Ella (12)

Capítulo 12.

—No quiero mentirte —dijo Farid, jugando con una cajita blanca encima del escritorio también blanco—. Mi idea original era realizar una nueva laringe, una con todo el aparato vocalizador, y trasplantarla. Como sería tu mismo tejido, la compatibilidad estaba asegurada. El código genético parecía correcto. De hecho, la laringe, por sí misma, creció bien y responde a todas las órdenes. Pero no es viable para ti.
—¿Por qué? —preguntó Ada, con el vocalizador.
Lucía, Polo y Katy estaban cerca, pero no junto a ella. Farid le mostraba una serie de diagramas.
—Porque recordé que nunca habías podido hablar. Las estructuras de tu cerebro relacionadas con el lenguaje están perfectamente desarrolladas, pero las relacionadas con el habla no. El cerebro las reasignó a otras labores. Si trasplanto la laringe, además de los riesgos de la cirugía, lo más probable que de cualquier modo no puedas hablar: no sabrás cómo. Y la reeducación del cerebro conlleva un sacrificio. Tienes doce años, eso es verdad, pero me temo que es demasiado tarde para que puedas aprender a hablar correctamente, si es que puedes. Ekaterina es muestra de que aunque las estructuras estén perfectamente, puede haber algo más que impida el habla. Pero entonces se me ocurrió algo más. No es necesario que te trasplante una laringe nueva para que puedas hablar. Se me ocurrió cuando te escuché hablar silbo gomero.
—No entiendo. Si no tengo nada con qué poder emitir sonidos, excepto un silbido, y mi cerebro no sabe emitir otro sonido, ¿cómo puedo hablar?
—Puedes hablar en lengua de señas, puedes hablar en silbo gomero, luego entonces sabes usar el lenguaje natural. Me apuesto lo que quieras a que cuando piensas lo haces como si hablaras; tienes una voz propia que no es la misma voz que tendrías si emitieras sonidos. ¿Qué pasa si leo esos pensamientos y los transformo en voces? Un vocalizador que puede leer la mente.
—¿Puede hacer eso, tío?
—No solo puedo. Ya lo hice. Ayer fue tu cumpleaños y no alcancé a terminarlo, pero hoy sí. Este es el prototipo, pero funciona.
Abrió la cajita. Una diadema en color negro con un intrincado grabado en color bronce. Se la pasó a Ada.
—Parece una diadema, y para todo propósito normal, es una diadema. Pero esta tiene una función adicional: ésto es el activador —señaló un área ligeramente despejada—. Colócatela en la cabeza, recogiendo tu cabello, igual a las que usas. Ahora busca el activador. Sentirás una pequeña molestia, pero pasará rápido.
Ada se encogió al sentir un pinchazo en la cabeza, pero pronto desapareció la sensación.
—Eso dolió —dijo una voz de soprano.
El vocalizador estaba en el escritorio; Ada no lo había usado.
—Un momento… ¿Esa voz de quién es? ¿Soy yo?
—Es la voz de Charlie —dijo Polo.
—Sí. No he terminado de ajustar el sistema, y la batería sólo dura dos horas, pero cuando termine los ajustes y encontremos todos los problemas, podrás comunicarte con cualquier persona sin necesidad de recurrir al vocalizador, al lenguaje de señas o al silbo gomero.
—Es el regalo más raro que me han hecho, tío —dijo Ada, usando la voz de Charlie—. Me gusta mucho. ¿Pero podríamos cambiarle la voz?
—Claro. El timbre es ajustable; los matices también. Necesitará un poco de entrenamiento. ¿Sabes ya qué tipo de voz quieres?
—Sí. Quiero una voz propia. Y una pregunta más. ¿Por qué no le hiciste esto a Katy?
—Lo hice, pero no funcionó. Es su gargantilla.
—¿Quieres decir que si me pongo su gargantilla funcionaría?
—No. El diseño de la gargantilla reemplaza las cuerdas vocales, pero requiere que su usuario desee hablar. Es un diseño pasivo; si Ekaterina intentara hablar, sus cuerdas vocales no responderían, pero la gargantilla interceptaría los impulsos nerviosos y crearía un sonido en respuesta. Pero Ekaterina no puede hacerlo funcionar. O no quiere. He notado que a veces intenta hablar, pero no sale ningún sonido, ni de su boca ni de la gargantilla. Funcionó con otras personas, pero no con ella. Sospecho que el daño neuronal fue mayor de lo que esperaba.
—¿Funcionaría mi diadema con ella?
—Sí, creo que sí. Pero no creo que ella acepte ponérsela.
Ada se giró, y sin decir nada se quedó mirando a su prima.
Katy le devolvió la mirada, y articuló un «No» enérgico tanto con la boca como con lenguaje de señas. La gargantilla brilló un instante, pero no emitió ningún sonido.
—Lo vas a hacer —dijo la voz de Charlie— porque soy tu madre y me tienes que obedecer mientras vivas bajo mi techo —Ada sonrió, apagó la diadema, y se puso de pie.
Katy había cambiado su lenguaje corporal; había reconocido el tono y el timbre de la voz de su madre y había actuado en consecuencia, por puro instinto. Ada se puso frente a su prima, se quitó la diadema y se la colocó. La larga cabellera plateada apenas se movió cuando ajustó la diadema y la encendió.
—Ow… —articuló Katy, sin emitir sonido alguno, cuando la diadema bajó los electrodos. La gargantilla no emitió ningún sonido.
—¿Y bien? —preguntó Ada en lenguaje de señas.
—Eso dolió —dijo la voz de Charlie, dos veces; una desde la diadema y otra desde la gargantilla. Katy no movió los labios.
—Ah… —dijo Farid, apoyando los codos en el escritorio y la boca en el puente que formaban sus manos—, eso nunca se me ocurrió.

