Ella (1)

Capítulo 1.

 Faltaban cinco minutos e iban perdiendo por apenas un punto. Leopoldo Montes estaba en el suelo. Un instante antes, un borrón anaranjado lo había tacleado, y el hombretón de azul y negro había sentido que algo estaba mal con su rodilla derecha.  Las asistencias entraron, pero él levantó una mano, tratando de decirles que no era nada de cuidado. El árbitro había parado el encuentro momentáneamente, después de que el balón hubiera salido por banda. La médico del equipo había entrado; eso ya era mala señal, pero Polo no sentía nada. La médico gesticulaba y ordenaba algo; uno de los asistentes le inmovilizó el brazo, mientras ella empleaba todas sus fuerzas para volver a colocar el húmero, el radio y el cúbito en su posición normal. No se había dado cuenta que teníá una luxación en el codo. Un «pop» después y el brazo volvía a funcionar. Sentía rara la rodilla, pero no dijo nada. Flexionó el brazo y miró la banca. No había cambios ya.
—No debes jugar.
—Alguien tiene qué hacerlo.
—No vas a ser tú.
—Sí lo voy a ser.
Le dio un beso rápido en los labios y se puso de pie. La rodilla no respondía como debía, estaba seguro… pero sólo faltaban cinco minutos.

Se mantuvo con un bajo perfil el resto del partido. Su posición natural era pilar, y se notaba cuando no estaba en su mejor momento. Aún así, se las arregló para detener un par de veces a dos rivales y acercó a su equipo a la línea de try, cuando otro borrón anaranjado lo volvió a llevar al suelo. Penal, decretó el árbitro. La hache estaba a 25 metros, faltaban dos minutos de juego. Esta vez sintió que se había roto algo en la rodilla, definitivamente. Trató de ponerse de pie con rapidez. Que no lo note, se dijo, mirando a la médico, que lo miraba desde la banca.
—¿Estás bien? —preguntó Daniel.
—Es mi rodilla.
—No jodas…
Andrés tomó el ovoide. Polo lo llamó.
—Lo voy a cobrar yo.
Andrés era el mejor pateador; Polo era el peor. Pero Andrés tenía 18 años y un futuro por delante; Polo tenía 35 y  su carrera en el rugby estaba ya por terminar. Esa final era, sin lugar a dudas, la última que iba a jugar en toda su carrera. La tenía que ganar. Andrés le pasó el balón. No se molestó en apoyarlo. Le asintió al árbitro, y pateó el balón de volea, con todas sus fuerzas, con la pierna izquierda. El ovoide trazó una parábola perfecta en el aire, entrando justo al centro de la parte superior de la hache. Dos puntos. Le habían dado la vuelta al marcador. Faltaba un minuto. Su equipo podía defender perfectamente en el minuto que quedaba. Se dejó caer al suelo de rodillas y lanzó un grito de dolor, abrazándose los codos. No iba a dejar que  sus compañeros supieran qué se había roto. No en el juego. Tenían qué ganar. La médico entró corriendo, con lágrimas en los ojos. El juego continuó a su alrededor.
—Mi rodilla…
—Lo sé, cariño, lo sé…
—Me lo advertiste.
—Tengo que llevarte a un hospital.
—No. No hasta después del tercer tiempo… Ayúdame a salir de aquí.
—Voy por la camilla.
—No. De pie. Muerto por dentro, pero de pie. Estoy acabado…
Y entonces el silbato del árbitro sonó.

Hielo en el codo, muy visible. Debajo del pantalón, hielo en la rodilla, menos visible. Marcador final, diecisiete puntos a dieciocho. Habían ganado por los pelos; se habían quedado con el campeonato por un pelo. En el tercer tiempo, los dos jugadores que lo habían tacleado con mayor ferocidad se le acercaron, para disculparse y felicitarlo.
—Gracias, jóvenes. Ahora, por favor, háganme un favor: una cerveza para mi señora, una para mí, un par para ustedes, y vamos a celebrar mi último partido.
—¿No va a volver a jugar?
—No. Es hora de admitir que ya estoy muy viejo para esto.
—¿Pero por qué?
Cabeceó en dirección a su codo… aunque en realidad, cabeceó en dirección a su novia, la médico.
—Gané un campeonato. Ya va siendo tiempo de que admita que recibí una flecha en la rodilla.
Miró a la médico con una sonrisita. Sandra le devolvió la mirada e intentó sonreír. Levantó la botella vacía con la mano izquierda y la dejó caer, con fuerza, sobre la superficie de melamina, tres veces. Todo el salón quedó en silencio.
—Compañeros y amigos, por primera vez en mucho tiempo voy a hablar en serio. Hace un par de semanas me decidí a abandonar mi puesto en el equipo. Va siendo tiempo de que me concentre en algo mucho más importante. Coach, alcánceme el  trofeo, por favor…
El entrenador tomó un balón pequeño, con Black & Blues grabado en letras amables. Lo depositó con cuidado en la mesita.
Polo tomó el balón metálico con la mano izquierda y la base con la mano derecha, y lo hizo girar en direcciones opuestas.
—Lo tenía planeado desde hace mucho tiempo… Confiaba en que todo saliera bien y ganáramos el campeonato, pero en los últimos minutos realmente me tuvieron preocupado, cabrones…
Todos rieron, algunos más nerviosamente que otros. Terminó de desatornillar el trofeo y depositó el balón metálico en la mesa. Justo en el tornillo, envuelto con cuidado en papel de seda, un anillo. Lo retiró con cuidado.
—Sandra: cuando te vi por primera vez supe que era amor a primera vista. Aunque tuve que emplear un poco de esfuerzo para que te dieras cuenta. Y, bueno, era ya tiempo de que aceptara la dura realidad.
Desenvolvió el anillo. Un anillo de oro blanco con un diamante enorme.
—Sandy, no puedo vivir sin ti. ¿Te atreverías a casarte conmigo?
La médico miró el anillo, el trofeo, a su novio y al equipo. Aquello explicaba tantas cosas…
—Sí —dijo ella, mientras él le deslizaba la joya en el dedo.
Nunca en la historia del rugby se había gritado tanto en un tercer tiempo.

