Ella (24)

Capítulo 24

—Suéltala —dijiste—. Métete con quien sí se puede defender.
—No. ¿Crees que soy idiota?
—Sí —respondiste. Eso me agrada. Tienes redaños, Lucía.
Me acerqué paso a paso. Guardé mi arma, pero no el cuchillo. Utilicé el lomo para acariciar la mejilla de Leyli, que lloraba.
—Mira, Lucía. Ella está llorando. ¿Queres saber por qué?
Tomé un bracito. Coloqué el filo contra la piel. Un pequeño corte le daría una razón por la cual llorar. Presioné. Un corte, pero todavía no, si no hacías nada heróico.
—Maldita perra —dijiste.
—Mala elección de palabras —repliqué. Entonces hice el corte. El berrido de Leyli me hizo estremecer, pero no le quedaría ni siquiera una cicatriz. Te acercaste, corriendo. Podía ver el fuego en tu mirada. Te lancé el cuchillo a los pies y desenfundé mi arma. El cuchillo se clavó justo en la punta de tu zapato. Quizá te corté un dedo, quizá no; en cualquier caso no gritaste.
—El juego no se termina mientras dependas de que salga una carta amigable.

Chupé la sangre del bracito de Leyli. Deja de llorar un instante, mientras siente que alguien besa sus heridas. Después reanuda los sollozos. Veo que te intentas arrancar el cuchillo del zapato.
—Ni se te ocurra.
Te tengo donde quería.
Puedo escuchar que se acerca alguien Los veo con el rabillo del ojo. Necesito que estén más cerca.
—Mientras más tiempo pase sin que vayas al hospital es más probable que te queden cicatrices. Quizá un buen cirujano, como Farid, te pueda ayudar. Sería una lástima si algo fallara, ¿no crees?
—¿Por qué haces esto?
—Porque me gusta defender lo que es mío. Ya lo perdí dos veces; nunca más.
—¿A quién?
—A Polo.
Te noto confusa.
—Sí, a Polo. A Polo Montes. Me lo quitaste.
—No te quité a nadie…
—Es mío. Es quien los dioses me enviaron para salvarme. Él debía ser el padre de mi hijo.
—¿Quién eres? ¿Quién eres en realidad?
—Pensé que ya lo habrías deducido.
—No. Pensé que eras una ex psicótica. Eso lo tengo muy en claro. Pero no sé quién eres.
—Soy Chandni.
—No. No hay manera. Ella debe tener casi 50 años.
—La ciencia hace maravillas. Si esto hizo Farid conmigo, imagínate lo que hará por tu cara. Si lo dejo.
Siempre estuvo enamorado de mí. Yo pensé que también estaba enamorada de él. No. Era algo más. Era el único hombre bueno que había conocido, ¿cómo no iba a estar un poquito enamorada? Pero no era amor. El amor fue lo que sentí por Polo cuando lo conocí. Yo lo sabía, él lo sabía. Ambos lo negamos al principio pero no había modo de negarlo.
—Ahí está Farid —te dije—. Puedes preguntarle si dudas de mi palabra.
—¿Esperas que crea esa historia?
—No. Espero que mueras. Como ellos.

Me giré y disparé dos veces. Los guardias de seguridad cayeron; no llevaban armas. Fue un riesgo calculado: dos disparos a corta distancia hacen gran estruendo, sí, pero son muy efectivos para detener atacantes. No alcancé a ver cómo caían: me volví hacia ti y te apunté. No me quería perder la mirada que tendrías. Esperaba que gritaras, que por fin rompieras esos labios. Te admiro por el autocontrol que tienes; yo no hubiera podido resistir tanto por tanto tiempo si no hubiera tenido tanta práctica.

Debí dispararte desde que te vi con el teléfono, pero no lo hice. Puedes sumarla a la lista de errores que cometí. Pero no importaba, al menos no mucho, en ese instante. Yo tenía la tierra alta, la mano ganadora, y la inteligencia necesaria para vencer. Sólo necesitaba hacer un poco de tiempo. ¿Qué son cinco minutos más cuando se disfrutará de un tesoro tan grande como el que quería? Sonreí. A pesar de las variables, todo iba saliendo conforme a mi plan.

—Muy bien. Ahora vamos a hacer negocios. Yo tengo algo que tú quieres; tú tienes algo que yo quiero. Vamos a negociarlo, antes de que escuche la primera sirena, dispare, y me lo quede todo de todos modos. Me arruinaste por última vez los planes, güerita…
—¿Qué quieres?
—A Polo. Dame a Polo y a Ekaterina, y te devolveré a tu hija. Y te puedes quedar con los demás.
—No parece un trato justo.
—Es cierto. Soy yo la que sale perdiendo. Pero voy a ganar de cualquier forma.
—No. Estás perdida, quien quiera que seas.
—Llámame Charlie. Así me conocen ellos.
—Charlie está muerta. Fuimos a su funeral hace dos años.
—Si estoy muerta, ¿cómo es que soy un problema para ti? Los fantasmas no caminan.
—No sé quién eres, pero es tiempo de que esta farsa se termine.
Sonreí.

