Ella (15)

Capítulo 15.

—No entiendo —dijo Polo, saliendo del baño con una simple toalla atada a la cintura—. Si bajé tres tallas el tiempo que estuve incapacitado, ¿por qué peso cinco kilos más que antes?
—Sospecho que por tus prótesis. Kate sigue pesando diez kilos más de lo que debería, y eso que está más delgada de lo que me gustaría que estuviera. Te dejé tu ropa en la cama.
Lucía estaba arreglando a Leyli para salir; casi era hora del juego.
—Se lo preguntaré a Farid mañana.

El cuarto juego de la selección fue fuera de la ciudad. El juego de Ada y el de Kate eran en dos escuelas diferentes, a la misma hora. No había modo de que pudiera ver jugar a todos; así que Polo tomó una decisión. Con los rumores de que Rompecabezas no era el entrenador principal, sino sólo cubriendo al coach, los comentaristas se habían dado por satisfechos y elogiaban una vez más al equipo, en especial al capitán, que sabía transmitir como nadie las instrucciones del seleccionador nacional. No necesitaba ir a ese juego, así que fue al de su hija, junto con su esposa y su bebé. Farid e Ivanka fueron con Kate.

Las Salvajes se enfrentaban contra las Mineras, por el título. Habían estado estudiando el esquema de juego de sus rivales, y Ada había llegado a la conclusión de que debían concentrarse para avanzar, y dispersarse para defender. Pero su entrenador había dicho que no; que la solución era mantener un esquema de juego permanentemente abierto.
—A lo largo de los años —le dijo su padre la noche anterior— llegué a la conclusión que el coach no entiende un cuerno lo que está pasando en la cancha. Son los jugadores los que lo saben. Haz lo que creas conveniente.
Ada no comprendía a cabalidad quién estaría en lo correcto, así que decidió hacerle caso primero a su coach.
La patada inicial la recibió Fichas, y casi de inmediato fue tacleada por una minera. Fichas jugó la bola, y la tomó Sally. Ella intentó correr por su banda, pero había una pared, así que pasó el balón justo antes de recibir el tacle. Bere intentó correr, pero la pared estaba demasiado cerrada. Ada se dio cuenta de que las mineras también habían estudiado su estilo de juego y nulificaban sus avances. Decidió patear para abrir el juego; apenas era el tercer tacle y nadie esperaba esa jugada. Escuchó a su coach gritar en la banda, pero no le hizo caso. Con el balón tan en el fondo, todas las mineras se vieron obligadas a regresar, y Ada, sintiendo que los pulmones se le reventaban, corrió tras el balón. Una minera intentó tomarlo, pero el balón rebotó en la dirección contraria, y Ada se lanzó tras él. Capturó el balón y se lanzó para apoyarlo en el área de gol, pero se le salió de las manos y salió por el fondo. El árbitro decretó bola muerta. Ada estaba frustrada, pero sabía lo que debían hacer.
—¡Las posiciones que entrenamos ayer! —silbó.
El coach de las mineras empezó a hacer señas. La capitana entendió y movió a sus jugadoras de posición, hablándoles a corta distancia.
«Saben qué hacemos.»
—¿Las de ayer? —silbó su fullback.
—¡Sí, las de ayer! —repitió. No habían entrenado en conjunto el día anterior.
Dos de las chicas entendieron lo que Ada quería hacer: si ellas no sabían dónde debían estar, sus rivales tampoco; por tanto, serían impredecibles. Había que intentarlo.
Las mineras pusieron el balón en juego y consiguieron avanzar a la mitad de la cancha, pero Ada y su fullback habían cambiado de posiciones. Elí actuaba ahora como la medio scrum, y la capitana estaba hasta el fondo; eso le dejaría tiempo para planear una estrategia. Su coach estaba que se lo cargaba el carajo.
—Interesante —dijo Polo, inclinándose hacia el frente—. Creo que a los dos coaches les va a dar una embolia o un infarto.
—¿Por qué?
—Ada acaba de volver el juego impredecible.
La estrategia dio resultado; no importaba qué hicieran, las mineras no podían adaptarse al estilo de juego de las salvajes. Las salvajes sólo necesitaban hacer un punto, uno, para ganar el campeonato. Sally pateó a gol desde la línea de treinta metros; ella era pilar, no pateadora, y lo más seguro era que fallara, pero se las arregló para que el balón pasara por la parte superior de la H. Las mineras sintieron que se les caía el corazón al suelo.
Volvieron a intercambiar posiciones: Ada empujó a una de sus pilares y señaló a la posición de fullback. La chica asintió. Con tanto cambio de posición, las salvajes comenzaron a equivocarse, y provocaron un scrum. Ada iba a colocarse detrás de su manada, pero lo pensó mejor. Se puso al centro, miró a sus compañeras, y sin decir nada, sin un gesto siquiera, se asió a sus pilares.
—Abajo. Adentro. ¡Juegue! —cantó el árbitro. Las chicas hicieron contacto, y Ada empujó con todas sus fuerzas. Elba y Laura empujaron también. No se suponía que ellas empujaran; el scrum de league casi nunca era disputado… pero lo disputaron y lo ganaron. Fichas recibió el balón, y corrió en un enorme hueco provocado por la sorpresa. Ninguna minera la pudo taclear y anotó un try bajo los palos. Falló la conversión, y el árbitro silbó el medio tiempo. Ada se tiró al suelo; estaba agotada por el esfuerzo. El coach entró a la cancha, airado, y comenzó a regañar a sus jugadoras.
—Ahora viene la parte interesante —dijo Polo—. Si el otro coach juega bien sus cartas, puede nulificar a Ada. Yo ya vi dos o tres maneras de hacerlo. Y una manera de ganar.
—¿Ah, sí? ¿Cómo?
Miró a los lados, miró al frente. Se acercó a su esposa y le puso una mano al oído.
—No sé si haya alguien escuchando, pero yo haría goles.
—De eso se trata, genio —respondió Lucía.
—No, no se trata de hacer puntos.
Lucía no era aficionada al rugby, así que no entendió la estrategia hasta que no la vio en acción. Ada había llegado a la misma conclusión que su padre. Se acercó a su pateadora, pateó el suelo, señaló a todas sus compañeras, y señaló a gol.
—Pero el coach dijo que… —comenzó Karo.
Ada levantó un dedo. Pateó el suelo, señaló a todas sus compañeras, y señaló a gol. Hizo la seña de 10 con las manos.
—Pero…
Ada volvió a levantar el dedo. Volvió a señalar a la tribuna: no podía dar su discurso (no le habían llevado su diadema) pero Karo sabía a qué se refería. Karo levantó el dedo, demostrando que había entendido, y se dirigió a sus compañeras a explicar la estrategia. Ada fue a la banda, con el coach, y en lenguaje de señas pidió que cambiara a tres de sus jugadoras, las que estaban más cansadas. Aquello molestó al coach, que se negó.
—Haz tu trabajo, que yo haré el mío.
Ada movió la cabeza y regresó a su posición. El árbitro silbó y el juego se reanudó.

