Ida y vuelta (2)

Día uno: Atlanta.

—¿Placer o negocios? —preguntó el vista de la aduana en Atlanta, un negro grande, feo, fuerte e impresionante.
—Vengo de paso. De hecho, si hubiera podido ni siquiera desembarco.
El vista de la aduana dejó de ver el pasaporte y la visa, mirando con unos ojos de esos que las personas finas y educadas denominamos de «chinga tu madre».
—¿Cuánto tiempo se va a quedar en los Estados Unidos?
Una mirada rápida al reloj.
—Tres horas y media. Ni siquiera me conviene salir del aeropuerto para ir al museo de la CocaCola.
—¿Viene solo o acompañado?
—Mi esposa está pasando aduana dos lugares más allá, así que por el momento estoy solo.
—¿Para dónde va?
—Canadá. Hace un poco más de frío que aquí pero este lado no es tan romántico para pasar la luna de miel.
—¿Por qué su esposa no está con usted?
—Porque eso nos ordenó aquel gentil caballero que está organizando la fila.
—¿Número de maletas?
—Una.
—¿Y su esposa?
—Una.
—¿A qué parte de Canadá va?
—Québec.
—Ponga sus dedos en el aparato.
—Un día duro, ¿verdad?
—He tenido peores. Bienvenido a los Estados Unidos.
—Gracias. caballero.
—Siguiente.

La opción obvia era documentar las maletas para el siguiente vuelo y pasear un poco por el aeropuerto. No había mucho qué hacer, después de todo. Hacían 8 °C y eso que el sol estaba radiante.
—Está grandote el aeropuerto —me dijo, mientras veía las cosas.
—¿Quieres conocer algo interesante del aeropuerto, morena? —le pregunté, mientras salíamos de la aduana.
—¿Qué?
—Bueno; tenemos que ir a recoger el equipaje. Podríamos ir caminando, pero la verdad es más cómodo ir en metro.
—¿Cómo que recoger el equipaje? Si ya lo traemos.
—¡Aquí su equipaje, por favor! —gritó el negro. No deja de parecerme divertido que en Atlanta, a pesar de ser sólo el 32% de la población, 7 de cada 10 empleados visibles son negros, y orgullosos de ser negros, mah brotha, oh, yeah, mama raise no fool, ya know…
Ella me miró con esa cara que las personas finas y educadas denominamos «O sea, ¿qué pedo?» y yo me limité a sonreir.
—Es para que no te canses cargando las maletas.
—Pero…
—Sin peros. A la viera que tierres faz lo que hueres y nava da a malir sal.
—Sí, mira… —y le mostré el acceso al Plane Train. Claro que la última vez que fui no se llamaba Plane Train. De hecho, no tenía nombre.

El Plane Train avanzaba automáticamente, sin chofer, y con la bonita voz de Siri indicándonos cada paso. Fuimos desde la terminal E hasta la terminal F, que es a donde llega todo el equipaje internacional, para recogerlo. Entonces avanzamos hasta los mostradores de la aerolínea, hicimos fila para documentar el equipaje, y nos fuimos a muestra terminal, con el objetivo de irnos a Toronto a la hora especificada en el boleto.
—Eh… perdone, pero tenemos un problema con su vuelo. Se retrasó tres horas.
—Comprendo —dije, apropiándome de la situación con unas tablas teatrales impresionantes—. ¿Podemos documentar el equipaje ahora?
—Sí, señor.
—Excelente. Hagámoslo entonces.
—Pero… —intentó decir mi señora.
—Sin peros, morena, que verás lo que te tengo preparado y se me acaba de ocurrir…

Entretanto, ellos dos estaban ahí, en la sala de espera, sentados.
—Me aburro —dijo ella.
—Yo también —dijo él.
—¿Hay internet?
—Creo que sí. ¿Para?
—Hay que ver una película, o algo.
—Bueno…
—Abrázame. Tengo frío.
Y claro, él la abrazó. Lo que menos estuvieron haciendo fue ver la película; estaban más ocupados haciéndose arrumacos e intercambiando colonias bacterianas.

—Ven, te voy a llevar a conocer a Marta.
Ella se me quedó mirando, confundida, así que opté por tomarla de la mano y casi arrastrarla hasta la estación del metro.
—Metropolitan Atlanta Rapid Transit Authority —leyó ella, mientras yo compraba los boletos.
—¿Pensabas otra cosa?
—Eres un cabrón.
—Lo sé. Ahora ven pa’cá, morena… —le dije, abrazándola. Claro, hacía frío y no me había hecho caso de traer algo más abrigador.
El viaje en el tren ligero duró un poco menos de media hora. Llegamos a Peachtree Center, y de ahí, cruzamos Underground Atlanta. Me siento particularmente orgulloso del cruce que hicimos en Underground Atlanta. Dos veces, dos, logré guiarla con una habilidad prodigiosa entre docenas de tiendas sin que se detuviera a comprar nada. Es la única vez que he podido hacerlo. Pronto llegamos al parque Olímpico y de ahí, caminamos hasta un lugar con una botella de Coca Cola en la fachada. Una botella de 20 metros de alto.
Cuando se dio cuenta de dónde estábamos, se le quitó el frío.
—¡Un museo!
—El Mundo de Coca-Cola. Soy más bien parcial hacia la Pepsi, pero aquí no pienso hacerle ascos a una.
—¡¿Y qué esperamos?! ¡Vamos! —me dijo. Esta vez fue ella quien me llevó de la mano.

