Ella (3)

Capítulo 3.

Se sumió en la rutina con rapidez. Despertar. Desayunar. Conducir al campo de entrenamiento. Gritar instrucciones durante horas. Comer. Gritar más instrucciones durante más horas. Cenar. Ir por una copa. Regresar a una casa vacía. Dormir. Los resultados se veían en el gran nivel mostrado por la selección nacional, pero él insistía en que podían hacerlo igual sin un coach. Villalobos insistían en que lo que necesitaban era la disciplina que él les enseñaba. Se había convertido en un ejemplo para ellos.
«Bonito ejemplo soy,» se decía después, «un viejo lisiado, divorciado, que extraña con desesperación a su familia y a su juego.»
—Estoy acabado… —dijo, lo bastante cerca como para que la mesera lo escuchara. Ella lo miró. No había nadie más en el bar. Decidió sentarse; después de todo, casi era la hora de cerrar.
—Necesitas una mujer en tu vida, coach —le dijo la chica.
La chica, pensó Polo. Todavía no cumplo los cuarenta y todo mundo se me hace joven. La miró. Lucía había servido mesas desde los 18 años, no por no querer estudiar, sino por tener ese feo vicio de querer sobrevivir. Había terminado una carrera que no había arrancado nunca, y se había quedado estancada como la mesera del bar junto a la sede de la Asociación. El sonido del bar reproducía una canción de Looking Glass. Miró la copa… era una bonita coincidencia.
—Tuve una mujer, pero lo eché a perder. Y la otra mujer de mi vida no recuerda ni siquiera haberme conocido.
—Deberías salir.
—No soy gente que salga.
—¿Y cómo planeas conocer mujeres, entonces?
—Luci, sé que lo haces de buena gana, pero no quiero otra mujer en mi vida mientras no tenga nada qué ofrecerle.
—Ése es tu problema, Polo. Desde que empezaste a venir. Eres demasiado responsable como para ahogar tus penas en alcohol, pero no se te ocurre nada más qué hacer.
—¿Y qué si soy responsable?
—Ese no es tu problema. Ser responsable está bien. Es que eres un cabeza dura que no sabe qué otra cosa hacer. Necesitas a alguien en tu vida.
—¿Y qué va a querer una mujer de mí, ¿eh?
—Ay, hombre tenías qué ser… Quieres ofrecer, pero se te olvida que también tienes que recibir. ¡Necesitas una mujer en tu vida! ¡Alguien que te haga sentir útil y te de una razón para volver a casa!
Polo bufó.
—Durante años me cansé de perseguir mujeres. La única que me hizo caso me botó y se llevó a mi hija. Por una vez me gustaría que fuera una mujer la que tomara la iniciativa…
Y antes de que pudiera decir nada más, Lucía lo tomó del cuello de la camisa. El beso fue intenso.

Unas semanas después, una fresca tarde de otoño, miró por última vez el pequeño departamento donde había vivido el último año. Había dejado casi todo en poder de su ex-esposa, excepto unas pocas cosas que le recordaban a ella y todos sus recuerdos de rugby. Había dejado también un osito de peluche, con un baloncito de rugby oculto como un mensaje para su hija. Suspiró. Quizá había elegido una casa demasiado grande, se dijo, pero no soportaba la idea de seguir viviendo en ese departamento. Necesitaba esa casa, aunque fuera sólo porque podía decorar el jardín trasero como una cancha de rugby en miniatura. Y necesitaba esa casa porque era demasiado grande como para vivir solo en ella. Necesitaba compañía.

Pensó en Sandra y en Ada. Necesitaba un trago…
No. Necesitaba a Lucía. Tomó su moneda de la suerte. La lanzó al aire y miró el resultado. Suspiró y sonrió, mientras los empleados de la mudanza se llevaban todo. No había marcha atrás. Era un gran reto, pero a él siempre le habían gustado los retos… A la mañana siguiente Polo y Lucía se casaron, en una ceremonia íntima, acompañados únicamente de sus mejores amigos. Sandra había destruido la invitación sin abrirla.

Tomó posesión de la casa de jure; pero fue Lucía quien tomó posesión de la casa de facto. Mientras ella se encargaba de desempacar, lo envió al frente de la casa con una cerveza. No lo quería estorbando en la cocina, le dijo, medio en broma, medio en serio. Un niño pasó. Lo saludó con la mano; el niño devolvió el saludo y por un instante pareció que iba a decirle algo, pero entonces llegó un camión de mudanzas a la casa de enfrente. Se apoyó contra la pared, levantándose la rodilla con el bastón, y se quedó mirando el movimiento. Dioses, cómo extrañaba poder levantar ciento cincuenta kilos sin temor a que se le reventara una articulación… El niño seguía ahí, también embobado por el camión. Le hizo una seña para que se acercara; apenas entrar, le dijo que fuera a la cocina por un par de bebidas heladas, una para él, una para el niño, y que le dijera a su esposa que saliera un instante.

