Ida y vuelta (3)

Noche uno: Niagara-On-The-Lake.

—Estimados pasajeros— dijo el capitán por el sonido local—, estamos iniciando nuestro descenso al aeropuerto Pearson de Toronto. La temperatura es de -25°C —El resto ya no lo escuchó, porque estaba bostezando. Automáticamente despertó a su compañera y acomodó su asiento. Aterrizaron un poco después, sin eventualidades.
El frío se colaba entre la puerta del avión y el puente extensible, aunque la azafata no parecía darle mucha importancia. Todavía. Los pasajeros descendieron del avión, mientras los mecánicos se ponían a hacer su trabajo para que el avión fuera seguro y pudiera regresar a los cielos cuanto antes. Los cuatro se dirigieron al área de recepción de equipaje y de ahí a la sala de aduanas. Una revisión rápida y fueron admitidos a Canadá sin mayor problema.

—Bueno, doc, aquí es donde se separan a los hombres de los niños —dije, moviendo las articulaciones para lubricarlas.
—Sí, claro.
—Te explico. Allá afuera, pasando las puertas D y C, está Canadá. Un lugar donde no sólo hace un chingo de frío: hace un putamadral de frío. Es poco probable que veas indigentes en las calles: se mueren congelados. Ahora está fresco, pero no vas a aguantar con tu abriguito ése a que lleguen los tipos de tu tour.
—Ñe —dijo el médico, que se creía preparado para lo peor.
—Chico, yo sé lo que te digo. Hazme un favor: ve a la puerta y espera a que se abra. No intentes salir. Aquí te esperamos con tus cosas.
Me sonrió socarronamente mientras yo abría mi maleta y sacaba unos pantalones adicionales.
El médico regresó temblando de frío.
—Tienes razón. Hace mucho pinche frío.
—Told ya…
Al ver que me ponía los pantalones encima de los otros, mi acompañante se preocupó y buscó su abrigo largo en sus cosas. La acompañante del doctor hizo lo mismo cuando lo tocó y se dio cuenta que estaba helado, y eso que no había salido a la calle.
—La mejor recomendación que te puedo hacer —dije, poniéndome otro par de calcetines— es que nunca te quedes quieto y evites el viento. Fuera de eso no puedo hacer más por ti. Nos vemos en Niágara.
—¿Vas a Niágara?
—Voy a hacer casi tu tour, pero en auto y por mi cuenta. Nos vamos a ver muy seguido por allá, créeme. Es como Guadalajara, todo mundo termina viéndose aunque no quiera.
Afuera me esperaba ya el auto de Enterprise que había rentado.
—¿Lista, morena?
Ella suspiró.
—Resignada.
—Hará un frío inmenso hasta donde recogeremos el coche, pero el coche tiene calefacción. Será cosa de un momento. Vamos.
Y fuimos.
El doc y su señora tardaron todavía media hora para que el tour recogiera a todos los pasajeros que hacían falta. Nosotros, veinte minutos después, ya íbamos en camino a St. Catharine.

La calefacción iba a todo lo que daba. Él se moría de sueño; ella, de frío. El autobús no podía circular muy rápido, aunque las condiciones del camino eran muy buenas. El guía era mexicano —siempre hay un mexicano— y el chofer, québécois. Avanzaron por el Macdonald-Cartier Freeway con rumbo a Niagara-On-The-Lake, donde pasarían la noche. La noche ya estaba cerrada, pero las luces de la ciudad iluminaban toda la escena que daba gusto verla… si es que, claro está, estabas todavía despierto. Era una colección de números: tomar la 407, luego la 403, luego la 420, luego la 102…

Ella estaba asombrada de dos cosas: la primera es que hubiera niños en la alberca; la segunda, que la alberca estuviera calientita. El hotel era un Marriot. Se veía impresionante, y se escuchaba un curioso ruido de fondo: las cataratas, le explicó, estaban cercanas. Mientras ella papaloteaba por el lobby, él estaba ocupado haciendo arreglos con el personal del hotel. En un momento dado ella se acercó por detrás suyo a abrazarlo; él la atrajo hacia sí y le dio un beso rápido. Sea porque a la recepcionista le gustó lo que vio o por pura coincidencia, en ese momento les dieron la llave de una habitación con vista a la cascada y el botones llegó a recoger su equipaje.
—Tengo frío.
—Ahorita nos calentamos.
—Tengo hambre.
—¿Quieres ir a comer?
—Tengo sueño.
—¿Quieres comer en la cama mientras nos calentamos?
—Chí.
—Órale.

