Ella (23)

Capítulo 23

Esperaba encontrarte en un charco de sangre, con el corazón perforado. Lo que encontré fue las esposas aún cerradas, y mis comodines en la pared. Mi arma no estaba. ¿Por qué la gente se empeña en no seguir su destino? Sería más fácil para todos, pero no, tienen que buscar la manera difícil de hacerlo. No podías estar muy lejos, de cualquier manera. Ya sabías mi plan, y no podías hacer nada para evitarlo; soy demasiado inteligente para ello. Pero eras una variable, y no me gusta dejar variables ni cabos sueltos.

No tenía tiempo para esto. Te iba a encontrar, y te iba a matar. Lo iba a hacer de cualquier manera, pero esperaba que fuera porque tu marido quisiera hacerse el héroe. Eso me hubiera permitido consolarlo, hacerle ver la falsedad de su matrimonio. Además; yo sería la persona ideal para criar a su hija. Yo había vuelto de entre los muertos, ¿quién mejor que yo para cuidarlo? Me conocía muy bien, y yo lo conocía por dentro y fuera. Y eso haría sentir celos a Farid; sería delicioso tener a dos hombres peleando por mí. Los hombres son unos cerdos; lo tendría controlado por el resto de su vida; lo haría un hombre de bien.

Pero te escapaste. Claro, nada como arruinar mis planes. Pues yo te iba a arruinar los tuyos. Decidí dejar en la bodega, atados, a todos. Excepto a Leyli; ella sería mi seguro de vida; supongo que te habrías dado cuenta de ello. Eres una buena madre: la traías en una cangurera. Me la puse. Leyli empezó a despertar y en cualquier momento querría comer. También traías jugo de frutas. No querríamos que nada le pasara a mi nueva hija, ¿verdad? Leyli me miró a los ojos, y sonrió. Le di el jugo, y ella, inteligente niña, se encargó de beberlo sola. La has criado bien; eso me da gusto. Encendí la lámpara de mano y me dispuse a perseguirte. Sería un cambio interesante: cuarenta años atrás yo era la que había sido perseguida de niña, por un padre violento, con intención de casarme con un hombre mucho mayor, según él, para seguir las viejas costumbres de la India. Juré que nadie volvería a levantar una mano contra mí esa noche. Salí, con Leyli al frente, y con mi arma lista. Era hora de cazar perras.

Dejabas un rastro de gotitas de sangre. Podía verlas con mi lámpara. Las mejillas abiertas no cierran tan fácil si una está corriendo y abre la boca para respirar. Y además el sabor a hierro de la sangre no es agradable. Me bastaría seguir tu rastro para encontrarte y acabar contigo. Sentí emoción, no lo puedo negar. Te cazaría como la perra que eres. Tenía ganas de correr, pero no corrí. No tenía ninguna necesidad. Sé perfectamente lo que sentías; no te irías sin tu familia, ¿verdad? Yo no lo haría, ¿Por qué ibas a hacerlo tú? Las gotitas se espaciaban más y más. No ibas hacia afuera. Ibas hacia adentro. Al laberinto de pasillos y escaleras bajo el estadio. Bodegas, oficinas, capillas, oficinas, lugares dónde esconderse. Eres inteligente, sabías dónde tenías más probabilidades de huir; pero no se te ocurrió salir a buscar ayuda, ¿verdad? Porque si lo hacías no verías viva a tu familia otra vez.

Estaba oscuro desde hacía horas. Debían ser las tres de la madrugada. No llegarías a ver la luz del sol de nuevo, me prometí. Caminé, mi arma en la mano, Leyli quieta en mi pecho, las dos atentas, buscándote. De pronto, no ví nada más. Estabas arriba. No ibas a ser tan estúpida como en las películas, como para saltar desde el techo y pretender sorprenderme cayendo encima, mucho menos si tu hija estaba conmigo. Aún así miré. Habías, subido, sí, sin duda alguna: la mancha en el pilar lo demostraba. También sabía qué había arriba; seguro que tú lo sabías tan bien como yo. Ibas a la enfermería.

Por un momento creí verte cuando abrí la puerta, pero no, no había nadie. Habías subido por la trampilla que lleva de las bodegas de basura al piso superior; hay una que desemboca en la enfermería, para desechos biológico-infecciosos. No sé exactamente cómo te las arreglaste para subir por ahí, pero no importa: yo sé mejor que tú cómo abrir las cerraduras de todo el estadio. Subí al siguiente piso y entré con mi arma cargada y desenfundada. Leyli estaba nerviosa. Habías hecho algo en la enfermería, pude ver los restos de lo que dejaste. Quizá fuiste lo suficientemente tonta y valiente como para coserte tú misma las heridas. Pero sí me habías bloqueado tu rastro, al menos por el momento. Me estaba gustando la emoción de la caza. Y Leyli se había vuelto a dormir.

Me pregunté a dónde más te fuiste. La respuesta llegó de una manera que no hubiera esperado. Por eso no me gustan las variables. Sonó un teléfono de una oficina cercana. Contesté la llamada, sin decir nada.
—Inténtalo —fue lo que escuché. La comunicación se cortó de inmediato.
Sonaba como tu voz. Un poco diferente, pero era tu voz. Sonreí. Al menos yo sí podía hacerlo.
Ahora sabía lo que debía hacer y dónde estabas. En mi escondite. Estabas monitoreando las cámaras. Pero, ¿sabes? Yo hice el sistema. Conozco sus limitaciones. Y sé aprovecharlas.
—Como quieras —dije.
Sé que me estabas viendo a los ojos. Dejé la cámara ahí; quería que me vieras mientras llegaba por detrás tuyo, por sorpresa, y te hacía un pequeño corte en el cuello. Uno pequeño, en la región carotídea. Uno a lo largo. ¿Sabes qué jodidamente difícil es cerrar una arteria cortada así? Y la carótida común es esencial para tu vida: alimenta directamente el cerebro. Sería una pena que algo le pasara a esa arteria… Si te cortara la yugular podrías sobrevivir, con un poco de suerte. No en la carótida.

