Ella (10)

Capítulo 10.

—Esto explica muchas cosas. Le añade una capa de complejidad mayor, pero explica muchas cosas —dijo Polo, mientras se mesaba la barba.
—Sí, explica mucho sobre Katy, pero a mí me hace falta una pieza fundamental de información —dijo Lucía, poniéndose de pie para estirarse—. Dos, de hecho: ¿quién es Charlie y cómo es que ustedes se conocen?
—Fuimos juntos a la preparatoria —respondió Polo.
—Charlie, Farid, Polo e Ivanka, los raros de la escuela. Los cuatro alumnos de intercambio que se quedaron a vivir en el país. Pero Charlie lo tuvo más difícil.
—Charlie, mi hermana, tuvo un, digamos, desliz con un muchacho de la escuela cuando tenía 16 años. Se asustó mucho cuando la regla no llegó.
—Déjenme adivinar. No quería que nadie se enterara, y en lugar de acudir a una clínica, se hizo algo.
—Usó un gancho de ropa. Cogió una septicemia, y perdió el útero. Tuvimos que llevarla a una clínica antes de que muriera. Temí lo peor cuando mis padres se enteraron. Repudiaron directamente a Charlie. Ella estaba destrozada cuando se enteró.
—Y un apuesto caballero llegó al rescate —Lucía miró a su marido.
—Claro que no. Tenía yo 16 años, era todo menos responsable.
—Fueron nuestros padres de acogida
—dijo Ivanka.
—Ellos decidieron que, si no podíamos contar con nuestros padres, entonces nuestros padres no nos merecían. Charlie no quiso regresar a casa nunca más; yo regresé una última vez, en vacaciones. Mis padres se habían amargado, diciendo algo sobre la honra de la familia. Se habían vuelto la clase de persona que uno no quiere tener como vecinos; mucho menos vivir en la misma casa. Decidí regresar. Era mucho más feliz aquí que allá. Nuestros padres de acogida nos apoyaron en todo lo que pudieron, incluso en el proceso de naturalización.
—Charlie, supongo, no se llamaba Charlie en un principio.
—Así es. Charlie nació Chandni Bhatt, y así continuó. Pero yo repudiar a mis padres, y cambié mis apellidos por los de mi familia de acogida. Farid Bhatt se volvió Farid Olmedo Goldman.
—Supongo que algo hicieron tus padres que no te gustó.
—Digamos que no les gustó que despreciara a la novia que habían elegido para mí.
—Supongo que ese incidente les marcó la vida a ustedes, pero…
—¿Por qué nos quedamos Ivanka y yo?
—Sí.
—Nos ofrecieron becas deportivas. Polo era jugador de rugby desde hacía años. Conoció a Sandra cuando estaba haciendo los cursos propedéuticos; ella estaba loca por tu marido. Charlie, Farid y Sandra terminaron siendo elegidos para medicina; yo elegí educación física y deporte, y Polo… bueno, a Polo siempre le gustaron los retos. Eligió la carrera más difícil que le propuso Sandra: ingeniería civil.
—Sandra nunca quiso que Polo jugara rugby. Polo le llevaba la contraria sólo por diversión. No entiendo cómo fue que terminaron casados —dijo Farid.
—Creo que fue mi magnetismo animal. O síndrome de Estocolmo. Quizá lo segundo. Supe que nos casaríamos después de que ganáramos nuestro primer campeonato universitario.
Ivanka se recostó en las piernas de Farid.
—No recuerdo esa historia.
—Ha sido, hasta la fecha, mi momento más brillante.

