Ella (11)

Capítulo 11.

De la cocina emanaba un olor delicioso. Ada bajó con la melena alborotada y su camiseta de Pink Floyd hecha nudo, directa a su lugar en la mesa; Katy bajó perfectamente peinada, y la pijama tan lisa como recién planchada. Farid tenían el aspecto de haber dormido en el sillón; parecía cansado. Polo entró desde la cocina con la loza; repartió platos, tazas y vasos, y sirvió jugo y café. Ivanka entró cargando una pila enorme de hotcakes, que colocó en el centro de la mesa. Ivanka se sentó entre Katy y Ada; era curioso ver que Ivanka estaba ahí, repetida, con Katy su copia idéntica pero 30 años menor. Lucía entró con huevos, jamón, tocino y queso. Sin esperar nada, Ada atiborró su plato; Katy esperó paciente, con las manos sobre las piernas.
—¿Siempre es tan formal mi sobrina? —preguntó Ivanka, abrazando a Katy con cariño.
—Siempre ha sido una pequeña dama. Cada vez menos pequeña —dijo Farid.
—¿Sobrina? —preguntó Ada en lenguaje de señas.
—Sí, sobrina —dijo Polo, removiendo su café—. Farid es hermano de Ivanka, e Ivanka es mi hermana, así que eso vuelve a Farid mi hermano, y por tanto, si Katy es su hija, y tú eres mi hija, eso las vuelve a ustedes primas.
—¿Todos ustedes son hermanos? —preguntó Ada con los ojos muy abiertos. Se arrepentía de no haber traído su vocalizador.
—Sí. Es sólo que tu tío Farid quería vivir separado de su familia, pero como verás, la familia siempre termina por encontrarte.
—No entiendo lo que dices pero estoy de acuerdo con tu padre —dijo Ivanka.
Katy bajó la cabeza y sonrió.
—¿De qué te ríes? —preguntó Ada.
Su prima respondió en lenguaje de señas.
—Ayer sólo tenía un papá. Ahora tengo toda una familia. Y vivía con mi familia antes de saber que lo era. Y tú querías una familia grande y resulta que ya la tienes. ¿no es gracioso?
Ada también sonrió.
Si hubieran podido emitir sonidos, estarían riendo a carcajadas.

—Entonces, Ekaterina fue aceptada en el equipo de softbol.
—Sí. Y me dicen que hace un trabajo formidable.
—Creo que es muy joven para el deporte.
—Va a cumplir 12 años.
—Nadie es tan bueno en el deporte a esa edad.
—Ejem… —dijo Ivanka.
Ella había sido seleccionada rusa de softbol desde los 4 años, la jugadora más joven en llegar a un mundial de ligas menores, y la jugadora profesional más joven jamás contratada, además de tener montones de récords.
—Créeme que lo es —dijo Polo.
—Y es la viva imagen de su tía —dijo Lucía, sonriendo.
—Buenos genes —dijo Ivanka.
Farid se hubiera sonrojado de haber sido capaz.
—Puedo creer que no quisiera jugar rugby, o futbol, o basquetbol, o voleibol —dijo Polo—, y creo que en voleibol también habría hecho un gran trabajo aunque no me la imagino jugando. pero dudo que haya otro deporte en el que pueda encajar mejor.
—Pero todavía no se recupera por completo.
—El softbol le hará mucho bien. No se lastimará; al contrario, le hará bien. Y si no quieres aceptarlo, la adopto yo. Creo que me quedaría bien el papel de madre para variar.
—No es eso…
—¿Me adoptarías? —preguntó Katy en lenguaje de señas. Ada tradujo con el vocalizador.
—Eres la hija de mi hermana. Claro que te adoptaría. Sin dudarlo.
—No tengo alternativa, ¿verdad?
—Ninguna, hermano. Y merecido te lo tienes por mentirme hace tres semanas y mantener en secreto la existencia de mi sobrina
—dijo Polo, pasándole las formas que debía firmar.
—Míralo de esta manera —dijo Lucía—. Con lo que te vas a ahorrar gracias a la beca, podrás pagarle lo que va a necesitar a partir del próximo año escolar.
—¿Qué va a necesitar?
—Creo que sí te hace falta una madre, sobrina —dijo Ivanka—. Tu padre es hombre y no entiende de estas cosas.
—No entiendo.
—Exacto.
Polo sonreía.
—Déjame explicártelo con abejas y florecitas, hermano: Katy va a dejar de ser una niña en cualquier momento.
—¡Pero sólo tiene once años!
—Disfrútalo. Quizá le salga la vena rebelde. Su madre también tenía buenos genes.

