Ella (5)

Capítulo 5.

Llovía.

Cuando habían enterrado a su madre, el sol brillaba esplendoroso en un cielo azul sin límite. Dos días después, llovía. Ada terminó empapada en el entrenamiento; Lucía había ido a recogerla y le había traído su abrigo favorito. En cierta manera, pensaba Ada, Lucía era mejor mamá de lo que Sandra había sido, pero Lucía no aspiraba a reemplazar a su madre. Se comportaba más bien como una hermana mayor o una tía. Ada no recordaba haber visitado nunca a ninguna tía, pero ahora que vivía con su papá todos los familiares llegaban por montones. A ella le gustaba la atención; aunque no dejaba de sentir que lo hacían por lástima.

Jaime y Ada se habían hecho amigos. Ya se conocían, de las veces en que ambos acompañaban a sus padres en el hospital, pero ahora, siendo vecinos, tenían más excusas para estar juntos. A Jaime no le importaba que Ada no pudiera hablar; al contrario, eso le daba más oportunidad a él de hablar y hablar sobre lo que más le gustaba: el rugby.
—A mi papá no le gusta el rugby —comenzaba a decir el muchacho—porque se le hace un deporte muy violento. A él le gusta el pádel. Pero a mí no. Yo me siento mejor cuando estoy corriendo con los muchachos y pasamos el balón y cooperamos y somos un equipo y nos golpeamos y caemos al suelo y nos embarramos. Mi mamá se enoja cuando llego todo mugroso, pero a mí me encanta. Y a tu papá le encantaba también, por eso fue el mejor jugador que su equipo tuvo. ¿Ƭe contó alguna vez cómo empezó a jugar rugby?
Ada negó con la cabeza. Le gustaba escuchar al muchachito.
—A mí me gustaría saberlo. Debió ser emocionante cuando empezó el rugby en la ciudad y eran pocos, y tu papá fue de los primeros y también de los mejores. y por eso es tan buen coach… —y seguía y seguía, hasta que Ada le daba unas palmaditas o le ponía un dedo en los labios y lo hacía callar un momento, para que se concentrara en la tarea de matemáticas. Jaime podría ser un año mayor que Ada, pero Ada, sin duda, era más madura y un tanto más responsable.

Pero ese día llovía. Lucía la metió a bañar, para que no se resfriara, y al salir le secó y cepilló el cabello mientras ella tomaba una taza de chocolate caliente. Al terminar, Ada revisó una vez más la tarea del día. Hizo una mueca. No le gustaba mucho hacer tarea, pero como su padre le había dicho alguna vez, la práctica hace al maestro y era necesario tener una profesión, por si lo demás fallaba.
—Además… al menos por aquí el rugby no deja mucho dinero, mi niña.
Se resignó a hacer la tarea. Se colocó en su escritorio. Estaba frente al ventanal y le gustaba tener una vista de la calle, aunque fuera un poco monótono. Al menos se podía ver el cielo, aunque lloviera, y las gotas hacían formas en la hoja de cristal. Al terminar, se quedó mirando la calle. Notó la ventana de enfrente. Nunca se había dado cuenta, pero podía ver en el interior desde cierto ángulo. Un poco, pero lo suficiente como para saber que en esa habitación estaba la otra niña.

Se podía ver a leguas que la niña no estaba bien. Pero se veía un poco diferente a cuando la había visto aquella vez. Habían pasado ya cinco meses desde que su madre perdiera la cabeza y la hubiera asustado tanto que intentó escapar de ella. La recordaba con cariño, pero prefería olvidar esos últimos días… pero no podía. A veces tenía pesadillas y gritaba en sus sueños, en ese silencio ensordecedor de la noche… pero su padre sabía cuándo tenía esos sueños, y entraba a su habitación, y la despertaba y la abrazaba y todo estaba bien… por el momento. La niña de enfrente seguramente también tenía pesadillas, pero no parecía ser capaz de moverse. Alguien entró a la habitación, revisó algunas cosas, y se marchó. La niña no se movió. Un rayo cayó cerca, lo bastante como para hacer retumbar la casa e iluminar brevemente el interior de la habitación de enfrente. La niña no se había movido para nada…

Los exámenes finales empezaban esa semana. Ella pasaría al quinto grado el siguiente año; y la cambiarían de escuela a una más cercana a casa. También la cambiarían de club; Jaime y ella podrían ir juntos a la escuela y a entrenar, al menos por un año. Su padre se veía descontento. Estaba en la mesa del comedor, sentado frente a la computadora, mordiendo un lápiz. Ada sabía que su padre sólo mordía el lápiz para no tallar sus dientes cuando estaba nervioso. Se sentó en el sillón de enfrente, y lo miró. Él levantó la vista del monitor y la llamó con una seña. Le dijo que fuera a la tienda y le trajera, del cajón hasta abajo del escritorio, un libro llamado «Grandes Éxitos del Humor Alemán.»

Obediente, Ada fue hasta la tienda, conectada a la casa por una puerta. Alguna vez esa tienda había sido una cochera, pero su padre la había convertido para tener algo qué hacer entre temporadas. Llegó hasta el escritorio y abrió el cajón. Era un tomo grande. Lo sacó con cuidado, y se lo llevó. Lo puso con cuidado en la mesa. Polo le acarició la cabeza, y abrió el libro. Sacó la pequeña botella de licor fuerte, se sirvió un vasito, y lo bebió de un trago.

