Ella (18)

—No creo haber entendido muy bien —dijo Polo mientras caminaba por la sala. La televisión mostraba a cuatro expertos discutir el anuncio que acababa de hacer el presidente de la Federación Nacional de Rugby League—. ¿Me estás diciendo que, sólo porque ya me operaron y estoy recuperándome de forma satisfactoria, estás haciendo negocio a costa mía? ¿Qué clase de persona eres, cabrón? ¿Por qué tengo que enterarme de estas cosas al final? ¿Mi opinión al respecto no cuenta, carajo? ¿No entendiste ni una mierda?
—El que no ha entendido eres tú. Lo que te estoy diciendo simple y llanamente es que reconozco que tenías razón y es tiempo de dejarte en paz. Te estoy ofreciendo una salida que dejará satisfechos a todos, incluyéndote. Presentaremos a tu muchacho como el entrenador oficial, será el partido final de tu carrera como jugador, y todo lo que se recaude, todo, entradas, venta de recuerdos y vituallas todo, absolutamente todo, lo destinaremos a un fideicomiso a nombre de tu hermana.
—Y lo único que quieres a cambio es mi alma.
—Lo único que quiero de tí es un retiro digno. Jugarás un último partido. Black and Blues contra el resto del mundo. El equipo del que saliste, el original, contra quien tú quieras jugar. Ganes o pierdas, todos ganamos.
—No. Me estás obligando a ganar. Sabes que no puedo jugar; que a mi edad soy un anciano en el mundo del rugby. Mi reputación está en juego aquí y lo sabes. Si pierdo el juego demostraré que estoy acabado y que no merezco estar como jefe de la selección, cargo del que, por cierto, te negaste completa y terminantemente a aceptar mi renuncia de manera unilateral. Y sabes perfectamente que ninguno de los Black and Blues que fueron mis compañeros está en activo, y que los Black and Blues de ahora son un equipo de media tabla. Me estás condenando a perder. Me quieres ver destrozado.
—No. No lo has comprendido. Te estoy dando un regalo fantástico.
—Eres un bastardo. Sabes que no voy a aceptarlo, así que me obligas.
—Eres una de las pocas personas en este mundo que lo tiene todo y no quiere más. Claro que te obligo a aceptarlo. Mañana pasarán por tí para ir a la conferencia de prensa. Toda tu familia estará ahí.
—No voy a jugar.
—Claro que lo harás. Te gustan los retos.
—Me gustan los retos que yo decido enfrentar.
—Y sabes que éste te encanta.
—No.
—Sí. Te veré mañana.
La comunicación se terminó.

—Deberías hacerlo —preguntó Ada.
—¿Et tu quoque, Ada, filia mi?
—Me gustaría verte jugar. Eres una especie de ídolo para el país.
—¿Por qué todo mundo insiste en que soy alguien que hace cosas fuera de lo normal?
—Porque lo hiciste, hermano —dijo Ivanka—. A tu manera revolucionaste el rugby, primero como jugador, luego como entrenador. Y como directivo podrás lograr algo aún mejor.
—Quiero ser un hombre normal. No quiero aparecer por todos lados. Quiero vivir en paz.
—Te casaste a los 35 años, y tuviste una hija a los 36. Diez años después, tu primera esposa murió, y a los 46 años te casaste con una mujer mucho más joven, con quien tienes una hija, y que ha sido como la madre de tu hija mayor, a quien adora. De pronto te reencontraste con tu familia de crianza, eres como el padre que nunca tuvo tu sobrina, y como por arte de magia tus hermanos, tu familia y tú terminan viviendo bajo el mismo techo. Lo único que hace falta para completar un milagro es que Charlie se recupere. Con tu suerte, eso sucederá.
—Tengo casi 50 años. Muchos jugadores de rugby ya piensan en la jubilación a los 25.
—Muchos jugadores de rugby no tuvieron la segunda oportunidad que tú tuviste. No parece que hace cuatro meses ni siquiera te hubieras podido mover sin bastón. Y para tener 50 años, hermano, no los pareces. Si Lucía no te hubiera atrapado primero serías un plato apetecible.
—¿Et tu, soror?
—Te ví jugar cuando era niña —dijo Lucía—. No entiendo qué le ves al rugby, pero yo sé qué te veía a tí. Tenía 14 años cuando te vi jugar por primera vez, y tú tenías 25. Yo era una niña, pero me enamoré de ti al verte salir a la cancha en ese partido. Lo recuerdo. Black and Blues contra Águilas Reales. El único equipo de toda la federación que no representaba a un ser mitológico, un animal, o una cosa física. Un moretón, nada más. Saliste a la cancha con el uniforme clásico, cuartos azul cielo y negro, con short negro y medias azul oscuro. Eras el único con zapatos de color negro. Saliste de la mano de una muchacha muy bonita, lo recuerdo, y me imaginé qué se sentiría si hubiera sido yo la que te tomaba la mano. No me importaba ningún otro equipo: sólo los equipos para los que jugabas. Te vi pasar por Centauros, por Cañones, por Mil Cumbres, y de regreso a Black and Blues. Tenía yo 24 años cuando me enteré que te acababas de casar. Lo vi mientras limpiaba una mesa del bar junto al club, y me tuve que sentar porque sentí que se me iba el alma al suelo. Lloré esa noche, porque supe que te había perdido. Eras mi crush. Y entonces empezaste a venir al bar, y comenzaste a hablar conmigo… me contabas tantas cosas de tu casa y cómo tu familia se desmoronaba. Y yo supe que no te había perdido, que simplemente habías cometido un error. Me convertí en tu amiga. En tu asesora. En tu confidente. En tu cómplice. Tú y yo lo sabíamos todo de ambos. Y cuando te divorciaste, estuve ahí. Y esa noche, cuando te quejaste de que te hubiera gustado que una mujer tomara la iniciativa, aproveché la oportunidad. Deberías hacerlo. Tomar la iniciativa. Eso hacías cuando eras jugador, y eso le has enseñado a todos, excepto a ti. ¿Qué pasa si tomas la iniciativa y haces quedar en ridículo a todos? ¿Te imaginas?
—Me están haciendo bullying…
—¿Y por qué no hacerlo? —dijo Farid.
—¿Et tu, frater?
—Yo me limito a decir que es una oportunidad fantástica para sacar a ese payaso de la Federación.
Polo lo miró a los ojos. Asintió.

