Dear Diary

Hace ya varios meses que no escribo nada personal en este blüg. Me perdonarán ustedes si la depresión me hace, de nueva cuenta, desempolvar la contraseña y perpetrar algunas frases. Es algo personal y tengo que escribirlo.

Es porque te extraño, ¿sabes? Te moriste hace apenas dos semanas y siento que han sido apenas dos minutos. Todavía siento tu presencia, por más que la lógica, la ciencia y la razón me digan que es imposible. Es sólo que te extraño. No puedo decir que le dabas sentido a mi vida. Pero sí puedo decir que me dabas un motivo para pensar en el futuro.

 

Hubo un tiempo en que pensé que podía funcionar, ¿sabes? Que a pesar de todo el destino conspiraba a nuestro favor. Pero no; no pudo ser así. Cuando confirmaron la noticia de tu cáncer ya no había nada por hacer. Lo aceptaste con tanta calma frente al médico, cuando me pediste que te acompañara… tuvimos que salir de la clínica para que tu fachada de piedra por fin se resquebrajara, y lloraste, lloraste lágrimas amargas… lloramos. Dejamos todos tus asuntos en orden. No te ibas a dar por vencida tan fácilmente, ibas a presentar batalla, pero no había por qué dejarle problemas a tus herederos… y ni siquiera tenías herederos. «Ojalá te hubiera conocido antes», me dijiste. Tenías tantas cosas por hacer, tanto por aprender, y tanto por visitar… Al menos tuvimos Québec. Nunca tuvimos París.

No me gusta recordar estos últimos seis meses. Cuando descubrimos que el tumor no cedía, incluso yo me sentí frustrado. ¿Puedes creerlo? Yo, que siempre logré hacerte reír, llegué a quedarme sin palabras. Podía ver cómo tu pelo desaparecía, y con él, tus ganas de vivir. El anillo que hice cada día quedaba más holgado en tu dedo. Poco a poco te ibas perdiendo, consumiéndote poco a poco. Una flama que luchaba contra el viento, un diente de león frente al aliento de un niño. Poco a poco tu mundo se reducía en todas dimensiones. Un hospital primero, una habitación después; finalmente, una cama. Tu memoria desaparecía. Se fue primero tu niñez; luego, tu juventud. Tus últimos días ni siquiera me recordabas, pero nunca quisiste soltar mi mano. Te veías —eras— tan frágil…

Ese último día llegué con el anillo. Lo fabriqué con tanto cariño… nunca podré repetirlo. Un anillo en oro, con un auténtico diamante. Estabas dormida cuando llegué a visitarte. El médico y la enfermera nos dejaron solos. Deslicé el anillo —mi obra maestra, a la medida de tu frágil dedo— y te pedí que te casaras conmigo. Y no bromeaba. Abriste los ojos, me miraste, y no sé cómo, me tocaste la mejilla. «Sí, acepto», dijiste. Volviste a cerrar los ojos. Yo tenía —tengo— un nudo en la garganta. Mis ojos se humedecieron —se humedecen— y tomé tu mano entre las mías. Cerraste los ojos y nunca más volverías a abrirlos. Te fuiste rápido. Sólo cinco minutos. El médico me tomó del hombro y me ofreció sus condolencias. Ya no había más qué hacer. Afuera, tu madre, que acababa de llegar, me miró. No necesitamos intercambiar palabras. Simplemente me abrazó, mientras entre los dos te llorábamos un río.

Te incineramos. En el cementerio, tu madre te colocó en la cripta familiar, en una urna. Me dejó solo, contigo. Me quedé largo rato, sentado, viéndote pero sin verte, escuchando hasta que el último auto se fue. Entonces tomé tu urna, tomé tus cenizas y las reemplacé. La broma final, ¿lo recuerdas? Ahora tus gatos reposan en tu urna; tú, en cambio, reposas en mi jardín. En el sitio donde acordamos, coloqué tus cenizas y las semillas de naranja. Hoy naciste de nuevo, ¿sabes? Una plantita asoma entre la tierra. Una plantita que, durante muchos años, me recordará lo que fuiste y lo que pudiste llegar a ser.

Te extraño tanto…