Ella (2)

El partido había terminado; el campeonato se había ganado. El coach levantó la copa, se tomó la fotografía, y le hizo una seña a tres agentes de tránsito. Escoltado por dos motocicletas y montado en una patrulla, con la sirena abierta, Polo Montes salió del estadio con rumbo a la clínica donde Sandra estaba dando a luz. Bajó por la rampa de urgencias y fue escoltado hacia la maternidad por un pequeño grupo de enfermeras y médicos, que lo ayudaron a quitarse el traje y colocarse la bata médica, los guantes, la cofia y el tapabocas. Entró al quirófano justo en el momento en que su hija nacía. La sostuvo, frágil, entre sus manos, y ella lo tomó del pulgar. Cortó el cordón umbilical como le dijo el médico. La depositó en los brazos de su madre, y las besó a las dos, feliz. El médico se lo llevó aparte un instante.
—Necesitamos hacerle pruebas a la niña.
—¿Por qué?
—¿Notó que no hacía ruido?
—Eh… ahora que lo mencionas…
—Llora en silencio. Creo que hay un problema.

—¿Ada Victoria? —dijo Sandra, mientras amamantaba a la niña, un precioso bodoque rosado.
—Sí, ¿Por qué no? Son bonitos nombres…
—Quieres llamarla Victoria porque nació el día del campeonato. ¿Crees que no me doy cuenta?
Polo frunció el cejo ligeramente. ¿A qué venía eso?
—Está bien. Ada nada más. Déjame que se llame como mi abuela. Tú elige el otro nombre. Sandra, si quieres. O Mónica, como tu mamá.
—Crees que voy a ceder, ¿verdad?
Volvió a fruncir el cejo. Generalmente ella no era así.
—No, de verdad…
—Perdón —interrumpió el médico—, pero tengo ya los resultados de las pruebas. Su niña nació con un defecto en la garganta. No tiene cuerdas vocales.
Sandra comenzó a llorar.
—¿Pero está sana?
Aquella pregunta desconcertó un poco al médico.
—Pues… sí.
—O sea que el único problema es que no va a poder hablar.
Seguía desconcertado. Otros padres estarían devastados por la noticia. Podía ver a Sandra hecha un mar de lágrimas, comprendiendo toda la extensión de la noticia en su triple papel de esposa, madre y mujer. Pero él, no. No era el esposo, no era el padre, ni siquiera era el hombre: era el entrenador. Y era desconcertante. El médico se quedó mudo.
—Doc —dijo Polo, seguro de sí mismo—, una simple pregunta. Sí o no. ¿Está, o no está, sana mi hija?
—Sí. Está sana.
—Con eso basta.
Sandra lo miró, con los ojos enrojecidos.
—¿Eso es todo lo que significa para ti?
—No. Significa más que eso. Significa un reto para el futuro. Pero por lo que veo, Ada no se va a rendir tan fácil. Y si ella no se rinde, ¿Por qué vamos a rendirnos nosotros?
La mirada de ella era indescifrable.

Un rato después se encontraban en la puerta del hospital. Si Polo se veía sorprendido de ver camisetas con rayas azul y a amarillo y camisetas en rojo y negro a rayas, no lo dejó ver. Miró a la multitud. Calculó que se trataba de cinco mil personas. Las mismas que cabían en el estadio de rugby. El dispositivo de seguridad parecía innecesario: no estaban ahí para celebrar el campeonato. Polo empujó la silla de ruedas hasta el borde de la puerta, ayudó a Sandra a levantarse, y tomó a la niña en brazos.

Ada tampoco reflejaba ninguna emoción. Se limitó a mirar con los ojitos aún azules a toda la gente, como si supiera que su lugar era estar en medio de tanta gente. Entonces Polo la levantó en alto y la mostró a la multitud. Una aclamación unánime llegó de la manada. Había presentado a su reino a la heredera del Rey León.
«Cómo me gustaría que algún día ellos también fueran tuyos.» pensó Polo.
Por eso, la renuncia con carácter de irrevocable a la selección estatal fue visto como un paso, en cierta medida, lógico. Se trataba de un padre de familia que quería estar más tiempo con su familia. Pero el trabajo que le costó convencer a los directivos fue lo más duro que tuvo que hacer en su vida.