Los compañeros de equipo hicieron guardia de honor mientras el novio salía por la puerta con la novia en brazos. Otro hombre quizá hubiera lanzado un quejido por tener que hincarse con los ligamentos de la rodilla derecha rotos, pero no él. Otro hombre quizá hubiera gritado de dolor mientras la lastimada rodilla intentaba moverse al bajar las escaleras, pero no el. No enfrente de los muchachos. No los volvería a ver en una cancha como jugadores. Debía servir como ejemplo para ellos y las siguientes generaciones.  Subieron a la camioneta con los letreros de «recién casados» en todos lados, y pusieron rumbo a la clínica. La novia supervisó la operación, mientras el especialista arreglaba los ligamentos de la rodilla del novio. Al terminar, transfirieron al novio a recuperación, y la novia, en su triple papel de esposa, médico y enfermera, se quedó con él. Era otro hito: ninguna luna de miel había ocurrido en la historia de ese hospital.

La recuperación fue lenta y pausada. Ya había admitido la derrota en el campo de juego; y aunque tenía un poco de dinero ahorrado, seguía queriendo dedicarse al rugby. El primer intento de arbitrar un partido de niños fue desastroso para su rodilla. Se resignó a que no podría arbitrar nunca en un juego profesional; tampoco podría pitar un partido amateur. Inició su propia escuela de rugby, pero estaba claro que lo suyo no era el coaching de jóvenes, por más bueno que fuera. Podía reconocer a jugadores con cualidades para el rugby; la solución obvia era dedicarse a visorías, pero Sandra se había negado en redondo. No iba a estar viajando por todo el país para buscar muchachos, no, al menos, con esa rodilla. No quería tampoco acompañarlo. Podía pasársela fuera todo el día fuera, si quería, pero sin salir de la ciudad. Polo se resignó a poner, como tantos otros jugadores al final de su carrera, una tienda de deportes, con tal de no estar todo el día en su casa. La tienda de deportes por las mañanas, un entrenamiento de un equipo sub-16 por las tardes, y de vez en cuando una junta en la Liga por la noche. Ver a su equipo jugar en temporada. Compartía el dolor de cada lesión en la rodilla de uno de los jugadores de su equipo. Pero no era lo mismo. Su vida necesitaba un revulsivo.

—Coach Montes—lo llamó una voz familiar, pero no pudo identificarla de inmediato.
Había mucha gente en el centro, pero nadie parecía reconocerlo. Se detuvo.
—Coach Montes —repitió la voz, más cercana.
—Silvia. Silvia Rivera.
—Coach, qué bueno que lo veo. Estaba buscándolo.
Sacó el teléfono: la batería estaba llena; la red, funcionaba; había comunicación.
—Pues me hubieras encontrado mucho más fácil con esta cosa. No ha sonado, y mira que me llama mucha gente.
—No es eso, coach. Le iba a llamar en la noche para darle la noticia, y entonces lo vi…
—Está bien, ¿qué noticia?
—El coach Coto se retira de la selección estatal. Queremos que usted lo sustituya.
—A mi mujer no le va a gustar esa noticia.

Llegó a su casa. Apenas abrir la puerta, Sandra se lanzó a los brazos de Polo, llorando pero feliz. Las pruebas de embarazo abiertas revelaban una verdad incuestionable.  Se besaron largo rato. Pero cuando él le comunicó su nuevo cargo, el ánimo en esa casa pareció enfriarse. Apenas llevaban seis meses de casados, pero aquella fue su primera pelea.
—Me prometiste que no habría más rugby.
—Prometí que no jugaría rugby nunca más. No puedo deshacerme de él. Me forjó. Soy lo que soy gracias al rugby.
—El rugby te volvió un cabeza dura que por poco queda lisiado.
—No exageres.  Yo también estuve en esa sala de operaciones.
—¿Entonces usas bastón por moda?
—Amor, es una oportunidad que no se le da a cualquiera…
—No, Leopoldo —sólo lo llamaba así cuando estaba realmente enojada—. El rugby casi te deja lisiado varias veces. Una tuviste un paro cardiorrespiratorio. Eras impulsivo antes y lo sigues siendo: si los entrenas como entrenabas tú vas a matar a alguien y tú mismo vas a volver a romperte los ligamentos. Y cuando nazca el niño querrás que juegue al rugby y me tendrás permanentemente con el corazón estrujado. Lo sé. No quiero que aceptes el puesto.
—Tienes que entender, amor…
—No, Leopoldo, no. El rugby va a matarte.
—Hagamos algo, amor. Nueve meses. O hasta que nazca la niña. Porque sé que va a ser niña. Déjame entrenar nueve meses al equipo, y encontraré quién me reemplace. Y no volveré a entrenar al equipo…
—No prometas lo que no vas a cumplir.
—Está bien. No prometo, pero te informo que no volveré a entrenar a la selección estatal nunca. Pero debo hacerlo.
Ella no estaba convencida, pero se llevó las manos a las sienes y cerró los ojos.
—Está bien. Pero nunca más.
Él intentó besarla. Ella se apartó.
—No me gusta que me mientan.
Él suspiró, y se limitó a abrazarla.