Ella (8)

Capítulo 8.

Ada podía ser persuasiva si quería, así que el doctor Olmedo terminó cediendo a su plan original y Katy pasó tres semanas en casa de los Montes. Verdad es que no tenía otro remedio. Katy entró a la casa detrás de Ada, en silencio, con su maleta en la mano, mientras Olmedo le daba a Lucía y a Polo instrucciones sobre los requerimientos médicos de su hija. Pronto se estableció una jerarquía en casa y Polo comenzó a preguntarse qué hubiera pasado si Sandra hubiera estado viva y enfrentándose a esa situación. Claro que, para que eso hubiera sucedido, la cadena de eventos hubiera tenido que ser radicalmente diferente. Era auténticamente impensable.

Lucía se acercó a las niñas y les dijo que iba a tomarles medidas. Era nutrióloga, y aunque Polo se había ofrecido a conseguirle un puesto en la asociación o en la federación de rugby, pero ella no quería aprovecharse de la posición de su marido. Así que su consulta se limitaba a su familia. Obtener las medidas de Ada era fácil; lo había hecho ya tanto tiempo y llevaba tan bien su control que conocía perfectamente el estado de salud de la chiquilla. En cambio, las medidas de Katy no tenían sentido.
—Pesa demasiado para su estatura —le comentó a Polo, después de cenar— pero es más delgada de lo que debería.
—¿No te habrás equivocado en algo?
—Sugerir que me equivoqué en eso es como decir que Ada es anoréxica. Los números están bien, o la báscula no sirve. Puede fallar en uno o dos kilos, pero no en veinte.
—No entiendo.
—Tiene once años. Mide 1.50 metros. Debería pesar menos de 50 kilos; 45 para ser precisa. Pesa 65.
—No puede ser.
—Te lo digo yo, no puede ser. Pero espera, hay más. Su índice de masa corporal, calculado sólo con esos datos, es de casi 29 kilos por metro cuadrado. Pero si uso los datos de tallas, está entre 18 y 22 kilos, que es lo normal. Y su talla de ropa está en el rango más chico. Si acaso, está demasiado delgada. ¿Cómo es que pesa tanto?
Polo se mesó la barba. Lo hacía cuando pensaba.
—Y además están las cicatrices. Está llena de cicatrices la niña. Sé que son restos del accidente, pero a Katy no le gusta mostrar su cuerpo.
—Ada dice que Ekaterina estuvo con ella en el accidente de su madre. Se me ocurre algo: si la niña en realidad estuvo lo mal que me dijo Ada, se me ocurre que quizá, en un acto de locura, Olmedo hizo lo que cualquier padre haría si pudiera, y él seguro que pudo: salvarle la vida. Y se me ocurre que ha estado probando nuevas prótesis. Huesos de metal. Articulaciones artificiales. Sólo lo mejor para la niña…
—¿Ella es su conejillo de indias?
—Más que eso. Es su hija. Pero antes no lo era… No antes del accidente.
—No me digas que…
—Es una idea loca. No nos miente: no era su hija antes… pero lo es ahora.
—¿Adopción?
—No, más que eso. Síndrome del Superviviente.
—No te entiendo.
—Ada salió del accidente relativamente sin heridas, pero con trastorno de estrés postraumático. Ekaterina, seguro que lo mismo, pero con heridas graves. Me apuesto lo que quieras a que sus padres biológicos están muertos. Por lo menos su madre, que fue la mujer que estuvo involucrada en el accidente. Lo más cercano a una familia era Olmedo. Y Olmedo, con su forma de ser, le hizo algo a la mujer unos días antes del accidente. Si Sandra no hubiera perdido la cabeza, no hubiera pasado nada. Pero la perdió, y el resultado fue que una mujer murió, y un casi recluso adicto al trabajo que no sabe nada de cuidar a una hija desea desesperadamente recuperar a una mujer en especial. Si todos lo hijos se parecen a sus padres, y Ekaterina se parece lo que nosotros los especialistas denominamos «un chingo» a Ivanka Tereshkova. No sé nada de Ivanka desde que regresó a Rusia para un congreso, y mira que fuimos muy unidos cuando éramos jóvenes.
—No. No. Sé lo que tienes en mente, pero no es posible.
—No creo que se haya muerto ella tampoco. Creo que Ekaterina es la hija de Ivanka, y creo que Olmedo es el hermano de Ivanka, y creo que Ivanka está en la clínica de Olmedo, pacientemente siendo reconstruida por su hermano.
—Leopoldo, te amo y todo eso, pero esa es la hipótesis más estúpida que he escuchado en mi vida. Ni siquiera ese amigo tuyo escritor que tanto te gusta leer, ¿cómo se llama? ¿Ruiz? Ni siquiera él hubiera sido capaz de perpetrar una historia tan ridículamente estúpida, y eso que se supera con cada libro.
—¿Es cierto eso?
—Sí, lo he leído.
—No, lo de Guillermo no, lo de que me amas.
Lucía sonrió, le dio un beso en los labios, y le acarició la barba.
—Sí, eso sí es verdad.
—Quizá mañana se me ocurra algo mejor.
—Respirando espero —dijo Lucía, cerrando sus archivos.