—¡MATAR! —silbó Ada.
Fichas, Sara y Eva corrieron como una sola en dirección a la portadora del balón. Fue Sara la que la tacleó. Fichas tacleó en la siguiente jugada, Eva en la tercera. Ada interceptó el balón antes de que se completara el cuarto tacle, y se ganó un tacle casi de inmediato. Le pasó el balón a Karo. Estaba en la marca de los cuarenta metros. Karo pateó a gol y acertó.
Ada volvió a mostrar los 10 dedos. Karo asintió.
El coach de las Mineras se dio cuenta de la estrategia cuando Fichas interceptó el balón y en lugar de correr con él, para ganar metros, lo pasó a Karo, que estaba más atrás de la media cancha. Karo corrió, y al llegar a los cuarenta metros, y con la presión del tacle encima, pateó una vez más a gol y volvió a acertar. Hizo unas señas a una jugadora, que asintió. La siguiente vez que Karo pateó a gol, la número 13 de Mineras se le fue encima. El árbitro marcó falta, sacó tarjeta amarilla, y marcó drop penal; Karo estaba en el suelo, llorando y cubriendo su codo izquierdo con la mano. Las asistencias la sacaron, directamente al área médica. Ada supo que habían descubierto su estrategia. Acompañó a su compañera a la banda, y le dijo al coach que necesitaba cambiar a Karo por Edith. El coach miró el brazo de Karo: estaba en carne viva. Esperó que no se lo hubiera roto y aceptó el cambio sin chistar. Luego recordó que Edith no era pateadora. Ada recordaba perfectamente que Edith no era pateadora.
Fue Ada quien cobró el drop penal. Por un instante que se le hizo eterno vio cómo el balón se acercaba al gol, pero había sido una patada excepcionalmente elevada. Las mineras empezaron a sonreír cuando vieron que el balón no iba a llegar al gol… y entonces vieron que Edith corría con toda su velocidad, saltaba, tomaba el balón, y corría a apoyarlo debajo de los palos. El árbitro silbó el try.
Ada se permitió sonreír, mostrando el protector bucal de dientes de vampiro y con mirada maliciosa. Eran suyas.
—¡Defensa siciliana! —silbó. Sólo debían sobrevivir 10 minutos, 10 minutos… Alguien la tacleó sin tener el balón. Todo se puso negro.

