Ida y Vuelta (7)

Día cuatro: Mil Islas

Despertaron abrazados. Ella temblaba, de tanto frío que tenía. Él temblaba porque ella estaba absorbiendo todo su calor. No dejaba de pensar que, solo y debajo de tanta sábana, se estuviera muriendo de calor.
—Ya va siendo hora de irnos —dijo él. Eran las ocho de la mañana y todavía debían desayunar. A las nueve se iba el camión.
—Tengo mucho frío.
—Y yo también, pero nos tenemos que ir ya. Nos están esperando abajo.
—No me quiero levantar.
—Vamos, tenemos qué irnos ya. Nos van a dejar.
—¿No nos podemos quedar?
—No.
—No me quiero ir…
Entonces él le quitó las cobijas, a fuerzas, y la cargó en brazos hasta el baño.
—Que ya nos vamos…
—Ño… —dijo ella, haciendo el mismo truco de licuefacción que hacen los gatos cuando no quieren que los cargues.

Ella, en cambio, despertó primero que yo. También es cierto que estaba ella completa, total y absolutamente gélida, pero conservaba suficiente calor como para deslizarse hasta el baño y meterse en la ducha. Además ella y yo no teníamos prisa por irnos.
Un rato después me quitó las sábanas y me metió a la ducha, a fuerzas. Si la ducha hubiera sido lo bastante grande nos hubiéramos metido los dos; pero no lo era. Al contrario que ella, yo sí me lavé la cabeza. También es cierto que yo no tenía el pelo lo bastante largo como para que se tardara tres horas en secarse. Dieron las nueve y me asomé a la ventana: un par de camiones, uno de ellos de turismo, salían del hotel que estaba contraesquina del nuestro. Supuse que el doc y su señora ya se habrían puesto en camino a Mil Islas.
—¿Lista para la última escala del viaje en Toronto?
—Sí. ¿Y tú?
—Yo nunca he estado listo para nada. A la larga me a ahorrado problemas.
—Bueno, bueno. ¿Cuál es la agenda de hoy?
—Desayunar, luego pagar, luego subir las maletas al carro, ir al Rom (que me supongo tiene estacionamiento cercano) y de ahí, vamos a Mil Islas.
—¿Cómo vamos a Mil Islas?
—Solía haber una carretera escénica que sigue el lago y luego el río. Hay otra autopista. Propongo irnos por la autopista.
—Pero quiero ver las mil islas.
—Y las vas a ver. Muchas veces. No todas; quizá sólo seiscientas.
—¿No podemos ir en barco?
—¿En invierno? No lo creo. Aunque el San Lorenzo es lo bastante grande como para no congelarse, tiene mucha piedra. Por eso tiene mil islas.
—Eso sí. Oquei, entonces ¿cómo vamos a visitar las mil islas?
—Vamos a visitar una. Parte de las mil islas está del lado americano, y la otra parte del lado canadiense. Hay un par de puentes que cruzan al otro lado, pero uno da directo a Gringolandia y no quiero meterme en berenjenales hoy. El otro da a un oasis, que es donde vamos a almorzar.
—¿Oasis?
—Área de descanso de camioneros.
—¿Y de ahí a dónde vamos?
—Ottawa. De Ottawa iremos a Montréal, pero primero hay que ir a Ottawa.
—¿Por qué?
—Dos motivos. El primero es que está más cerca; el segundo es que nos va a agarrar la noche y no quiero manejar de noche en carreteras que no conozco. Y puedo agregar un tercero: en Parliament Hill está la fuente de la Confederación, y la última vez que vine perdí mi celular.
—¿En la fuente?
—No, en las mil islas. Para cuando recuperé mi número ya se habían gastado todo mi crédito. En la fuente echan monedas; pienso sacar unos dólares como indemnización.
—Ash… —dijo ella, sonriendo y moviendo la cabeza en modo reprobatorio.
Terminamos de cambiarnos, cerramos las maletas, y bajamos a desayunar.

