Ella (21)

Capítulo 21.

—¿Qué quieres de mí? —fueron tus primeras palabras cuando despertaste. Eres una chica inteligente. Sabes lo que quiero de ti.
En realidad, de ti no quiero nada. Me dolería, incluso, dejar que Leyli creciera sin su madre. Te saqué del estadio cuando la multitud ya se había dispersado. Si alguien nos vio, éramos un par de mujeres borrachas, una más madura que otra. Supongo que debo agradecer tu involucramiento en mi historia.

Ekaterina acababa de cumplir 9 años cuando decidí que era ya tiempo de volver a trabajar. Habían sido largas, largas horas de meditación, cuando por fin supe lo que debía hacer. Debía acabar con mi primer rival. Si quitaba a Sandra del camino, Ada quedaría sin madre; Polo necesitaría a alguien que ayudara a criarla, ¿y quién mejor que yo para la tarea? ¿No habíamos crecido juntos, acaso? Y yo lo amaba de verdad, y estoy segura que todavía me ama. Sí, era menester quitar primero a Sandra del camino. Ella ya era inestable mentalmente, y no necesité mucho para hacerla destruirse. Unas gotas aquí y allá de medicamentos psicotrópicos… siempre he sido buena para ocultarme, entrar a lugares cerrados, y soy muy ágil. Más desde las operaciones. Farid hacía mucho ruido para subir a la azotea, nuestro lugar favorito; Charlotte siempre me decía que ese muchacho se iba a caer cuando lo veíamos subir. Pero cuando Charlotte se descuidaba, yo también subía, sin hacer ruido, y nos amábamos con pasión y con locura. Charlotte nunca nos descubrió, a pesar de que sospechaba que Farid se veía a escondidas con alguien; siempre fui muy buena ocultando pistas. Así que provoqué que Sandra tuviera una crisis nerviosa. Lo planee con tanto cuidado que cuando le anuncié a Farid que iba a regresar con él a trabajar, los acontecimientos ya se habían precipitado y nadie podría decir que tuve algo que ver con ella. Era un plan tan astuto…

Pero nunca puedes controlar todas las variables de un problema, ¿verdad? El camión de la mudanza que contraté reventó dos llantas y perdió el control. Choqué contra él y me salí del camino. De nueva cuenta fue un milagro que hubiera salido con vida. No me podía mover. Ekaterina estaba también mal herida. Tenía qué hacer algo, pero no podía moverme… y el dolor, era un mundo de dolor que no había experimentado en toda mi vida. Cerré los ojos, pensando que cuando los abriera Polo estaría enfrente de mí, como aquella primera vez, y me salvaría… pero cuando los abrí no había nadie. Estaba sola.

Y Farid llegó después. No podía hacer nada más que mirarlo. Estaba yo muy, muy mal herida. Sabía que no pasaría la noche. Pero me preocupaba más Ekaterina. Te he estado mirando, Lucía. Pudiste ser lo que hubieras querido ser, pero decidiste perseguir un único sueño. Pudiera llegar a respetarte por seguir ese sueño, pero no lo suficiente. Pudiste haber sido lo que quisieras, pero te decidiste a ser madre y esposa. ¿Sabes a cuántas feministas hubieras hecho rabiar si lo hubieras anunciado? Y resultaste ser una muy buena madre y una muy buena esposa. Criaste como tuya a una niña de 10 años; te ganaste su respeto hasta el grado de que te considera ya como su segunda madre. Criaste a mi hija no como si hubiera sido tu sobrina sino como una auténtica hermana de la hija de tu esposo. Aceptaste bajo tu techo a una mujer y a un hombre que no tienen ninguna relación de sangre contigo. Eres el centro de sus vidas, Lucía. Me quitaste a mi familia, ¿te enteras? Me quitaste todo lo que quería, y ni siquiera te esforzaste.

Pero eso no es lo peor. Lo peor fue no poder hacer ni decir nada durante años. Hubiera preferido morir. El dolor sólo cesaba cuando Farid me sumía en estado de coma, y me acostumbraba poco a poco a él. Sé que me utilizó como conejillo de indias. Se lo agradezco. No podía dar mi consentimiento, ¿verdad? Y me salvó la vida. Me volvió a construir. Todo, excepto mi cerebro. Sé que suena a cliché, pero el cerebro es más que un órgano. Yo tenía los diseños de una prótesis cerebral. Un estimulador de crecimiento neuronal. Limpias la parte afectada, colocas células madre, y las estimulas para que crezcan en la forma y cantidad necesaria para reparar la parte afectada. Pero siempre fracasaba. Incluso con Ekaterina, que tenía un daño relativamente menor, fue un fracaso. No importa mucho, porque ella siempre fue callada y taciturna. Como ahora.

