Ella (7)

Capítulo 7.

—He escuchado algo de usted —dijo Polo, mientras le servía al doctor Olmedo una copa de coñac.
De alguna manera Ada había convencido al doctor Olmedo de que su padre quería conocerlo, y además, tomando en cuenta que vivían en la casa de enfrente, Ada y Katy podían hacer la tarea juntas. Ada podía ser muy persuasiva cuando quería. El doctor Olmedo se había negado un tiempo, pero había terminado cediendo ante la insistencia de la niña. No sólo había cedido en eso; Katy también estaba ya jugando con el equipo de softbol.
—Se dice que es usted el líder investigación de prótesis biomédicas, ¿es cierto eso?
—Se dicen muchas cosas de mí. La mayoría son exageraciones.
—No lo dudo, pero no tanto como en el deporte. En el rugby, por ejemplo, hay quien dice que soy el mejor entrenador nacional que haya existido, sólo porque quedé en tercer lugar en un mundial. La verdad es que los muchachos podían hacerlo sin mí.
—Yo también investigué un poco sobre usted. Se retiró a una edad no muy avanzada para un deportista profesional.
—Treinta y cinco años, con una rodilla destrozada, y una articulación propensa a salirse de su lugar. Creo que me retiré a tiempo.
—Hace diez años no era posible, pero ahora podría restaurar su rodilla con mis nuevas técnicas. No tendría usted una rodilla nueva, pero sería por lo menos comparable a la que le quedó sana. Podemos hacerlo.
—Mi primera esposa intentó hacerlo, y el resultado es que puedo caminar. Con eso me conformo.
—¿Se divorció usted?
—Enviudé. Mi mujer tenía un tumor en el cerebro.
—Lo lamento.
«Yo lo lamento más» pensó Polo.
—Gracias, pero… creo que yo soy el que debería disculparse. Fue mi esposa (bueno, ex-esposa) la que chocó contra su esposa, si lo que dice Ada es verdad.
—Nunca me casé. No tuve tiempo. Ekaterina es mi hija, pero no biológica. Es verdad que estuvo involucrada en un accidente, pero no creo que hablemos del mismo caso.
—Eso al mismo tiempo me causa alivio y pesar. Pero olvidemos eso. Me comentaba Ada que permitió usted que su hija juegue softbol. Parece que el deporte le ha ayudado mucho. Pero también me dijo que necesitaba usted un favor.
—Sí. Bueno, le comento. Debo marcharme tres semanas del país. En otras circunstancias me llevaría a Ekaterina conmigo, pero voy a un centro de investigación al cual no es conveniente llevarla. Su hija, Ada, es muy observadora, y dedujo que estaba yo en un dilema. También me sugirió la respuesta. Sé que realmente no hemos sido vecinos; me la paso más tiempo en mi oficina que en casa. Ekaterina… bueno, quisiera decir que soy el padre de mi hija, pero no lo soy.
—Lo comprendo, créame. Mi segunda esposa es igual con Ada. A veces hasta parece que la hubiera parido, si sabe a lo que me refiero.
—Bueno, la cuestión es que me haría usted un gran favor si cuidara de Ekaterina estas tres semanas. Por supuesto puedo compensar su amabilidad.
—No se preocupe, no será molestia.
—Insisto. No pretendo ofenderlo ofreciéndole una enorme suma de dinero, pero… bueno, a cambio de su ayuda, me gustaría ofrecerle una plaza en las pruebas de un dispositivo en el que estoy trabajando. He notado que Ada no sólo es muda, sino que carece de cuerdas vocales…
—Así es.
—Mi dispositivo, al que llamo laringe electrónica, es un implante subdermal que puede leer ciertos impulsos nerviosos y traducir esos impulsos en sonido. Pero va más allá: mi dispositivo puede repetir el patrón del habla de una persona y proyectarlo de manera casi natural. Hay dos variantes: una laringe electrónica interna, que probaré a su debido tiempo con mi hija, y una laringe externa, que me gustaría probar con la suya.
—Bueno, entiendo que necesite mi autorización, pero creo que es Ada la que debe decidir.
—Lo entiendo, créame que lo entiendo. De hecho, quizá en este momento sea mi hija la que esté convenciendo a la suya para que acepte.

