no podré hacer otra cosa mas que extrañarte y volverme el hombre del que te sientas orgullosa.

Te extraño.

Terriblemente.