La habitación era un poco más grande que una caja de cartón, y un poco más pequeña de lo que ella esperaba. 306 pies cuadrados son apenas 28 metros cuadrados Sin embargo, él estaba muy conforme. Cuatro por siete metros, calculó. Para una habitación de hotel, incluyendo el baño, no estaba nada mal. Además, la ventana daba directo a las cataratas del Niágara. No era precisamente la suite presidencial, y la vista no era la mejor, pero para nada estaba mal. Tocaron a la habitación y fue a abrir. El servicio a la habitación les entregó, como cortesía por su matrimonio, una botella de vino espumoso de la región, unas fresas, y unos chocolates. Él, como era su costumbre, le entregó una buena propina al joven y le rogó que le trajera algo para cenar, y que dejara instrucciones para que les subieran el desayuno por la mañana. Quizá tuviera presupuesto limitado, pero podía darse ese lujo ese día.

En la otra habitación, la otra pareja se había metido a la cama. Ella estaba helada cual témpano de hielo, y se había quedado dormida apenas tocar la almohada. Él, en cambio, no podía dormir del frío. No del frío de la habitación: del frío que su señora le transmitía. Era como un vampiro de calor. Los restos de la comida estaban ahí. Nada mal. pero nada del otro mundo. La cortina estaba abierta: casi podía escuchar las cataratas. Tomó una decisión dramática. Era morir con la espalda congelada o dormir comiendo pelo. Se levantó, cambió de posición, y se acomodó. Se le ocurrió una manera de calentarse. Cruzó sus brazos como canana por debajo y por encima de ella, y lo mismo hizo con las piernas. Ella ronroneó un poco, y se durmió. En cambio él ya tenía algo con qué jugar…

Ella se giró, quedó de frente, y lo miró.
Sonrió.
—Tengo frío.
—’Orita te lo quito. Ven pa’cá, morena…

Dís dos: Niagara-On-The-Lake

El sol salió a las 7:41. Estaría iluminando sólo nueve horas y media. Había qué aprovechar ese tiempo.
—¿Qué quieres hacer? —le pregunté.
—¿Qué sugieres?
—Vamos a desayunar. Luego a las cataratas. Están cerca. Te llevo caminando, para que sepas lo que es la nieve; bajamos al mirador, compras algo en la tienda de regalos, una dejaláy, por ejemplo, y vemos las cataratas desde el mirador de la tienda. Table Rock, creo que se llama.
—¿La tienda tiene mirador?
—Más bien el mirador tiene tienda. Y desemboca justo debajo de la cascada de la Herradura. Luego, si quieres, vamos de compras. En la noche vamos a cenar a la torre Skylon, al casino, y a dormir. Nos vamos mañana temprano a Ontario, ¿te parece?
—Me gusta.
—Y ahora, a desayunar. ¿Qué quieres que te prepare?
—Huevos benedictinos.
—Olrai. Deben estar listos en dos minutos. —dije, y me volví a acostar. La pierna me dolía, y no era cosa de desaprovechar el descanso.
—¿No te vas a cambiar?
—Después de bañarme y cambiarme el esparadrapo. Pero primero el desayuno.
—¿Cómo vamos a ir a desayunar, entonces?
—¿Quién dijo que vamos a salir? Soy hombre de recursos hidráulicos…
Y entonces tocaron a la puerta, seguido de un anuncio de «room service, sir.»
Ella me miró, mientras yo buscaba mi cartera en el buró y sacaba unos dólares.
—Buen día, señora, señor. ¿Desean que les sirva el desayuno?
—¿Qué trajiste?
—Huevos benedictinos, fruta fresca, y té Earl Grey, señora.
Ella se quedó con la boca abierta.
—Gracias —dije, poniéndome de pie para darle los dólares correspondientes a sus servicios profesionales—. Eso es todo por ahora.

—Vámonos, que nos va a dejar el guía —apuraba el doctor. Era hora de desayunar, y casi todos los comensales habían terminado. Ella estaba muy ocupada comiéndose otro pancake de arándanos.
—Ni que nos fueran a dejar. Si no, nos podemos ir con tu amigo.
—Pagamos por el tour, mujer… además, no sabía que él iba a venir. Ni siquiera sé dónde está hospedado.
—Pues lo acabo de ver pasar… Oye, ¿está casado con ella?
—Creo que sí.
—No lo parece.
—Vámonos ya, somos los últimos.
—Está bien… —dijo ella, a regañadientes.
Salieron del hotel y fueron a la puerta.
—Brrr… —dijo ella— .. qué frío hace.
—Ven, yo te caliento.
Ella se metió en el abrigo de él, y caminando pasito a pasito por el estacionamiento congelado se subieron al autobús.
—¿Me queles?
—Te quelo.
Se sentaron en su lugar, el guía miró al chofer, y el autobús arrancó.