La mañana siguiente fue la conferencia de prensa. Ada y Ekaterina, vestidas de negro y azul, lo flanqueaban. Lucía y Leyli acompañaban a Farid y a Ivanka, a un lado, alejados de los micrófonos y apenas al alcance de las cámaras. Villalobos no aparecía por ningún lado.
—Quiero agradecer a todos ustedes que hayan venido, y les ofrezco una disculpa a nombre del presidente Carlos Villalobos, quien no pudo asistir por un asunto intempestivo que me parece tiene algo que ver con una máquina del tiempo y un anticonceptivo.
Los asistentes rieron.
—Comprendo que hayan escuchado ustedes un montón de cosas con respecto al partido que tendremos en unos meses, para conmemorar mi retiro. Aparentemente, los términos del mismo se han confundido un poco, y me gustaría aclararlos, aquí, frente a todos.
»Primero, es cierto que voy a jugar con Black and Blues mi partido de despedida, pero no como entrenador: como dueño. Hace unas horas me convertí en propietario del club que me hizo lo que soy. Entrenaré con ellos y jugaré con ellos una última vez, y nunca más volveré a pisar una cancha en calidad de jugador. Mantendré mi posición habitual de pilar izquierdo, pero después de esto, no volveré a jugar rugby a nivel profesional ni amateur.
»Segundo, no hago esto por ningún motivo que no sea egoísta. Mi hija y mi sobrina, aquí presentes, jamás me vieron jugar. Mi esposa ha sido aficionada no al deporte, sino a un jugador en específico. Ella tampoco me vio jugar jamás en vivo, ocupada ella como estaba de atender a los parroquianos que acudían a la taberna en la que trabajaba, la cual estaba junto a la asociación estatal, a unos pasos de distancia de la cancha en la que mi equipo entrenaba. Mucho me gustaría que me vieran jugar por última vez.
»Tercero, acabo de iniciar un fideicomiso, a nombre de mi hermana Charlie Bhatt, dedicado íntegramente a desarrollar tratamientos para quienes sufren daño cerebral, como mi hermana, resultante de un accidente automovilístico. Me hubiera gustado que fuera nuestro presidente Carlos Villalobos quien hubiera hecho este anuncio: la Federación se ha comprometido a donar íntegro el dinero recaudado de la venta de boletos, alimentos, bebidas y recuerdos del partido que jugaré, vistiendo el uniforme de Black and Blues, junto con los actuales miembros de la selección nacional y bajo la dirección técnica de Armando Máximo, mi brazo derecho.
»Cuarto, deseo anunciar aquí mi postulación para asumir la presidencia de la Federación Nacional de Rugby League en las siguientes elecciones. No dudo que enfrentaré a nuestro amigo Carlos en las elecciones, y no dudo tampoco que el resultado de este partido sea capaz de decidir en las elecciones. Gane o pierda, sigo siendo un hombre de rugby league y seguiré trabajando por el deporte que amo y que me hizo lo que soy.
»Finalmente, y sin importar el resultado del encuentro, apenas suene el silbatazo final renunciaré a mi puesto como seleccionador nacional, de manera irrevocable, y será Armando quien asuma esa posición. Muchos tendrán dudas sobre el desempeño de Máximo como entrenador, siendo que es aún muy joven; a ellos, les recuerdo que yo no estuve entrenando con la selección nacional estos últimos seis meses, por estar convaleciente de las operaciones que me permitirán jugar una última vez, y que fue Máximo quien, como mi suplente en el banquillo de seleccionador, logró que calificáramos en primer lugar del grupo al mundial que se celebrará el próximo año. No tengo ninguna duda de que será Máximo quien llevará a nuestro país a alturas mucho más elevadas que las que yo que yo lograra alcanzar durante mi permanencia como seleccionador nacional.
»Mis estimados amigos, sé que el estadio estará lleno a reventar, y que millones de personas querrán ver si este veterano es capaz de alzarse con la victoria. No tengo ninguna duda de que lo haremos. Pero también deseo recordarles que es por una buena causa, aunque esta causa tenga origen en el egoísmo, la soberbia quizá, de este humilde jugador de rugby. Por eso les ruego a quienes me vieron jugar que no vayan al estadio. Permitan que aquellos que nunca lo hicieron sean quienes asistan. Ustedes, amigos míos y aficionados al deporte, por favor, donen al fideicomiso Charlie Bhatt y permitan que aquellos menos afortunados que ustedes tenga una segunda oportunidad. Me retiro, porque tenemos muchas cosas qué hacer para que este partido sea memorable.
»Muchas gracias.