—¿Recuerdas tu hipótesis de trabajo sobre Ivanka? —dijo Lucía una mañana mientras desayunaban.
—¿La fumada esa que te dije hace quince días?
—Sí.
—La recuerdo.
—Mira —dijo Lucía, pasándole las noticias.
«Ivanka Tereskhova nueva directora de softbol nacional». «La mejor softbolista rusa sustituye a Karla Bagatello como encargada de todas las selecciones nacionales de la especialidad, justo al celebrar su nacionalización. “Es una gran responsabilidad pero creo que puedo ofrecerle algo al país que me ha dado todo lo que tengo,” dijo en entrevista exclusiva.»
—Era demasiado bueno para ser verdad.
—Era demasiado estúpido, amor.
Ada y Katy los miraron en silencio. La niña modelo comía como una auténtica dama; Ada, en cambio, comía como un demonio de Tazmania hambriento.
—Sigue comiendo, querida, se te va a enfriar…
—¿De quién hablan? —sonó el vocalizador de Ada.
—Una amiga de tu papá, amor.
—¿Pero quién?
—Ivanka Tereshkova, querida. Tu madrina.
—¿La conozco?
—Ella te conoce a tí. Quizá sea tiempo de que vuelvas a conocerla.
—¿Puedo conocerla yo también? —sonó un segundo vocalizador.
Katy miraba alternativamente a Polo y a Lucía. Ellos se miraron, y miraron a Ada. Ada miró a Katy. Katy le devolvió la mirada, y volvió a Polo.
—No veo por qué no. Así se me quitará también la duda sobre si eres o no su hija perdida.

