Ella (9)

Capítulo 9.

—Сколько лет, сколько зим! —Cuántos veranos, cuántos inviernos…
Ivanka tomó de la mano a Olmedo y no le quitó la vista de encima.
Dos veces Polo intentó decir algo, y dos veces lo pensó mejor. A la tercera vez se decidió. La pequeña estancia estaba cerrada, y las niñas estaban fuera. Quizá intentaran escuchar; Ada seguro lo estaría intentando.
—Yo te conozco —dijo Polo, señalando a Olmedo—. Ivanka tiene razón, ya no te pareces en nada. Pero los ojos son los mismos. No te preocupes, no diremos nada que no quieras que tu hija sepa.
—Gracias —dijo Olmedo.
—Pero nos tienes que contar la historia completa —dijo Ivanka—. Me tomó mucho trabajo reconocerte.
—Siempre fuiste buena reconociendo personas —reconoció Olmedo.
—¿Y bien? —dijo Polo, volviendo a llenar el vaso.
—Ya no hay remedio, ¿verdad?
—Lo que se diga en esta habitación se quedará en esta habitación, a menos que quieras que lo divulguemos.
—No es un secreto. Es… privacidad.
—Seguro que Ada está intentando escuchar.
—Me gustaría que Ekaterina también lo supiera. Pero todavía no.
—Basta de darle vueltas, tovarishch. ¿De quién es hija Ekaterina?
—De Charlie.
—¿Y el padre?
—Técnicamente… Genéticamente, quiero decir… bueno, técnicamente Ekaterina tiene dos madres. La otra eres tú, Ivanka.
—No creo que así funcionen las cosas, tovarishch.
—Mis técnicas de investigación más avanzadas van encaminadas a reemplazar órganos perdidos. No me refiero únicamente a imprimir plantillas y hacer crecer células madre en ellos; hablo de un reemplazo total y completo con órganos que no tienen el mismo origen que el anfitrión. Las células con las que trabajamos son células completamente limpias, sin fallos genéticos. Preparar cada banco nos toma semanas, pero los resultados son excepcionales. Órganos que son, para todo efecto práctico, mejores que los que reemplazan. Charlie y yo trabajábamos en ello, y llegamos a un punto en el que podíamos utilizar células de prácticamente cualquier origen. Decidimos que teníamos que probarlo con alguien a quien considerábamos casi un ejemplar perfecto de la raza.
—¿Eugenesia? —intervino Lucía.
—No. Más allá. Voy a omitir todas las partes técnicas; de cualquier modo no están ustedes capacitados para entenderlas. No buscábamos criar ejemplares superiores, sino curar enfermedades genéticas y darle, de cierta manera, una segunda oportunidad a algunas personas. Recuerdan ustedes a Izzie Griffin.
—Sí.
—La enfermedad de Izzie era, evidentemente, incurable. Pero era una buena persona; era genial con los niños, amable, y cariñosa… prácticamente perfecta, excepto su apariencia. Y lo queramos o no, la apariencia cuenta. Alguien modificó sus fotos para darle una apariencia más normal y nos dimos cuenta que la pobre muchacha hubiera sido despampanante. Pero había algo más; la enfermedad de Izzie era de una rareza tal que hacía la investigación al respecto prohibitiva. Así que intentamos hacer algo completamente diferente. ¿Qué hubiera pasado si tomáramos su genoma, y por simple intercambio con un genoma sano ya conocido, hubiéramos formado un tercer genoma sano? Clonación, pero con un motivo superior.
—A ver si entiendo —dijo Lucía—. Por su enfermedad, Izzie no podía tener hijos, pero tenía características que la hacían una adición deseable a la pila genética.
—Sí. Pensamos que una niña sería la solución. Tomaríamos todo lo que la evolución había hecho durante generaciones, y eliminaríamos los errores de transcripción del último capítulo. Bum, un ser humano deseable y una segunda oportunidad para Izzie. Tomaríamos su genoma, y reemplazaríamos exclusivamente lo que el síndrome de Wiedemann-Rautenstrauch había dañado. Nada más. Para todo efecto práctico, sería una hija de Izzie.
»Pero no podíamos intentarlo así nada más. Necesitábamos hacer antes pruebas completas. Guardamos muestras de tejido de Izzie y secuenciamos la totalidad de su genoma, pero era un caos. Siempre pensamos que era un caso de síndrome progeroide neonatal, pero iba más allá que eso. Así que primero decidimos probar nuestras técnicas en un paciente que tuviera únicamente defectos menores. Charlie se ofreció a llevar el producto. Siempre fue impulsiva, y siempre quiso ser madre, pero, bueno, sabemos los problemas de Charlie, ¿verdad? Hicimos los mismos pasos, pero nos faltaba un donante. Al principio usamos mi genoma, y al cuerno con las implicaciones morales… pero no funcionó. Todas las pruebas lo han indicado a lo largo de nuestra historia como humanidad: los varones son tan frágiles al momento de la concepción que es un milagro que nos podamos haber reproducido en cantidades suficientes. Necesitábamos dos copias del cromosoma X, no el par XY, al menos en la etapa inicial. Por fortuna, teníamos el cromosoma ideal almacenado. Una plantilla perfecta.