Nuestro primer torneo —dijo Polo— fue un fracaso. Apenas completábamos el equipo y no teníamos recursos. Marcadores escandalosos de 89 a 3, 74 a 6, 87 a 7. Nuestro partido más cerrado fue un 21 a 22. La verdad, llegué a pensar que había cometido un error al entrar al equipo. Pero entonces llegó un entrenador que nos puso en orden. El coach, que era motivador mas que entrenador, se encargó de colocarnos en nuestras posiciones, y nos dejaba hacer lo que quisiéramos en la cancha durante un partido. Yo pasé de ser número 5 a número 13, porque hacía mejor el trabajo de pilar. De hecho, delegó en una mujer la tarea de entrenarnos físicamente. Nosotros nunca habíamos tenido problemas para desobedecer a un hombre, pero a ella era imposible. Sus entrenamientos eran rayanos en el abuso de fuerza. El coach nos dejaba uno que otro ejercicio, pero su trabajo era hacernos ver dónde estaban los puntos débiles de nuestros rivales. Se notó inmediatamente la diferencia. Así que comenzamos a empatar juegos, y luego a ganarlos. En mi tercer torneo arrasamos completamente la copa y destrozamos a todos, excepto a uno de nuestros más acérrimos rivales. Parecía que la copa estaba diseñada para que nos enfrentáramos por última vez en la final.

Fue una masacre, y no me refiero al marcador. Es, quizá, el partido más cerrado en el que haya jugado alguna vez. Entramos 19 jugadores al campo, pero sanos sólo salieron 12. Yo no fui uno de ellos. La jugada la recuerdo como si hubiera sido ayer. Corría yo por la banda. Los pilares no corremos por la banda, pero yo lo estaba haciendo. Había hecho que tragara pasto un jugador más grande que yo, había interceptado un balón, había anotado un try y había provocado que nuestros rivales perdieran su sexto tacle varias veces. En esa jugada me había apoderado del balón y me encargué correr hacia el área de try, con un monstruo siguiéndome a corta distancia. Recuerdo cómo sentí que me tacleó por las piernas, un tacle francés fantástico, pero me estiré en el aire y aplasté el balón justo en la línea de gol. También me reventé la nariz.

Debes entender que Sandra y yo llevábamos saliendo varios meses, pero ese era su primer partido en la línea de asistencia, como parte del entrenamiento médico universitario. Charlie y Farid también estaban ahí, pero ellos no me importaban en lo más mínimo. Recuerdo que me levanté y caminé hacia la banda mientras uno de mis compañeros pateaba el balón y anotaba dos puntos adicionales. Nuestra victoria era ya segura; íbamos tres puntos arriba y faltaban menos de dos minutos en el cronómetro.
—¿Qué te pasa, Montes? ¿Se hizo daño la nena? —me gritó mi rival.
Aquello me encendió. Hice que Sandra me rellenara la nariz con algodón y regresé al campo de juego para una última jugada. El árbitro iba contando los tacles, pero los metros se los comían nuestros rivales con rapidez. Era el cuarto tacle y mi rival recibió el balón. La única respuesta, como en tantas ocasiones, es la violencia. Corrí como si me viniera persiguiendo una bala, y me impacté contra mi rival con el hombro primero. Caímos como fardos. Escuché un crack. Pensé que me había roto algo, pero no me dolía; supuse entonces que le había roto algo a mi rival. La nariz. Pero había provocado el quinto tacle y el tiempo estaba terminando: era ahora o nunca para ellos; necesitaban el try porque ningún otro marcador les servía. Para mi rival y para mí, el juego había terminado. El quinto tacle siguió a un sexto, y terminó a un metro de la línea. El árbitro hizo sonar el silbato y ganamos el campeonato.

