Ella (4)

Capítulo 4.

Sandra había tenido suficiente. Había estado lidiando con las miradas de su hija desde hacía un par de años, desde aquella maldita copa del mundo. Su rendimiento en el hospital disminuyó, y su carácter se volvió aún más agrio. La despidieron del hospital después de que un paciente con una contusión cerebral la hiciera exasperar. Se refugió en su casa y se volcó en el odio que le tenía a su ex-esposo. Todo era culpa suya, Sandra estaba segura. Y Ada había intentado contactarlo. No conforme con lo que le había hecho hace tantos años, ahora también quería quitarle a su hija.

Ada había hecho de tripas corazón y le había escrito un día a su padre. Le contó toda su vida; su escuela, su casa, que su mamá había roto la televisión; que le iba muy bien en la escuela y que era la más lista de la clase, y que a nadie le importaba que no pudiera hablar. Quería ser como los demás niños de la escuela, que tenían dos papás, o dos mamás, o un papá y una mamá. No quería ser la única que sólo tenía una mamá. Le pidió perdón por lo que haba hecho su mamá y le dijo que quería conocerlo. Le dijo que su mamá no tenía por qué enterarse; que era muy buena moviéndose en silencio, y que sabía salir de casa para ir a entrenar.

La niña había decidido que quería aprender a jugar rugby, como su padre, pero se lo había ocultado: ella estaba matriculada en las clases de voleibol, pero desde el primer día se había ido a entrenar con los chicos. El coach había entendido la situación perfectamente. Incluso había aprendido lenguaje de signos para entender a Ada cuando, durante la práctica, no podía estar cerca de su teléfono para hacerse entender. Pero el coach no la trataba diferente a como trataba a cualquier otro alumno; la trataba igual que a los jugadores extranjeros y que a los jugadores locales, sin darle trato especial por ser niña o por ser muda. El entrenador de voleibol lo había entendido también, así que permitía que la niña se integrara al grupo cuando los padres iban a recogerlos… pero nada más. Era sólo para calmar a su madre. Y cuando ella se enteró de que estaba jugando rugby, y llegó a hacer una escena, los dos entrenadores le plantaron cara y salieron a defenderla. Sandra no había dado su brazo a torcer… pero tampoco Ada. Cuando jugó su primer partido, y Sandra se enteró no sólo de que la había desobedecido, sino que incluso había sido pieza importante en el juego, la castigó encerrándola en su habitación todo el mes. La niña se las había arreglado para escaparse a entrenar, y cuando Sandra la descubrió, irrumpió en el entrenamiento, lo cual le granjeó un tacle por parte del entrenador, un joven con musculatura de toro que le recordó todavía más a su ex-marido.

Polo estaba llorando y riendo a carcajadas; Lucía lo abrazó, y le dijo que sabía lo que tenía qué hacer. Esa misma noche se plantó en la casa de su ex-esposa y le envió un mensaje a su hija: estaba afuera. La niña se asomó por la ventana; el aire fresco de noviembre le movió el cabello. Ella sonrió, y le hizo una seña. Se encaramó por el marco de la ventana y se deslizó por los tubos de la pared con una agilidad que Polo no recordaba nunca haber tenido… pero él nunca había sido una niña pequeña y decidida. Ada llegó pronto al suelo y corrió al pequeño i10 de su padre. Sabía que debía ser cuidadosa, pero era su padre, después de todo, ¿no? Además, haría enojar a su madre si lo dejaba acercarse a su casa, y ninguno de los dos quería eso. Se metió al pequeño i10 y le dio un gran abrazo a su padre. Polo se limitó a llorar y a decirle lo mucho que la había extrañado en esos años. El auto arrancó.