»Fue un éxito, Ivanka. Un éxito total, completo y absoluto. En varios campos. No sólo pudimos formar un embrión y probar las técnicas que usaríamos con Izzie; también formamos un útero nuevo, y ovarios nuevos. Y los trasplantamos a Charlie. Y funcionaron, sin rechazo, tan bien como —no, mejor aún que— los originales. Un mes pasó, y llegó la menstruación, y supimos que habíamos tenido éxito. Dejamos pasar un par de meses, e implanté el embrión en Charlie. Y el embrión se implantó, y comenzó a crecer, y fue llevado a término.
»Y nació Ekaterina. Una niña sana, una niña perfecta en todos los sentidos. Los bebés recién nacidos suelen ser tan feos, pero Ekaterina era una bolita bella. Cuando la tomé en mis brazos por primera vez, Ekaterina quedó en silencio, y se durmió. Nunca lloró de más, nunca se comportó de manera distinta a lo que una pequeña daba debía ser. Tenía dos años, y era una princesa de cuento. Pero no pudimos repetir el proceso de creación de embriones con el genoma de Izzie. Era demasiado caótico. Debíamos trabajar más, pero Charlie no estaba interesada en continuar. No la culpo, estaba muy ocupada criando a Ekaterina. Más de alguna vez nos dijeron que la niña debía ser autística, pero todas las pruebas eran negativas. El jefe de psiquiatría pediátrica de la universidad, James Maybrick, nos dijo que el problema con la niña es que no había encontrado aún nada de qué quejarse.
—Puedo entender por qué —comentó Polo.
—Eventualmente Ekaterina alcanzó la edad escolar y Charlie se vio resignada a continuar con nuestras investigaciones. La Universidad Medfield seguía financiando nuestras investigaciones, pero cada vez era más difícil enfrentarse a los comités de ética. Yo me mudé aquí por esa época. Bueno, si «mudarse» significa «tener una habitación para dormir en una casa que funciona como bodega». Fue más o menos por esa época en que decidí que, si no podíamos continuar en Medfield, podríamos montar un laboratorio aquí para, por lo menos, no dejar que la tecnología se perdiera. Saben perfectamente lo difícil que es ser punta de lanza en territorios nuevos. Eventualmente descubrí cuál era el problema con el genoma de Izzie y convencí a Charlie para que viniera a vivir conmigo, y pudiéramos continuar nuestras investigaciones. Sería otra vez un proyecto secreto, así que ensamblé una pequeña clínica, para poder efectuar pruebas. El gobierno nos autorizó a hacerlo; no era nada fuera de lo normal, les aseguré, sólo una pequeña clínica privada que trabajaría con fertilización in vitro. La misma tarde que obtuve la autorización para trabajar, un siete de septiembre…
Bajó la cabeza. Los ojos se le habían enrojecido. Lucía tenía la mano sobre la boca. Ivanka asió la mano de Olmedo con fuerza, para que no temblara. Fue Polo quien rompió el incómodo silencio.
—El siete de septiembre fue la tarde en que Sandra se rompió y se atravesó una avenida.

Olmedo vació el vaso de vodka de un trago. Aspiró profundamente, y continuó su historia.
—Fue el mismo día, sí, pero no fue el mismo accidente. Charlie y Ekaterina viajaban en la autopista, detrás del camión de la mudanza que traía sus cosas. Pero nadie pensó que reventarían dos llantas del camión al mismo tiempo, o que por intentar esquivarlo el auto saltara la barrera de contención, y mucho menos que un camión viniera justo por el carril contrario. El accidente mató instantáneamente a Charlie, y Ekaterina sobrevivió, pero por muy poco. Fue ya cerca de la ciudad, así que la transportaron al hospital más cercano.
»Me enteré al día siguiente, cuando por fin alguien trató de contactar a la madre de Ekaterina, sin encontrarla. Supongo que en el servicio médico forense ya están acostumbrados a escuchar el sonido del teléfono. El siguiente contacto era yo, pero lo hicieron hasta que se enteraron que Charlie había muerto. Nunca he manejado tan rápido y con tan poco respeto por las reglas. Las multas que llegaron después me costaron la licencia de conducir. No apelé la decisión de manera inmediata: comprenderán ustedes que tenía cosas más importantes qué hacer. En el hospital habían estabilizado a Ekaterina, pero su estado físico era lamentable. Sencillamente sus heridas no eran compatibles con la vida. Pero Ekaterina es lo único que me quedaba de mi familia; era la hija de Charlie. Decidí que le debía a su madre, a mi hermana, salvar la vida de su hija. Al menos la mitad de sus genes eran idénticos a los míos. Se lo debía también a Ekaterina. Puse manos a la obra. Estoy seguro que se debe al síndrome del superviviente; no soy tan arrogante como para suponer lo contrario.