—Ya habías venido, entonces.
—Sí, pero nunca había conducido aquí. Espero no perderme. No me gusta manejar.
—¿Quieres que maneje yo?
—Me gustaría, pero no confío en el carro lo suficiente.
—¿Me estás diciendo que manejo mal?
—Lo que te digo es que no sabes conducir en carreteras congeladas. Yo sí, aunque no mucho: allá en BC la temperatura es más alta, pero llueve más. Esto es resbaloso, mira…
Frené y el auto se deslizó, grácil pero inquietante, por el estacionamiento de Table Stone. El auto se detuvo cuando pegó con el borde de la banqueta, y aún así, amenazaba con subirse y continuar. Me giré para mirarla: nunca la he visto tan pálida.
—Está bien. Tú manejas.
—Te dije. De cualquier modo ya llegamos.
Descendí del carro y me acomodé el paquete de acetato de sodio en el bolsillo, activé el disco, y dejé que la cristalización hiciera su trabajo, mientras mi maltratada cadera disfrutaba el calorcillo, mientras ella se bajaba y se colocaba el abrigo. Acto seguido, le ofrecí la mano y juntos fuimos hasta el centro de visitantes. En ese momento llegaba un camión curiosamente conocido. Se acomodó, abrió la puerta, y vi descender al guía.
—Mira… —le dije, señalándolos con la mirada.

Bajó con demasiada fuerza, o quizá demasiado rápido. Así que sus zapatos no pudieron asirse al piso quedarse quietos; en su lugar, la inercia hizo que resbalara y se pegara de manera dolorosa —y divertida— contra el suelo. El golpe fue lo bastante fuerte como para que el médico reaccionara, y estuvo a instantes de caer también él. Que su esposa fuera detrás suyo y se golpeara contra él hubiera bastado para hacerle perder el equilibrio, de no ser ella tan delgada. El médico rápidamente auxilió a la pobre madre de familia, que no hacía más que quejarse en el suelo. Por fortuna, no fue nada más que el susto. De no haber estado el médico ahí, y de no ser eso tan común, quizá la señora hubiera terminado en el hospital. Pero cuando el médico pronunció que no era más que el golpe y que sólo se necesitaba un poco de hielo, el marido no pudo evitar decir:
—¿Hielo? ¿Y dónde vamos a conseguir hielo aquí?
Hasta la pobre mujer terminó riéndose.

Ella miraba las piedritas en el cartón. Tomó una. La piedrita tenía ojitos.
—Son dejaláys —le dije, mientras la tomaba por la cintura y miraba por encima de su hombro derecho.
—¿Dejaláy?
—Son parte de las piedras más feas del mundo. Son tan feas que sólo la madre naturaleza las puede amar. Cuenta la leyenda que un viejo gamusino buscaba oro en las cataratas del Niágara con su nieto —lo cual no deja de ser una estupidez, porque no hay oro aquí— Y el nieto quería ayudar a su abuelo pasándole algunas e las piedras más brillantes que encontraba. Como el viejo tenía pocos dientes y un acento muy cerrado, cada vez que el niño le daba una piedra, le decía «esto no es oro. Dejaláy.» Así las piedras recibieron su nombre actual.
Ella gruñó.
—Ay, mira, tiene tus ojitos…
Ella volvió a gruñir, pero también rió.

El mirador estaba debajo de todo el hielo. Las cascadas de la Herradura, que era la parte por donde baja más del 90% del caudal de las cataratas, están ubicadas del lado canadiense del río Niagara, por lo cual si el viento soplaba para ese lado (que era lo más probable) el lado canadiense se congelaba de una manera tal que el parque de la Reina Victoria se volvía peligroso para el turista tropical. Bajando al mirador, el cual está cubierto de hielo, puede acercarse el visitante a las cascadas. Anteriormente podía uno entrar detrás de las cascadas, pero con el hielo se vuelve peligroso, por lo cual está cerrado el acceso ahora. Sin embargo, el mirador está justo en la caída, y parece que está uno detrás de las cataratas y no a un lado. Nosotros podíamos permanecer ahí lo que quisiéramos, mientras que los visitantes del tour, que tenían restringido el tiempo, estuvieron un par de horas y fueron a la torre Skylon. Me acerqué a ella, cuidando de no resbalarme en el hielo.
—¿Estás bien?
—Esto es hermoso.
—Es mejor en verano. Podríamos estar justo ahí metidos.
Ella apoyó su cabeza en mi hombro. Yo apoyé mi cabeza en su cabeza.
—Tengo hambre —me dijo.
—Sus deseos son mis órdenes, milady. Vamos a comer.
Ella apoyó