Ida y Vuelta (4)

Noche dos: Niagara Falls

—¿Qué vamos a comer? —me preguntó.
—Ahora sí que lo que tú quieras. Podemos almorzar aquí o ir al mall, a ver qué tienen…
—En la mañana adivinaste qué quería desayunar.
—Pura suerte. No creo volver a repetir la hazaña.
—Tengo frío.
—Te dije que eso no te iba a servir —le dije mientras la abrazaba.
—¿Qué hay en el mall?
—Tiendas, claro. Nunca he ido. Sé que hay tres, y uno está aquí enfrente, como a veinte cuadras.
—¿Y me vas a comprar algo?
—Si es de Victoria’s Secret, sí.
Ella sonrió.
—Quiero un abrigo.
—Quieres dos, te conozco.
—Bueno, sí.
—As thou like it, milady —y saqué la llave del auto.

El aire frío soplaba y la fila para subir a la torre Skylon era larga. La espera, decía el guía, iba a valer la pena.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella.
—Muy buena pregunta —respondió él.
El guía ya conocía el procedimiento estándar. En automático, al ver que se le acercaba, reprodujo la conversación que tantas y tantas veces había dicho; de hecho, acababa de decirla cinco minutos antes y, era evidente, hubo varios que no la habían escuchado.
—Vamos a comenzar con una cena buffet en el restaurante. Después, para hacer la digestión, iremos al mirador. Las familias con niños pequeños pueden ir al Family Fun Centre y el resto iremos a ver una película sobre las cataratas del Niágara en formato Imax 4D. Al finalizar, quienes deseen regresar al hotel pueden hacerlo en el camión; el resto puede cruzar el puente hacia el Fallsview Casino a perder unos dólares. El regreso al hotel es por cuenta de cada uno. Saldremos mañana a las nueve de la mañana hacia Toronto; hay que estar en el lobby del hotel a las ocho.
—Ah, gracias… —dijo, y regresó con ella.
—¿Qué te dijo?
—Que vamos a comer y luego al casino, o algo así, no me acuerdo.
—Tengo frío.
—Méngache con chu méngache —le dijo, mientras la abrazaba por la cintura. Ella sonrió y se giró.
—¿Me quieres? —preguntó.
—Sí.
—¿Mucho?
—Mucho.
—¿Mucho mucho?
—Mucho mucho.
—¿Mucho mucho mucho?
—Mucho mucho mucho.
—Yo también los quiero mucho, muchachos, y los querré todavía más si avanzan, que está haciendo mucho pinche frío aquí afuera —dijo uno de los compañeros de tour de más edad.
Ella se puso roja, él puso una sonrisita nerviosa, y entraron al molito.

Ella salió del auto mirando el mall. Estaba asombrada, sin duda alguna. Había visitado centros comerciales grandes, pero no uno tan grande.
—Creo que me equivoqué de mall.
—¿Cómo? —preguntó ella— ¡Si esto es enorme!
—Tengo que sacarte más seguido. Hay otro más grande…
—No me importa. Quiero éste.
—As you wish…
Avanzaron con cuidado, él apoyándose en el bastón plegable.
—¿Quieres comer primero o después?
—Quiero mi abrigo. Luego comemos.
—Oquei. ¿Dos horas? Así me voy a la guardería para maridos.
—¿Hay guardería para maridos aquí? ¡Qué gran civilización!
—Supongo que en algún lugar venden cerveza. Necesito una.
—Dos horas. Yo te llamo.
—Recuerda que podemos regresar sólo con dos maletas cada uno.
—Pero tú no vas a comprar nada.
—Sí, pero no quiero tener que dejar mis cosas para que te lleves una cuarta maleta tú.
—Está bien, prometo no comprar mucho.
—Y tira tus botas esas.
—¿Qué tienen de malo mis botas?
—¿Además de que dejan pasar todo el frío y usar tres calcetines de los míos?
—Buen punto.
—Ve a La Senza —un beso rápido—, y te veo al rato, entonces.
—¿Qué es La Senza?
—Donde vas a comprar mi regalo de navidad —un guiño.

El buffet era una maravilla, en especial para estómagos hambrientos. Los niños del grupo comían como pelones de hospicio; los adultos, también. No era precisamente un restaurante giratorio (el médico había hecho averiguaciones; de haberlo sabido, habría subido al restaurante giratorio antes de llenar el plato de comida) pero la vista de las cataratas era maravillosa. Nevaba, además.
La vista del resto de los comensales era, en cambio, un tanto cuanto más empalagosa: el doctor y su señora se daban de comer mutuamente. El nivel de miel de los recién casados era tal que uno de los empleados, que estaba colocando una fuente de camarones nueva, les preguntó si eran recién casados. El doctor confirmó que sí, a lo que el empleado reaccionó con un leve asentimiento, y se retiró a la cocina. Unos instantes después depositó frente a ellos un par de copas de vino barato de Ontario y un trozo de pastel de chocolate con helado de vainilla y una velita, «with compliments of the management». Lo cual no dejaba de ser una novedad, tomando en cuenta que el buffet no sirve vino ni aunque lo pidas con unos buenos dólares de por medio.

