Ella (13)

Capítulo 13

El techo era blanco, completamente. La iluminación difuminada no lastimaba sus ojos. Farid hizo una seña y una joven aplicó el anestésico.
—Necesito que cantes 99 botellas de cerveza en la pared, por favor.
—Noventa y nueve botellas de cerveza en el bar, noventa y nueve botellas, destapa una y pásala, noventa y ocho botellas de chela en el bar —comenzó a cantar Polo.
El techo era blanco, pero al llegar a la botella número noventa todo se puso negro.

El techo era blanco, completamente, pero no le importó. Tenía cosas más importantes en qué pensar.
—Puja… respira… puja… —dijo la joven.
Lucía gritó, una mezcla de dolor, agotamiento, frustración y algo más.
—Ya asoma la cabeza… Un poco más…
Lucía volvió a gritar.

En el quirófano adjunto, Farid se estremeció un poco.
—Debí haber programado la cirugía desde mucho antes —murmuró el médico.
Se concentró en su tarea: debía reemplazar toda la articulación de la rodilla y la del codo. No era tan difícil, se dijo, ya lo había hecho antes… y el resultado de esa operación estaba en la sala de espera, con su prima y su tía, esperando pacientemente los resultados…

Ada no se podía quedar quieta. Caminaba de un lado para otro en la salita de espera, manipulando entre los dedos su diadema. No emitía sonido alguno, pero se le notaba lo nerviosa que estaba. Iba a nacer su hermanita, lo sabía, pero hasta ese entonces no le había entrado la idea en la cabeza. Lucía ya no podía seguir siendo Lucía si era la mamá de su hermanita, ¿verdad? Pero no podía ser «mamá». Sólo tenía una madre. Pero Lucía había sido tan buena con ella… Quizá sí podía ser «mamá», después de todo… no, pero eso sería faltar el respeto a la memoria de su madre… «Mom,» pensó, «es ligeramente diferente. Lucía es ligeramente diferente.» En inglés, la seña para «mom» era la mano bien abierta y el pulgar tocando ligeramente el mentón . En español, «mamá» era formar la letra m, los dedos índice, corazón y anular al frente, el meñíque y el pulgar detrás de ellos, tocándose los labios con el dorso dos veces. Funcionaría. «No será mi mamá, pero puedo dejar que sea mom. Sí, eso haré.»

Ivanka pensaba que era una lástima que no se pudiera fumar. ¿Cómo se podía ocultar el nerviosismo si no era envenenándose un poco con nicotina y alquitrán? Comenzó a trenzarse el cabello. Más preocupante era el hecho de que era el primer embarazo de Lucía y la bebé había decidido que con ocho meses en el útero era más que suficiente. Lucía podía ser 10 años más joven que su marido, pero ya tenía 35 años y eso era más riesgoso para una primeriza. Ivanka suspiró y decidió que lo mejor era realizar su rutina de estiramiento. Le había funcionado antes de un partido importante; le funcionaría ahora. Se puso de pie y comenzó la rutina.

Ekaterina, con el cabello recogido en un moño, estaba sentada rígidamente, las manos sobre la falda, vestida íntegramente en rosa, con una bolsa de costura a su lado izquierdo. Cada día que pasaba se parecía menos a Ivanka y más a Charlie, excepto en el color de la piel y del cabello. La única manera que tenía la gente de saber que estaba nerviosa era el pequeño e insignificante hábito de alisarse la falda. Ada odiaba las faldas; Ekaterina no quería usar otra cosa; eso sí, siempre modelos recatados por debajo de la rodilla. Dejó su costura y alisó una vez más la falda. Quería que la ropa de su nueva prima estuviera lista antes de que naciera, pero se había adelantado mucho. Suspiró. y continuó tejiendo.

La niña soltó un berrido impresionante.
—Pulmones de cantante de ópera —pensó Farid, concentrado en terminar de asir el tendón al hueso.
La rodilla había requerido mucho más trabajo que el codo, pero esa rodilla no iba a volver a fallar. Pero el codo había sido un trabajo mucho más extenso, mucho más fino, pensó. Si hubiera podido hacer esto hace 10 años Polo hubiera podido jugar otros cinco. Terminó de asir el tendón, irrigó, y revisó su trabajo. Perfecto. Salvo la cicatriz que quedaría en la piel, nadie hubiera dicho que esa rodilla era íntegramente artificial. Cerró todo y dejó que sus asistentes terminaran. Se cambió la ropa quirúrgica antes de entrar al quirófano de al lado.
—Diez horas yo, diez horas ella. Pudo ser peor.
Lucía estaba completamente agotada, pero no le importó. Estaba amamantando a la bebé, que parecía feliz de estar afuera; dos kilos y medio, le dijo la obstetra, cuarenta y cinco centímetros, sin mayores complicaciones.
—¿Has pensado ya cómo llamarla? —preguntó Farid.
—Lo discutimos desde hace mucho. Nunca nos pusimos de acuerdo, así que decidimos que seríá su padrino quien la llamara.
—¿Quién es el padrino?
—No sé si lo conozcas. Estaba operando a mi marido hace unos momentos.
Lucía sonrió y le acarició la cabeza a la bebé.
—Oh. ¡Oh! Gracias, pero…
—Pero nada. Elígelo.
Lo pensó un rato. La bebé terminó de comer y se durmió.
—Lo tengo. Leyli. En árabe significa «Nacida al Atardecer»; en hebreo, «Noche», en sikh, «Amada»; en sami, «Sagrada». Y si lo escribes «Layla» es también una canción y un poema.
—Leyli Montes Catania. Me agrada.
A Polo le agradaría también.
Y a Ada.