—Escúchame, Farid, con un carajo. No te estoy diciendo que quiero quedarme con tu hija; te estoy diciendo que lo que tú necesitas es tiempo para trabajar —el despacho de Farid era austero, como si casi no pasara tiempo ahí. No había decoraciones, no había nada que no fuera indispensable: una computadora, un par de sillas, un escritorio. Nada más.
—En nombre de todo lo profano —dijo Polo—, no entiendo como un hombre tan genial como tú es un cabeza dura tan grande. Ni tú ni yo estamos capacitados para criar una hija. Es más, probablemente seamos los menos indicados para hacerlo. Sandra y Charlie tenían instinto maternal, y si acaso lo que tenemos Ivanka, tú y yo es un sentido de responsabilidad, nada más. Pero te la pasas más tiempo fuera que en casa. Tus obligaciones no te dan tiempo de nada. Katy se la pasa más tiempo en mi casa que en la tuya, y Ada y ella son uña y mugre. Me recuerdan a Charlie y a Ivanka cuando eran chicas, aunque con los papeles al revés.
—Ekaterina no…
—Katy. Acéptalo de una buena vez. Es Katy. Puedes presentarte como su padre, e incluso ella ha aceptado que interpretes ese papel, pero no puedes engañarnos y engañarte por tanto tiempo. Cumpliste con tu labor, y le salvaste la vida, y eres su padre por un tecnicismo, y Charlie y tú jugaron a clonar personas, y el resultado es que por magia, ciencia o como quieras llamarlo, nació Katy. Pero Katy tiene de hija tuya lo que Ada tiene de Lucía. La adoras porque te recuerda a Charlie y porque te recuerda a Ivanka. Pero lo sabes tan bien como yo.
—No…
—Farid, acéptalo. Ni tú ni yo estamos haciendo bien las cosas. Llega un momento en la vida en que tienes que aceptar que sirves a un propósito más grande. El tuyo es el propósito más grande de todos. Tienes que hacer que funcione. Si para ello es necesario sacrificar un peón, debes hacerlo. Pero te recuerdo que no estás sacrificando a un peón. Esto no es ajedrez. La vida real no es ajedrez. En la vida real a nosotros no nos importa que seas raro o normal, te queremos. Te alejaste de nosotros, y te volvimos a encontrar cuando más lo necesitabas. Pero quien lo necesitaba no eras tú: es Katy. Perdió a su madre, no sabe quién es su padre de verdad, y no le importa, y lo único que quiere es ser feliz.
»Sabemos que Katy tendrá problemas de salud, y que probablemente necesitará más operaciones, y tampoco es una niña normal y nunca lo será. Y no nos importa. Charlie lo sabía, por eso dejó de trabajar cuando ella nació. Pero tú no. Tú no puedes dejar de trabajar porque no quieres hacer otra cosa mas que recuperar a la hermana que perdiste. No te culpo. Es tu hermana de sangre. Pero se fue. No va a volver. Está muerta. Se acabó. Aunque intentes clonarla, el clon no será ella. Aunque intentes crear un embrión nuevo, no será ella. Así como Katy no es la Ekaterina que tú quieres que sea, tú no eres el hombre que quieres ser. No sabes hacer otra cosa más que trabajar. Mírate, por las barbas de Perseo, es tu privado en la universidad más prestigiosa de todo el país, y estoy sentado en un cubículo menos personalizado que un camión de pasajeros nuevo.
»Necesitas tiempo. Necesitas terminar lo que tienes qué hacer. Vives para trabajar, porque tu trabajo es lo único que tienes para eliminar ese sentimiento de culpa que te queda. Se lo debes a Charlie, y se lo debes a Katy, y en cierta manera nos lo debes a Sandra, y a Lucía, y a Ivanka, y a Ada y a mí. En el juego que jugamos la mano ganadora se decidirá por la vuelta de una carta amable. A nadie le importa lo que pasó hace veinticinco años. A nadie le importa que te hayas enamorado de tu hermana y que tu hermana se hubiera enamorado de ti. No te juzgamos. Pero se lo debes.
—¿Cómo lo…?
—¿Cómo lo sé? ¿Crees que soy el único que sabe guardar un secreto? ¿O crees que porque juego rugby soy una bestia sin cerebro? También tengo ojos y oídos, y sangro cuando me cortan. Me lo dijo Charlie cuando la llevé al hospital aquella vez.
—¿Quién más lo sabe?
—Sólo tú, yo, y estas cuatro paredes. Este no es lugar para criar a una hija.
—¿Qué quieres…?
—Que hagas lo correcto, hermano, sólo eso.

No fue tanto una mudanza como una tácita aceptación de la realidad. Casi todo lo que poseía Katy ya estaba en la habitación de Ada, después de todo. Esa primera noche, Katy había abrazado a su padre y le había dicho en lenguaje de señas «Gracias, papá.» Farid la abrazó, le besó la frente, y se echó a llorar.
Con la mudanza, y de manera oficial, la clínica de fertilidad asistida «Charlie Bhatt Memorial» abrió sus puertas. A partir de la inauguración, no había día en que Farid e Ivanka no pasaran a cenar a casa de Polo y Lucía.
—Cualquiera diría que somos una familia normal —dijo Ivanka una noche húmeda de julio.
—Una familia de muchos colores —dijo Lucía, sonriente, mientras guardaba su abrigo en el pequeño armario de la entrada. Adentro había un gran bullicio; Ada era el alma de la fiesta, pero Katy era el corazón.
—A ti te pasa algo —dijo Ivanka, mirando a Lucía.
—¿A mí?
—Oh, sí.
—Es el cumpleaños de Katy y está rodeada de amigos. Claro que estoy contenta.
—No, no es el cumpleaños. Te pasa algo —abrió los ojos—. Ах, боже мой… ¿Lo sabe mi hermano?
—Todavía no… —las dos mujeres se abrazaron, Ivanka más emocionada que nunca al saber que iba a ser tía.
Farid llegó un poco más tarde, con una cajita.
—Perdón por la tardanza. Tuve que esperar a que estuviera terminado.
—Llegas a tiempo, cuñado. Katy está por allá.
Se abrió paso entre los jóvenes, y llamó a su hija.
—Ekaterina, querida, ven…
Obediente, la joven —ya no se veía como una niña— se acercó a su padre.
Farid le quitó la mascada que le cubría la cicatriz de la garganta y le puso una gargantilla dorada que le quedaba como un guante, con un diseño simple pero elegante, y adornado al centro con un intrincado grabado abstracto pero simétrico.
Sonrió. Ivanka se acercó a mirarlo, y lo aprobó.
—Un gran trabajo, hermano.
—Gracias, hermana.
—Gracias, papá —dijo Katy en lenguaje de señas.
—¡Que continúe la fiesta!
El bullicio reinició.