Ella (22)

Capítulo 22.

Soy muy cuidadosa. Calculé con cuidado todas las posibilidades de que algo fallara o no. Me había tardado seis horas para darle oportunidad a Polo de buscar una excusa para salir de la fiesta. Supongo que se dio cuenta de que su esposa no estaba, y Leyli sí, cuando quiso celebrar su victoria con toda su familia. Sé que leyó el mensaje que «Lucía» le envió, diciéndole que estaba cansada y le dolía la cabeza, y que prefería esperarlo en las oficinas del estadio, con Leyli. Debió notar que algo estaba mal cuando Leyli estaba en sus brazos y su esposa no aparecía por ningún lado. Eso era suficiente para que una persona normal llamara a la policía; pero no Polo. No querría que el ambiente de celebración se terminara tan pronto. Cuidadosamente, mientras trabajaba, le envié nuevos mensajes indicándole la situación. Lo hice parecer un secuestro. En cierta forma lo es, pero no la clase de secuestro que le hice creer que era.

Separé cuidadosamente a todos los miembros de la familia. Quienes más trabajo me darían serían Ada y Ekaterina; en especial mi hija. A ellas las reservé para el final. Organicé todo de manera tal que pareciera que todo estaba normal. No dije «Lucía no sufrirá daños», debo admitir. El demonio está en los detalles.

Esperé pacientemente en mi escondite hasta ver que las luces de los camiones se encendían tal y como lo había previsto; la fiesta ya estaba por terminar. Todos quienes no eran parte indispensable de la fiesta se habían marchado hacía rato; sólo quedaban un par de bodegueros y los veladores, que también se habían sumado a la celebración. Los jugadores no tienen llenadero, en especial si no tienen que trabajar al día siguiente. Pero la cerveza ya había hecho su trabajo y muchos jugadores estaban más cercanos a quedarse dormidos que a seguir festejando. Entré, saludé a algunos por su nombre, para que me recordaran, y busqué a Leyli, quien era la única que no podría estar donde quisiera. Con mi cabello pintado de otro color y maquillaje que disimulaba la forma real de mis facciones, nadie podría identificarme de inmediato, excepto mi familia. Y tú, pero tú no habías hecho todavía ningún ruido.

Mii plan estaba cuidadosamente trazado. Supe que tendría éxito cuando me encontré a Leyli plácidamente dormida sobre la barriga de Tren. Las cámaras de vigilancia que puse seguían ahí, y mi plan estaba exactamente igual a como lo había trazado. Levanté a Leyli y Tren me tomó de la mano y lanzó un gruñido.
—Tranquilo, Tren —le dije—, soy Lucía.
—Perdón, señora.
—No pasa nada. Gracias por cuidarla.
—Un placer —cerró los ojos y se acomodó para dormir. Alguien intentó levantarlo para que se metiera al camión cuando yo salí de los vestidores hacia la zona de oficinas.

Salí al pasillo. No había nadie, pero Leyli estaba inquietándose. No iba a arriesgarme, así que le inyecté un hipnótico ligero y me introduje en la oficina donde me esperaba Farid.

Farid estaba reclinado en un sillón, con un vaso de cerveza todavía en la mano. Parecía que había estado llorando. Tenía su teléfono en la mano. No necesité ver el mensaje para saber que decía que el hospital donde yo estaba internada había sufrido un incendio y habían encontrado un cadáver calcinado en mi habitación. Claro está que yo era quien había enviado ese mensaje. Toqué a la puerta.
—¿Quién es?
—Soy yo —le respondí, acercándome.
—¿Quién…? Oh, en nombre de todo lo sagrado…
—Amor —le dije—, soy yo.
—Chandni…
Me acerqué a él. Olía a alcohol.
—Te amo, Farid. Nada puede cambiar eso. Dejé que mi perfume lo alcanzara. Estaba medio borracho, y si aún podía hacer que se encendiera la pasión en sus ojos…
—Chandni —titubeó—. Debo estar borracho.
—Mírame, Farid. No es un sueño. Tócame. —me sentía estúpida hablando como en una telenovela. Pero Farid cayó en la trampa. No puedes evitar enamorarte de tu otra mitad.
—Chandni —repitió.
Extendió una mano. La tomé, y la pasé por mi rostro, por mi cuello, hasta mi pecho. Lo besé con pasión. ¡Tenía tantas ganas de hacerlo! Me rodeó con sus brazos, aspiró mi aroma, recorrió mi piel. Me besó. Fue un beso mágico, como aquellos cuando éramos jóvenes… pero él recobró el control. Me miró, los ojos encendidos, no de lujuria, sino de odio.
—¿Qué clase de broma es esta? ¿Quién eres?
—Soy Chandni. De verdad lo soy, Farid —dije, mostrándole una jeringuilla vacía. El anestésico hizo efecto casi de inmediato.