—No puedes renunciar ahora —dijo Carlos Villalobos, de pie frente a su escritorio, los brazos apoyados en el documento frente a él.
—Puedo, quiero y debo.
—Contigo tenemos garantizado el bicampeonato.
—No soy yo quien va a jugar. Son estos muchachos.
—Necesitan tu guía.
—No —dijo, haciendo un gesto con la mano—. No es cierto. Esos muchachos hubieran podido ganar sin un entrenador táctico. Lo que necesitan es mantener el ritmo con un entrenador físico. Tú serías mejor entrenador que yo: eres un motivador.
—Te quieren a ti.
—Y yo quiero estar con mi hija el mayor tiempo posible.
—La vas a tener toda la vida.
—Carlos, Carlos, Carlos… Qué poco nos conoces, compadre.
Villalobos frunció el entrecejo.
—Sandra y yo vamos a terminar divorciados antes de que llegue la próxima final. Si me quedo en la selección, eso acelerará las cosas. Y amo profundamente a mi hija. Sandra no me va a dejar verla cuando nos separemos.
—¿Pero cómo que te vas a divorciar?
—Créeme. Sandra ha estado conmigo en las buenas y en las malas. Era justo ya que yo le correspondiera; por eso me casé con ella. Fue un albur el que me jugué con esa copa. Si no le hubiera prometido matrimonio, estoy seguro que hubiéramos roto después del tercer tiempo. Sandra no quiere volver a verme cerca de un balón nunca más. Hasta ahora me he refrenado, pero tengo ya dos años sin jugar y me hormiguean los pies por volver a estar en una cancha dándome de porrazos. Llevo el bastón siempre para recordarme que ya no soy un jovencito; la próxima vez que pise mal quizá pueda olvidarme de caminar. Y mi brazo derecho tampoco es el de antes: ayer intenté levantar un costal de tierra para el jardín y por poco se me salta el codo. Muchas fracturas, luxaciones, dislocaciones… Y a mí me gusta el trabajo físico. Yo entreno con el ejemplo. Si vuelvo, aunque sea una temporada más, lo voy a perder todo, Carlos, todo. Lo único que no quiero perder es a Ada. A Sandra ya la perdí. La perdí en aquella final en la que regresé a jugar con los ligamentos de la rodilla desgarrados y con un hueso roto. La final de hace dos años fue la gota que derramó el vaso para ella. Estoy seguro que lo vio no como lo que yo quería que se viera: lo vio como admitir la derrota y quedarse con el segundo lugar. Ella se siente como el segundo lugar, Carlos, se siente como un trofeo, y está muy, muy lejos de ser un trofeo. Ya perdí a mi esposa antes de casarme con ella, Carlos, no quiero perder a mi hija también.

Carlos Villalobos se dejó caer en el sillón. Abrió el tercer cajón de la derecha, y sacó un viejo y desgastado tomo con las Leyes del Juego de Rugby estampado en letras amables en la portada. Lo abrió hasta el capítulo que decía «Anexo» y extrajo, de un hueco aterciopelado, una botellita de oporto y dos pequeñas copas. Abrió la botella y sirvió las dos porciones sin derramar una gota. Le pasó una copa a Polo; la otra se la quedó él.
—Acepto tu renuncia. Pero quiero que me hagas un favor. Si alguna vez decides regresar al rugby, házmelo saber directamente. No importa en qué cargo esté o deje de estar en la Asociación.
Levantó la copa y se puso de pie.
Polo se puso de pie también. Se acercó al presidente y chocó su copa contra la suya.
—Tienes mi palabra.
Ambos vaciaron la copa de un trago. Polo dejó la copa encima de su renuncia, tomó su bastón, y salió por la puerta. El silencio que reinaba en la Asociación era sofocante. Miró por última vez la cancha de entrenamiento de la selección, y vio a los muchachos entrenar. Bajó la cabeza y se alejó.

Era un hombre derrotado.

Pero no acabado. Aquel primer año fue el más duro. Ada se despertaba como cualquier bebé, pero su llanto no emitía ningún sonido. Polo estaba siempre alerta, noche tras noche. Sandra, por cualquier razón que fuera, empezó a resentirlo. Quizá sentía un resentimiento porque era su propia hija la que le estaba arrebatando a su marido; fuera lo que fuera, Sandra se portaba cada vez más distante con él. A ella el trabajo hospitalario le permitía tener un escape, pero a él no. La única razón de vivir de Polo era Ada. Nada más.

Un fin de semana fueron al parque. Ada ya caminaba, pasitos débiles pero decididos. Polo tenía especial cuidado en elegir lugares que sabía no tenían nada que ver con su vida pasada, pero ese día, por cualquier circunstancia, un joven estaba lanzando un balón de rugby con dos chiquillos, cuatro, cinco años, pensó Polo. El balón rebotó y cayó cerca de Ada, que se acercó al balón, lo tómó, y lo quiso lanzar hacia donde estaban los niños, perdiendo el equilibrio y cayendo sentada, haciendo gestos y con la sonrisa de oreja a oreja. Polo sabía que estaba riéndose a carcajadas en silencio. Se acercó a la niña, le dijo algo, la puso de pie, y tomó el baloncito. Como en los viejos tiempos, a una sola mano lanzó el balón en dirección al joven, con una precisión digna de alguien quince años menor. El joven se llevó una mano a la frente y dijo «¡Gracias, coach!». Sandra se acercó, tomó a Ada, y se fue, espetándole un «¿Por qué no te quedas a jugar con tus amiguitos, eh?»
Polo supo que too había terminado en ese instante.
—Muy bien. Como quieras. —dijo en voz baja. Se acercó al chico y a los niños.
—¿Para qué equipo juegas? —le preguntó.

Cuando volvió a casa esa noche, Sandra y Ada ya no estaban. Un mensaje en el teléfono. «Quiero el divorcio. Saca tus cosas.» Se sentó en el sillón de la sala, se sirvió una ración de whisky, y se lo bebió de un trago. Tomó el teléfono. Respondió el mensaje. «Como quieras.» Envió otro mensaje. «Soy hombre libre. EN lo que te pueda servir.» Hizo entonces una llamada.
—Memo, soy Polo. Necesito que me ayudes a sacar algunas cosas de casa. Sí. Hoy. Se acabó, hermano, se acabó…
Colgó y empezó a llorar. Llevaba 30 años sin llorar; era un buen día para romper esa racha.