Ella (16)

Capítulo 16.

Rompecabezas llamó la atención del equipo.
—Escúchenme, señores, les tengo un par de noticias. La primera es que pase lo que pase ya calificamos, así que vamos a jugar sin presión. La segunda es que el coach les manda saludos y quiere que le abollemos la corona al campeón.
El vestidor estalló en un rugido.
—Así que repasemos la estrategia que vamos a usar.

Llevaban el tercer uniforme, enteramente en naranja brillante. Los quince jugadores principales entraron a la cancha, el resto se quedaron en la zona de banquillos. El árbitro llamó a los capitanes; Rompecabezas se veía patéticamente pequeño frente al capitán rival, de dos metros de alto y enfundado en un uniforme a rayas gris y negro en diagonal con pantaloncillos en negro. El árbitro venía enfundado en un uniforme harlequín. Rompecabezas escuchó que alguien hacía crujir los dedos. Alcanzó a ver de reojo que eran los pilares.
—Que lo intenten —masculló.
Ganó el volado y eligió lado de la cancha. La afición empezó a cantar. Se dirigió a su posición.

—A mí se me hace que el coach Montes ya se tomó mucho tiempo de recuperación, no sé usted qué piense, ingeniero.
—Pues esas cosas no son precisamente fáciles y recordemos que el coach ya no se cuece al primer hervor, no es un jovencito.
—La verdad, ingeniero, si el coach no se presenta en este partido comenzaré a pensar que es verdad que el entrenador es el capitán, ese muchachito Armando Máximo, el Rompecabezas, que aunque es bueno le falta la experiencia y el colmillo del coach Montes.
—Eso es verdad, y en la Federación han estado de misteriosos, ya ve cómo son…
—¿No creerá los rumores de que el coach está en el bote?
—No, más bien creo que está curándose en salud por si este partido falla. Si no aparece, y gana, podemos decir que el equipo sigue con la marcha que ha tenido por pura inercia. Si aparece, y gana, es señal indubitable de que el coach sigue al mando del equipo. Si no aparece, y pierde, es obvio que la locomotora se nos está descarrilando, aunque ya estamos calificados al mundial matemáticamente, y si aparece, y pierde, pues no quiero pensar que el coach habrá perdido su toque mágico.
—¿Cree usted que aparezca hoy el coach, ingeniero? Yo pienso igual que usted, bueno, a veces, y me parece, me parece, digo, que el coach no va a estar aquí porque está viendo jóvenes talentos.
—Ah caray. ¡Ah, caray! ¡Jóvenes talentos!
—Pues claro. Me informan que el coach está viendo la final entre las Furias y las Mineras, dos equipos de la liga municipal sub-15. Y quién cree que es la capitana de las Furias.
—No me lo diga. No me lo diga. La hija del coach.
—Así es. Y aquí la tenemos, vea nomás a la muchacha. Catorce años como catorce soles y ha ganado todo lo que se ha propuesto ganar. Pero claro, qué otra cosa se podía esperar de la hija de Leopoldo Montes. Y además tiene una sobrina que no se dedica al rugby sino al softbol y me dicen que es la pitcher más fina desde que Ivanka Tereshkova ganó el Clásico Mundial, y además es igualita a ella, mire usted.
—Ah, caray, eso tiene que ser fotoshop, Ingeniero,
—No, licenciado, nada de eso, aquí todo como es, al natural, y mire usted qué cosas, no me va a creer quiénes son parientes.
—No me diga que la gran Ivanka Tereshkova y el gran Leopoldo Montes están relacionados.
—Pues si no quiere que le diga que son hermanos, no se lo digo, licenciado, pero nada más por eso vamos a estar pendientes de los marcadores de esos dos encuentros.
—Puras sorpresas en este día. Y ahora veremos si nuestros muchachos pueden vencer a nuestros odiados rivales en el partido de hoy por el primer lugar en el clasificatorio mundialista, recordando que ya estamos del otro lado y nada más tenemos que ver qué posición nos va a tocar. ¡AAAAAAAAAAFICIONADOS QUE VIVEN EL JUEGO DEL HOMBRE! Arrrrrrrrancamos con las hostilidades…

