Ella (14)

Capítulo 14.

El final del segundo partido de la selección se traslapaba con el primer partido de la liga de softbol y el inicio del verano. Polo era un hombre con sus prioridades bien definidas, así que fue al softbol, claro que viendo el rugby por televisión. No le gustaba para nada estar en la silla de ruedas, pero Polo todavía no podía caminar largas distancias, el «estadio» no estaba precisamente muy bien acondicionado, y el brazo derecho apenas comenzaba a flexionarse, a pesar de la terapia física que recibía.
—No es la edad, es el kilometraje —se quejaba Polo.
El partido de rugby terminó sin incidentes, aunque la victoria no fue tan holgada como se esperaba, según los comentaristas. Polo se pudo concentrar en el softbol a partir del tercer inning. Ekaterina era la imagen de la elegancia y se veía un tanto fuera de lugar en el centro del diamante. Alternaba las posiciones de pitcher y jardín derecho, y en ambos se movía con la gracia de una bailarina de ballet. Traía pintado el cabello con los colores de su equipo, en una trenza larga. No estaba usando la gargantilla vocalizadora, por seguridad; se limitaba a una gargantilla de encaje que un chico le había traído de Brujas. Todos los chicos del equipo varonil suspiraban con ella, pero ella se limitaba a quedarse ahí, silenciosa y quieta, y a veces, sólo a veces, a sonreír cuando la situación lo merecía. Y entonces era como si el sol mismo les hubiera sonreído. Las chicas estaban celosas de Ekaterina.
Ada estaba muy ocupada animando a la porra, que estaba formada íntegramente por el equipo varonil de softbol y los dos equipos de rugby. Lo que no podía gritar ella hacía que lo gritaran los dos equipos. Enfundada en el uniforme de rugby y con dos pompones azul y oro en las manos, no había duda de que las Furias tenían el más grande apoyo de cualquier deporte organizado por la secundaria. Cero bolas, dos strikes, dos outs en la parte alta de la séptima entrada. Ekaterina estaba lanzando un juego perfecto y las Olas no habían podido anotar ni una sola vez, pero las Furias también mantenían el marcador en ceros. Su catcher le hizo una seña. Ekaterina asintió y tomó la pose de pitcheo. Estiró el brazo, trazó una curva perfecta, y la bola describió una parábola de libro de texto. La bateadora golpeó la pelota amarilla con todas sus fuerzas. Sin moverse de su lugar, Ekaterina estiró la mano izquierda y utilizó el guante gastado para atrapar la pelota.
—¡Out! —cantó la umpire.
—¡KATE! ¡KATE! ¡KATE! —empezaron a cantar los muchachos, animados por Ada. Ella se quitó la cachucha e hizo una reverencia, sonriéndoles.
—Ese lanzamiento lo he visto antes —dijo Polo.
—Esa coach que tienen es una inútil, pero Katy aprende rápido. Ya quiero que alcance los 16 años y pueda entrar a jugar en la selección nacional. Tres años, nada más, tres años…
—¿Desde cuándo le dicen Kate? —preguntó Farid.
—Desde que está en secundaria, шут —dijo Ivanka.
—Realmente necesitas tomar aire fresco más seguido, hermano —dijo Polo. Leyli hizo gorgoritos.
—¿Pero qué tal batea? —preguntó Lucía.
—Lo averiguaremos en un momento —dijo Ivanka. Ekaterina era la cuarta al bat.
La pitcher de las Olas de Atlantis tomó su lugar. Se veía enojada. Su color de piel iba enrojeciendo cuando la primera bateadora anotó hit; la segunda, base por bolas; la tercera recibió un pelotazo y avanzó automáticamente. Miró con un odio profundo a la porra de las Furias; Ada le dedicó una seña e hizo que los muchachos gritaran otra vez.
—¡KATE! ¡KATE! ¡KATE!
Ada silenció a los muchachos y se giró para ver la jugada. Su prima no era precisamente la mejor bateadora, pero siempre podía haber un golpe de suerte.
