ida y vuelta (5)

Día tres: Toronto.

—Realmente quería conocer el casino —dijo ella, envuelta en las sábanas.
El sol entraba ya por las cortinas. Afuera, el frío y el hielo lo dominaban todo excepto las cataratas.
—Conozco mejores.
—No lo dudo, tahúr.
—Sí, bueno… no es que sea yo muy bueno jugando. Siempre pierdo.
—¿Crees que sería yo buena en blackjack?
—Quizá, dependiendo de cuántas cartas tenga el dealer.
—Bueno, ¿Y qué hacemos ahora?
—Empacar para ir a Toronto.
—¿Qué hay en Toronto?
—Centros comerciales y una torre.
—Ño. Quiero algo más culturoso.
—Oh, nena, vaya que si vas a conocer algo más culturoso…

—Vámonos, mujer, que nos dejan —dijo, preocupado, mirando el reloj. 8:45 AM.
—Necesito terminar de empacar esto.
—Deja te ayudo.
Empujó, y empujó hasta que la maleta cerró. Necesitaba, con urgencia, una maleta más grande. Salieron casi corriendo, y mientras él se disculpaba con el guía y entregaba las tarjetas en la recepción del hotel, ella compraba algunas cosas en la máquina expendedora. También es cierto que habían regresado de una excursión al casino a las cuatro de la mañana…

El valet acercó mi auto a la puerta y cargó mis maletas. Gracias al bastón tenía yo la excusa perfecta para no hacer nada; a cambio, debía dar una que otra propina más seguido que de costumbre. Unos dólares cambiaron de propietario y subí al auto. Esta vez sabía yo por dónde debía irme, y de cualquier forma, había precargado el mapa para el GPS de la tableta. El sol era esplendoroso y el clima fantástico… para Marte. -15°C de camino, y subiendo. Cuando llegáramos a Toronto de seguro estaríamos más cerca del punto de congelación que en Niagara.
Una hora y media de camino, bordeando el lago. Ella estaba encantada.
—¿Qué miras? —pregunté, en parte para saber dónde estaba, en parte porque realmente tenía curiosidad de saber qué ver.
—Esto es hermoso. A pesar de tanto frío.
—Quizá precisamente por el frío.
—¿Qué conoces de Toronto?
—Dos cosas: la torre CN y el Eaton Centre.
—La torre puedo entenderlo. ¿Qué es el Eaton Centre?
—Oh, una bagatela. Unas 250 tiendas empacadas en el centro comercial más grande del rumbo. Los de Niagara son una caricatura comparados con el Eaton Centre.
—Entonces no quiero ir. Ya compré mucho.
—Tú sí, pero yo no. Te propongo ir a un museo, a Chinatown, a comer al Eaton Centre, quizá a ver una película…
—No, no me gustan mucho las ciudades grandes.
—Es porque estás juzgando la ciudad en términos mexicas.
—¿Por qué no nos vamos directo a Montréal después de ver eso?
—Son cuatro horas de viaje y no pienso viajar de noche.
—Okey. Entonces vemos el museo, Chinatown, comemos, hacemos otra cosa, vamos al hotel, nos dormimos, y mañana vamos a otro museo antes de irnos.
—Ya estamos negociando, morena.
—¿De verdad es tan grande el Eaton Centre?
—Bella, si me hubiera acordado que hoy íbamos a Toronto, no hubiéramos ido a los outlets ayer.
—¿De veras?
—¿Me crees capaz de mentirte?
—Sí.
—Era una pregunta retórica, mujer…

Mientras tanto, en el camión, el doctor y la güera dormían a pierna suelta. El guía les había puesto una película de Mr. Bean para que los niños —y los adultos, qué caramba— estuvieran entretenidos un rato, mientras recorrían la carretera. La idea de ellos era simple: visitarían la torre CN, a continuación un tour por Chinatown, luego al Eaton Centre, luego al hotel, y en la mañana saldrían con rumbo a Mil Islas. Por supuesto, ni ella ni él se enteraron de nada hasta que uno de sus compañeros de tour los despertó.
—Ya llegamos, tórtolos.
Ella se acomodó en el regazo de su marido. Él, abriendo un ojo inyectado, dijo «Ay, güey, qué buen sueño» y comenzó a despertar a su señora.
—Vamos, cielo. Llegamos a Toronto.
—Quelo dolmil.
—Pero nos tenemos que bajar…
El guía empezaba a impacientarse.

Ella estaba encantada con Chinatown. Él un poco menos, porque se había equivocado de calle al dar la vuelta. Spadina Avenue es una de las principales avenidas de Toronto, tanto, que pasa por ahí el tranvía. Chinatown creció ahí, y es como ver cualquier calle popular para comprar en México, excepto que los letreros están en cantonés y chino clásico. Por fortuna él reconoció una calle, de su anterior viaje, y la tomó, mientras ella le dirigía un reproche con un dejo de decepción.
—No te apures, morena, que ahorita regresamos. Nomás hay que hacer el check-in en el hotel.
—¿No es muy temprano para hacerl el check-in?
—Sé cómo mover engranes.

—¿Rom, or Ago? —preguntó.
Ella se le quedó viendo con la misma cara con la que siempre lo miraba cuando él preguntaba una estupidez.
—Royal Ontario Museum, or Art Gallery of Ontario. Choose one, and choose wisely.
—¿Y cuál es la diferencia?
—Sólo tenemos tiempo para visitar uno al día. Cierra a las cinco y media.
—Ya. ¿Cuál está más cerca?
—Ni idea. Pero abajo pasa el metro que nos deja ahí.
Él revisaba el mapa.
—Creo que al Rom no hay que caminar mucho al aire libre si vamos en metro. Y el Ago está como a ocho cuadras de aquí.
—¿Cuál será mejor?
—Es arte. A mí no me importa mucho el arte.
Ella se mordió el labio. Siempre hacía eso cuando tomaba una decisión importante.
—¿El Ago está más cerca?
—Sí.
—Vamos al Ago. Mañana vamos al Rom antes de irnos a Ottawa.
—Muy bien.

—Así que esto es Eaton Centre.
—Sí. Mira el techo.
Una parvada de gansos estilizados colgaba del domo. Impresionante. La decoración navideña también colaboraba a que se viera bien, aunque ya estaban removiendo bastante.
—Hay más gente en Chinatown que aquí.
—¿Qué esperabas —dijo él— si aquello está lleno de chinos?
—Racista —replicó ella, pero sonreía.
—Culpable.
—Bueno, ahora llévame al museo.
—Un momento. Primero debo comprar yo un par de cositas.
—Ash.
—No me he quejado (mucho) de lo que tengo que cargar cuando compras tú, mujer.
—Está bien, está bien.
—No me tardo. Ah, mira, aquella tienda de allá te va a gustar.
—¿Qué es eso?
—La Senza. Te veo allá en veinte minutos.