Los visitantes pusieron en movimiento el balón, un tiro profundo que llegó hasta la línea de 10 metros. Tren lo recibió; era un jugador lento, pero era un jugador grande. Recibió el balón con facilidad y avanzó, quitándose rivales con facilidad. Se necesitó de cuatro jugadores antes de que Tren cayera y se decretara el primer tacle: había avanzado hasta la media cancha. Tren jugó el balón y Ojo Rojo lo tomó. Un pase a Satán, luego uno a Bestia, y de nuevo a Satán: éste se estampó contra la defensa gris y negra e hizo volar a un back como pájaro antes de ser llevado al suelo, treinta metros más allá. Satán jugó el balón, lo pasó a Rompecabezas, que lo pasó a Bestia, que corrió y cayó, con tres jugadores en las piernas, justo sobre la línea de try. El árbitro lo dio por bueno y Bestia se levantó.
—No intenten taclearme por arriba —les advirtió a sus rivales—. Por abajo. A las piernas. Hasta parece que son nuevos.
Quienes eran nuevos en la cancha eran Bestia, Satán y Tren. Generalmente estaban en las reservas, por ser demasiado lentos y demasiado violentos. Ojo Rojo convirtió y el marcador estaba seis puntos a cero. Apenas habían pasado dos minutos.

Las Mantarrayas se reorganizaron. Conociendo por fin el esquema de juego, la solución era sencilla: había que cansar a los gordos. Sería difícil, reconoció el coach, pero para la segunda mitad podrían recuperarse. Pero Rompecabezas lo había previsto. Decidió que los gordos jugaran largo y al fondo, forzando a que los rivales buscaran el hueco que los gordos dejaban, pero los gordos eran buenos cazadores. Ninguno de los equipos avanzaba mucho, pero al menos tampoco perdían el balón. En el quinto tacle pateaban al fondo, y volvían a repetir el esquema. Pasaron 20 minutos antes de que Ojo Rojo tomara el balón y avanzara; buscó apoyo, pero estaba demasiado lejos, así que pateó el balón; el gol cayó; un punto extra. Los gordos impedían de manera efectiva el avance del rival, pero ya estaban mostrando huellas de cansancio. Las Mantarrayas se dieron cuenta, y trataron desesperadamente de provocar fallas en la defensa pateando lejos, pero Rompecabezas había nulificado esos intentos haciendo que sus gordos patearan apenas recibir el balón. Un gol extra, ocho a cero, pero faltaba todo el segundo tiempo y cinco minutos del primero; una raya cruzó el campo aprovechando un hueco entre Tren y Satán; Bestia alcanzó a taclearlo justo cuando se acercaba a la línea de try, pero la línea de in-goal se deslizó bajo el balón y el árbitro decretó que se había conseguido el intento. El pateador de las mantarrayas logró la conversión. Ocho a seis. Tren estaba bufando. No había corrido tanto desde que era un niño, y aún entonces, no había corrido tanto como ese día. Aún así se las arregló para interceptar un balón y avanzar cinco metros antes de que le provocaran el tacle. Se puso de pie, recuperó el aire, y jugó el balón. Ojo Rojo avanzó, y Tren intentó avanzar, pero las piernas no le respondían. Ojo Rojo pasó el balón al Chistoso, que se lo pasó a Rompecabezas, que se lo pasó a Huesos. Huesos se las arregló para avanzar cincuenta metros antes de que lo taclearan. Se levantó, jugó el balón, y Tren lo recibió. Avanzó dos pasos antes de que llegaran a taclearlo entre cuatro, pero logró pasar el balón. En el hueco resultante Huesos se escabulló para anotar un try por debajo de los palos. Ojo Rojo pateó otra vez, una conversión exitosa. Catorce a seis. El árbitro decretó la finalización del encuentro.

