Ella (y 26)

Epílogo

Cerró el documento. Aquello era lo más increíble que hubiera podido leer.
—Esto no tiene ningún sentido, amor.
—Nunca dije que lo tuviera —dijo Leopoldo, mientras acariciaba la copa de coñac.
—Conforme avanza la narración se vuelve más incoherente. Nada de eso pasó.
—Lo que leí sí pasó. Lo cuenta de una manera que me hace pensar que realmente estuvo ahí.
—Pero habla del futuro. No puede ser del pasado; recordaría si me hubieran secuestrado y me hubieran hecho una sonrisa de Glasgow. Ada y Kate no cumplirán los catorce hasta dentro de tres años. No hay forma de que esto haya pasado.
—Sí, es cierto. Pero a lo que me refiero es que mi hermana, dentro de su mente herida, imaginó todo ese mundo, como si de verdad hubiera pasado.
—Creo que no me hago explicar.
—No, no es eso. Lo entiendo. Pero también entiendo que para ella, todo esto pasó. Fue un accidente demasiado grave, debes comprenderlo. Fue un auténtico milagro que hubiera conservado la cordura suficiente como para poder escribir esto, y la fuerza para escribirlo.
—Lo comprendo. Créeme que lo comprendo. Pero sigue sin tener ningún sentido. Quiero decir, murió apenas terminó de escribirlo. Deliraba. Pobrecilla.
—Sí. Me asombra que hubiera podido escribirlo.
—¿Lo leíste completo?
—No todo. No creo poder leerlo, no en un buen tiempo. Sería muy doloroso si los recuerdos que tengo de mi hermana cambian.
—Quisiera borrarlo.
—Quizá deberías. Quizá no, No lo sé. Me gustaría enviárselo a mi compadre Guillermo. Él guarda todos los libros. Quizá pueda editarlo un poco. Y en unos años, tal vez… sólo tal vez lo pueda leer completo.
—Como quieras. Ven, vamos a dormir. Mañana tenemos que asistir a un funeral.

Terminaron de vestirse. El funeral sería en unas horas. Charlotte Bhatt había muerto tras perder una enorme batalla contra sus heridas. Su hija, Ekaterina Bhatt, había salvado la vida. Las heridas en la garganta le impedirían hablar otra vez, a pesar de los esfuerzos de su tío Farid por reconstruirle la laringe. Ekaterina y Ada, la hija de Leopoldo, habían quedado huérfanas de madre en el mismo accidente. Lucía y Leopoldo, que todavía no cumplían un año de casados, de pronto se habían enfrentado a la necesidad de criar a dos jovencitas de diez años que no podían hablar.

Pero Lucía no era una mujer a la que le disgustaran los retos. Había aceptado a Ada como si fuera de su carne y sangre, y había acogido a Ekaterina no como la sobrina de su esposo, sino como a la hermana de Ada. Con cariño y con determinación saldrían adelante. Lucía había recibido con beneplácito la noticia de que, en su testamento, Charlotte había solicitado que fueran Polo y ella quienes criaran a su hija; Farid Bhatt se había mostrado de acuerdo; Ivanka Tereshkova había aplaudido la decisión. Los cuatro hijos adoptivos de Charlotte Goldman y Rubén Olmedo siempre habían sido muy unidos, desde que habían llegado al país en calidad de refugiados de guerra.

Llovía. Era una lluvia de noviembre, fría, ligera, persistente. Muy apropiado, pensó Lucía. Ada y Ekaterina iban vestidas de negro, con faldas largas y chaquetas para protegerse de la humedad. Ekaterina llevaba una gargantilla en coral negro, que cumplía con la función de ocultar la cicatriz que le había quedado en el cuello, y resaltaba su belleza extraña. Se volvería una chica muy guapa, predijo Lucía. El cabello blanco, la piel color marfil y los ojos azules no eran, para nada, los mismos de su madre; que había tenido una piel brillante como el nogal, un cabello negro como ala de cuervo, y unos ojos chispeantes como la obsidiana. Ekaterina era tan parecida a su tía adoptiva que incluso habían corrido rumores que Ekaterina era la hija de Ivanka, rumores exacerbados por su nombre ruso; pero a esa edad era evidente que las facciones eran íntegramente las de Charlotte. Su albinismo la había favorecido de una manera increíble.