Se quedó mirando la hoja de cálculo. Apuntó con un dedo a una celda. Su padre se acercó a la pantalla, y miró donde debía mirar. Asintió, corrigió la celda incorrecta, y se relajó visiblemente. Ada observó que la fila de números en rojo ahora estaba en negro. Su padre volvió a sonreír y le volvió a acariciar la cabeza.
—Gracias, cariño. Estaba volviéndome loco.
Ada sonrió.
—Llévate el libro. No quiero que tu mamá o Lucía lo vean —le guiñó el ojo.
Ada obedeció, todavía con la sonrisa en los labios. Su padre nunca se refería a Lucía como «tu mamá», y Lucía nunca había intentado reemplazarla. Ada extrañaba a su madre, pero Lucía había estado ahí con ella en momentos en los que Sandra hubiera perdido la cabeza.

Fue a la cocina a buscar algo de comer. Intentó tomar algo de lo que Lucía estaba preparando, pero ella la amonestó ligeramente con la cuchara de madera.
—Deja. Ya casi está listo.
—Pero tengo hambre… —dijo con señas.
—También te puedes esperar quince minutos, amor. La espera va a valer la pena.
Ada suspiró, y salió de la cocina. Subió a su cuarto. Estaba otra vez lloviendo. Se sentó en el escritorio y encendió su computadora para ver una película o algo. Miró por la ventana y se dio cuenta de que la niña había cambiado. Algo había diferente en ella, pero no sabía qué…

Los exámenes terminaron. Ada se merecía unas vacaciones, y para ella vacacionar significaba pasar más tiempo con su padre. Que Lucía también estuviera con ella era una ventaja adicional; se había vuelto su voz. Ambas habían desarrollado una camaradería especial; Ada aceptaba la autoridad de Lucía, y ella nunca le imponía nada y respetaba su espacio y tiempos, pero sabía cómo hacer que Ada hiciera lo que le pedía que hicieran. No le había pedido un trato diferente, y ella no se lo había dado. Lucía era la jefa de la casa y se había ganado el corazón de la chiquilla. Así que cuando la selección tuvo varios juegos fuera del país, las dos mujeres acompañaban al coach por todos lados; y cuando estaban en el estadio, Ada permanecía en las tribunas con su madrastra, mientras su padre se resignaba, una vez más, a que en los partidos el papel del coach era el de llevarse las manos a la cabeza cuando su equipo cometía alguna idiotez. Ada quizá no pudiera hablar, pero su manera de gesticular hacía que los jugadores de su equipo le prestaban atención; la selección no perdió ningún partido mientras ella estuvo acompañándolos en la gira. Se volvió el amuleto de la suerte de los muchachos.

El verano pasó, y pronto tuvo que regresar a la escuela. Lo único que la motivaba a regresar era volver a entrenar y conocer nuevos compañeros. El primer día, cuando la presentaron, hizo lo que Lucía le dijo que hiciera: cuando la presentaron, se limitó a inclinar el cuerpo, como los japoneses. En lugar de ser la niña muda, se volvió la niña extranjera; eso facilitó las cosas. Jaime y ella se veían en los descansos; pronto se les unieron otros miembros del equipo de rugby. Ada les enseñaba algunas señas básicas y hablaba con ellos por medio de su vocalizador o de mensajes; hasta que un día escuchó silbar a un chico nuevo.

Si algo tenía la escuela, era la profusión de estudiantes de intercambio. El chico era canario. No estaba en el equipo de rugby, sino en el de futbol gaélico, pero eso poco importaba, porque sus silbidos se escuchaban hasta el otro lado de la cancha. Ada fue a buscarlo a la hora del almuerzo. El chico estaba separado del resto, silbando. Ada se le acercó, y lo primero que hizo fue hacer un par de señas: «Hola» y «No puedo hablar». El chico no entendió ninguna, pero se quedó mirándola. Ada sacó su vocalizador.
—Hola.
—Hola.
—Perdona que te moleste. No puedo hablar. Es una apuesta.
El chico pareció comprender, aunque la verdad no comprendía nada.
—Te escuché silbar —dijo Ada, mientras se sentaba—. ¿Es silbo gomero?
—Sí —dijo el chico, abriendo los ojos como platos. ¿Puedes hablarlo?
—No. Ni siquiera sé silbar. Pero si me puedes enseñar… A lo mejor gano mi apuesta y puedo hablar con alguien.
—¿Cómo te llamas?
—Soy Ada. Ada Montes.
—Manuel Ortíz. Bueno, pues si quieres aprender, te puedo enseñar…

Y aprendió bastante rápido. Por primera vez en toda su corta vida, Ada tenía una voz propia, aunque únicamente fuera con cuatro vocales y cuatro consonantes. Y eso le dio una ventaja sobre sus compañeras en el entrenamiento: podía silbarles instrucciones, aunque tuviera que explicarles antes qué era lo que significaba cada silbido, y dado que su silbido se podía escuchar en la cancha con la misma fuerza que el silbato del árbitro o del entrenador, podía ordenar a sus compañeras con mayor facilidad. Manuel y Ada podían silbarse frases de apoyo e instrucciones mientras jugaban con sus respectivos equipos.

Llegó diciembre, y con el mes, las vacaciones de fin de año. Manuel regresaría a casa, y Ada perdería a un amigo. En el último día de clases, Ada tomó a Manuel de la mano, lo miró a los ojos, y le dio un fugaz beso en los labios. Le sonrió, y se fue. Con la misma cara de satisfacción que tienen los más grandes amantes del mundo, Manuel se despidió de sus amigos, que todavía se habían quedado embobados ante la imagen de una de las niñas más guapas de la escuela dándole un beso a uno de los muchachos más comunes. Manuel le dio una última mirada a la escuela y estaba a punto de marcharse cuando escuchó una serie de silbidos que le decían «Feliz viaje. Cuídate. Regresa. Te amo.»

El chico tardaría varios meses en aceptar que su éxito con Ada no se repetiría en ninguna otra escuela, pero recordaría siempre con cariño esos seis meses.