—Tren y Bestia; a la banca. Satán, quédate un rato; cambiamos en diez minutos. Entran Lamprea y Anguila primero; Manzanares, por Satán cuando yo lo diga. Nos vamos a concentrar en cansar a las mantarrayas, y a ustedes los quiero ver como si en lugar de águilas anaranjadas fueran zanahorias con mantequilla, ¿entendido? No suelten el balón. Nos vamos a jugar hasta el último tacle mientras no cambiemos a Satán. Satán, Ojo Rojo, jueguen por la banda. Que te saquen de la cancha, Satán, aunque perdamos el balón, para dar tiempo de que la defensa se reorganice. Vamos a aprovechar todas las faltas. Si puedes, pateas, Ojo Rojo. Te van a tratar de machacar, atento, Pelón, por si tienes que entrar de reemplazo. Necesito un último try y después nos aventamos hacia atrás aunque nos anoten. No me importa perder. Estamos metiendo un poco de ruido a la señal, lo suficiente como para despistar al enemigo.
—Okey, si de esos se trata, cámbiame a los cinco minutos del partido —dijo Bestia.
—Pero no quiero que vayas a provocar una falta.
—Sólo si se me atraviesa alguien sin el balón.

Regresaron a la cancha. Tren se quedó en la banca, con bolsas de hielo en las piernas. El árbitro silbó el inicio de la segunda mitad.
—Vamos, mis buenas gentes, vamos… —masculló Rompecabezas mientras se acomodaba el protector bucal.
Midió la distancia. Miró el balón, la hache, y el balón. Tomó vuelo, y pateó el balón a corta distancia. Los mantarrayas tardaron en reaccionar; Anguila ya se había apoderado del balón y corría en dirección al área de try. Tres segundos eternos más tarde había avanzado treinta metros para el primer tacle. Anguila jugó el balón para Valladares, que lo jugó para Rompecabezas, que se escurrió entre dos mantarrayas y avanzó quince metros más para el segundo tacle. Jugó el balón, lo recibió Ojo Rojo, que lo pateó a la banda derecha y lo recibió un cansado Bestia, que estaba solo, y entró trotando al área de try. Dieciocho a seis. Se quedó en el suelo y pidió cambio. El árbitro autorizó el cambio, y entró Lamprea mientras Ojo Rojo cobraba la conversión y golpeaba el poste. Los mantarrayas recibieron el balón y corrieron, siendo tacleados hasta el metro treinta de su propio campo.
Bestia caminó hacia su banca, acompañado de las asistencias. Se quitó el protector bucal y se quejó cuando pasó frente al coach rival.
—A Lamprea lo detienen de las piernas bien fácil.
El coach lo siguió con la mirada pero no movió la cabeza. Dijo algo a su asistente. Éste asintió y se dirigió a un jugador.

Lamprea, en realidad, no tenía intenciones de taclear y mucho menos de ser tacleado. Recibía el balón y lo pateaba lo más lejos que podía. Provocó un par de cuarenta veintes y estuvo a punto de escurrirse por la línea de try pero siempre pasaba el balón antes de acercarse. Satán recibió el balón y le provocaron una falta a cinco metros del área. Rompecabezas se acercó, llamó a las asistencias y ordenó el cambio por Manzanares. El coach rival notó que la defensa impenetrable que tenía su rival estaba ahora devastada: era su oportunidad.
—Como lo practicamos, Manzanares—dijo Satán cuando salió.

La salida de Tren, Bestia y Satán no había provocado la caída de un muro defensivo: era la apertura de las puertas para la caballería. Lamprea, Manzanares y Anguila se volvieron imposibles de atrapar. Es verdad que tampoco los dejaban avanzar, porque no buscaban el contacto, pero tenían vuelta loca a la defensa, que iba tras las piernas de los jugadores y les dejaban libres los brazos para pasar el balón. Los tres patearon a gol, los tres anotaron, y el marcador se puso veintiuno a seis a veinte minutos del final. Rompecabezas recibió un tacle a destiempo y sintió que el tobillo se le había falseado. Un pilar rival salió pintado de amarillo; Rompecabezas decidió salir, con el último cambio que le quedaba por hacer. El Rubio entró, mientras las asistencias sacaban al capitán.
—¡Ojo Rojo! ¡A cargo!
Ojo Rojo asintió.
—Señores, veinte minutos nada más y se acaba esta chingadera. A defendernos como podamos. No quiero ninguna otra lesión.

