Ella (17)

Capítulo 17.

Eran las seis y media de la mañana cuando lo despertaron unos insistentes golpes en la puerta de su habitación. Farid se levantó de mala gana, quitó el seguro de la puerta y abrió un poco la hoja.
—¿Qué pasa? —preguntó, bostezando.
—Ven. Nos vamos a correr.
Farid cerró la puerta. Polo la volvió a abrir.
—Nos vamos a correr.
—Ni tú puedes correr ni yo puedo correr.
—Precisamente —dijo Polo, poniéndole una maleta entre las manos—. Zapatos, short, camiseta. Es un día fresco. Comenzaremos caminando, e iremos subiendo de nivel conforme avancen las semanas.
—No.
—Mi techo, mis reglas. Tu techo, mis reglas. Nos vamos a correr.
—Oblígame.
Polo inclinó la cabeza de lado a lado e hizo crujir las vértebras cervicales.
—Como gustes.

Diez minutos después estaban en el marco de la puerta.
—Comenzaremos con unos ligeros ejercicios de calentamiento. Caminaremos dos kilómetros a velocidad moderada, y estiraremos. Será todo por hoy.
—Tengo que llegar temprano a la oficina.
—Y mientras menos tiempo te la pases quejándote, más tiempo tendrás para hacer tus cosas. Comenzaremos por el cuello.
Terminaron de calentar y comenzaron a caminar. Polo iba hablando, contento; Farid con trabajo podía caminar y respirar al mismo tiempo.
—No puedo creer que hayas dejado decaer tu condición física tanto.
—Si…
—Quiero decir, no es que el tenis hubiera sido precisamente una actividad de alto impacto, pero al menos te servía…
—Sí…
—No sé por qué dejaste de jugarlo. Está bien que no eras precisamente el mejor tenista pero te defendías.
—A veces…
—Charlie era muy buena. Debió ser seleccionada olímpica de haber tenido la oportunidad. Quizá incluso pudiera haberse vuelto profesional. Si hubiera sido entrenadora…
—Sí…
—De verdad que no entiendo cómo es que un médico como tú se dejó caer tanto, hermano. Ya casi cumplimos los dos kilómetros, cien metros más…
—Sí…
—Puedo entender cómo es que yo me dejé decaer. No tanto decaer como negarme a ver que estaba jodido. Pero tú, carajo, tú entre todos. Y Charlie. Hablando de Charlie, nunca nos contaste finalmente cómo murió finalmente Charlie. Ahora, detente aquí, vamos a hacer unos ejercicios de enfriamiento y estiramiento, recupera el aliento primero, aspira… contén… exhala…

—No me gusta hablar de eso. Es mi fracaso más grande —dijo Farid un mes después, cuando ya podía trotar cinco kilómetros sin perder el aliento.
—Necesitas sacarlo de tu sistema, hermano.
—No es fácil decirlo. ¿Recuerdas que el rector de la universidad fue a mi clínica? Cuando desconecté a Ekaterina. Charlie estaba en la habitación de al lado. Me había negado a desconectarla… y cuando no estaba con Ekaterina o durmiendo, trabajaba con Charlie. Pero llegó el momento en que me desmoralicé; debía admitir que Charlie no se iba a recuperar. El rector me dijo que debíamos desconectarla. Era lo correcto. Pero no podía. Yo no podía. Me era imposible desconectarla; era mi hermana. Hasta que un día escuché de una chica que necesitaba un trasplante, con carácter de urgente, de riñón.
»Llamé al hospital; si me ayudaban a trasladar el órgano, les donaría el riñón izquierdo de Charlie, que no había sido dañado. Coseché el órgano, pero en lugar de desconectarla, implanté un riñón recién impreso. Y el injerto prendió. Charlie estaba dando vida después de muerta. Anuncié que donaría todos sus órganos y la dejaría morir… y en realidad todos los órganos los reemplacé. Reemplacé todo, excepto el cerebro. Todo funcionó. Documenté todo el proceso. Charlie y Ekaterina habían sobrevivido al proceso, sin secuelas graves.
»No es un proceso perfecto, hermano. Se requiere mucho, pero mucho trabajo, y por alguna razón que no termino de comprender, los órganos y tejidos terminan teniendo una densidad mayor, y se acumula masa. Un riñón, por ejemplo, pasa de pesar menos de 200 gramos a pesar casi 300. Los tendones y los músculos también se vuelven más gruesos y fuertes, que es lo positivo del procedimiento. Pero la mayor densidad se acumula en los huesos. Sigo estudiando el proceso completo, pero en promedio todo lo que reemplazo aumenta de peso entre un 15 y un 35%.
—Eso resuelve la duda de por qué si hago ejercicio y bajo de tallas, peso más.
—Sí, yo también lo noté. ¿Te ha dolido algo?
—No. Al menos, nada a lo que no esté yo acostumbrado. Pero me decías de Charlie…
Se pusieron a estirar los músculos.
—Lo último que hice fue algo de lo que no me siento orgulloso. Fue cuando me decidí a aceptar tu oferta de mudarme contigo. Terminé una última operación con Charlie, con un electroestimulador neuronal. La idea general, sin meterte mucho en los auténticos problemas que representa el concepto, es estimular el cerebro a que trabaje, mientras un ejército de células madre reemplaza las neuronas muertas. Es más que eso, pero es más o menos la idea, ¿comprendes?
—No, pero supongamos que sí. Entonces querías volver a hacer que funcionara el cerebro de Charlie.
—Sí. Sabemos que el cerebro es más que un órgano, pero se lo debía a Charlie. Y a Ekaterina. Quizá el problema de habla con Ekaterina se pudiera solucionar si sabía qué debía cambiar. Pero también sabes que no soy neurocirujano. Me pasé la noche en vela, intentando decidir. Hablé con Charlie; sabía que no me iba a responder, pero también sabía que debía hacerlo, aunque fuera para sentirme mejor.
»Le pregunté qué debía hacer, hermano. Le pregunté, y ella me apretó la mano.

