Ida y vuelta (8)

Noche cuatro: Ottawa.

Frío, para los estándares de los turistas, era poco; para los estándares canadienses, -3°C era temperatura primaveral. Al llegar a la ciudad el efecto de isla de calor había causado que la nevada se disipara, reemplazada por aguanieve. Un camión de pasajeros era revisado por un chofer; los miembros de la expedición atendían a las indicaciones del guía.
—Vamos a parar una hora para comer. De aquí todavía nos faltan dos horas para llegar a Ottawa. Vamos a llegar al hotel a dejar sus cosas y después vamos a visitar el centro. En la mañana iremos al Parlamento y en la tarde iremos a un museo, y de ahí, a Montréal.
Unos instantes después, mientras el guía y el chofer se preparaban para ir a comer, el doctor se acercó a un taxi.
—¿Dónde puedo ir a comprar brandy? —dijo, en un inglés quebrado.
—Yo sé dónde… —dijo el taxista, encendiendo el taxímetro.
El doctor y su señora, temblando de frío, subieron.

—Así que esto es Brockville —dijo ella, frotándose los brazos para calentarse.
—Sí.
—No parece muy impresionante.
—No.
—¿Qué hay aquí?
—Un mall.
—¿Y ya?
—Y ya.
—¿Y tenemos motivos para quedarnos aquí mucho rato?
—No.
—¿Entonces por qué estamos aquí?
—Porque necesito ir al baño, y porque no sé para dónde debo ir a Ottawa. ¿O quieres almorzar aquí?
—¿Cuánto haremos de aquí a Ottawa?
—Una hora, mas o menos, si no arrecia la nevada.
—Mejor almorzamos en Ottawa.
—Órale. ¿Quieres ir al baño?
—Pues… sí.
—Va. Nos vemos aquí en un ratito.
—Okey.
Abandonamos Brockville a los 15 minutos de haber llegado.

Un buen trago de brandy (hecho en Canadá) y el color le volvió al cuerpo a la güera. El médico se relajó visiblemente.
—Le sentó bien —dijo el taxista, de regreso al mall.
—Demasiado frío para ella.
—Ahora guarde eso. Es ilegal beber en el taxi.
—Gracias.
Media hora después, tras haber comido un sandwich y unas papas fritas, subieron al camión, el cual se puso en marcha rumbo a la capital.

—A ver si entendí bien —dijo ella, hecha bolita en el asiento del auto—, Toronto es la capital de Ontario, pero Ottawa es la capital de Canadá, y Ontario dicta las leyes que se aplican en Ontario, las cuales se obedecen en Ottawa.
—Sí.
—Y Ottawa no tiene poderes especiales más allá de los propios de una ciudad.
—Sí.
—No es como México, que tiene distrito federal.
—Correcto.
—Qué raro se oye.
—Así es la vida…
Estacioné el auto cerca del Parlamento y descendimos.
—Deja todas tus cosas.
—¿Por qué?
—Si podemos entrar, vamos a pasar por unos arcos detectores de metal. Más vale no darles motivo de duda.
—Pero son canadienses. Se supone que son amables.
—Mucho, pero no quiero darles muchos problemas. Ya bastantes gringos tienen que aguantar.
—Está bien.
Nos dirigimos a ese antro de vicio y perdición, lleno de políticos, con únicamente las llaves del auto, la bolsa de mano de la morena y mi bastón. El cual era posible que me requisaran, en cuyo caso, deberían proporcionarme una silla de ruedas…
Pero no hubo necesidad. Entramos al 301 Rue Wellington Street, de acuerdo a los nombres bilingües en las placas que dominan Ottawa desde el 2002. El monumento temporal de la Llama del Centenario sigue ahí, desde 1967. Había mucho cambio. Un frío que pelaba, sí, pero me quité los guantes y agarré tres loonies y dos toonies, como lo había prometido. De ahí fuimos al Parlamento propiamente dicho.
Tras recoger un folletito con los puntos de interés —que para ser honesto, no recordaba— fuimos recorriendo el lugar. Justo en ese momento iba entrando un camión a la entrada de la calle Wellington, y depositó sus pasajeros en el Parlamento.