El timbre de la puerta sonó mientras Lucía, Leopoldo y Ekaterina terminaban de poner la mesa. Ada dejó las cosas en la mesa y fue corriendo a abrir la puerta. La mujer que estaba afuera era la versión adulta de Ekaterina, una mujer alta, rubia, blanca y delgada de un metro ochenta de estatura, con el cabello suelto llegándole hasta la cintura.
—Ах, как ты вырос, Ада —dijo la mujer, abriendo los ojos azul cielo e inclinándose para abrazar a Ada con fuerza.
—Ada no habla ruso, Ivanka querida —dijo Polo, dejando todo a medio terminar y avanzando a grandes zancadas hacia la mujer, con los brazos abiertos.
—Maldito bastardo —dijo ella, abrazándolo como si quisiera reventarlo—, prometiste que ibas a tener seiscientos hijos y todos me iban a decir tía.
—Teníamos 15 años, hermana, así que mis cálculos estuvieron un poco equivocados. Pero aquí está tu sobrina Ada.
—Es la viva imagen de Sandra y tuya.
—Un poco más de sandra que de mí, espero.
—El pelo es tuyo.
—Ahora me explico a dónde se ha estado yendo —dijo Polo, pasándose una mano por la cabeza.
Ivanka tomó a su ahijada por los hombros y se dejó guiar a la sala.
Déjame presentarte a toda la familia. A Ada ya la conoces. Es jugadora de rugby, como su padre. Donde lo encuentre lo mato al desgraciado…
Ivanka rió y miró a su sobrina a los ojos.
—Se ve que eres buena.
—Lo hizo por hacer enojar a Sandra. Pero le gustó. Ella es mi esposa, Lucía. Vamos a cumplir dos años de casados el próximo mes.
—Mis condolencias —dijo Ivanka, sonriendo—. Sé que puede ser muy persuasivo; espero que no te haya obligado por la fuerza a casarte con ella— la abrazó con fuerza y la saludó al estilo ruso.
—No tienes ni idea. No sabía que ustedes se conocieran.
—Él es mi hermano de intercambio. Cuando vine aquí me asignaron a su casa. Aprendí con él y sus padres el idioma y las costumbres, y me quedé en lugar de regresar a Rusia.
—Y ella es tu otra sobrina. Ekaterina.
—Pero si tiene la misma edad que mi ahijada… ¿Qué hiciste?
—Nada, yo nada, soy inocente. Es la hija de mi vecino. También juega softbol. Y se parece mucho a ti en uniforme.
—Me da gusto que no practiques un deporte de bárbaros como este hombre y mi sobrina. Sólo faltaría que tu también juegues rugby, hermana —le dijo a Lucía.
—No, yo soy toda una dama. Practicaba voleibol, pero nunca destaqué. Soy nutrióloga.
—Me hace falta una buena nutrióloga en la selección. Se ve que has estado haciendo buen trabajo —le apretó una mejilla a Ada.
—Ya bastantes cosas tengo por hacer…
—Nada de excusas. Si yo encontré tiempo para nacionalizarme tú tienes tiempo de ayudarme con el equipo.
—Quizá pudiera aceptar un cargo de consultora de medio tiempo.
—Suficiente para mí. Ekaterina, Ты говоришь по-русски?
Katy dijo algo lenguaje de señas.
—Dice que lo entiende pero no lo habla —dijo Ada, a través del vocalizador. Ivanka le miró la mascada de la garganta y notó la cicatriz.
—Ay, pobrecilla. No te preocupes, conozco a la persona adecuada. Es un buen amigo mío. Cuéntame qué te pasó.
—Es una larga historia —interrumpió Lucía—. ¿Por qué no pasamos a la sala?
—Ven, hermana. Tengo un vodka tan bueno que Vladimir Putin tiene una botella en la mesa de noche.

El timbre volvió a sonar un rato después; Katy y Ada fueron las únicas que lo escucharon, mientras los adultos reían y se contaban historias de su juventud. Ada volvió a abrir la puerta, y sonrió al ver que afuera estaba el doctor Olmedo. Lo tomó de la mano, sin decir nada, y lo llevó hasta la sala. Ivanka lo miró, y Olmedo la miró, con la boca abierta.
—Моё судно на воздушной подушке полно угрей. Pero si es el mismísimo diablo en persona —dijo Ivanka, poniéndose de pie.
Si Olmedo intentó retirarse, lo pensó mejor cuando Ada se puso en postura defensiva. Era mejor ahorrarse el ridículo de ser tacleado por una niña de once años.
Ivanka avanzó con largas zancadas, con esa gracia que sólo los gatos finos y algunas mujeres poseen. Lo abrazó, lo besó tres veces, y lo volvió a abrazar. Ada notó que Olmedo estaba temblando.
—Tengo quince años sin verte. Vaya si has cambiado. No queda nada de quien eras antes, ¿verdad?
—¿Se conocen? —preguntó Lucía.
—Que si nos conocemos. Claro que nos conocemos. Mira cómo estás; ven, te hace falta un buen vaso de vodka.