Ivanka llegaría después. Un mensaje de Farid, claro. Le comunicaba que lo habían llamado del hospital; en el transcurso de la tarde yo había tenido problemas respiratorios y había fallecido, sin que nadie hiciera nada, porque todos estaban ocupados viendo el partido. Era estúpidamente obvio que era falso, pero también debía parecer estúpidamente obvio que si Leyli y Lucía habían sido secuestradas, pero Leyli seguía en el estadio, podía tratarse de una broma de mal gusto. Pero conozco a mi hermana, casi como si en verdad fuera sangre de mi sangre. Entró sin tocar, y ver que estaba todo oscuro, encendió la luz.
—О, Боже —dijo Ivanka, al verme.
—Hola, hermana. ¿Me extrañaste?
Extendí los brazos. No llevaba armas. Me acerqué, con paso tranquilo.
—No puedes ser tú. Estás muerta.
—Oh, no. No estoy muerta. Los muertos no pueden abrazar a sus hermanas.
Una persona más inteligente se hubiera retirado. Pero Ivanka estaba en estado de shock. Miró detrás de mí; Farid estaba profundamente sedado, Leyli también. Pude ver cómo su mirada se convirtió en un reflejo del miedo que sentía. Le acaricié la cara.
—Mi querida hermana —le dije, mientras la abrazaba.
—Сука —alcanzó a decirme cuando sintió el pinchazo de la inyección.
—Shh… no dolerá, lo prometo —le dije mientras ella ponía los ojos en blanco y caía al suelo. La sostuve y la coloqué en un sillón. Afuera escuchaba que los jugadores mencionaban que los camiones ya habían llegado.

—¿Viene, coach? —le preguntó Rompecabezas a Polo, quien estaba abriendo la puerta de la oficina.
—No, perdón, pero tengo cosas qué hacer. Mi esposa ya viene para acá.
—Bueno. Que se mejore su hermana.
—Gracias. Dile a Ada que venga, por favor. Nos vemos mañana para desayunar.
—Claro, coach.
Cerró la puerta y encendió la luz. Todavía traía el teléfono en la mano. «Nos vamos a la casa.» Un mensaje sencillo, claro, y contundente, que no levantaba más sospechas. Estoy segura que hizo todo lo posible porque ellos no supieran lo que había pasado. Siempre tuvo un buen corazón.
—Hola, Polo —dije cuando se giró. Le clavé la aguja en el cuello, en un movimiento único y fluido; deliciosamente natural. Era un jugador de rugby de casi cincuenta años, y había demostrado una resistencia física excepcional en la cancha; necesitaría una segunda dosis de anestésico. No dudo que el mismo tratamiento que me devolvió a la vida desde las puertas de la muerte también lo haya beneficiado a él; quizá yo hubiera nacido hace 50 años, pero me veía, y me sentía, como una mujer de la mitad de mi edad. Seguramente que lo era; casi la mitad de lo que soy tiene menos de cuatro años de edad, ¿no es maravilloso? La ciencia logró la fuente de la eterna juventud. Así que Polo intentó detenerme, pero su fuerza renovada y sus reflejos aumentados poco pudieron hacer contra el anestésico: tropezó con su propio pie y cayó al suelo, intentó levantarse, pero su sentido del equilibrio lo había abandonado; con la segunda dosis quedó dormido por completo. Sonreí. Mi victoria estaba casi asegurada. Sólo sería necesario un poco de mi magia para lograr mi éxito completo. Pero me hacían falta dos piezas en mi rompecabezas.

Lidiar con adultos es más fácil. Un adulto está acostumbrado a hacer ciertas cosas; un niño y un adolescente, no. Los adolescentes, en especial, son impredecibles. Ada había estado muy ocupada con Rompecabezas; eso se veía. Estoy seguro que mi sobrina había desarrollado una fuerte atracción al muchacho, mayor que ella por seis años. Para que la relación fuera aceptada ella debería haber sido de mayor edad, claro. La mitad de veinte más siete años, diecisiete. Pero faltaban menos de tres meses para que cumpliera quince años, y eso significaba que sólo necesitaría esperar tres años para hacer lo que quisiera. Y estoy seguro que Rompecabezas también se sentía atraído a la muchacha que era una promisoria estrella del rugby y además, la hija de su mentor. Quizá Polo lo había notado; además, era mejor partido que Jaime. Y quizá después pudieran tener una cantidad razonable de bebés. Yo me encargaría de eso.

Me imaginé a mi sobrina haciendo ojitos de borrego a Rompecabezas. Sólo debía esperar tres años y no habría impedimento. La mitad de veintitrés más siete, dieciocho y medio. Dentro del margen de tolerancia. Y durante ese tiempo, aunque no hubiera arrumacos, sí podrían hacer muchas cosas juntos.

Ada abrió la puerta de la oficina, y Ekaterina venía detrás. Nunca debes hablar con extraños, me dijeron mis padres cuando era pequeña. Fue el único buen consejo que me dieron. Pero al igual que a mí, a las chicas el consejo les entró por un oído y les salió por el otro.
—¿Eres la hija del coach? —le pregunté a Ada, mientras simulaba que estaba revisando unos archivos.
Ella asintió. Me acerqué a ellas, simulando buscar algo.
—Espera, me dejó un recado para ti. ¿Dónde lo puse? Ah, sí, me pidió que te dijera que las estaban esperando en la camioneta para irse a casa.
Creo que quizá Ekaterina sospechó algo, quizá una sombra de duda en sus ojitos de distintos colores. Pero no alcanzó a decir o a hacer nada. Ada siempre fue más confiada. Pero ninguna de las dos era rival inmediato para mí. Con la velocidad de una serpiente las inyecté en el cuello; Ada alcanzó a sujetarme del brazo; pero Ekaterina no. Cayeron al suelo casi de inmediato.

Con cuidado los llevé al escondite. ¿Qué mejor escondite que las bodegas bajas del estadio? Hay un montacargas y una escalera; están vacías porque estamos fuera de temporada; el partido fue una simple excusa para ganar dinero, pero Polo supo convertir esa afrenta para su provecho. Los introduje a todos al montacargas; descendimos con gran cuidado hasta el último piso. No abrí de inmediato la puerta, quería asegurarme primero de que no estuvieras muerta.

Grande fue mi sorpresa cuando no te encontré.