Mientras ella revisaba tiendas yo estaba muy ocupado tratando de ver dónde cuernos estaba. Digo, si había llegado ahí fue por pura casualidad. Uno de los problemas en Niagara-On-The-Lake y Niagara Falls es que, precisamente por la existencia de las mentadas cataratas, los grandes barcos que transportan mercancías en los Grandes Lagos no pueden ir directamente desde el San Lorenzo al lago Ontario. Lo que canadienses y americanos hicieron fue excavar un canal, con esclusas hidráulicas y toda la cosa, que corta la ciudad del lado canadiense. Pues bien; gracias a ese canal, efectivamente cada mitad de la ciudad queda aislada. Hay puentes conectándola, claro, pero no son muchos; lo que es peor: hay un río, el Weyland, que también cruza la ciudad. De esta manera, y estando más preocupado yo por no salirme del camino que por saber dónde estaban mis referencias, me limité a cruzar un puente y dar vuelta; el resultado es que no me dí cuenta de en qué momento pasé por un mall y terminé en el otro. Claro que la morena no me dijo nada; después de todo, el experto era yo, el que conducía era yo, y el que sabía el camino era yo; ergo, hice lo que pude. Llegamos finalmente a un mall; si hubiera consultado el GPS de seguro me habría dicho cuál mall era; buscaba yo el Canada One Factory Outlet Mall y terminé en el Niagara Square Shopping Centre. Lo cual, aunque un despiste, fue un despiste afortunado, porque hay más selección de cosas. Así, mientras la morena revisaba las tiendas, y la güera y el doc comían en las alturas, yo estaba con los pies en el suelo, afuera del mall, pensando en lo divertido que sería pedir una cerveza al tiempo: brutalmente fría. Y me metí a Hoops, donde estaban pasando un partido viejo de los Maple Leafs, y pedí una Molson Canadian mientras me sentaba en la barra y doblaba mi bastón plegable. Casi me pongo a llorar cuando leí la descripción de la mexican quesadilla; al lo menos sí le atinaron en algo: lleva queso, no como en el DF. Mientras me bebía mi cerveza (una solamente, porque luego había qué manejar) se acercó un caballero, de edad avanzada y bastante pelón. Esto último lo supe cuando se quitó el gorro. A continuación pidió una Molson, y me saludó.
—Veo que a usted también lo trajeron a la guardería.
—Así es, caballero.
—Bueno. Al menos usted conoció la guardería antes que yo.
Sonreí.
—Lo que espero es no tener que pagar equipaje extra en el avión.
—Luna de miel, ¿verdad? —me dijo, señalando el anillo en mi dedo.
—Luna de edulcorante artificial, para ser preciso. No nos hemos casado.
—¿Y qué espera? Le puedo conseguir mañana mismo su licencia de matrimonio.
—Pero no vivimos aquí.
—No importa.
—Ni siquiera sé dónde está el ayuntamiento.
—Tampoco importa. Pídale a un taxista que lo lleve. Tenga: mi tarjeta.
Tomé la tarjeta y la leí.
—Gracias. Iremos mañana.
—Hágame caso. El matrimonio le cambiará la vida.
—Así lo haremos.
—Muy bien. ¿Qué mejor recuerdo de Niagara Falls que su boda?
—Toda la razón.
—Muy bien. ¿Le gusta el hockey?
—Soy más de rugby. Soy entrenador, de hecho.
—Entiendo…
Fue una buena charla. En ningún momento me atreví a decirle que no vivíamos en Canadá, y por tanto no podíamos matrimoniarnos según las leyes canadienses, pero no quise quitarle la ilusión.

Ella había estado muy ocupada visitando tiendas. Cuando él se encontró con ella, un par de horas después, ella depositó una bolsita en la mesa.
—¿Qué es esto?
—Es lo que voy a usar hoy en la noche.
—Pero aquí sólo hay un lápiz de labios.
Ella sonrió, seductora.
Las piezas del rompecabezas se ensamblaron rápidamente en la mente de él.
—Oh… ¡OH!

Esa noche, el doctor y su señora intentaban aprender a jugar baccarat. Lamentablemente, el único amigo que conocían que podía enseñarles los secretos del juego estaba muy ocupado en ese momento, y lo que menos le importaban eran las cartas.