Ada, en cambio, había heredado las facciones de su padre. No era fea; todo lo contrario. Era, por mucho, totalmente lo opuesto a Ekaterina. Mientras que la morena era activa, apasionada, y segura de sí misma, la blanca era quieta, callada incluso antes de perder la voz, y podría decirse que sumisa, pero sabía muy bien cómo obtener lo que quería. Juntas serían una pareja peligrosa, se dijo Polo, mirándolas. Ada tenía la tez bronceada de quien gusta de pasar mucho tiempo al aire libre; los ojos oscuros y el cabello castaño. Tenía las comisuras de los labios perpetuamente hacia arriba; parecía que siempre estaba sonriendo.

Ada lanzó una rosa blanca y Ekaterina lanzó una rosa negra a la tumba de Charlotte, y se quedaron quietas. Ada derramó una lágrima y se secó los ojos con el dorso de la mano, Ekaterina sólo se quedó mirando, con ojos de intensa melancolía.

Leopoldo estaba vestido íntegramente de negro. Llevaba un clavel blanco. Se veía un poco incómodo, con su aspecto musculoso encerrado dentro de un traje que, hecho especialmente para él, le sentaba como un guante. Nunca había disfrutado usar saco ni corbata. menos en ocasiones como esa. La lluvia lo golpeaba con suavidad al caer. El cabello empapado le cubría la cabeza. No quería que nada detuviera la lluvia; necesitaba sentirla. Era como si el cielo llorara la pérdida de Charlotte. Sentía un nudo en la garganta. Quería llorar, pero no sabía cómo. Los hombres de verdad no lloran; los jugadores de rugby tampoco. Arrojó el clavel.

Ivanka seguía teniendo el cuerpo de muñequita rusa. Nadie hubiera dicho que tenía la misma edad que Leopoldo. Los años habían sido generosos con ella; nadie hubiera dicho que tenía más de 25 años. Iba vestida con un sencillo conjunto negro, con una falda de tubo que realzaba su figura. No llevaba abrigo; sólo un pequeño paraguas. Lloró un poquito, se limpió una lágrima con la rosa roja que traía en la mano, y la arrojó a la tumba.

Farid iba vestido de manera impecable, con un traje hecho a la medida, y una impecable camisa blanca. Tenía el porte aristocrático, con un aire ligeramente italiano. Tampoco él llevaba nada que lo cubriera de la lluvia. Leopoldo tenía razón; necesitaba sentir el agua. Tomó el clavel rojo en el ojal y lo besó antes de lanzarlo a la tumba. Notó que le temblaba un poco la mano. Había amado tanto a su hermana, que se había ido para siempre, a pesar de sus esfuerzos. Todo lo que había intentado hacer para salvarla había fracasado. Los daños en su cuerpo eran demasiado extensos; nada, ninguna de sus nuevas técnicas, la había podido salvar. Quizá si hubiera tenido más tiempo, quizá si hubiera tenido el genio de Charlotte… pero no lo tenía. Él era un cirujano muy habilidoso, pero las prótesis biológicas con las que estaba experimentando requerían más trabajo. Al menos, pensó, se iría entera. Ese accidente había causado tanto daño que no quería pensar en lo que Charlotte tuvo que haber sufrido. Al menos le quedaba de consuelo que había todo lo que pudo.

Lucía traía una falda larga, un abrigo a juego, y una rosa amarilla. Olió la rosa y la arrojó.
—Cuidaré a tu hija como si la hubiera parido yo —dijo mientras la rosa caía para acompañar las otras flores. Suspiró y se colocó detrás de su nueva familia, pasando un brazo por el hombro de cada una de las chiquillas. Se permitió llorar. Ada se giró para mirarla; si Lucía podía llorar sin ocultarlo, ella también. Ekaterina tembló un poco; Lucía la estrechó con más fuerza. Ella también empezó a llorar. Era once años menor que su marido, pero aún así, 18 años mayor que las chicas. Quizá nunca pensaran en ella como una madre, pero haría su mejor trabajo. Se lo debía a Sandra y a Charlotte. Miró la tumba continua. Quizá Sandra hubiera pensado algo similar si estuviera en su lugar. Tenía que ser fuerte. Tenía dos hijas que criar; no, tres. Podía sentirlo. Quizá Charlotte se hubiera ido, pero de cierta manera, no era cierto.

