Noviembre

Se acerca Noviembre.

Cada año, desde hace seis, escribo, o por lo menos pretendo escribir, una novela de cincuenta mil palabras, todas y cada una de ellas perpetradas entre el 1 y el 30 de noviembre. En un año logré terminar la novela en 8 días, en otro, en 13. El año pasado, entre el exceso de trabajo, de escuela y de rugby, no logré escribir una novela; meramente una noveleta, apenas 23000 palabras.
Este año voy a volver a intentarlo. A un ritmo de 2000 palabras al día, que fácilmente puedo alcanzar con una hora y media de tecleo, tendría tiempo de sobra para acabarla. Claro está que lo más difícil de esto es pensar qué voy a hacer de novela. Y además necesito hacer un poco de calentamiento, porque tengo un buen rato que no escribo. Ese calentamiento es, precisamente, la razón por la que estoy presentando a ustedes este pequeño escrito, y además, una pregunta. La pregunta es, simplemente, el género literario (por decirle de alguna forma) que tendrá la novela que escribiré. No tengo idea de qué voy a escribir, ni cómo se va a titular. Lo único seguro es que no será teatro y no será poesía; el teatro (y por extensión, el guión) porque se me hace desesperante para escribir, y la poesía porque la odio, por desesperante la hija de la chingada. Siéntase usted, lector, lectora, lectriz, de proponer el género de la novela y si quiere, hasta el título. De lo demás me encargo yo.
Y ahora la segunda parte: el calentamiento digital. Calentaré tanto mis dedos como el teclado escribiendo un poco sobre lo que pasa en la cabeza de este su seguro y humilde servidor. Verá usted, lector, lectora, lectriz, yo, a veces, sueño. Esto no tiene nada de raro, pero suele suceder que tengo un único sueño, uno, que suele repetirse a lo largo de varios años. Se trata de mi hija. Es curioso, porque, hasta donte tengo entendido, nunca he tenido una hija. No he tenido una hija estando soltero, casado, viudo, divorciado, arrejuntado, ni en ninguna combinación de estados civiles. Sin embargo, cuando sueño, a veces sueño que tengo una hija. Y ayer soñé con mi hija otra vez. Nunca he soñado con la madre de mi hija; sólo sueño con una niña, con un extraordinario parecido a una niña cualquiera. Pensé que sería una buena opción transcribir mi sueño para ir entrenándome otra vez y ver cuántas palabras puedo aporrear en un tiempo determinado.
Sé que es domingo. Ella y yo salimos de la Feria internacional del Libro, como tantas veces. Siempre salimos tomados de la mano. Nos miramos a los ojos, sonreímos, y vamos caminando hacia el sitio donde tengo estacionado el auto. Ella va cargando un libro; yo, en cambio, cargo una bolsa. Adentro, evidentemente, van más libros. La gente nos rodea. Una mujer adulta, con el cabello encanecido hábilmente disimulado con un tinte de color rubio cenizo, chulea a mi niña. Ella le sonríe, pero se acerca más a mí, mientras yo, hosco como siempre que me encuentro ante un desconocido, le agradezco el cumplido. Mi hija y yo cruzamos la calle y encontramos el auto. Ella se sube; con la agilidad propia de una niña que quizá no tiene aún siete años. No es tarde, pero hace mucho calor para ser un día de noviembre. La ayudo a ponerse el cinturón de seguridad y arranco el auto. Nos vamos rumbo a casa.
Pero no vamos a casa. La veo por el retrovisor. Sonrío. Ella me sonríe, con una mirada de complicidad.
—¿A dónde desea ir, milady? —pregunto, calándome mi habitual cachucha.
Como toda una dama, producto de la crema y nata de la más alta sociedad tapatía, ella me mira directo a los ojos, levanta la barbilla, señala con vaguedad, y dice:
—Vamos a McDerps, Jaime.
—Como ordene, milady —respondo, dirigiéndome a dicho antro de vicio y perversión. Estoy seguro que la madre de mi hija, quien quiera que sea, desaprobaría tanto la selección de comida como la forma en que ella se dirige a mí. En cambio, a mí no me importa en lo absoluto. Ella y yo somos más que padre e hija en ese momento.
Los libros se quedan en el auto, mientras que ella y yo entramos, siempre de la mano, al McDerps. Además de la hamburguesa ella se apropia de una cajita feliz. Una señora, con un niño mocoso y chiqueado, me mira raro, como si fuera algo extremadamente malo que una niña se ponga a jugar con un autobot. Me importa más bien poco lo que piense de mí; cuando nuestra orden está lista, mi niña y yo nos sentamos a la mesa y nos ponemos a comer, en silencio yo, ella hablando y jugando. Me cuenta todo lo que ya vivimos: la despedida de su madre, que se quedó en casa; el viaje a la FIL, todos los stands llenos y llenos de libros; cómo una señora le dijo que era una niña bonita que se parecía a su papá…
Terminamos de cenar, y regresamos, por fin, a casa. Ella trae evidentes manchas de helado en la camiseta que dice «Mi papá es más grande que el tuyo» y estoy seguro que su madre me va a regañar cuando la vea. Estaciono el auto. La noche está agradable. Decido acomodarme en el cofre del auto antes de entrar. Ella también. Para compensar su corta estatura, usa la defensa para subir. Nos acomodamos, mirando el cielo. Hay unas pocas estrellas; hay demasiada luz en la ciudad. Ella empieza a contarme que ya sabe cuántas estrellas hay porque su maestra se lo contó en la escuela. Le respondo que no le creo. Me pregunta si la estoy llamando mentirosa. Le digo que conozco un lugar en el que no ha llegado la civilización occidental; es tan atrasado que ni siquiera hay un minisuper en cien kilómetros a la redonda. Le prometo que la voy a llevar para que conozca, finalmente, cómo son las estrellas de verdad y cuántas hay. Ella me mira a los ojos, se sienta en el cofre, y extiende la mano.
—Hecho.
Estrecho su mano y sonrío. Es una promesa solemne.
Puedo ver que su madre ya está esperándonos en la puerta. Puedo ver su figura a contraluz.
—Tu madre nos espera —le digo, un tanto decepcionado.
Mi hija hace un mohín. Todavía no son las nueve de la noche, pero ella tiene instrucciones estrictas por parte del Alto Mando de estar bañada y lista en su cama a esas horas, porque mañana tiene que ir a la escuela. ¿Y quién soy yo para contradecir los designios de una madre?
Me arrodillo, le doy un beso y una palmada cariñosa, y la mando con su madre.
Y entonces despierto.
Llevo doce años soñando con una niña que me toma de la mano y me dice papi. A veces tiene siete años. Otras veces tiene diez. Una inclusive alcanzó los quince. Nunca se quién es. Nunca he visto a su madre. Pero sigue siendo mi hija. Quizá debí hacerle caso a mi abuelo y casarme recién que salí de la facultad, la primera vez. Ella y yo nos la pasábamos muy a gusto…  y haciendo cálculos, ahora mi hija tendría doce o trece años.
Y quizá, sólo quizá, yo sería un hombre feliz.
Como nota cultural, en este texto hay mil doscientas cincuenta palabras exactamente y me tardé poco menos de una hora en escribirlo.