—Cuando Jean Cartier navegaba por el río, sus palabras fueron «Mais ici, c’est Mille-Îles!» —explicaba el guía— pero se equivocó: son mil trescientas cuarenta y dos islas, entendido como isla aquella en la que hay al menos una planta y permanece descubierta todo el año. Hay otros islotes que suben y bajan según el caudal y escollos que no salen nunca del agua. Es difícil navegar por esta zona…
El doctor escuchaba atentamente, cuando de pronto ella se acomodó en sus piernas. El doctor comenzó a acariciarle la cabeza. Mr. Bean empezaba de nueva cuenta en la tele del camión, y las mil islas comenzaban a verse en la ventana, pero el doctor decidió que lo mejor era seguir el ejemplo de su esposa, y se durmió.

Mientras tanto, en Toronto, una pareja entraba al Royal Ontario Museum.
—Éste no es un museo de arte, ¿verdad?
—Sí y no. Es un museo general. Tiene de todo. Me encantan estos museos. Hacen que parezca sencillo montar una exposición de algo tan valioso.
—Entonces a ti no te gusta el arte porque no lo entiendes.
—No. Más bien no me gusta tener que interpretar algo. Como la vaca amarilla. Hay quien dice que la vaca amarilla representa el deseo de Marc de volver a una infancia feliz; otros, que es la escencia destilada de la armonía y la paz que se obtiene de una persona que ha abrazado y aceptado la religión como el eje central de su vida, y eso porque se lo escuché a un snob en el Ago. Para mí, es un cuadro de una vaca amarilla. Ya. ¿Para ti qué representa?
—Un estado de felicidad.
—Entonces, el arte cada quién lo interpreta como se le pega su chingada gana. Pero yo no puedo interpretarlo metafóricamente: no se me da. Para mí la vaca es una vaca, y el Guernica es una fumada de Picasso, y un cuadro de una pipa es un cuadro de una pipa. No es que no me gusten: la estética de algunas cosas me llega. Es que no me importa lo que significan.
—¿Por qué te gusta entonces el Corpus Hypercubus?
—Por eso: porque es un hipercubo. Un tesseract. Es algo que no puedes apreciar en nuestro mundo de tres dimensiones y sin embargo Dalí se las arregló para expresarlo en dos. No me importa el cristo: me importa el hipercubo. Y me encanta el cuadro de la muchacha en la ventana porque puedo ver eso: a una muchacha en la ventana, y me supongo que es una muchacha guapa, y puedo ver que la muchacha está mirando por la ventana, y ya. O la locura de El Gran Masturbador, que es de una genialidad insuperable en el sentido de que, viendo cada trozo de la pintura por separado, puedo ver cosas diferentes, pero en conjunto no tiene sentido. Pero, en cambio, veo a Picasso, y pues que me perdonen, pero la verdad a veces creo que incluso yo podría pintar mejor que Picasso. O que Pollock. Creo que cualquiera puede pintar mejor que Pollock. Lo cual no me ha impedido tener en mi cuarto una reproducción del Guernica ni de utilizar el Número Cinco de Pollock para probar algoritmos de compresión de imágenes.
—O sea, que para ti, el arte no tiene utilidad.
—Más bien, el arte que no tiene utilidad no me gusta. Y mi estética es también minimalista, pero me gustan las cosas complejas. Soy humano, pues.
—No te entiendo.
—Mira aquí. Ésto es un hacha de jade. Chino, supongo, porque estamos en la parte china de la exhibición. ¿Qué representa para ti el hacha?
—Un adorno bonito para la casa de un cazador.
—Para mí representa una herramienta de trabajo decorada. Me gusta, porque puede hacer un trabajo, pero elijo que no lo haga. Eso es arte para mí. En cambio, ¿qué es esto?
—Un relicario de porcelana y oro.
—¿Y qué utilidad tiene?
—No sé.
—Yo tampoco. ¿Está bonito? Sí, pero… ¿Para qué sirve?
—Pues supongo que como decoración.
—¿Pero puedes almacenar algo importante en él? O sea, no dudo que sea artístico, pero como no tiene utilidad, no me interesa.
—Ya. Entonces, te gusta lo que tenga utilidad.
—Sí.
—No te gusta el arte, pero en tu casa tenías un montón de cuadros y recuerdos.
—Sí.
—¿Por qué tienes recuerdos, si no tienen utilidad?
—La mayoría de los que tengo tuvieron utilidad o fueron parte de algo que fue útil. O, como mis cachuchas, tienen un uso. O, en el caso de mis fotos, porque me sirven para probar y recordar que estuve en otro lado alguna vez. Mis recuerdos no son arte para mí: son recuerdos.
—Ya. Entonces, para ti, ¿qué recuerdos te llevas de aquí?
—Tecnologías viejas, pruebas de otros tiempos, imágenes mentales. Recuerdos. ¿Y tú?
—Pues… recuerdos.
—Y fotos.
—Sí.
—Y no se te va a olvidar esta visita, supongo.
—No.
—¿Quieres saber lo que más voy a recordar de esta visita?
—Sí. Qué.
—Que lo visité contigo.
Ella sonrió.