La pitcher lanzó su bola más rápida. Ekaterina giró el bate como si estuviera bailando y golpeó la pelota con todas sus fuerzas. No necesitó correr: había sido homerun. La porra estalló en júbilo; Ada saltaba como nunca; Kate sonreía de oreja a oreja desde el plato de home.
—Eso también lo he visto antes —dijo Polo.
Ivanka le guiñó el ojo.

El tercer juego coincidió con rugby de Ada y softbol de Kate. Uno a continuación del otro, en campos adyacentes. La familia podía moverse de uno a otro simplemente dando la vuelta a la tribuna. Conspiró con Rompecabezas para decir, en la entrevista final, que se había vuelto a hacer cargo del equipo, pero que prefería no estar en el banquillo para no exponer demasiado sus articulaciones, que todavía no se recuperaban, así que había visto el partido desde un palco. Ni siquiera escuchó el partido: se limitó a revisar de tanto en tanto el marcador. Luego se enteró de que los comentaristas dijeron que se notaba otra vez su huella en el equipo, a pesar de que el marcador había sido el menos abultado.
Ada había decidido seguir el ejemplo de Kate y se había pintado dos rayos con los colores de su equipo en el pelo. Su labor como capitana la ejecutaba a la perfección en silbo gomero. Al finalizar el primer tiempo las Salvajes iban perdiendo por tres tries y dos conversioens contra las Amazonas, pero eso no iba a dejar que Ada perdiera la confianza. Kate se acercó con la diadema y la pizarra: era mucho más fácil y rápido explicar así los movimientos. Les sonrió a sus compañeras y les señaló a su padre.
—Es el entrenador de la selección nacional y está aquí viéndonos en lugar de estar en el estadio con su equipo. ¿Creen que quiero que nos vea perder? No. Y tampoco nos va a ver perder. Sally, por la banda de la derecha. No sueltes el balón. Bere, al centro. Si te toca un tiro libre, lo pateas hacia nuestro lado. Lisa, cruce por la izquierda detrás de Bere. Karo, cuando te pase el balón corres como desesperada y te le estampas a quien veas enfrente. Fichas, en lugar de taclear trata de interceptar pases; cuando lo hagas, corres hacia la banda pero en diagonal. Sólo pateamos en el sexto tacle si no estamos a menos de veinte metros del área de gol y podemos hacer un drop; si no, golpeamos para ganar terreno. ¿Entendido?
—¡Sí! —gritaron las ocho niñas. Kate se llevó la diadema y la pizarra.
El árbitro silbó. Las Salvajes hicieron caso de las indicaciones de su capitana y comenzaron a trabajar. Ada recibió la patada de despeje, corrió por el centro y se llevó a la defensa cuarenta metros antes de ser tacleada; jugó el balón, y Karo corrió otros treinta metros, para lanzarse al área de goal. Ella misma cobró la conversión y acertó.
—¡Las estamos poniendo nerviosas! —silbó Ada.
El balón se puso en movimiento. Errores en el manejo de ambos equipos provocaron un scrum. Ada se veía calmada. El balón entró y salió, y Ada tacleó a la receptora del otro equipo. Se jugó el balón, y la chica intentó un pase largo; Fichas interceptó el balón, pero en lugar de correr en diagonal se fue al frente.
—¡Diagonal! —silbó Ada, justo a tiempo; Fichas se movió hacia la derecha y la otra chica se comió un trozo de pasto. Aún así, cinco metros más adelante Fichas fue tacleada. Ada llegó corriendo; silbó un «bien hecho» y Fichas jugó el balón. Ada le pasó el balón a Karo, que gritó y bajó la cabeza, arrollando a dos amazonas, y siguió corriendo. Una amazona logró colgársele de la pierna y provocar el tacle, pero ya estaban en la línea de 20 metros. Se necesitaron dos tacles más para avanzar a la línea de 10, y Bere se encargó de ver un hueco en el cual anotar. Otra conversión exitosa de Karo y la diferencia era de apenas cuatro puntos. Faltaban 20 minutos y las Amazonas empezaban a desesperarse. Ada sonreía; el bucal con los dientes de vampiro era una muestra más de su manera de intimidar a sus rivales. Silbó más instrucciones.