Sé que estuvo trabajando con el diseño. ¿Cómo no lo iba a saber, si lo sé todo de ustedes y de su vida? ¿No te lo he estado contando, acaso? No te preocupes, lo que te voy a hacer no te va a doler mucho. Es sólo un castigo por haberte metido en mis asuntos. Recuerdo el día en que Farid me pidió mi consentimiento, por fin, tras tantos años. No podía yo hacer nada más que mover un dedo, un único dedo en mi mano izquierda. Bastó para que pudiera comunicarme con él. Cada noche, antes de irse a descansar, Farid me contaba lo que había pasado. Me contaba todo, y eso era lo que me mantenía cuerda. Es un martirio estar encerrada en un cuerpo que no recibe estimulación. Acepté que probara en mí la nueva prótesis mejorada, y fue como si hubiera eliminado un velo de mi cabeza. Fue, al mismo tiempo un éxito y un fracaso, porque recuperó mis funciones cerebrales, pero no mis nervios. ¿Cómo iba a saber Farid que mi cuello estaba roto? No es neurocirujano; esa posibilidad jamás se le ocurrió. Pero mis preocupaciones no fueron en vano. Cuando me mudó a la casa de recuperación, supe que estaría pronto en posibilidad de volver a valerme por mí misma; cada día que pasaba tenía más sensibilidad, hasta el grado de que debí ocultar mis avances a Farid. Necesitaba tiempo de planear mi siguiente movimiento, uno que eliminara todos los cabos sueltos. Es decir, a ti.

Puedo ver que tienes miedo. No, no vas a morir, al menos no de inmediato. Estos cortes que te estoy haciendo son tu castigo, Sonrisitas. Verás, te corté las mejillas. Tienes puestas un par de cartas, unos comodines. ¿No es eso gracioso? Tienes todavía los labios enteros. Quizá cuando pase el efecto de la anestesia sientas ganas de gritar. Será la única manera de que alguien te escuche. Pero, oh, cuando intentes hablar y abrir la boca, las cartas te cortarán más y más los labios, y te dolerá más y más estar aquí, hasta que sientas ganas de gritar, y entonces serás tú quien termine de cortarse esa boquita. No volverás a besar a los míos, perra, me aseguraré de eso. Así como me aseguré de que nadie supiera lo que hacía en el asilo.

Cuatro meses pasaron antes de que pudiera sentir la punta de mis pies. Empecé a entrenarme desde que comencé a recuperar la sensación. Fue al mismo tiempo desgastante y estimulante. Seis meses y ya podía hacer todo sola, sin ayuda. Conoces esa sensación liberadora, ¿verdad? un día cambiaron a la enfermera que estaba asignada a mi habitación, y noté que mis reflejos habían vuelto. Es lo más complejo que puede hacer un cerebro: funcionar de manera inconsciente. Y el mío podía hacerlo. Dejé de depender de máquinas. Seguí haciéndome la vegetal. Farid continuaba yendo a verme, y siempre me hacía una batería mal aplicada de pruebas neurológicas. ¿No te dije que no es neurocirujano? No puede reconocer las señales adecuadamente. Pero no importó. La prueba más fuerte fue cuando llevó a Polo a verme. Me tomó de la mano y me acarició la cara. Tuve que emplear todo mi control para no lanzarme a sus brazos en ese momento. Ya no tenía salida. Polo tenía que ser mío otra vez.

Las circunstancias han conspirado a mi favor. No sé qué viste en Polo, querida. Yo lo sé, pero no puedo describirlo. ¿Te querrá cuando te vuelva a ver? Quizá lo que más le gusta es tu sonrisa. Le va a dar tanto gusto cuando te vea. Bueno, te dejaré por hoy. Vendré mañana, para ver si no te has muerto. Si te encuentran, no olvides mencionar que si abren la puerta jalarán el cordón que va hacia el gatillo. No se necesitará mucha fuerza: ya amartillé el arma, y está apuntándote directo al corazón. Quizá Farid pueda ponerte uno nuevo. No se necesita mucho tiempo para formar un nuevo corazón, tal vez un par de días. Es más preocupante tu cerebro. Se descompone muy rápido, es muy frágil, y nada garantiza que sea igual al que perdiste.

Yo era una mujer amable, ¿sabes? No solo fue la vida la que me hizo cambiar. En realidad, y si leí bien los reportes de mi hermano, soy tan sólo el cuarenta por ciento de la mujer original que fui. Y la prótesis neuronal me cambió mucho, más de lo que recuerdo. Hay aún muchas lagunas, pero creo que todo estará bien en unos años. Me voy. Quizá en la celebración del tercer tiempo ya se hayan dado cuenta de que no estás. Quizá te estén buscando. No creo que aquí. Tengo que volver a prepara mi muerte, ¿sabes? Un accidente desafortunado en el asilo, y otro aquí, contigo… y tengo que hacer que Polo se enamore de la mujer que soy ahora y no de la que fui. Tanto trabajo y tan poco tiempo para hacerlo.

Bueno. Te dejo. Recuerda que esta puerta, si se abre, te matará. Me marcharé por arriba; te dejo abierto. Si gritas, tal vez puedan escucharte. Y te va a doler. Espero que no te moleste que te deje sola y clavada a esa pared. No es nada personal; es sólo que no me gusta la competencia. Adiós.