—Bienvenidos al Parlamento de Canadá. Primero veremos el exterior y después visitaremos el interior —dijo la guía, una colombiana que trabajaba ahí a tiempo parcial.
La visita, por ser en el exterior, sólo duraría media hora. Comenzaron por el bloque Oeste, viendo la Flama Centenaria, y caminaron por el amplio jardín hasta las estatuas de la Reina Victoria y Lester Pearson. Pearson fue Primer Ministro de Canadá y además uno de los encargados de crear la Organización de las Naciones Unidas y la Organización del Tratado del Atlántico Norte, y además fue pieza fundamental en la creación de los Cascos Azules. También promovió la bandera actual de Canadá. Y además sabía hacerle el nudo a las corbatas de moño. Un chingón, el caballero. Y la Reina Victoria… bueno, la Reina tuvo un imperio en el que el Sol no se ocultaba jamás.
Cerca de ambas estatuas está el Santuario de los Gatos. Resulta ser que may mucho gato callejero en Ottawa, y esos animalejos empezaron a reunirse en la Colline du Parlement. La genre empezó a darles de comer en el frío y crudo invierno, y los gatos se dejaron querer. Y también las marmotas, los mapaches, las ardillas, las palomas, los gorriones, y los carboneros. Eso sí, de ahí los más dignos son los gatos.
Un poco más adelante está la estatua de Sir George-Étienne Cartier, que para ser francocanadiense también era muy cabrón. Consciente de que si no puedes vencerlos, úneteles, monsieur Cartier se las arregló para que Québec promoviera el sistema federalista de gobierno, y también para que Manitoba, la Columbia Británica y los Territorios del Noroeste se unieran a Canadá. Su estatua trae en la mano un documento que dice «Le gouvernement es d’opinion que la Confédération est nécessaire.» Así que en 1867 se formó el Dominio del Canadá, con cuatro provincias: Ontario, QUébec, Nueva Escocia y Nueva Brunswick. Luego se unieron Manitoba y los Territorios del Noroeste, las islas del Ártico, la Columbia Británica, la Isla del Príncipe Eduardo, Yukón, Saskatchewan, Alberta, Labrador, Terranova y Nunavut.
Luego siguen lad estatuad de Alexander Mackenzie y George Brown, que también son héroes de la independencia, aunque en aquella época Canadá no era independiente pero se parecía. Sigue la estatua de John Diefenbaker que creó la Declaración Canadiense de Derechos. La estatua de Diefenbaker está mirando siempre al edificio del Parlamento. Cuenta la leyenda que la estatua no miraba al parlamento originalmente, sino que giró la cabeza sola para siempre mirar que los políticos no metieran la pata. Esas leyendas de finales del siglo XX tienen la misma validez que los avistamientos de ovnis de Maussán, pero bueno. A continuación está un memorial, con los nombres de todos los policías y guardianes de la ley de todas las agencias de seguridad canadienses, caídos en cumplimiento del deber desde 1804. El último domingo de septiembre se celebra ese memorial, y miles de policías y agentes se reúnen ahí para presentar sus respetos a los camaradas caídos.
Tras el Pabellón de Verano (el cual, es evidente, no funciona en invierno, y es una réplica del original) está la estatua de Robert Borden, quien mandó a 620000 personas a la primera guerra mundial, y a cambio sentó las bases de la independencia; luego está la campana de Victoria, la cual se cayó cuando un incendio consumió el Bloque Central allá por 1916; sigue la estatua de Thomas D’Arcy McGee, otro Miguel Hidalgo canadiense, nomás que a él le dieron un tiro en 1868. Curiosamente, estaba a favor de que los irlandeses se mudaran a Norteamérica y alertaba del peligro que representaban los irlandeses que venían de los Estados Unidos (La Hermandad Feniana).
Sigue la Biblioteca del Parlamento (aunque la guía se refirió a ella como la Librería del Parlamento, que se parece pero no es lo mismo). Este edificio, de arquitectura Neogótica Cómico Mágico Musical en piedra y con techo de bronce, conserva casi medio millón de libros y documentos relativos a todas las Provincias, el Dominio, y la Confederación canadienses.
Luego sigue un monumento que lamento profundamente no haber podido visitar en verano: las estatuas de Rober Baldwin y Louis-Hyppolyte Lafontaine, quienes son los responsables del llamado sistema de gobierno responsable en Canadá. Su monumento es una pared curva de mármol, de un lado adornada con una maza (gobierno) y del otro con una espada (justicia). Si te sientas en un lado y susurras, el otro lado te escucha perfectamente, a pesar de estar a casi veinte metros de distancia. Excepto en invierno, porque te congelas.
La Reina Isabel II también tiene su estatua, no sólo porque en su reinado se independizó de jure Canadá (en 1982); también porque a los canadienses la reina les cae a toda madre. La reina está en su caballo, Centenario, el cual le regaló la Policía Montada en sus bodas de plata como Reina de Canadá.
Y luego…

—Aquí tenemos un monumento representando a Emily Murphy, Henrietta Muir Edwards, Louise McKinney, Nellie McCling e Irene Parlby, quienes acudieron hasta la Suprema Corte de Canadá para que las mujeres fueran consideradas personas y pudieran votar y ser votadas en el Senado…
—Pinches viejas, no se pueden quedar quietas en su casa nunca —dijo una mujer, haciendo reír a todos, en especial a los hombres del grupo, que comenzaron a aplaudir.