Farid y Leopoldo tenían los ojos rojos, pero no lloraron. Se miraron, asintieron, y tomaron las palas. Las clavaron en la tierra a sus pies.
—Llegaste de un país extraño a un país extraño —dijo Ivanka— y te encontraste conque ese país nuevo te entregó una familia. No eras nuestra carne y nuestra sangre, pero eras nuestra hermana. Nos abandonaste antes de lo que debías, pero sigues viva en nosotros. Mientras tu hija viva, vivirás también.
—Adiós, hermana —dijo Farid.
—Te vamos a extrañar —dijo Polo.
Lanzó una palada de tierra. Farid lanzó la segunda. Ada no pudo más y comenzó a sollozar en silencio. Ekaterina lloraba a lágrima viva. La familia quedó quieta, observando cómo Farid y Leopoldo arrojaban la tierra oscura y húmeda. Cuando terminaron, Farid y Leopoldo cayeron de rodillas al suelo y se abrazaron. Lo que no habían hecho en tantos años lo hicieron ahora, lloraron a lágrima viva por la muerte de su hermana. La lluvia caía. Esa lluvia de pertinaz de noviembre, bajo el cielo gris encapotado.

—¿Cómo era Charlie? —preguntó Lucía, mientras se cepillaba el cabello.
—Era un amor. Mira.
Le mostró la fotografía que guardaba en el buró. El más parecido era Leopoldo, todo músculo, presumiendo músculo, y barba cerrada, enfundado en un traje de hombre fuerte. Sandra estaba sentada en su hombro izquierdo, riendo, un pedacito de gente comparada con Leopoldo, vestida de enfermera. Farid se veía como un actor de Bollywood, moreno, con turbante y capa, de contextura gruesa y con la barba cerrada pero no muy poblada,, con dos chicas a su lado: a la derecha estaba Charlotte, morena, curvilínea y con el cabello en un complicado peinado, envuelta en un sari rojo y dorado que resaltaba sus curvas; Ivanka a su izquierda, como Marilyn Monroe, con la cabellera hasta los pies en una cascada de oro, bella como una estatua de hielo pero capaz de derretirte con una mirada. Leopoldo y Farid estaban casi irreconocibles, aunque los ojos eran los mismos. Ivanka, en cambio, no parecía haber envejecido ni un minuto.
Leopoldo miró con nostalgia la fotografía.
—La tomaron en la fiesta de graduación de la preparatoria. No sé qué nos pasó. Éramos jóvenes y felices, sin preocupaciones, con un futuro brillante por delante. Han pasado veinte años, y dos de nosotros ya murieron. La vida no es justa. —acarició las imágenes de Sandra y Charlie.
—¿Las extrañas?
—Sí. Terriblemente.
—Pobrecillo.
Leopoldo guardó la fotografía.
—¿Extrañas a tu familia, amor?
—No pasa un día sin que piense en ellos —dijo Lucía.
—Deberías visitarlos alguna vez.
—No. Es mejor extrañarlos. Farid y Charlotte lo sabían. Ivanka lo supo después. Prefiero la familia que tenemos aquí. Nosotros, tus hijas y tu sobrina, tus hermanos… es una mejor familia que la mía.
—¿Hijas?
—¿No te lo dije? —sonrió.
Él la miró a los ojos. Su expresión cambió cuando entendió a lo que se refería. La besó.

Apagaron la luz. Mañana sería otro día; un nuevo comienzo. Había mucho qué hacer; Ada iría a las pruebas de la selección de rugby, Ekaterina a la selección de softbol, Ivanka y Leopoldo inaugurarían una nueva escuela de iniciación deportiva, Farid debía presentar a los medios la Fundación Charlotte Bhatt…

Sí, mañana sería otro día.

—Fin.
——Por ahora.