Sí, me estaba dominando el deseo de venganza. Lo más obvio es que no debí haberte hecho la sonrisa de Glasgow. Debí haberte sacado los ojos. No, pensándolo bien, debí haber hecho ambas cosas. Si al principio no te quería muerta, ahora lo quería. Es duro admitirlo, pero te subestimé. Siempre estuviste detrás de Polo, como la buena esposa; antes estabas como la mesera bonita que lo escuchaba. Nunca quisiste figurar. Lo entendí muy tarde: «quisiste». Hubieras conquistado el mundo de haber querido, pero no querías. Lo que te bastaba era saber que hacías feliz a alguien que te hacía feliz. Sí, me habías quitado lo que amaba, varias veces. Ahora te iba a quitar yo todo. Sería tan fácil: Leyli estaba conmigo.

Pero era demasiado fácil. Y a mí me gustan los retos, ¿sabes? Claro que lo sabes, eres una mujer inteligente. Entonces supe lo que ibas a hacer. Idiota. ¿Por qué no me dí cuenta antes? Porque estaba obsesionada contigo, por eso: Regresé al escondite. No me importaba que me vieras. ¿Por qué? Porque no estabas ahí, ¿me equivoco?

Es obvio, Lucía, que no te ibas a quedar quieta esperándome. Decidí que lidiaría contigo otro día. Lo primero era regresar por Polo. Me lo llevaría, a un lugar donde nadie nos encontraría. Me encargaría de que viera las cosas a mi manera. Y a Leyli también; quizá fuera mejor que Leyli se encargara de ti en unos años. Que la sangre te traicione debe doler más, ¿no es verdad? De los demás me haría cargo después. Se debe de hacer lo que se puede hacer en un momento, claro, y después me encargaría del resto. No se olvida a la familia; sólo se le ignora. Polo es muy bueno ignorando lo que no quiere ver. Yo me haré cargo de que no me ignore. No le volveré a permitir que me ignore.

Abrí la puerta del escondite, y grande fue mi sorpresa cuando Polo ya no estaba ahí. No estaba nadie. Reprimí un grito de rabia. Te habías adelantado, perra. La muerte era demasiado buena para ti. Te las habías arreglado para volver a quitarme, otra vez, lo que más amaba. Pero no podías estar muy lejos; te escuché arrastrando a alguien. Sólo había un lugar hacia dónde llevar a tanta gente. A mi camioneta. Chica lista. Si alcanzabas a salir, podrías huír y podría perderles el rastro. No iba a permitir eso. Por fortuna todavía tenía yo la carta ganadora. Leyli había despertado y se puso a llorar: no necesité verte para saber que tu rostro reflejaba lo que sentías. Sí, tu hija era mía ahora. Estabas llevándote a mi hija y a mi familia; yo me encargaría de llevarme a la tuya, al mismo infierno si era preciso. No pude contener la risa. Quería que me escucharas, riendo mientras tu hija lloraba. Soy la hembra alfa de la manada. ¿Quieres a tu cachorra? Ven por ella. Que se notara el parecido de familia. Una sonrisa de Glasgow a tu niña. Leyli sería un gato risón; la llamaría Chesire en tu honor, Lucía.

Saqué el cuchillo. Leyli dejó de llorar cuando apoyé el filo en su mejilla. Sería tan fácil… pero no. No ahora. No tenía caso hacerlo si no ibas a estar para verlo. Sería un cambio más que razonable. Soy una mujer razonable, después de todo. Tu hija o tu marido. Tu hija natural o tu hija adoptiva. Tu hija, destinada a grandes cosas y quien te daría nietos, o tu marido. Te iba a hacer sufrir con esa decisión. Guardé el cuchillo. Leyli me miró a los ojos.
—No temas, pequeña —le dije—. Mamá no te hará daño.
Claro que todavía no estaba decidido quién sería su madre. No tenía duda del resultado, sólo había dos opciones: si no era mía, no sería de nadie.

Eres rápida, te lo concedo. Claro, no eras tan vieja como tu marido; eras más joven que yo, pero yo había rejuvenecido: tú no. Yo era tan fuerte como una mujer de 25 años; tú tienes 38. La mano ganadora estaba conmigo. Es lo que pasa cuando piensas que todo depende de que la diosa fortuna te favorezca con una carta amable. Esto no es un juego de azar: es estrategia. Fui a buscarte directamente. La mejor defensa es el ataque, después de todo.

Cuando te encontré estabas tratando de llamar a alguien. El sonido de mis pasos te hizo girar. Noté la sangre roja en tus mejillas; un buen trabajo, ¿no crees? Te grité.
—¡¿Crees que voy a dejar que te vayas tan fácilmente?!
Estabas lejos. Deberías haber gritado para que te escuchara. Pero no lo hiciste. Te limitaste a hablar por teléfono.

Recordé demasiado tarde que todavía estaban los vigilantes del estadio en la puerta de la entrada: no había salido la camioneta, después de todo. Ibas ganando la batalla por un punto, pero todavía podía darle la vuelta al marcador.
—Deja eso en paz —dije, sacando el cuchillo.
Leyli comenzó a llorar. Apoyé el cuchillo en su boquita, sin dejar de apuntarte con mi arma. Iba caminando.
—Sería una pena si le pasara algo a la bebita, ¿no es verdad?
Fuiste inteligente. Soltaste lo que fuera que traías en la mano. Eras mía.