Ella (20)

Bestia y Satán sacaron en hombros a Polo, mientras Resto del Mundo y Black and Blues espontáneamente le hacían un pasillo al hombre que, ahora sí, se retiraba en la cumbre de su carrera, y había saboreado una vez más, y por última vez, las mieles de la victoria en la cancha. Pronto en hombros iban también Ada, Armando, y Leyli, que disfrutaba el espectáculo como nunca. Jonathan Long se acercó y Tren y Tanque lo levantaron en hombros, para que saludara a la misma altura al hombre que lo había derrotado. En hombros dieron una vuelta olímpica al estadio, y en hombros salieron a la calle. Era hora del tercer tiempo.

Y yo tenía ahora mi oportunidad para actuar.

¿Recuerdas que mencioné que nunca puedes dudar del poderío que tiene una mujer enamorada? Pues la única cosa que tiene más poder que una mujer enamorada es una madre. Y eso soy yo.

Leyli y tú estaban en la banca, Leyli en su papel de mascota del equipo. Al terminar el partido, cuando levantaron a Polo, a Ada y a Armando, te quité a Leyli de los brazos y se la pasé a Manzanares, que recibió a la niña y la subió en hombros. Me miraste, y si dijiste algo, no se escuchó entre el griterío. Entre la multitud te dí un golpe y te aturdí el tiempo suficiente como para llevarte arastrando al interior del estadio. Una vez adentro, el tiempo apremiaba, así que te llevé hasta un cuarto de limpieza, donde te inyecté con un hipnótico potente y me aseguré de que nadie nos pudiera encontrar. Ya había esperado cuatro años; seis horas más no eran diferencia.

Mentiría si no te dijera que fueron seis horas largas, pero no tan largas como las horas que pasaron desde el accidente. Recuerdo claramente, como si hubiera sido ayer, lo que pasó. Lo recuerdo desde que, siendo niños, Farid y yo comenzamos a experimentar con nuestros cuerpos. Éramos gemelos, él era mi espejo, mi otra mitad. Tuvimos una infancia muy dura; claro que terminamos en brazos del otro. Cuando tuvimos la oportunidad de escapar de casa, en Cachemira, y vinimos aquí, de intercambio, me sentí feliz; era yo otra persona aquí, y él también, podíamos ser libres, sin que nadie nos dijera nada… Si no hubiéramos sido tan jóvenes —llegamos cuando teníamos 14 años— de seguro nos hubiéramos podido presentar como marido y mujer, y no hubiera pasado lo que pasó y esta historia no hubiera sucedido; pero sucedió como pasó.

Fue una noche de octubre. Farid y yo nos amamos bajo la luz de la luna, a escondidas. Y entonces la regla no llegó. Me entró un terror pánico. Vivíamos en la casa de Rubén Olmedo y Charlotte Goldman, a quienes apreciábamos tanto que llegamos a amarlos, como a nuestros padres. Fue precisamente eso lo que me hizo tener miedo. Nuestros padres, ¿cómo decirlo? Eran unos fanáticos. sentí miedo de que mi embarazo y mi relación con Farid terminaría por hacer que nos expulsaran de su casa. Y no era fácil vivir en una tierra extranjera. Sí, debí ser más inteligente, y se me ocurrió una solución. Y no era tan difícil, en realidad. Un par de días después, aprovechamos una fiesta… alguien compró alcohol, y aproveché para que Polo y yo nos amáramos. Toda una semana. No había ya ninguna duda: para quien preguntara, mi bebé sería hijo de Polo. Me sentía tan orgullosa de mi astuto plan… Y entonces cometí un error fatal. Otra fiesta. Más alcohol. Me fui con alguien, no sé quién, de la fiesta, en una motocicleta. Supongo que estaba muy borracha como para saber a dónde me llevaban o qué estaríamos haciendo. Sólo recuerdo que circulábamos a alta velocidad y alguien se nos atravesó.

Salí disparada. Algo se me había introducido al vientre. Tanta sangre… Lo arranqué. Fue un borbotón inmenso de sangre roja y cálida. Me tapé como pude. Pero alguien nos seguía. Lo único que recuerdo es que Polo estaba ahí, se inclinó junto a mí, me reconfortó… y me bloqueó la vista para no ver la desgarradora escena que estaba delante mío; el muchacho con el que había salido de la fiesta estaba muerto en un charco de sangre; una mujer lloraba… Yo sangraba demasiado. Por fortuna para mi vida, los servicios médicos llegaron pronto. No volví a ver a Polo sino hasta mucho tiempo después.