—Ya llegamos, muchachos… —dijo el vecino de asiento.
—¿Eh? —dijo el médico.
—Que ya llegamos. Vamos a ver las mil islas y a tomarnos un café. Despierta a tu mujer.
—Ño —dijo ella, entre sueños.
—Esta salió más huevona que mi hija menor —dijo el vecino, encogiéndose en hombros y encasquetándose el gorro polar.

Ella iba mirando por la ventana. Y como una chiquilla, iba contando lo que veía. El auto avanzaba por la 401 a una velocidad relativamente moderada, y el hecho de que no hiciera viento y la nieve no se hubiera acumulado daba una sensación, si no de seguridad, al menos de tranquilidad. En un momento dado la 401 se acercó al lago Ontario y, poco después, se alejó del río. Pero ella no se dio cuenta de ello: el auto había tomado la salida en Gananoque por la ruta panorámica de las Mil Islas. Fue una suerte que ella estuviera más interesada en el paisaje que en quien conducía.

—Entonces, si entendí bien —dijo el médico—, pasando ese puente están los Estados Unidos.
—Sí.
—Y podríamos cruzar de aquí para allá con cosas del duty free canadiense, pero no regresar con ellas.
—Sí.
—Y, viceversa, podemos comprar cosas en el duty free americano, y regresar con ellas a Canadá.
—Sí.
—Pero, mientras que podríamos comprar licor en Canadá y cruzarlo, no podemos cruzar licor de allá para acá porque no cumplimos el requisito de tiempo.
—Sí.
—Entonces… ¿dónde puedo comprar brandy o cosa similar? Hace un chingo de frío…
El guía suspiró.
—En Brockville, pero no aquí. Haremos otra parada ahí, para echarnos un molito.
—Okay… —dijo el doctor, suspirando con resignación.

Tomé la salida a Mil Islas a mayor velocidad de la que me hubiera gustado, pero en total control del auto. Empezaba a caer una ligera nevada y me empezaba a poner nervioso. Era tiempo de detenerme. Cruzamos el puente por encima de las islas Georgina y Constance y llegamos a Hill Island. Era fácil saber donde estábamos porque estaba una torre de observación, y recordaba yo que había un restaurante y una tienda de recuerdos ahí cerca.
Para mi mala suerte, tanto la tienda como el Skydeck estaban cerrados. Decidí entonces regresar a la carretera. La nieve empezaba a arreciar —para mis ojos inexpertos. Ella también empezaba a inquietarse.
—Quiero un café.
—Creo que el más cercano está cruzando la frontera. Vayamos a Brockville. Es como media hora de camino pero sé que hay un mall. Y almorzaremos ahí.
—Okey.
Y allá fuimos. La nevada empezaba a arreciar. Brockville se escuchaba cada vez más agradable.