La estatua que sigue es la de John McDonald, que además de ser Miguel Hidalgo fue el primer Primer Ministro. McDonald fue pieza fundamental en la creación de la Confederación, gracias a que se comprometió a respetar las instituciones francesas en Québec y a las instituciones inglesas en Ontario. A continuación está la estatua de William Lyon Mackenzie King, quien además del Acta de Ciudadanía Canadiense creó también la pensión por cesantía en edad avanzada, la pensión por jubilación, y la pensión por desempleo. Ostenta también el honor de ser el primer ciudadano canadiense; antes que esa ceremonia en la Suprema Corte, todos los canadienses eran súbditos británicos, aunque jamás hubieran visitado Inglaterra ni hablaran inglés. Luego está Wilfrid Laurier, quien es responsable de volver Ottawa en la capital que es hoy en día. Para entonces ya llegamos al Bloque Este. y podemos entrar al Parlamento propiamente dicho: el Bloque Central.

—Amor, tengo frío.
—¿Cómo vas a tener frío, si apenas hacen -3°C?
—No me dijiste que iba a estar haciendo tanto frío.
—Querías conocer Canadá en invierno, querías ver nevar, y querías ir a esquiar. Claro que hace frío. ¿Qué esperabas, el clima de las Bermudas?
—Pues no quería tanto frío.
—No me explico entonces cómo esperas esquiar en la nieve…
—Cállate y dame tu abrigo, si no tienes tanto frío.
—*suspiro* Ya lo sospechaba. Ten…
—¿Me abrazas?
—Mejor no me quito el abrigo y ven pa’cá, morena…

—La torre de la paz —continuó la guía— se terminó en 1927 y está dedicada a los más de 65000 canadienses que perdieron la vida en la Primera Guerra Mundial. Contiene una campana que suena cada cuarto de hora y un carillón de 53 campanas que a medio día son tocadas con brío y alegría por el campanillero a cargo, que ofrece incluso conciertos en verano.

—Pues me parece muy bonito y todo, pero tengo mucho frío.
—¿Podemos ir a un museo, tal vez? Supongo que tienen clima controlado.
—¿Alcanzamos?
—Son las dos de la tarde. Suponiendo que cierren a las cinco, sí. Y de ahí podemos ir a cenar y a descansar en el hotel.
—Me gusta cómo piensas.

La Galería Nacional de Canadá, que está a la vuelta de la esquina del Parlamento (aunque, bueno, en este caso la esquina queda a 1.3 kilómetros de distancia, pasando el río) está ubicada frente a la Basílica de Nuestra Señora de Ottawa y es fácilmente reconocible por la estatua de bronce fundido de una araña embarazada, llamada Maman, obra de la finada Louise Burgeois. Es una de las seis reproducciones que hizo la artista y domina el camino entre el Puente Alexandra y la calle Sussex. En el interior del museo, que sí tiene clima controlado, se encuentran obras de arte artístico y de los otros en dos pisos y un subterráneo, aunque el subterráneo es más bien un auditorio. También hay una cafetería y un restaurant, llamados le Café l’Entrée et le Cafétéria des Beaux-Arts, los cuales tienen la curiosa costumbre de cerrar media hora antes que la galería.
—O sea que no podemos cenar aquí —me dijo la morena.
—Es correcto —respondí, mientras la tripa me gruñía.
—¿Y qué hacemos ahora?
—Yo diría que irnos antes de que nos cierren el estacionamiento y busquemos un mall o algo así.
—¿Conoces uno cerca?
—Si mal no recuerdo, pasamos uno cuando veníamos del Parlamento.
—Pues vamos. Tengo hambre y frío y quiero comidita.
—Órale, pues —dije yo.
Y nos dirigimos al Rideau Centre.

—De todos los restaurantes de comida rápida del mundo, te tengo que encontrar en éste.
—Bienvenidos doctor, güera. Siéntense. Les recomiendo que pidan una papaburger cada uno, compartan una porción de poutine, y entren en calor con una cerveza de raíz con un cucharón de helado de vainilla.
—Pero me estoy muriendo de frío —dijo la güera.
—Yo también —dijo la morena— pero la cerveza de raíz te hace entrar en calor y eso que no tiene alcohol.
—Háganme caso, soy el experto en comida canadiense —dije, comiendo una papa frita más.