El ingreso a la escuela secundaria no fue tan traumático como sus padres esperaban, pero Katy y Ada se negaban a utilizar su diadema y su gargantilla para hablar.
—No lo entiendo. Pensé que les agradaría —había dicho alguna vez Farid, tomando un aperitivo antes de cenar.
Ivanka y Lucía se miraron a los ojos y sonrieron.
—Perdónalo, es hombre —dijo Lucía.
—¿Qué tiene eso qué ver?
—Ustedes los hombres son animales simples. Debe ser la testosterona.
—Katy y Ada disfrutan más en silencio. Ada no necesita hablar para hacerse entender; Katy es la chica misteriosa y retraída —dijo Ivanka.
—Me compadezco de lo que van a hacer sufrir a los chicos cuando les pidan la primera cita.
—Los chicos van a disfrutar intensamente de la experiencia —dijo Lucía.
—¿Cómo están tan seguras, eh? —preguntó Farid.
Las dos mujeres lo miraron. Lucía se acarició el vientre de siete meses. Un auto se detuvo en silencio afuera de la casa.
—Llámalo intuición femenina.
—Por cierto, hermano, ¿Ya supiste lo que se hizo Katy en el pelo?
—No. No la he visto.
—Katy es prácticamente albina, pero ese tono de pelo le sienta maravillosamente bien. Y con lo que hizo le sienta mejor todavía.
—No entiendo.
—Lo vas a entender ahora que lleguen.
En ese momento, Polo, Ada y Katy entraron. Katy traía la larga melena blanca trenzada, pero con dos grandes hilos en color rosa y azul cielo, y aún vestida con el uniforme del equipo de softbol.
Farid se quedó con la boca abierta.
—La viva imagen de Charlie, ¿no? Si fuera morena no la podrías distinguir.
—Al·lāhu-àkbar —dijo Farid.