—¿A dónde quieres ir?
—¿A donde yo quiera? —escribió Ada en su vocalizador.
—A donde quieras, princesa.
—Quiero ver cómo entrena tu equipo.
—¿No se enojará tu madre?
—Estoy castigada por haber ido a entrenar.
Polo rió.
—¡Esa es mi niña!
Fue una buena elección; Ada parecía disfrutar del entrenamiento y la atención. Y Polo tenía la excusa perfecta para enseñarles una cosa o dos a los muchachos…
Tres horas después Ada entraba en secreto a su casa. «El crimen perfecto,» pensó Polo, al ver la seguridad con la cual la niña trepaba la venta,a miraba el interior, entraba sin hacer ruido y se despedía moviendo la mano.
Repitieron la misma rutina a lo largo de cuatro meses. Ada se convirtió en una especie de mascota de los equipos que entrenaba su padre. Una noche Sandra sintonizó por error un canal deportivo, y la imagen de su ex-esposo apareció, sonriente y satisfecho, por un instante. Cambió de canal de inmediato; justo antes de que la cámara enfocara a la niña que estaba junto al entrenador, gesticulando y llamando la atención de los jugadores; en silencio, sí, pero no necesitaba hablar para hacerse entender…

Una tarde de viernes Sandra entró a la habitación de su hija, que estaba inusualmente en silencio. Ada no estaba. Sandra se puso furiosa; más cuando descubrió el baloncito de rugby con el nombre de su padre y de su hija. Sabía dónde estaba la niña. Hecha una furia, subió a su auto y aceleró hasta que el motor se quejó, poniendo rumbo a la escuela de rugby en la cual su hija se había inscrito una vez sin su permiso. Entró en el campo de juego sin importarle la seguridad de los demás; saltó del auto y se dirigió con paso decidido, mirada de hielo y a voz en cuello hacia su hija, que acababa de realizar una anotación. Aquello fue la gota que rebalsó el vaso para el entrenador, que se lanzó hacia Sandra y la tacleó expertamente. La batalla que siguió acabó cuando Sandra, el entrenador y varios padres de familia que habían intentado separarlos acabaron en los separos.

Ada estaba aburrida; el entrenador y su madre estaban ante el mediador, discutiendo a voz en cuello. El guardia de seguridad, un hombre mayor, se le acercó y le preguntó su nombre. Ada sacó su teléfono y escribió «Ada.»
—Puedes hablar conmigo, no hay problema.
«No puedo hablar,» escribió Ada, «nunca he podido.»
—¿Por qué?
«Me hace falta algo en la garganta. Nunca creció.»
Abrió la boca y se señaló adentro. El guardia asintió.
—Está bien, pero mi vista no es la de antes. Me da trabajo leer.
—¿Así está mejor? —preguntó Ada a través de la función de voz de su teléfono.
—Mucho mejor. Cuéntame, ¿por qué trajeron a tu mamá?
—Mi mamá está bien loca.
—Todos decimos eso cuando somos chicos. Las mamás no están locas, sólo nos quieren mucho.
—Mamá no quiere que juegue rugby.
—¿Por qué?
—Porque no quiere que me lastime como mi papá.
—¿Quién es tu papá?
—Polo Montes.
—¿Tu papá es el entrenador de la selección nacional?
—Sí. ¿Lo conoce?
—Que si lo conozco… jugamos juntos cuando éramos jóvenes. ¿Y quieres saber algo? El mediador también.
Ada sonrió y empezó a reír en silencio. Su madre estaba gesticulando airadamente contra el entrenador y el mediador… y todo apuntaba a que iba a perder.
Sandra tomó a Ada de la mano con tanta fuerza que a la niña se le salió una lágrima. Prácticamente la arrastró fuera del edificio, gritando incoherencias. El mediador, el guardia y el entrenador insistían en que todo estaba bien, aunque no lo estuviera; Ada les dedicó una última mirada y les sonrió al salir del edificio con dirección al estacionamiento. Sandra salió del lugar prácticamente quemando llanta.
—Ojalá no mate a nadie —dijo en entrenador, con la mirada preocupada.
El mediador ya llamaba a las autoridades de vialidad cuando se escuchó un sonido que les heló la sangre.