Si a Lucía se le hizo raro ver al niño en su cocina, no dijo nada. Pero le dio al niño un refresco y le envió otra cerveza a su marido. Se quitó el delantal y salió. No eran nuevos vecinos; era uno solo, dijo.
—Quizá sea médico —aventuró Polo.
—No. Mucho aparato para ser médico. Quizá ingeniero. Investigador. Biomédico, puede ser.
—Eso es un respirador automático —dijo el niño.
Ambos lo miraron.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Lucía.
—Mi papá tiene uno en la clínica. Lo mandó arreglar ayer.
—¿Cómo dijiste que te llamas? —preguntó Polo.
—Jaime, coach.
—Jaime, ve a pedirle una tarjeta de presentación al dueño de la casa.
—Sí, coach.
—¿Conoces al niño?
—No. Pero sospecho que el niño me conoce, y sospecho que conozco al padre. Esta ciudad es un ranchote.
El niño regresó un instante después, con la tarjeta de presentación. Se fue con rapidez, y regresó unos minutos después, con un hombre a rastras.
—De todas las cuadras de todas las colonias de toda la ciudad tuviste que llegar a vivir a la mía —dijo el hombre.
El coach extendió los brazos.
—Víctor, magnífico bastardo. Qué gusto verte otra vez, carajo…
Los dos hombres se fundieron en un abrazo.
—Déjame presentarte a mi esposa, Luci…
—No sabía que te habías casado.
—Eso pasa por estar alejado de la sociedad, muchacho…
—Jaime, ve por tu madre. Dile que Lord Polo se mudó aquí. Ella sabrá de quién se trata.
La tarjeta de presentación se quedó guardada en el bolsillo del pantalón durante mucho tiempo.

Lucía le dio una estabilidad a Polo que no había tenido desde que salió de su casa para entrar a la universidad, y eso había sido veintitantos años atrás. Lo apoyó en las buenas y en las malas, y lo alentó en los momentos que más lo necesitaba. Entendía perfectamente su papel, y también sabía cómo hacer que su marido hiciera las cosas que necesitaba que hiciera. No eran una pareja. Eran un equipo. Estaban completamente compenetrados; ni siquiera necesitaban hablarse. Por primera vez Polo se sentía completo dentro y fuera de la cancha. Y Lucía se sentía orgullosa de su papel. Ella era el poder detrás del trono. Y todo mundo lo sabía: por más que el coach intentara negarlo, era ella quien lo impulsaba a cumplir con su deber, a dar el paso adicional… y también lo alertaba cuando se alejaba de la meta que se había establecido.

Cinco años después, la selección nacional quedó en tercer lugar en el mundial y el país entero lo celebraba como si hubiera sido el primer lugar. Cuando salió la imagen del entrenador alzando la copa mientras besaba a su esposa, los dos radiantes, Sandra lanzó el control remoto contra la pantalla y salió hecha una furia de la habitación; Ada recogió el control remoto, y se preguntó por qué su madre habría hecho eso. Tenía siete años, casi ocho, y con trabajo podía escribir con letra legible, pero era una niña muy lista. Fue a su habitación. Su osito se había vuelto a caer de la repisa… odiaba que el tren pasara e hiciera vibrar la casa. Lo tomó con cuidado, y por primera vez en mucho tiempo se dio cuenta de que el osito tenía una abertura disimulada. Con curiosidad se sentó en su cama y examinó al osito. Un cierre. Escuchó atentamente. Su madre sollozaba. Suspiró. Abrió el cierre y revisó el interior del osito. Había algo adentro, entre el relleno. Lo sacó. Era ovalado, con cuatro gajos… Se le hacía familiar, pero no sabía por qué. Cerró de nuevo al osito y lo colocó en la repisa. Había algo escrito en el baloncito. Rugby. Su madre se enojaba cada vez que escuchaba esa palabra. Giró el baloncito. Tres palabras. Se dio cuenta que era su nombre. Se preguntó por qué. Volvió a girar el baloncito. Otra vez rugby. Miró el último panel. Solo una de las palabras era igual a sus apellidos. Su madre nunca hablaba de él, pero ella era muy lista: supo enseguida de quién se trataba. Entonces fue a su computadora y buscó el nombre de su padre.