—No voy a dirigirlos, Carlos —dijo Polo.
Estaban en la oficina de Villalobos, copa de coñac en la mano. Polo bebió con la mano izquierda; la derecha permanecía apoyada en el bastón.
—No es porque no quiera continuar. Y menos en la antesala de un mundial. Pero no puedo seguir así; me duele demasiado el cuerpo. Necesito operarme.
—Es sólo un año. Después de que termine el mundial…
—No. No puedo. Ayer intenté explicarle a los chicos un movimiento y sentí que talló hueso con hueso en mi rodilla. Hoy intenté abrir la puerta del auto y casi se me bota el codo. No hay remedio. Ya agendé la operación.
—¿Tienes ya fecha?
—Fecha y refacciones. Quiero que lo anuncies antes del proceso de selección. Doy un paso de costado y que otro siga. Ponme en un trabajo de escritorio, si quieres, pero no puedo ser el seleccionador nacional otro año. Ya ni siquiera puedo conducir; no sé qué haría sin Lucía.
—Por favor, Polo, es importante.
—Sé que es importante. Pero tengo prioridades. Mi saludo ya ha estado mucho tiempo en espera. No puedo hacer nada, Carlos, entiende; estoy a milímetros de convertirme en un inválido y un inválido no puede ser seleccionador nacional.
—Es imposible. Necesitamos ganar el mundial…
—Podemos ganarlo. No hay modo de que los muchachos bajen de nivel tan rápido. Además, puedo ayudar a mi reemplazo. Si falla, tienes la excusa perfecta para pedirme que regrese, después de mi operación, no antes. Si gana, demostraremos que el equipo es el más grande de todos los tiempos. En cualquier caso ganas.
—Necesitamos ese campeonato.
—Necesito poder moverme.
—El bien de muchos está por encima del bien de uno.
—La manada sólo puede correr tan rápido como su ejemplar más débil. Está decidido, Carlos.
—Al menos ayúdame a elegir a tu reemplazo.
Apuró el contenido de la copa.
—Te tengo al candidato perfecto.

Máximo, se apellidaba. Armando «Rompecabezas» Máximo. Comparado con el entrenador y la mayoría de los jugadores, Máximo era más bien lo opuesto a su apellido: un metro setenta de estatura y 75 kilos de peso, pero podía correr los cien metros en diez segundos. Era, además, un tacleador excelente. Polo lo había visto en una competencia de judo, y aunque el muchacho era bueno, no era su deporte. Lo atrajo al rugby, primero como fullback, pero luego lo colocó como medio scrum. El joven compensaba su escaso tamaño con una gran habilidad y una velocidad excepcional. En su primer juego se las había arreglado para hacer cuatro tries y haber embarrado en el suelo a todos los jugadores del equipo contrario. Se ganó el apodo de «Rompecabezas» cuando logró que dos rivales se estamparan entre sí con el simple procedimiento de saltarles por encima para evitar el tacle.
—Es el capitán del equipo. Será un buen coach. No recuerdo una situación como éstas en el rugby desde… veamos… desde que entrené a los Black and Blues, modestia aparte.
—Es muy joven para hacerse cargo de la selección.
—Tiene veinte años y dos campeonatos profesionales.
—Ni siquiera está certificado.
—Los putos cursos de certificación están sobrevalorados. Los puede ir tomando conforme se vayan dando.
—Polo, entiendo que quieras que el muchacho te suceda, pero no es el momento.
—No has estado escuchando, ¿verdad? Te lo vuelvo a repetir. Me. Van. A. Operar.
—Necesito que seas tú.
—Carlos, carajo, escúchame. Si queremos ganar el mundial de rugby league tenemos que tener al mejor equipo. Ya tenemos al mejor equipo. ¿Quieres al mejor coach o me quieres a mí? Pase lo que pase volveré a tomar el equipo si con eso te callas. Pero si no es él, todo el trabajo que hemos hecho se va a ir por el caño. ¿Sí, o no? Igual me voy a ir.
—Polo, tu muchacho no me puede garantizar resultados.
—Por favor, Carlos, no porque seas directivo vas a dejar de usar el cerebro. Hace dos meses que no me presento al entrenamiento. Estuve en el partido pasado sólo como requisito. Todos los movimientos los hizo Rompecabezas. Yo sólo presenté mi linda cara.