Se reanudó el juego con un tiro libre. Lamprea recibió el balón, y avanzó por la banda de la izquierda. Se detuvo, y su rival se detuvo también, desconcertado. Le pateó el balón, el rival lo tomó instintivamente, y tres águilas anaranjadas lo taclearon. El árbitro estuvo a punto de pitar algo, pero se lo pensó mejor. Las mantarrayas corrieron por todo el campo, y anotaron un try al centro. Parecía que los locales iban escoltando a sus rivales; no intentaron taclearlos en ningún momento. El pateador convirtió. Veintiuno a doce. Eventualmente Manzanares recibió el balón. Con la pierna fresca, se las arregló para que el balón recorriera los cincuenta metros de la cancha y rebotara en el área de try; Lamprea y Anguila corrieron por cada banda, buscando hacer presión en el suelo con el balón. Fue Lamprea el que lo logró. Veinticinco a doce. Una conversión exitosa de Manzanares. Veintisiete a doce. Faltaban 10 minutos.

Rompecabezas hizo una seña. Ya no debían esforzarse en atacar, sólo en defender. Ojo Rojo asintió. Se replegaron y bajaron la guardia. El coach de las mantarrayas aprovechó la ventaja y realizó otro cambio, un jugador de velocidad. Ojo Rojo miró a Rompecabezas, Rompecabezas negó. El nuevo jugador recibió el balón y se fue directamente por el centro. Nadie lo persiguió. Bajó la velocidad al acercarse al área de try y se giró; quizá no había escuchado el silbato y se había detenido la jugada. En su lugar, el fullback se acercó caminando, se colocó delante de él, y le pidió el balón. El corredor se lo pasó. Valladares se fue caminando hacia el centro de la cancha, cruzó la línea de media, y siguió caminando, a paso tranquilo, mientras sus compañeros recuperaban el aliento. Incluso el árbitro se veía confundido. El coach les gritó algo. Cuando los mantarrayas reaccionaron, Valladares ya había apoyado el balón en el área de try rival y se había sentado en el suelo: las asistencias llegaron con agua. El árbitro tardó unos instantes en reaccionar: marcó el try. Treinta y uno a doce. Manzanares convirtió. Treinta y tres a doce. Faltaban cinco minutos.

El coach de las mantarrayas sólo agitaba la cabeza.

Reinició el juego. Las mantarrayas se concentraron en anotar. Las águilas de color zanahoria se limitaron a defender, pero no con grandes ganas. Despeje, try, conversión. Despeje, try, conversión. Treinta y uno a veinticuatro. El árbitro silbó el final del encuentro.

—Qué partido, ingeniero, qué partido.
—Yo no sé qué habrá tomado el muchacho Rompecabezas pero me quiero casar con él, oiga usted, qué manera de jugar, aleatoria, diría yo, y por eso mismo imposible de adivinar.
—El muchacho metió toda la carne al asador con jugadores nuevos, así que el entrenador Valverde, de los Mantarrayas, que llegó confiado en que mantendría al mismo equipo que había usado en los partidos anteriores, no pudo nulificar la falta de estrategia. Ese try caminando, el mejor del mundo, y mire que llevo muchos años viendo rugby y jugando rugby y narrando rugby, qué maravilla.
—Le digo que lo que toca el coach Montes se convierte en oro: su muchacho aquí, el gran Rompecabezas, logra una victoria no sólo contundente, sino hasta vergonzante, contra los campeones regionales y del mundo, y me informan que las Furias le ganaron a las Doncellas quince carreras a catorce, y que las Salvajes despedazaron a las Mineras por catorce puntos a cero en un partido que estuvo más emocionante que éste e igual de aleatorio. El coach Montes es el coach Midas para mí.
—Y con esto despedimos la transmisión. Muchas gracias, buenas tardes, pásela bien.