Polo se retiró, acompañado de su familia. Los reporteros se quedarían esperando que alguien resolviera sus dudas: la especulación sobre el partido se extendería por semanas y no parecía tener visos de disminuir. Incluso quienes no les importaba el deporte se habían subido al tren y compartían sesudas opiniones al respecto. Pero lo más importante de la conferencia de prensa sucedería apenas Polo saliera del auditorio. Carlos Villalobos llegó corriendo tras Polo, sudoroso y cansado, y lo había tomado del brazo para encararlo.
—¿Qué hiciste, hijo de mil putas?
Polo le retiró el brazo.
—Aprendí del maestro. Disfruta lo que te queda de tiempo como presidente.
—Te voy a destruir.
—Inténtalo. Y mucho cuidado con no seguir al pie de la letra lo que dije, si quieres retirarte con dignidad. Busca a los mejores jugadores del mundo. Nos enfrentaremos contra ellos y atraeremos las miradas. Gane o pierda el juego, ahora el que va a perder eres tú.
Polo se alejó, mientras Villalobos gritaba maldiciones.

Polo se volcó completamente al entrenamiento. Lucía se encargó de mantenerlo lo suficientemente cuerdo, al grado de que muchos se preguntaban cómo era posible que hubieran durado tanto casados. Nunca puedes dudar del poderío que tiene una mujer enamorada. Farid se dedicó en cuerpo y alma a monitorear el entrenamiento de Polo, para que ni él ni su equipo se fuera a lesionar antes del juego. Lucía misma se dedicó a supervisar los requerimientos nutricionales; no sólo eso; sino que ella misma se dedicaba a cocinar para todo el equipo. Leyli se había convertido en la mascota del equipo, bien pronto se convirtió en un ritual acariciarle la cabeza a la nena para obtener suerte. Con ella en el campo, los jugadores se sentían más confiados.

Pero si Leyli era la mascota, Ada era la inspiración. Entrenaba al parejo que ellos. Nadie estaba dispuesto a dejar que una chiquilla de 14 años fuera mejor que ellos; con Ada en el campo, todos tenían que dar su mejor esfuerzo. La chica quizá no pudiera hablar, pero tenía una personalidad que lo compensaba. Se había vuelto la entrenadora no oficial del segundo equipo; si los Blacks se enfrentaban a los Blues, los partidos terminaban decididos por unos pocos puntos, y nunca por más de un try. En cambio, en los partidos de preparación que Black and Blues había tenido contra el campeón, subcampeón y el primer lugar del torneo nacional, los había aplastado con victorias contundentes: 78-0, 72-0 y 84-0. Ada había sido entrenadora auxiliar en los tres juegos, y en los tres juegos había sido impecable su desempeño. Se había ganado a pulso su lugar.

Black and Blues funcionaba ya como un motor eficiente. No sólo eran capaces de jugar sin necesidad de hablarse: podían jugar sin necesidad de verse. Los juegos que habían tenido como preparación, a puerta abierta, demostraba que Polo, aunque mucho más lento que antes, todavía estaba en forma. Su posición como 10 no era tan ventajosa para un capitán, pero no lo necesitaba: había entrenado a su equipo para que reaccionara con elegancia a cada situación. La selección del resto del mundo no tendría oportunidad porque jamás habían estado tan compenetrados.

Una semana antes del juego el país se había paralizado. El rugby había pasado de ser un deporte minoritario a un deporte de masas. Lo que pasara después del juego no tenía importancia: antes del juego, hasta los más recalcitrantes se habían sumado al tema, algo que no se veía desde los tiempos en que Nelson Mandela era el presidente de Sudáfrica en el mundial de rugby de 1995. La selección del resto del mundo arribó al Centro de Entrenamiento, y Polo en persona se encargó de recibirlos a todos y a cada uno en el aeropuerto y llevarlos hasta el hotel. El entrenador de Resto del Mundo, Jonathan Long, incluso cenó con su gran rival y amigo la noche en que llegó. Pasara lo que pasara, se decía, el tercer tiempo sería épico.