ida y vuelta (6)

Noche tres: Toronto.


Era poco después de la una de la tarde. El sol de medio día no iluminaba ni calentaba más que el sol de las ocho de la mañana. Hacía frío, un poco de niebla, y sensación general de insatisfacción por no poder ver el sol. La Torre CN se elevaba majestuosa por el cielo canadiense. Los turistas habían quedado asombrados por el piso de cristal del mirador, y estaban ya deseosos de saber qué podían comprar en Chinatown y el Eaton Centre. El guía les había dado instrucciones precisas de que se encontrarían a las siete de la noche a la salida del Eaton Centre para regresar al hotel.

Ella, sin embargo, estaba temblando de miedo junto a la puerta del elevador. Él trataba de mantenerla abrazada, para que el terror pánico rayano en el paroxismo histérico no se saliera de control. Suspiró, y la cargó en brazos, mientras trataba de ver por el horizonte algo de la ciudad. Había qué bajarla a tierra firme… y se preguntó si en alguna farmacia creerían que era médico registrado y le venderían un tranquilizante.

El edificio que ocupaba la Ago, con una forma que recuerda al mismo tiempo una dona de cristal y a un ovni de bajo presupuesto, estaba claramente marcado en inglés como la Galería de las Artes de Ontario y en francés como el Museo de las Bellas Artes de Ontario. Unos pocos dólares cambiaron de propietario y entramos. Ago tenía, en ese momento, una exposición de obras de arte artístico propiedad del museo Guggenheim, llamada The Great Upheaval, que en español significa algo así como La Gran Agitación. Mientras que a mí el arte y la carabina de Ambrosio me parecen igual de útiles, a la morena le encanta ver imágenes.
—Es una belleza —me dice, mirando un dibujo de una vaca amarilla.
—A mí me parece una vaca amarilla.
—Es que tienes que admirar el conjunto de la obra.
—Pues sí, pero yo sigo viendo una pintura de una vaca amarilla.
—Ash…
—¿Bueno, qué quieres que te diga? También quiero de lo que se metió Jean Metzinger cuando pintó Femme à l’Éventail.
—¿Cómo sabes quién era Jean Metzinger y qué pintó?
—Porque lo dice aquí junto y además lo estoy escuchando en audio. LSD. Seguro se metió LSD.
—No puede ser que pienses eso.
—Hey, no asumas mucho de mí. Matisse y Cézanne seguro ponían a pintar a sus sobrinitos chicos con acuarelas en lugar de pintar ellos y luego decían que era una cosa chingona y cobraban unos buenos fierros por ellos.
Ella me dejó de hablar unos instantes, y continuamos el minitour de 10 minutos, pues es lo que dura el audiolibro que nos prestaron por cuatro dólares en el museo. Y efectivamente, observé obras de Matisse y de Cézanne y me dije a mí mismo, «Mí mismo, esto es igualito a lo que pintan tus sobrinos allá en Guanatos.»
Pocas obras de arte artístico me gustan. De las que estaban en exhibición, la que más me gustó era un cuadro de Amedeo Modigliani, llamado «Nu».
—Se parece a tí, morena…
Ella giró la cabeza, lentamente, y me miró por debajo de las cejas.
—Es verdad. Es igualita a tí. Mismo corte de pelo, mismo número de apéndices y extremidades, mismas formas, mismas acumulaciones adiposas, mismo color de piel… Nomás que tú sí te afeitas las bisagras… —algún día mi honestidad y mi afán por trolear gente me va a costar algo importante. Pero hoy no.
—Ash… —dijo ella torciendo la mirada con exasperación.
—¿Me dejas comprarla para ponerla en la recámara?
—No.
—Y te dejo que cuelgues una pintura que te guste. Mandingo, por ejemplo.
—NO.
—Awww…

Quien la hubiera visto en ese instante no diría que apenas media hora antes estaba llorando cual bebé. En cambio, ahora estaba muy tranquila, dando saltitos de un lado para otro y colocando chucherías en una canasta.
—Qué te gusta más, amor —preguntó ella—, ¿esto o esto otro?
Ella mostraba platitos y llaveros en cada mano. Regalos para las personas queridas en casa.
—Los imancitos, amor.
—Pero a mí me gustan más esto.
—Entonces lleva esos.
—Pero quiero que también te gusten
—Los dos me gustan, amor.
—Me estás dando el avión.
—Me está dando hambre…
El chino de la tienda de regalos era el único que parecía contento.
—Quizá esto le guste más a la señora —dijo, entregándole otros curiosos objetos. no sólo eran imanes para refrigerador: también eran termómetros.
Él dejó que su cabeza rodara, mezcla de cansancio, sueño y desesperación.
Ella, si vio el gesto, no le dio importancia.
—Me encantan… —dijo ella.
El chino se frotaba las manos de gusto…