La parte alta de la séptima entrada. Si Kate ponchaba a la jugadora, todo se terminaba. Si no… no quería ni pensarlo. El estadio estaba excepcionalmente silencioso. Inconscientemente buscó a su prima. No estaba. Su tía sí, mirándola en silencio desde la otra orilla. Su padre también, mirándola, nervioso. Su catcher le hizo señas. Negó las primeras dos. La tercera la aceptó. Tres bolas, dos strikes, dos outs, casa llena… Iban ganando por cuatro carreras. Sólo necesitaba un out. Un out, y terminaría el juego.
Adoptó su posición tradicional de lanzamiento. Lanzó la pelota. Podía ver la paloma amarilla volando; su trenza recorría el aire describiendo una espiral; pudo ver cómo la bateadora de las Doncellas conectaba un fierrazo que se elevó por el jardín central… entraron cuatro carreras en la registradora y Kate se permitió el lujo de acuclillarse. Estaba cansada y le dolía el brazo.
—Le dije a la coach que no entrenaran anoche —dijo Ivanka.
—¿Cuándo has visto que un entrenador de escuela secundaria tenga sentido común?
—No puedes exigirle de más a tus jugadores. Es el camino a la derrota.
Kate decidió que permitiría que la siguiente bateadora conectara un hit. Si lo calculaba bien, si el tiro tenía la suficiente fuerza como para que fuera un out, podría irse a descansar. Le dolía mucho el brazo. Había sido el duelo de pitcheo más fuerte que recordara en su corta vida. Adoptó la posición, y lanzó el balón. La jugadora conectó, pero la primera base capturó y cayó el tercer out.

Regresó al dugout y se sentó. Le dolía la cabeza; le dolía la mano, le dolía la cicatriz del cuello, le dolía el vientre, le dolía el cuerpo entero. Cerró los ojos un instante, y su coach le dijo que iba a ser la tercera en el orden al bat. Kate asintió, resignada. Necesitaba su gargantilla; se sentía desnuda sin ella. La primera de sus compañeras conectó un hit; se ganó la primera base. La segunda bateadora fue a la caja de bateo, y a ella le correspondía entrar a la zona de bateo. Estuvo a punto de tomar el primer bat; realmente no le interesaba, pero era su deber y ella siempre había cumplido con su deber. Buscó a Ada, y no la encontró. Miró hacia su tía. Asintió. Tomó un bate de aluminio. No le gustaban los bates de aluminio, pero estaba frío, y se sentía mejor en su mano cansada que uno de madera. Su compañera fue ponchada. Era su turno de ir a la caja de bateo.
Un sonido comenzó a elevarse de la zona de la porra.
—Kate. Kate. Kate. KATE, KATE, KATE, ¡KATE! ¡KATE! ¡KATE!
Golpeó la almohadilla con el bat para tomar su distancia. Miró a su rival. Ella también estaba cansada. Kate aspiró profundamente y contuvo la respiración. Miró a su rival a los ojos, y se acomodó para batear. La pitcher lanzó la pelota.

—¡ADA! ¡ADA! ¡ADA! —comenzó a corear la gente en la cancha.
Ada gritó en silencio. Le dolía la cabeza. Golpeó el suelo con el puño y se sentó. Se llevó la mano a la frente y cerró los ojos. Le dolía la cabeza, pero nada que no hubiera soportado antes. Se puso de pie. Le habían sacado la tarjeta roja a la jugadora 10 del equipo rival. Tenía los ojos anegados de lágrimas. Se secó los ojos con el cuello del uniforme y miró a la banca. Karo estaba ahí, con el brazo vendado. El coach le hacía señas para que saliera.
—¡NO! —silbó Ada— ¡Catorce, siete, dos, cinco, ocho!
El partido debía acabar en un instante. Cinco minutos más. Tenía una jugadora más en la cancha, iba ganando, y se iba a quedar con esa copa. La cabeza le dolía. Se sobó el cuello y se volvió a colocar el protector bucal.
El balón se puso en movimiento. No se dio cuenta exactamente en qué momento le llegó el balón, pero llegó por la ruta que había pedido. Las mineras no se habían reacomodado, y corrió al punto en que debía haber estado la jugadora número 10 rival. Nadie intentó taclearla hasta que fue demasiado tarde. Faltando dos metros sintió que alguien la golpeaba por la espalda, pero ella ya iba volando, con el balón al frente. El pasto se acercaba en cámara lenta…

La pelota amarilla se acercaba en cámara lenta hacia Kate. Kate exhaló al tiempo que intentaba golpear la bola con todas sus fuerzas. El metal se estrelló contra la pelota y se alejó en dirección del jardín derecho. Sabía que debía correr, pero estaba tan cansada. Tenía que hacerlo. soltó el bat y se dirigió a primera base su compañera ya corría en dirección a tercera base. La pelota chocó con el suelo y rebotó en la pared del fondo. No fue una carrera. Kate pasó volando por primera base, con rumbo a la segunda. Su compañera ya iba en dirección a home. La jardinera envió el balón a tercera, y la tercera envió el balón a home…

—¡Try! —sentenció el árbitro.

—¡Safe! —sentenció el umpire.

Ada y Kate, cada una en su campo, cayeron de rodillas por el esfuerzo. Las sacaron en hombros de la cancha.