Sandra estaba fuera de sus cabales, paranoica. Empezó a gritarle al tráfico; Ada comenzó a temblar y a llorar en silencio. En un alto, Ada se quitó el cinturón de seguridad y saltó por la ventana; rodó como le había enseñado el coach, y se levantó para correr. Sandra perdió la razón, gritó el nombre de su hija con toda la fuerza de sus pulmones, y aceleró el auto. No le importó el tráfico adelante. Aceleró, desesperada. No le importó empujar al auto delante suyo, y no el importó adelantar al camión que avanzaba por el carril lateral…

Lo siguiente que Ada supo fue que un auto pasó por un lado suyo, sintió un golpe, y una lluvia de cristal la cubrió. Alcanzó a ver a su madre, cubierta en sangre, entre las bolsas de aire de lo que alguna vez fue su auto. Buscó su asiento: no estaba. Se sintió mareada. Se sentó, con la cabeza entre las rodillas, y comenzó a llorar en silencio, temblando. No supo cuándo llegaron los paramédicos y los rescatistas. No supo cuándo alguien le puso la manta en los hombros. Se limitó a quedarse ahí, quieta. No respondía a nada. Sólo el brazalete que siempre llevaba les daba la información que requerían. Trasladaron a Sandra y a Ada al hospital. Ada no parecía tener ninguna herida grave, sólo excoriaciones superficiales.

Lucía le sirvió un poco de ensalada de papa con pasta al pomodoro. Estaban comiendo y planeando lo que debíán hacer el lunes próximo cuando sonó el timbre. Al abrir, afuera estaba Ada, vestida con su ropa rasgada por el accidente, y un taxi esperando a que alguien le pagara. Sandra no estaba por ningún lado. Leopoldo se limitó a pagar y justo cuando el taxi se alejaba por la calle, llegó una ambulancia a la casa del vecino de enfrente. El vecino salió, habló en voz baja con el conductor de la ambulancia, y se metió a su casa. El conductor abrió las puertas y bajaron dos paramédicos con una niña. La niña estaba envuelta en vendas, y llevaba conectados bastantes aparatos. El vecino cerró la puerta cuando pasaron los paramédicos, tras dedicarle una mirada larga a Polo, quizá desaprobatoria, quizá informándole con sutileza que cada quien debía cuidar sus propios asuntos. Una voz un tanto mecánica llamó la atención de Polo.
—Yo la conozco —dijo el vocalizador de Ada—. Estuvimos juntas en el hospital.
La niña le pasó el teléfono. Era mucho más rápido leer lo que había escrito por el camino. Leyó la historia, y el coach suspiró. Súbitamente, el viento frío se soltó. El invierno se estaba anunciando. Tomó la pequeña mochila con las cosas de su hija y le pasó el brazo por encima. Lucía se acuclilló hasta quedar a su altura.
—Hola, pequeña. Soy Lucía.
Ada dijo «Hola» en lenguaje de señas.
—¿Quieres cenar algo?
El estómago de Ada hizo un ruido.
—Tomaré eso como un sí.
La tomó de la mano y la guió hasta la mesa del comedor. El coach se limitó a cerrar la puerta y a hacer una llamada.
—Doc —dijo—. ¿Sabes algo de Sandra?
—Justo te iba a llamar. Sandra tuvo un accidente.
—Lo sé. Ada está conmigo. ¿Cómo está Sandra?
—¿La niña está contigo? Alabados sean los dioses, pensaba que no la habían traído. No te voy a mentir, Pero necesito que te sientes.
Su ex-esposa estaba demasiado grave, y no era solamente por el accidente; tenía un tumor en el cerebro que había estado creciendo sin que lo hubieran diagnosticado. Si sobrevivía la noche, le quedaba menos de un año de vida. Era ya inoperable. La ironía de que Sandra, médico, no hubiera podido ver los síntomas, no hizo más que entristecer a Polo. Lucía se sentó junto a él y lo abrazó. Aquello explicaba tantas cosas…
—La niña se fue sin que le hiciéramos un análisis completo —dijo el médico.
—¿Y la otra familia?
—Sabes que no puedo decir nada.
—Sólo lo que ya se filtró a los medios.
—La otra niña está muy mal. El padre prefirió llevársela. Sería mejor que no sobreviviera.
—¿Tan mal está?
—Créeme… no quieres saberlo.
El coach cortó la comunicación.
Recordó entonces que tenía una tarjeta de presentación su vecino. Abrió la cajonera y revisó el montón de tarjetas hasta encontrarla.
«Dr. Farid Olmedo Goldman. Director general. Instituto Biomédico, Medfield University.»