Ella (0)

Prólogo.

La verdad sea dicha, no recuerdo que fuéramos vecinos. Es decir, no le conozco amigos, y no he visto nunca a su familia… Un fin de semana llegó un camión de mudanza frente a mi casa y se bajó él, y ya. No puedo decir ni siquiera que fuera parte del paisaje, porque casi nunca salía. Lo más que recuerdo es que de vez en cuando llegaba el repartidor del supermercado; que en las noches sacaba la basura, y muy de vez en cuando podaba el pasto del jardín de enfrente, se sentaba en una esquina, se bebía una cerveza o un jaibol, se fumaba un cigarro, y se metía a la casa. Nada más. Yo lo veía como una especie de Howard Hughes moderno. Un Howard Hughes que llevaba el pelo recogido en una coleta de caballo, con una barba cuidadosamente descuidada. Es decir, todo puedes comprarlo sin salir de casa; él se limitó a llevar todo hasta las últimas consecuencias.

Yo raramente tenía tiempo de pensar en él, o en el resto de los vecinos, hasta que me rompí la rodilla jugando rugby y supe que mi carrera estaba acabada. Habré sido un profesional de segunda, pero fui un profesional, y aún conservaba algo de mi cerebro, así que decidí dedicarme a lo obvio: entrenar niños y vender artículos deportivos. Convertí mi cochera en mi tienda; como vivía yo solo y mi auto siempre ha sido lo bastante pequeño como para caber en el jardín, ahí dormitaba mi viejo i10. Fue entonces cuando llegaron las niñas. No puedo olvidarlo, porque llegaron al mismo tiempo.

Fue un viernes. Estaba yo ya en casa, cenando, preguntándome cómo haría todo lo que debía hacer el siguiente lunes. Entonces sonó el timbre. Al abrir, afuera estaba mi hija, y un taxi. Me sorprendí de que Ada estuviera ahí afuera; al asomarme al taxi, su madre no estaba por ningún lado. Me limité a pagar, y justo cuando el taxi se iba, llegó una ambulancia a la casa del vecino. El vecino salió, habló en voz baja con el conductor de la ambulancia, y se metió a su casa. El conductor abrió las puertas y bajaron dos paramédicos con una niña. La niña estaba envuelta en vendas, y llevaba conectados bastantes aparatos. El vecino cerró la puerta cuando pasaron los paramédicos, tras dedicarme una mirada larga, quizá desaprobatoria, no podría decirlo. Una voz un tanto mecánica llamó mi atención.

—Yo la conozco —dijo la voz—. Estuvimos juntas en el hospital.

Suspiré. Tomé la mochila de mi hija, y le dije que pasara. Estaba haciendo ya un poco de frío; casi llegaba el invierno.

Sí, a partir de ahí todo lo recuerdo perfectamente.