—No puedo creer que no tuvieran litografías del cuadro de Modigliani.
Ella no me respondió.
—¿Tas nojaya?
—Te gustó más el cuadro que yo.
—Oh, bueno… Mañana vamos a ir al Rom y estoy seguro que te va a gustar más a tí que a mí.
—¿Ah, sí?
—Seguro. Dicen que tienen en exhibición el culo de Chayanne.
Ella rió.
—Baboso.
—Lo —sé.
Me incliné a besarla, un beso rápido, y la tomé de la mano.
—Anda, vamos a cenar. Estamos en Chinatown todavía, así que espero te guste la comida china estilo canadiense.

—No puedo creer que gastaras doscientos dólares en baratijas —dijo él.
—No puedo creer que no hayas pensado en tu familia para cuando regresemos —dijo ella.
—Sí pensé en ello, lo que no pensé fue que merecieran un recuerdo si no han estado aquí.
—Pero…
—Pero… ¿dónde está el camión?
El guía los vio y fue corriendo tras ellos. Apenas subir, partieron. Llevaban 10 minutos de retraso y el resto del tour estaba empezando a desesperarse. Además, hacía un frío del carajo.
—Perdón… —dijeron, tímidamente, mientras se acomodaban en su asiento.

—Entonces, a ver si entendí bien, la torre CN tiene dos miradores, uno más grande que el otro.
—Sí.
—Y uno de esos tiene piso de cristal.
—Sí. Y ese piso de cristal está a 320 metros del suelo.
—Sí.
—Y pretendes que visite, contigo, ese mirador.
—Sí.
—¿Estás pendejo, o qué?
—Nena, no pretendo que tu miedo a las alturas se afecte. Nomás te digo que esta es la segunda vez que estoy en Toronto y no he ido a ese mirador de cristal y tengo unas inmensas ganas de hacerlo.
—NO.
—Bueno, al menos sube conmigo al mirador general. Tú te puedes quedar en la parte de concreto y no necesitas asomarte al mirador de cristal, y luego subimos al mirador al aire libre, firmemente anclado a tierra por un chingamadral de metros cúbicos de concreto, y luego puedes aventarme y cobrar el seguro mientras dices que fue suicidio.
—¿Por qué te interesa tanto, eh?
—Porque nunca lo he hecho. Y porque, desde el puro punto de vista de la ingeniería civil, los cálculos necesarios para construir una torre como ésta me parecen al mismo tiempo abrumadores y hermosos.
Ella me miró, y miró la torre en el horizonte de la ciudad. Todavía no se ocultaba el sol, pero ya casi… se mordió el labio.
—Si te acompaño, ¿me prometes que no me vas a obligar a ir al piso de cristal?
—Morena, te prometo que ni siquiera tienes que acercarte al borde del mirador.
Lo pensó unos segundos más. Entonces asintió.
La subida no tuvo problemas. El elevador se comportó a la altura de las circunstancias, pero ella no: porque el elevador que tomamos tiene fondo de cristal y ella clavaba sus uñas en mi brazo del miedo que sentía.
Obvio es que tuve que atraerla hacia mí para evitar que viera el suelo. Cuando llegamos al mirador, ella temblaba cual hoja mecida al viento, y eso porque andaba yo poético.
—Nunca pensé que tu miedo a las alturas fuera tan grande. En especial porque te subiste al avión.
—El avión no tiene fondo de cristal.
—Buen punto, pero no es el problema.
—¿Ah, no? ¿Y tú no le tienes miedo a nada?
—A un chingo de cosas, morena, a un chingo. Entre ellas a las alturas.
—Pero…
—Pero aquí estoy, de pie en una pieza de cristal templado de media pulgada de espesor, mirando hacia abajo, y dándome cuenta que 340 metros son muchos metros.
—Pero estás tranquilo.
—No. Más bien no sé expresar cómo me siento en este momento. Aunque puedo intentarlo.
—¿Ah, sí? ¿Cómo?
Como respuesta, extendí mi mano y la miré a los ojos.
Ella se me quedó mirando, esos ojos profundos, negros y misteriosos.
Ninguno parpadeó durante un rato.
Y entonces ella extendió la mano y avanzó, no por el cristal, sino por la viga de acero, haciendo equilibrio, hasta tomar mi mano y abrazarme.
—Así me siento —le dije.
Los dos temblábamos un poco.