El accidente me desprendió el útero. No solo había perdido a mi bebé; también había perdido la posibilidad de tener otros. Inventé una historia que, por increíble, tenía sentido, y era coherente con lo que había pasado. Fue Polo quien me salvó, pero fue Farid quien se quedó conmigo todo el tiempo que estuve internada. Polo e Ivanka sólo aparecían a ratos… Lloré lágrimas amargas porque algo había cambiado en mi forma de ver el mundo…

Mis padres naturales se enteraron, por supuesto, y sin más, su moralina y chocante actitud hizo que me rechazaran. Farid los rechazó a ellos. Pero mis padres de acogida, ellos no. Charlotte me trató como a una verdadera hija, así que cuando cumplí los requisitos de nacionalización, así que cuando estuve en la capacidad legal de cambiarme el nombre, pasé de ser Chandni a ser Charlotte. De cualquier manera ya me llamaban Charlie.

Supe qué había cambiado cuando Polo conoció a esa mosca muerta que era Sandra. Sentí celos. Estaba enamorada de Polo. ¿Se puede amar a dos personas? Quizá, pero el amor que sentía por Farid se volvió poco a poco menos sexual, más fraterno… en cambio, Polo se volvió el centro de mi mundo. Comencé a competir con Sandra por su amor, pero nunca lo logré. No hasta mucho tiempo después. Sandra y yo manteníamos una competencia feroz por el corazón de Polo, pero él no podía pensar en mí como una mujer. Sólo guardaba un secreto para él, pero Sandra nunca le guardó ninguno, y quizá eso fue lo que lo convenció. Lágrimas amargas, sola otra vez…

Pero Farid estaba ahí para apoyarme. Cuando por fin acepté que Polo jamás sería mío, volqué mi atención a mi carrera. Comenzamos a trabajar de nueva cuenta juntos Farid y yo, y la llama que había quedado casi extinta resurgió con fuerza. Cuando pudimos por fin probar que el crecimiento de órganos era viable, y obtuvimos como respuesta un útero nuevo, el mío, que había perdido hacía tanto tiempo, sentí que tenía una nueva oportunidad. La cirugía fue el primer paso. Volvía a ser una mujer completa, así me sentía yo, y tenía qué agradecerle a quien me había devuelto todo de la mejor manera posible. Fue un arduo año, en el que logré quedarme embarazada, pero el producto siempre terminaba en aborto, como si la naturaleza de lo que Farid y yo hacíamos nos repudiara… hasta que decidí hacer trampa. Como parte de nuestras investigaciones Farid y yo teníamos un banco de óvulos. Ivanka nos había proporcionado unos; y decidí utilizarlos como base de un nuevo embrión, un embrión sano que podría implantarme después. Fertilicé el óvulo con uno de mis cromosomas, y logré que se desarrollara hasta la etapa de blastocisto, cuando me lo injerté. Técnicamente hablando, Ivanka es la madre, dado que las mitocondrias son de ella. Supe de inmediato que había tenido éxito. Una nueva vida se formaba en mi interior, una que sería mi hija, y de nadie más. Decidí llamarla Ekaterina. Ivanka estaba tan emocionada cuando le conté lo que habíamos hecho, exceptuando el origen del óvulo. Ella siempre había querido tener una gran familia, pero no quería tener que pasar por el proceso de embarazarse.

Cuando nació Ekaterina noté de inmediato que había algo raro en ella. Un banco de pruebas reveló que mi hija era casi albina, pero con la suficiente cantidad de pigmento como para que sus ojos estuvieran bien desarrollados. Me miré en ella, y también miraba a Ivanka. No había duda alguna de quién era la madre y yo no estaba dispuesta a perder a mi bebé. También supe que Polo se había casado finalmente y que su hija Ada acababa de nacer. Lo había perdido para siempre. Me volví una solitaria, alejándome de todo y de todos, y me fui de la ciudad.

Si no me hubiera ido, quizá las cosas hubieran sido diferentes. Quise hablar por última vez con Polo, y fui a buscarlo a donde sabía que entrenaba. Estaba hablando con una camarera. La miré. Era mucho más bella que Sandra o que yo. Mi corazón se destrozó cuando él le contó a ella que su matrimonio estaba terminado, y ella lo besó. No tenía oportunidad. Lo había perdido.

No. No lo perdí. Me lo quitaste. Y lo quiero de vuelta.