Siempre hacía tanto frío…

El viento soplaba. El bosque de pinos, espeso, no era suficiente para detener la nieve que caía, lenta y constante, en ese día. El sol era un pequeño círculo blanco en el cielo color gris. Los escasos rayos que caían sobre las copas llegaban aún más escasos a la cabaña.

Estaba cansado. Muy cansado. El Hurricane no pasaría en un par de horas, si es que pasaba. La nieve era demasiada ese día; incluso el monte Denali parecía empequeñecido. Fairbanks estaba lejos, y el vecino más cercano estaba a 30 kilómetros de distancia. Era el mes de diciembre más frío que recordara. Y ahí siempre hacía tanto frío… Por un instante estuvo a punto de caminar junto a las vías. Tenía que verla una última vez. La había conocido hacía tantos años y no parecía que hubiera envejecido un día desde aquella vez, en el Denali, en que se encontraron en un cañón profundo. Su equipo de escaladores estaba muerto, pero él se las había arreglado para sobrevivir en esas condiciones; ella lo admiró por eso, y se enamoró de él. Era contra todas las reglas, pero no le importó. Y a él le encantaba romper las reglas…

Ella vivía en lo más profundo de Alaska. Estaba afuera, esperando, mientras afilaba el hacha. Seguía nevando, pero no quería estar en el interior. El sol ya no descendería más, aunque faltaban meses para que el termómetro regresara a la parte positiva de la escala. El tren se detuvo. Ella se puso de pie, y se acercó a la pequeña vereda entre los pinos, esperándolo. La nieve seguía cayendo. Ella lo vio, y refrenó el impulso de lanzarse hacia él. Se veía tan frágil…
—Te estaba esperando —dijo ella, mientras se bajaba la capucha de la parka. La cabellera platino ondeó en el viento, los copos de nieve caían con suavidad, el frío no le importaba.
—Te extrañé —dijo él. Le pasó una mano por el hombro, la atrajo hacia él y se quitó la capucha. La besó.
Caminaron tomados de la mano hacia la cabaña.

Afuera caía la peor tormenta de nieve que Alaska hubiera sufrido en un siglo. Era imposible ver el Denali, aunque quisieras. La temperatura había bajado a -50°C, había cuatro metros de nieve afuera; ni siquiera el poder del Hurricane podía permitirse cruzar el terreno. Adentro de la cabaña, con el fuego crepitando, ni a él ni a ella les importaba lo que pasara. No esa noche. Esa era su noche, la noche de los amantes. Ella lo atrajo hacia sí, buscando su calidez, ofreciéndole su dulzura. Él se dejaba hacer. Hace mucho tiempo, cuando era joven, hubiera sido él quien tomara la iniciativa. La besó, la acarició, recorrió todo su cuerpo, ese cuerpo blanco, firme y joven. Se movían con movimientos sincronizados, cadenciosos, sensuales. Eran mucho más que una pareja en ese instante. Se miró los brazos. Era joven. Ella también. Afuera todo era blanco y frío, pero adentro todo era calor. La miró a los ojos, de un gris claro como de nieve recién caída. Estaba enamorado. Se volcó en su interior y ambos gimieron al mismo tiempo, sudorosos, cansados, satisfechos.

Él se durmió.

Ella dejó de cortar madera. Había notado que el humo de la chimenea parecía adelgazarse. Tomó unos leños y se metió a la cabaña. Él seguía ahí, en la cama, bajo las mantas de piel de oso. Se acercó, se quitó un guante, y le palpó la cabeza. Estaba ardiendo en fiebre. La manta roja ondeaba allá afuera, esperando que pasara el tren. Él necesitaba ayuda; y ella ya había agotado sus recursos. Necesitaba llegar a un hospital. Echó un par de leños al fuego y regresó a trabajar. Necesitaba ayuda, y necesitaba mantenerlo caliente. No podía morirse, no hoy, no ahí. Se volvió a colocar el guante y se acomodó la capucha de la parka. No se escuchaba ningún sonido; a -40°C ni siquiera el sonido tenía ganas de transmitirse. La nieve seguía cayendo, el sol seguía bajando… apenas cuatro horas de luz en todo el día. Tomó el hacha y volvió a trabajar. Necesitaría toda la madera posible para dentro de unos días.

No escuchó, sino más bien sintió cuando el Hurricane se acercó. Tomó la manta roja y la manta blanca, y las agitó. La nieve apenas dejaba ver la manta blanca; la roja fue más visible. El conductor del tren aplicó los frenos y el tren se detuvo con lentitud; nunca iba a gran velocidad, de todos modos. El conductor se bajó. Ella se quitó la parka de la cabeza, la larga cabellera de color platino ondeó unos instantes. Estaba tan blanca que parecía confundirse con la nieve. El conductor, inuit, pareció reconocerla, pero no dijo nada.
—Necesito ayuda —dijo ella. El vaho de su voz se precipitó al suelo.
—¿En qué podemos ayudar? —dijo el conductor.
—Necesito llevar a una persona al hospital. Es urgente.
—¿Dónde está?
—En mi cabaña.
El conductor hizo dos señas. Dos personas bajaron. La locomotora se quedó encendida.
—Vamos allá.

La cabellera ondeaba todavía al viento, aunque se había vuelto a acomodar la capucha de la parka. Entre los cuatro trasladaron al hombre hasta el Hurricane, y los pasajeros ayudaron a subirlo. Él abrió los ojos un poco; ella le devolvió la mirada.
—Te veré pronto —dijo ella.
Él volvió a cerrar los ojos.
El tren arrancó; ella lo vio alejarse con la mirada. El sol estaba a punto de ponerse. Apenas eran las dos y media de la tarde.

Él abrió los ojos. Estaba en una habitación de un hospital. Intentó alzar una mano. La miró. Era su mano, manchada, nudosa. La huella de tantos años de extenuante trabajo en esas condiciones. Una lágrima corrió por su mejilla cuando la vio acercarse, la cabellera platino, los ojos grises, la piel blanca, el vestido vaporoso.
—¿Cuánto tiempo pasó?
—Una semana —ella dejó que una lágrima cayera.
—¿Por qué lo hiciste?
—Quería darte un último regalo. Que soñaras por última vez.
Él cerró los ojos. Ella lo besó por última vez y extrajo su último aliento. La mujer se convirtió en un esqueleto; se acomodó la parka, y desapareció.