No era eso lo que estaba pasando. En la habitación de Ada, en total silencio, Katy estaba sentada en la cama mientras Ada le trenzaba la larga cabellera color miel. Katy aún vestía el uniforme escolar, pero Ada ya se había cambiado a ropa más cómoda. Una vez que la trenza estuvo terminada, Ada le dio el cepillo a su amiga y se sentó en la cama. Katy tardó un instante en decidirse, pero subió por fin al colchón y comenzó a cepillar el corto pelo negro como ala de cuervo de su compañera, hasta hacerlo brillar, y al finalizar, le hizo un par de coletas. Ada se miró en el espejo, satisfecha con los resultados, y atrajo a Katy hasta su closet. Observó atentamente a su amiga, observó el contenido de su armario, otra vez a su amiga, hasta que se decidió por un par de piezas, que parecían de su tamaño. Se las dio, cruzó los brazos. Katy miró a su amiga, miró a la ropa, y negó con la cabeza. Ada, en cambio, se limitó a cambiar un poco de postura y a hacer un gesto que, no cabía duda, era el equivalente a decir «Oh, sí, claro que te lo vas a poner.»

Katy hizo el movimiento de devolver la ropa, pero Ada se limitó a golpetear rítmicamente el suelo con el pie derecho. Katy dejó la ropa en la cama, entonces, pero su anfitriona no cambió su posición. Señaló la ropa y señaló a su amiga, en un claro gesto. La niña modelo terminó admitiendo que no podía ganar. Bajó los hombros, como admitiendo su derrota, y se quitó el uniforme. Ada se acercó a ayudarle. La niña modelo retrocedió, pero Ada no se iba a dejar intimidar por su compañera, aunque le sacara 10 centímetros de estatura. La tomó del brazo, y la hizo quitarse el uniforme. Tomó las piezas, las dobló con cuidado, y las depositó en la cama, mientras que Katy se ponía la nueva ropa. Nada mal, pensó Ada cuando la niña modelo terminó de vestirse. Le acomodó la larga trenza alrededor de la garganta, tapando la cicatriz, le puso una gorra de béisbol, y la hizo mirarse en el espejo. Luego le mostró una fotografía. Tocaron a la puerta, y Ada fue a abrir. Eran su padre y el doctor Olmedo, a quien casi le dio un ataque cardiaco al ver a su hija vestida de aquella forma.
—Por vida del rey Clarión —dijo Polo, al ver a Katy—, no puedo creerlo… ¡Pero si eres igualita a Ivanka Tereshkova!
—¿Conoce usted a Ivanka?
—Que si la conozco… Es la madrina de Ada, la esposa de uno de mis mejores amigos, y una de las mejores jugadoras de softbol que ha dado Rusia.
—Eh… Tenemos que irnos, Ekaterina. Ahora. Gracias por su hospitalidad…
—Fue un placer…
Ada depositó el montoncito de ropa pulcramente doblada encima de las cosas de la escuela de su amiga, y le puso todo en las manos.
—Te regalo la ropa —le dijo, en lenguaje de señas. Katy sólo pudo asentir con la cabeza, mientras su padre la tomaba del brazo para apurarla.
Polo de dedicó una mirada a su hija. Ella le devolvió el gesto. Los dos sabían que había pasado algo raro… pero no dijeron nada y los acompañaron hasta la puerta.
Justo al salir se toparon con Lucía, que venía de la universidad. Olmedo musitó una disculpa poco convincente sobre la hora y las molestias, y salieron.
—Cualquiera diría que son de azúcar y tienen miedo a derretirse con la lluvia —dijo Lucía, mientras dejaba sus cosas en la mesita del recibidor.