Ella (6)

Capítulo 6.

Era un día frío de enero. El año nuevo había pasado sin incidentes, las lluvias de fin de año habían dejado un lodazal, y era tiempo de volver a clases. El primer lunes, mientras todos los alumnos se ponían al día con las noticias, una niña nueva llegó al salón de clases de Ada. La reconoció nada más verla: era la niña de la casa de enfrente. La maestra la presentó como Ekaterina Olmedo. Se acababa de recuperar de un accidente, y les pedía que tuvieran paciencia con ella. Al igual que Ada, Ekaterina no podía hablar. A diferencia de Ada, en su caso se veía por qué: había una cicatriz recorriendo su garganta, de lado a lado. La niña disimulaba el corte con una mascada de seda, pero la vista de Ada era demasiado fina como para que ese detalle quedara oculto. Había un gran número de cortes, y en algunos lugares la piel parecía tener dos colores diferentes. Sus ojos tenían colores ligeramente diferentes: uno era azul acero, el otro, azul cobalto. En general, si uno no sabía dónde buscar, Ekaterina parecía normal.

La nueva se sentó delante de Ada. La observó con detenimiento todo el día. No era una chica normal, y para que Ada lo dijera es que la chiquilla era completamente lo opuesto a la normalidad. A la hora del almuerzo, la nueva se sentó sola. Ada la miró y notó que nadie se le acercaba. Decidió que debía conocerla más, si es que en realidad era la misma chica. Se levantó, tomó su almuerzo, y fue a sentarse con ella. Jamie se le quedó mirando antes de decidir que debía seguirla. Se sentaron a la mesa sin pedir permiso.
—Hola— dijo Ada en lenguaje de señas antes de decidirse a sacar el vocalizador. Ekaterina no dijo nada.
—¿No estás comiendo nada? —preguntó Jaime.
Ekaterina movió la cabeza en sentido negativo.
—Deberías comer algo. Es importante comer, porque así tienes energía para todas las actividades diarias —comentó Jamie, antes de que Ada lo silenciara de un codazo.
—Él es Jaime —dijo a través del vocalizador—, yo me llamo Ada.
Le ofreció el vocalizador. Ekaterina señaló la etiqueta con su nombre.
—Te llamas Ekaterina, pero es un nombre muy largo —dijo Jaime—. ¿Cómo te dicen en casa? Espera, no me lo digas, porque Ekaterina es la versión rusa de Catalina, y el diminutivo es Katyusha, y el familiar es Katya, pero tú no te ves como una Katya, porque tienes ojos de gato, así que Kitty te sentaría bien, y es una variante aceptada de Ekaterina como se pue*buf* —Ada le tapó la boca con la mano y le dedicó una mirada asesina.
Jaime se puso rojo.
—Perdón…
La mano de Ekaterina se movió sobre la mesa. Como si le costara trabajo reconocer las letras, escribió “Katy”.
—¿No tienes un vocalizador?
Katy negó con la cabeza.
—¿Sabes lenguaje de señas?
Volvió a negarlo.
—¿Puedes hablar?
Se señaló la garganta y negó con el dedo.
—No puedes hacer eso todos los días —dijo Jaime—. Tienes que comunicarte con alguien. Cuando yo conocí a Ada tampoco se comunicaba pero es porque ella no puede hablar aunque si consideras que puede hablar en silbo gomero entonces sí se comunica, pero usa más el lenguaje de señas y el vocalizador… —y otra vez Ada lo tuvo que callar con un codazo.
—¿Te pasó algo? —preguntó Ada.
Katy se tocó la cabeza, la garganta, el corazón, los dos brazos y el vientre.
—¿Fue un accidente muy grave?
La mano de Katy escribió dos signos de interrogación en la mesa, lenta y metódicamente, como si le costara trabajo mover el cuerpo. Probablemente así fuera.
—Te puedo enseñar lenguaje de señas básico, si quieres.
La chiquilla se veía confundida.
—Te puedo pasar también mi programa vocalizador a tu teléfono. ¿Tienes teléfono?
Katy negó con la cabeza.
—¿Vas a poder hablar?
Katy asintió. Ada se la quedó mirando. Jaime abrió la boca pero ella levantó un dedo. Jaime entendió la indirecta y se quedó callado. Finalmente Ada escribió una última frase.
—¿Eres mi vecina?
Katy miró a Ada a los ojos. No respondió.
La campana sonó y debían regresar a clase. Ada y Jaime se pusieron de pie, pero Katy tardó un instante más. Caballeroso, Jaime las acompañó a su salón y después se fue corriendo al suyo. Katy era lenta para todo, se dijo Ada. Se preguntó también por qué.
El resto del día Katy lo pasó en silencio. Ni siquiera tomó notas. Cuando terminaron las clases, en lugar de quedarse al taller de deportes, se fue a la puerta. Un auto llegó, ella subió con calma y parsimonia, y el auto se fue. Ada se aprendió las placas.

Esa noche, mientras hacía la tarea, observó la casa vecina. El auto estaba ahí. La placa era la misma. Katy estaba acostada en su cama, con los ojos cerrados. De vez en cuando alguien entraba a su cuarto, hacía algo, y salía. Una vez la sorprendió con los ojos abiertos. La saludó. Katy no respondió durante un rato. Entonces levantó una mano a la altura de su cabeza y repitió el gesto. Alguien entró a la habitación, cargando una bandeja. Si Ada hubiera estado atenta, en lugar de estar dibujando una célula vegetal, habría observado que ese alguien era un hombre, y que parecía que estaba conectando un cable hasta alguna parte del cuerpo de Katy. También habría observado cómo salía un líquido negro, y cómo colocaba una bolsa con un líquido rojizo en algo ubicado en la cabecera de la cama.