Sally recibió el balón y se fue corriendo por la banda; una tras otra las amazonas intentaron taclearla, y una tras otra las amazonas fallaron. Sally anotó un try fácil, y Karo, de nueva cuenta, convirtió. Ahora estaban arriba en el marcador. Faltaban 10 minutos. El partido estaba cerrado; las amazonas se estaban concentrando en la defensa y evitaban que las salvajes se acercaran a su área de try. Ada vio una oportunidad por la banda de la izquierda y corrió al hueco; una amazona observó su jugada y la detuvo, sacándola de la cancha. Ada se levantó, y notó que estaba sangrando por la nariz. Las asistencias médicas llegaron, y Polo utilizó la mano derecha para mantener sentado a Farid.
—También te hace falta hacer deporte, debilucho —le dijo.
Las asistencias le pusieron algodón en las narices a Ada, que regresó a la cancha casi de inmediato con la mirada encendida.
—Ada salió igual que su padre —dijo Polo—. Donde lo encuentre al desgraciado lo mato…
Ada volvió a silbar instrucciones. Faltaban cinco minutos. Eventualmente Ada recibió el balón y corrió por la banda de la izquierda, otra vez. La misma jugadora venía otra vez a taclearla, pero Ada, con gracia, giró sobre su eje y cambió su dirección. La amazona salió de la cancha, y Ada se acercó al gol para anotar al centro. Escupió el bucal, levantó los brazos y se dejó caer al suelo. Había anotado el try ganador, sin duda. Las asistencias llegaron. Si Karo convertía…
Y convirtió. Ada hizo la seña de cambio; estaba exhausta. Las asistencias le quitaron el algodón de la nariz y la revisaron a conciencia; sólo cuando el árbitro silbó el final del encuentro Ada se permitió relajarse. Fue a hacer el pasillo con sus compañeras y a gritar los nombres de los equipos. Buscó a su padre y le dirigió una seña. Otra a sus tíos. Y otra a Lucía.

Kate estaba calentando cuando escuchó el alboroto. Ada llegaba en brazos de sus compañeras de equipo, todas recién salidas de los vestuarios; la chica sonrió. Los aficionados del rugby, que normalmente se iban después del juego, se quedaron para ver el softbol.
—No puedo creer la presión que sentirá la pitcher —comentaba un padre de familia—sabiendo que tiene que estar a la altura de su prima.
—Bah —le dijo Ivanka—, le aseguro que es la prima la que está buscando sentirse a la altura de la pitcher. Ivanka se había pintado el pelo con los mismos colores que su sobrina. Lucía jugaba con Leyli, Polo y Farid discutían sobre su mutuo estado de salud; Ada ya había tomado los pompones azul y oro y estaba organizando a la porra, a pesar de lo cansada que estaba.
Quienes tenían la presión para jugar eran las Lobas. Las Furias jugaron un juego perfecto, y en dos entradas cedieron el turno de bateo tras anotar cinco carreras.
—Siento que alguien ha estado entrenando mejor a las chicas —comentó Polo.
—No se me ocurre quién —dijo Ivanka. No creo que haya sido porque su entrenadora haya tomado un curso en la federación a cargo de la seleccionadora nacional. No se me ocurre que eso haya pasado.
—No lo creo —dijo Polo—. Se notaría en el marcador si eso hubiera sucedido.
El partido estaba tan disparejo que Kate comenzó a lanzar más lento de manera intencional, sólo para darle un poco de sabor al juego.
—Siento que Katy es como el gato que juega con la presa antes de comérsela —comentó Lucía al ver que la chica había permitido un par de homeruns.
—Este partido es fácil. Tiene apoyo. Ya veremos el siguiente.