Habían pasado dos años, pero hubiera podido ser ayer; así de fresco estaba el recuerdo. Farid estaba sentado, llorando, asido de la mano de Charlie. Acababa de desconectar todas las máquinas de vida artificial. Continuaba conectada al monitor cardiaco.
—¿Qué debo hacer, hermana? ¿No te he hecho sufrir ya demasiado? ¿Valdría la pena intentarlo? —preguntó.
Farid sintió un apretón ligero en la mano. Abrió los ojos.
—Chandni? Kyā āpa vahāṁ haiṁ? —¿Estás ahi?
Otro apretón. Más fuerte.
—Mujhē kyā karanā cāhi’ē? —¿Qué debo hacer?
No hubo respuesta.
—Maiṁ yaha karanā cāhi’ē? —¿Debo hacerlo?
Un apretón.
—Yaha cōṭa karatā hai? —¿Te duele?
No hubo respuesta.
—Maiṁ yaha karūm̐gā —Lo haré.

Preparó todo. De nueva cuenta hizo todo el trabajo solo. No había una razón para no hacerlo. Volvió a intubar, volvió a conectar las máquinas de soporte vital, volvió a abrir. No hay casi sangrado en la cabeza si no dañas directamente el cerebro. Eliminó todo el tejido que estaba muerto, lenta y penosamente, observando y reemplazando sólo lo mínimamente indispensable. El cerebro es más que un órgano, y es muy flexible. Colocó las prótesis, las mismas prótesis que había diseñado sin probar, el mismo sistema que había utilizado en Ekaterina. Pero no de manera tan extensa. El cerebro es más que un órgano, así como en Ekaterina los implantes funcionaron pero no correctamente, tampoco lo harían en este caso. Pero Farid no tenía manera de saberlo. Fueron casi 40 horas sin dormir, sin comer, sin descansar. Haciendo el trabajo solo. El último paso fue una simple operación plástica: removió todo el cuero cabelludo íntegro y lo reemplazó por piel artificial, con el objetivo de que no quedaran cicatrices tan visibles.

Dos semanas después, volvió a desentubar. Corrió toda la serie de pruebas que esperaba. Salvo el cerebro primitivo, no había respuesta. Respiraba sola, abría los ojos, parpadeaba, todos los reflejos parecían estar ahí… pero no había conciencia. Farid se echó a llorar. Había fracasado…

—La llevé a un asilo, con la esperanza de que los cuidados que le pudieran dar ahí le dieran más tiempo para la recuperación. Es un órgano sumamente complicado, el cerebro. Hay una orden de no resucitación, por ejemplo… No me resigno a dejarla ir.
—¿Ha mejorado?
—Después de nueve meses cambiaron a las enfermeras. Una de ellas no sabía que Charlie necesitaba ser entubada para comer y la alimentó con cuchara. Ella tragó sola. Puede beber también, si llega a cierta cantidad en la boca. No hacía eso cuando estuvo conmigo. Cada mes voy, le hago una batería completa de pruebas neuronales, y noto cierto avance. Muy poco, pero lo noto. Quizá si continúo investigando el cerebro podré dar con una cura. Es mi esperanza. La amo, hermano, la amo como no tienes idea.
—¿Dónde está? ¿Cómo has podido mantener en secreto esto durante tanto tiempo?
—El asilo está cerca de aquí. ¿Quieres visitarla?
—Sí. Quiero convencerme de que dices la verdad.
—Lo haremos después de desayunar.

Era un palacete amplio y bien iluminado, con más aspecto de abadía o convento que de hospital. Cuatro pisos, tres pisos con 100 camas para los pacientes y un piso con departamentos para los residentes, tanto médicos como de enfermería. Polo y Farid estacionaron el auto en una entrada flanqueada por árboles. Era como estar en una casa de campo, pero en el interior de la ciudad. El arquitecto que la había diseñado, consciente de que afuera no habría nada que ver afuera, diseñó todo de manera que mirara al interior. Cuatro enormes patios con jardines bien cuidados completaban el conjunto. No era mal lugar para vivir. Farid ya era conocido por todos, así que de inmediato lo guiaron hacia su paciente.
Y ahí estaba, tendida en la cama, como dormida. La larga cabellera negra caía en una cascada. La enfermera había terminado el aseo diario.
—Los dejo a solas. Llámenme si necesitan algo.
—Gracias, Ana —dijo Farid. Esperó hasta que cerrara la puerta antes de continuar —. Aquí la tienes.
—Mein gott, no ha envejecido un día —dijo, colocándose a la izquierda.
Acercó la mano para depositar una caricia.
—Es como si estuviera dormida. Incluso parece que está sonriendo.
—Y tal vez lo esté haciendo. Ambas cosas —dijo Farid.
Sacó su instrumental del maletín.
—Chandni, Charlie, somos Farid y Polo. ¿Recuerdas a Polo?
Si Polo notó un estremecimiento, no le dijo nada a Farid.
—Cómo me gustaría que pudieras venir con nosotros —Polo colocó una hebra de pelo rebelde detrás de la oreja— y ser otra vez una familia completa, como antes. Ekaterina está tan bonita, y Ada cada día que pasa se parece más a su madre y no a mí…
Farid dejó que Polo hablara y hablara. Él también necesitaba hablar. Comenzó a trabajar.

Pero los dos salieron cabizbajos de la habitación ese día.