»Moví todas mis influencias y cobré todos mis favores para sacar a Ekaterina del hospital. Estaba dispuesto a transgredir la ley si era necesario, pero sólo había un lugar donde podía realizar las operaciones que necesitaba para salvarle la vida: mi clínica. Mis amigos, y los amigos de Charlie, estaban dispuestos a ayudarme, pero quizá por única ocasión. Deben entender que lo que estábamos haciendo era no tanto amoral como ilegal. Eran procedimientos experimentales. Un trasplante con nuestras técnicas quizá mejoraría una vida, quizá incluso la salvara, y eso si no había complicaciones; realizar dos en la misma persona era éticamente reprobable en estado experimental, nos habían dicho todos los comités de ética, porque el riesgo se elevaba de manera exponencial. Y yo quería realizar cerca de 12 trasplantes en una niña que todavía no cumplía los 10 años, incluyendo uno que no se había probado nunca.
»Realizamos las operaciones. Desde que recibí la noticia del accidente de Ekaterina hasta que terminamos de operar pasaron casi ochenta horas. Fui el único que se mantuvo despierto todo ese tiempo. Mi trabajo era el más importante de todos; yo era el único neurocirujano, y Ekaterina tenía extenso daño cerebral. No se pueden imaginar el nivel de complejidad de mi trabajo. Tampoco quiero imaginar lo que habría pasado si una sola cosa hubiera salido mal, una sola. Hybris, Atë. Pero terminamos. Me gustaría que todo hubiera terminado mejor.
»Mis amigos se marcharon. Dejaron de contestar mis llamadas, y debí asumir todas las funciones que ellos me ayudaron a desempeñar. Estuvieron ahí cuando más los necesitaba Ekaterina, pero me dejaron solo en el momento en que más los necesitaba. La única manera que tuve de conservarme cuerdo fue volverme recluso por necesidad: la vida de Ekaterina estaba antes que nada. No fue sino por casualidad, mi último contacto con el mundo real, que el rector de Medfield accedió a visitarme. Era una noche de diciembre, antes de año nuevo. Le pedí que viniera a vernos; le dije que, si lo que pasara esa noche indicaba que mis investigaciones habían sido en vano, yo personalmente renunciaría al cargo y devolvería todo el dinero que la universidad me había pagado, sin condiciones. Pero que tenía éxito, él podría aparecer como uno de los coautores de los artículos que se publicarían a partir de ese momento, con todas las técnicas. Hybris, Atë. Aceptó.
»Habían pasado ya tres meses y medio desde el accidente, y era tiempo de saber si lo que tendría era éxito o fracaso. El rector llegó, y le indiqué que pasara. Hice que se pusiera un traje quirúrgico y pasamos a la habitación de recuperación. Ekaterina estaba ahí, todavía conectada a los aparatos de soporte vital. «Lo que voy a hacer es muy simple,» le dije al decano, «y si fallo, quiero que llame usted a la policía y me denuncie por asesinato y por poner en riesgo a una menor.» Usé esas palabras exactas. «Si me equivoco, la vida de la hija de mi hermana se extinguirá. Pero si tengo la razón, abriremos un nuevo campo de la medicina, un campo donde estaremos un paso más cerca de conquistar a la muerte.» Hybris, Atë. Némesis y las Furias me esperaban afuera, esperando que cometiera un error, uno solo.
»Apagué una a una las máquinas de soporte vital. Retiré uno a uno los cables y las sondas. Contuve la respiración; el rector también. Ekaterina seguía respirando por sí misma; juro que podía escuchar su corazón latir. Tomé entonces la jeringa donde tenía preparado ya el antídoto para los medicamentos con los que mantenía a la niña en coma artificial. Inserté la aguja, inyecté, y esperé, temiendo lo peor.

Olmedo temblaba. Ivanka lo abrazó hasta que recuperó un poco la compostura. Aún así no lo soltó.
—Fueron los cinco minutos más largos de toda mi vida. Pero entonces Ekaterina abrió los ojos. Parpadeó, desacostumbrada a hacerlo, y entonces nos miró. La tomé de la mano, y me dio el apretón más dulce del mundo. Volvió a cerrar los ojos. Su respiración se volvió acompasada; supe que se había dormido. Le dí un beso en la frente, y me deslicé hasta el suelo, sollozando. No recuerdo nada más de esa noche; sólo que al amanecer el rector aún estaba ahí, y que Ekaterina había vuelto a despertar.
»El rector me envió personal de enfermería para auxiliarme. La recuperación de Ekaterina se realizó en un tiempo tan corto que no parecía que hubiera estado tan cerca del Hades. Salvo unas pocas cicatrices, y la pérdida de tono muscular, Ekaterina realizó una recuperación casi completa. De todo, excepto de una cosa.
»No puede hablar.
»Y no sé por qué.