Mi rival y yo nos pusimos de pie como pudimos. Charlie lo atendió a él; Sandra me volvió a atender a mí. Mi rival extendió la mano para saludarme.
—Qué pinche buen putazo me metiste, cabrón —fueron sus palabras exactas.
—Tienes suerte de que tenga yo menor tamaño que tú —le respondí, estrechándole la mano. Ni él ni yo fuimos al tercer tiempo: terminamos en el hospital. Nada grave, decidieron los médicos, así que yo salí primero. Sandra me acompañó. Camino a mi departamento, sentí calambres. Había olvidado estirarme. Sandra me dijo que, cuando llegáramos a casa, me daría un masaje para relajarme. Apenas entrar a casa, me tiré sobre la cama. Ya no aguantaba. Sandra me ayudó a quitarme la ropa sucia y comenzó a manipular mis adoloridos músculos.
—¿Tienes aceite? —me preguntó.
—Debajo del fregadero de la cocina —le respondí.
—Aquí sólo hay aceite WD-40 —me dijo, acercándose con la lata.
—Es lo que usamos los hombres de verdad, nena.
Ella se rió y movió la cabeza de lado a lado. Y me roció la espalda con aceite para darme el masaje prometido.

—Ahí supe que íbamos a terminar juntos —terminó Polo—. Lo que no supe ver fue cuándo debí pedirle matrimonio.
—En ese mismo instante —dijo Lucía.
—Llegué a pensar eso, pero primero quería terminar la carrera.
—Seguramente tuviste más oportunidades.
—Claro que sí, pero ninguna tan épica. Las demás veces estaba yo lesionado.
Ivanka cabeceó; Farid intentó reprimir un bostezo.
—Fueron buenos tiempos.
—Deberíamos dormir.
—No tengo sueño —dijo Ivanka, enroscándose en el sillón.
Del interior de un taburete Lucía sacó unas sábanas y una almohada. Cubrió a Ivanka, le quitó los zapatos, y le acomodó la almohada. Ivanka sonrió y murmuró un «gracias».
—De nada —dijo Lucía.
—Debería irme.
—Hace frío. Y el otro sillón también es amplio. Quédate; desayunaremos mañana y decidiremos qué hacer con las niñas.
—¿A qué te refieres?
—A la beca deportiva, claro. Te explicaré por la mañana.
Farid bostezó e intentó ponerse de pie.
—Vivo enfrente.
—Dije que te vas a quedar —dijo Polo, sentando a Farid con una mano.
Lucía le acomodó la almohada y le pasó la sábana.
—Anda, a dormir.
—Pero…
—Sin peros. Si es necesario, este puño te hará dormir, y probablemente estés menos cómodo por la mañana. ¿Estamos?
—Está bien —aceptó Farid, quitándose los zapatos.
Lucía apagó la luz y cerró la persiana.

—¿Cómo era Charlie? —preguntó Lucía, mientras se acomodaba el cabello para dormir.
—Mira.
Le mostró la fotografía que guardaba en el buró. «Han pasado veinte años,» pensó Polo, «y dos de nosotros ya murieron.»
El más parecido era Polo, que era todo músculo, con patillas, barba y bigote, presumiendo musculatura en un traje de hombre fuerte. Sandra estaba sentada en su hombro izquierdo, riendo, un pedacito de gente comparada con Polo, vestida de enfermera. Farid se veía como una estrella de Bollywood, moreno, con turbante, grueso y con la barba cerrada pero no muy poblada, con dos chicas a su lado: Charlie a su derecha, morena y con el cabello en un complicado peinado, envuelta en un sari rojo y dorado que resaltaba sus curvas; Ivanka a su izquierda, como Marilyn Monroe, con la cabellera hasta los pies en una cascada de oro, bella como una estatua de hielo pero capaz de derretirte con una mirada. El Farid que dormía abajo no era ni la mitad del hombre que el Farid de la fotografía; Ivanka, en cambio, no parecía haber envejecido ni un minuto.
Polo miró con nostalgia la fotografía.
—La fiesta de graduación de la preparatoria. No sé qué nos pasó —acarició las imágenes de Sandra y Charlie.
—Quisieron cambiar al mundo, pero fue el mundo quien los cambió a ustedes.
—Las extraño —dijo, dejando la fotografía en el buró.
—Lo sé —lo besó. Él le devolvió el beso y la cargó en hombros. Ella rió.
—Por eso te amo.
Se metieron entre las sábanas.