Cuando despertó, Lucía todavía estaba ahí. Leyli reposaba en su brazo izquierdo, plácidamente dormida.
—Hola, bellota —dijo Polo. Se quejó un poco: tenía inmovilizados la pierna y el brazo.
—Hola, guapote —dijo Lucía. Le dio un beso en los labios —. Te apesta la boca.
—Es culpa de mi médico. Hueles a leche y a bebé.
—Te presento a Leyli
—Te quedó bien, para haberla hecho tan de prisa.
—Por lo menos de ella sabré dónde está durante los próximos 12 años.
—¿Qué hora es?
—Las seis. Pero han pasado dos días desde que te dormiste, Rip Van Winkle.
—Siento que me cambiaron el lado derecho completo.
—Pues, a juzgar por todas las vendas que traes, eso hizo tu hermano.
—Pensé que me dolería más. Me dolió más cuando me reventé la primera vez ante los Venados.
—Eres incorregible.
—Soy un rugbier. Tengo que confesarte algo, ¿sabes? Me acabo de enamorar de una mujer mucho más joven que tú.
Extendió el brazo izquierdo. Lucía colocó con cuidado a Leyli. Ella abrió los ojos, bostezó, se acomodó y volvió a dormirse.
—Creo que ella también te ama.
—¿Y las chicas?
—Allá afuera, montando guardia. Katy ha completado ya todo el guardarropa de Leyli. Varias veces. Ivanka ya organizó a toda la calle para trasladarte a casa. Y Ada… bueno, Ada se fue a jugar rugby.
—La semifinal, ¿verdad? Yo también lo hubiera hecho. De hecho, lo estaba haciendo cuando ella nacía.
—La historia se repite —sonrió Lucía, y lo besó otra vez.

Ivanka llegó con dos maletas al día siguiente, justo cuando iban metiendo a Polo a su habitación.
—¿Qué te crees que estás haciendo? —preguntó Polo, temiendo la respuesta.
—¿Crees que voy a dejar que tu esposa cargue con la responsabilidad de cuidar a dos bebés sola, en especial cuando uno de ellos mide casi dos metros? ¿Qué clase de tía crees que soy?
—¿Y la federación de softbol?
—Está muy contenta con mi desempeño, claro.

El primer juego de calificación de la selección lo vio desde la sala de su casa, un mes después. Nada mal, pero pudo ser más cerrado. Se enojó cuando los comentaristas dijeron que el entrenador interino Armando Máximo no había sabido continuar con la esencia de su trabajo en la selección.
—Qué van a saber esos animales —dijo, enojado. Leyli gruñó también.
Lo que más lo encabritaba era que Villalobos ni siquiera había tenido la decencia de anunciar que se había retirado.
«El coach Montes está convaleciente de una operación, y además acaba de tener a su segunda hija. Necesitaba un poco de tiempo libre, así que le deseamos una pronta recuperación.»
—Yo te voy a dar una pronta recuperación… —dijo Polo, haciendo ejercicios isométricos para no perder el tono muscular. El dolor había pasado hacía tanto tiempo que no se acordaba que lo habían operado hacía menos de un mes.
Ada pasó corriendo, con la camiseta de entrenamiento todavía puesta. Leyli se estremeció un poco, pero se volvió a dormir. Ada volvió a pasar corriendo, ahora en sentido contrario, cargando su libreta. Farid, Ivanka y Lucía entraron.
—Juraría que vi estudiar a Ada —dijo Ivanka.
—Sí. Si no aprueba física se puede olvidar de jugar rugby el próximo semestre. Nadie quiere que suceda eso, en especial su entrenador y su novio.
—No pareces preocupado.
—Jamie es un buen chico. No se calla más que cuando juega, y eso a veces, pero es un buen chico. Y es buen profesor.
—Bueno. Nos vamos a llevar a Leyli. Los dejo trabajar.
—Hueles agrio.
—Tu hermana me tiene quemando la pancita de bebé. No pensé que el softbol fuera tan cansado.
—Que no se entere Farid, porque querrá que Katy deje de entrenar.
—Acepto mi derrota, hermano. Vamos a ver cómo han evolucionado las cicatrices.