A la mañana siguiente Ada llevó un vocalizador adicional. Era más viejo, y la batería ya no duraba tanto, pero su voz era diferente y era más fácil de usar; era el que llevaba en el jardín de niños. Pensó que así sería más fácil hablar con Katy. Durante las clases normales no tuvo tiempo para hablar con ella, así que debió esperar a la hora del almuerzo. Dejó a Jaime comiendo y hablando hasta por los codos con sus compañeros, y se fue a la mesa de Katy. Le dio el vocalizador viejo y comenzó a teclear algo en el suyo. Le dijo que le prestaba el vocalizador hasta que consiguiera uno nuevo para ella y que le iba a enseñar a hablar por señas, lo quisiera o no. Katy se la quedó mirando, sin moverse. Finalmente, asintió. Ada sonrió.

Empezaron con las señas básicas. Aunque lenta, Katy aprendía perfectamente. Copiaba poco a poco las señas de Ada, que se acompañaba por el vocalizador, y al cabo de media hora ya tenía un vocabulario básico, perfecto y sin errores. Era como verse en un espejo, se dijo Ada. Y a pesar de todo, Katy seguía silenciosa. No se movía, no hacía nada si no se le dirigía la palabra directamente, y aún entonces, contestaba justo con lo esencial. Tampoco usaba el vocalizador. «Es rara,» se repitió Ada, «y más que yo.» El timbre sonó, y fueron a clases. Ada repetiría el mismo proceso todos los días durante dos semanas, hasta que las dos niñas pudieron conversar de manera más o menos fluida en lenguaje de señas.

Por supuesto, el mutismo de Katy atrajo miradas. A pesar de que se veía perfectamente la causa, a pesar de la mascada del cuello, algunas niñas comenzaron a referirse a Katy como la «niña modelo». Era buena estudiante, con una caligrafía perfecta, siempre impecable al hacer algo, y nunca cometía errores. Ada, en cambio, era más bien desordenada y caótica, impulsiva y un poco mandona. A Ada le perdonaban que fuera muda sólo porque era normal el resto del tiempo; a Katy no le perdonaban la perfección.
—Es como si fuera un robot —dijo una niña, mientras Katy abría su mochila con movimientos pausados y metódicos, colocando su contenido cuidadosamente en el pupitre.

Fue un jueves. Un socavón se abrió afuera de la escuela y el paso de vehículos se vio bloqueado un par de horas, mientras lo reparaban a marchas forzadas para que los estudiantes pudieran salir con seguridad. Katy se vio forzada a regresar al interior de la escuela; Ada, que se había cambiado ya para entrenar con el equipo de rugby, tuvo la idea de llevar a Katy con el entrenador del equipo de béisbol, que estaba haciendo pruebas para la nueva temporada. Todos los entrenadores conocían a Ada; la chiquilla tenía el talento natural de reconocer qué deporte le servía mejor a un chico. El entrenador tomó la pelota y le explicó a Katy lo que quería que hiciera con ella; la chica lanzó cuatro strikes seguidos al mejor bateo del coach. Al momento de batear, en cambio, parecía que su lentitud natural le daba problemas para batear. Si dejaba el bat fijo, podía picar la bola, pero no lanzarla. Cachar la pelota se le dio mejor, y aunque intentar correr de una base a otra fue un fracaso, lo hizo lo bastante bien como para que el entrenador le diera una carta de aceptación y una de liberación de responsabilidades, para que su padre la firmara si ella quería pertenecer al equipo. Ella se limitó a asentir, pero no se veía particularmente entusiasmada.

Eventualmente el padre de Katy llegó por ella; se le veía preocupado. El entrenador se presentó y habló con él. Le dijo que Katy era un diamante en bruto para el béisbol; además, le serviría de terapia física y le haría mucho bien a la chiquilla tener actividades fuera de la escuela; si lo que le preocupaba era su bienestar físico, pocos deportes eran tan seguros como el béisbol.
—Una preocupación menos para usted, doctor —dijo el entrenador— y una terapia física excelente. Si a usted le preocupa que si hija no esté aún en condición de jugar, no se preocupe: lanza como los grandes peloteros. Haré una pitcher excepcional de ella, créame. Material de grandes ligas, se lo digo yo. Para esto nació.
—Mire, mi hija no está lista, falta mucho por hacer con ella… —el doctor Olmedo se veía alterado.
—Deje que ella decida si le gusta. Siempre puede venir a entrenar y, si no le gusta, dejarlo. ¿Qué le parece? Deje que entrene dos semanas. Y déjeme todos sus datos, para contactarlo en caso de una emergencia. Pero véalo usted por este lado: tres horas de entrenamiento son cuatro horas más para usted en los que no se tiene que preocupar por el bienestar de su hija porque estará en excelentes manos, y usted ganará tiempo. En lugar de regresar a trabajar y perder un par de horas, podrá usted disfrutar ese tiempo con su hija en la tarde.
Olmedo no había dado su brazo a torcer. Con amabilidad, para que el entrenador Valencia se callara, prometió que lo pensaría. Tomó a su hija del brazo y se la llevó.