Te portaste a la altura de las circunstancias, debo admitirlo. Podía escuchar ya las sirenas. El enrejado alrededor del estadio los demoraría un poco: era bajar del vehículo y continuar a pie, o abrir las barreras, y entrar con las camionetas. Nunca entras a un lugar en el que no sabes qué está pasando directamente a pie, a menos que traigas armadura; pero entrar a un estacionamiento subterráneo en auto era prácticamente como condenarte a morir, Lucía. Debía actuar ya. ¿Irme y continuar después, o acabar todo en un instante? La respuesta era obvia, pero tú me facilitaste la decisión. Te inclinaste y arrancaste el cuchillo para lanzármelo; no podía disparar y esquivar el cuchillo al mismo tiempo, así que disparé. Casi esperaba que tu puntería hiriera a tu hija; te lo tendrías merecido. No fue así.

El cuchillo se me encajó en el brazo izquierdo, no muy profundo, en mi biceps. Mi bala te pasó por encima de la cabeza, y se impactó contra la puerta abierta de la camioneta. Solté la pistola y me arranqué el cuchillo; justo en el momento en que te avalanzabas para taclearme, encajé mi cuchillo en tu cuerpo. Sentí que entró hasta la empuñadura, y lo solté. Leyli lloraba amargamente. Estabas en el suelo, caída, con los brazos en la empuñadura. No gritaste. Podía ver tus lagrimones gruesos, pero no gritaste. Leyli sí. Yo ya estaba saboreando mi victoria. Ahora sólo debía huir.

Ya habías hecho mi trabajo, ahora sólo debía hacer el mío. Soy muy buena actriz; imagina la actuación estelar que daría una joven madre que defendía a su familia de una loca asesina que quería secuestrarlos. La única diferencia entre tú y yo, Lucía, es el color de pelo. Lo demás, se necesitaría un experto para distinguirlo; y soy muy buen médico como para no saber cómo simularlo. Además, a eso me dedico. Mi victoria estaba completa. Todavía quedaban unos minutos de anestesia; lo había calculado a la perfección. Y con la cara desfigurada que tenías, no habría ninguna duda sobre quién era quien estaba loca y quién cuerda. El crimen perfecto, ¿no te parece? Sólo tenía que hacer que gritaras. O abrirte la boca con todas mis fuerzas. Diría que te cortaste porque querías estar siempre sonriendo. «Una mujer que ríe es una mujer feliz», diría que me dijiste. Y me creerían. Claro que me creerían.

Escuché los pasos de los policías. Me dí la vuelta para esperarlos; no me decidía sin entre hacerme la heroína valiente y calculadora o la heroína por pura suerte y casualidad. Entonces recordé que no podían verme con Leyli como escudo. Tenía que dejarla en la camioneta y rápido. La puse en la sillita infantil y la aseguré; un poco de anestesia arreglaría todo. Demasiado tarde recordé mi arma. Me giré para buscarla, entre los berridos de Leyli.

No pude entender de inmediato cómo sobreviviste. Luego me dí cuenta: te había herido en el único lugar donde no podía hacer mucho daño con un cuchillo. No pasan venas ni arterias importantes, no está el corazón, no hay nervios, los pulmones no llegan, ya terminaron las costillas, no hay órganos importantes. Una herida de carne, nada más. Puro músculo. Debí haber utilizado una bala más, pero no lo hice. Tú sí pensaste en ese tiro.

Te habías arrastrado hasta mi arma, y me estabas apuntando. Aún tenía yo una carta para jugar. Detrás mío estaba tu hija, y además yo estaba desarmada; las luces de la policía ya nos podían iluminar. Sonreí. Había ganado, a pesar de la adversidad. Casi podía ver la cara de la policía. Aspiré: quise gritar con todas mis fuerzas «¡Auxilio! ¡Tiene un arma!».

No pude. Algo me impedía hablar. Sentí que me estaba ahogando. Unos brazos poderosos. Intenté arañarlos, pero no le importó. Sentía que me iba a desvanecer. Escuché la voz de Polo diciéndome «se acabó» al oído, a ti tirando el arma, a la policía apuntándonos y vociferando, a Leyli llorar, antes de que todo se pusiera negro.

No era justo. Sólo necesitaba un minuto más. Un minuto.