—Tengo sed —dijo ella.
—¿Quieres una coca?
—¿No hay algo más?
—Hay como novecientos tipos de bebidas —dijo él, revisando el refrigerador de la tiendita del aeropuerto— y creo que todos son de la coca…
—Mejor agua.
Miró el precio, suspiró, y pagó. La película ya iba como a la mitad y faltaban cuatro horas para el vuelo.

—Arcos detectores de metales. ¿Estás seguro que no estamos otra vez en el aeropuerto?
—La última vez que vine no estaban. Tampoco estaba este edificio. El museo estaba allá enfrente…
—¿Entonces esto también es nuevo para ti?
—¿Esperabas que te trajera a conocer algo que ya conocí? ¿Qué chiste tiene eso?
—O sea que sí.
—Bueno, sí, pero es porque sabía que te iba a gustar.
—En eso sí le atinaste.
—Lo sé. Tengo buenos gustos.
—Eso es evidente. Estás conmigo.
—Tus gustos, en cambio, dejan mucho qué desear…
—Cállate —me dijo, dándome una bofetada.
La primera parte de la exhibición fue decir de dónde éramos. Obvio es que nos agradecieron cuando supieron que éramos mexicanos, en parte porque somos el segundo mayor consumidor de coca cola en el mundo, pero también porque la coca cola en México sabe diferente gracias a que utilizamos azúcar de caña y no jarabe de alta fructosa. Que no es lo mismo que dicen las etiquetas, pero ¿quién soy yo para decirles lo contrario?
Entonces comenzó la visita al museo propiamente dicho. Primero botellas, latas y similares de todo el mundo (yo no sabía que se vendía coca en bolsitas de plástico con forma de botella de coca cola en El Salvador, o botellas de aluminio decoradas específicamente para restaurantes billetudos de Dubai, por ejemplo) y entonces avanzamos hasta una salita de cine. Nos presentaron un documental ensalzando las bondades de la CocaCola según la sociedad que vive en el interior de cada máquina expendedora (¿?), y al terminar, la pantalla se levantó, para darnos paso al museo propiamente dicho. Aquí podíamos visitar cada parte del museo en el orden que quisiéramos; ella optó por ver primero la fuente de sodas de 1930. Lástima que el presentador tiraba cada vaso de cocacola que preparaba. Bueno, no tanta lástima, porque todavía quedaba mucha cocacola por beber…

—¿Me traes algo de comer?
—¿Qué quieres, bodoquito?
—No sé. Algo.
—¿Pero qué?
Dos cosas, lector, este hombre debes aprender: si de una mujer la respuesta quieres conocer, los enigmas de la esfinge es más fácil entender; y si algo pretendes deducir, la pata igual vas a meter.
El médico intentó aplicar su conocimiento de fisiología al pensamiento de su señora, y el resultado fue que terminó comprando una hamburguesa de Grindhouse, la cual fue rechazada.
—Ño guta —fue la respuesta que obtuvo nuestro héroe, quien finalmente se comió la hamburguesa en cuestión.
Ella terminó comprando un bagel de queso crema y pavo de Einstein Brothers y no le habló durante media hora.

Mientras tanto, en el museo, nosotros nos empapábamos de cocacola. por dentro y por fuera. Como no puedo dejar de ser ingeniero, la atracción que más me gustó fue la embotelladora de Coca Cola que produce coca cola de verdad, aunque eso sí, a una velocidad muy reducida para que no pierdas detalle. Es también una de las pocas embotelladoras de Coca Cola en los Estados Unidos que usan botellas de vidrio. La botella también es conmemorativa, y tu entrada al museo incluye una. Lamentablemente, como la botella no cumple con las normas de la TSA para transportar en equipaje de mano, y ya habíamos documentado el equipaje, la tuvimos que tirar. Eso sí, primero nos la bebimos. Aunque muchas ganas no teníamos de bebérnosla, porque hay una sala con una pequeña cantidad de productos de la cocacola para probar: cien sabores, incluyendo sesenta y cuatro del mundo mundial. Reconocí tres: la Inka Kola, de Perú; la manzana Lift y la Ciel Aquarius, de aquí, y fui el único que probó todo lo que pudo. Claro está que después de tanta prueba hubo que pasar al baño a depositar unas muestras, pero es un pequeño precio a pagar por el privilegio de ser parte del consumismo y del imperialismo yankee.

En el aeropuerto, en cambio, el doctor y su señora se durmieron y empezaron a roncar plebeyamente en su asiento.

En el museo, la morena andaba haciendo chuza en la tienda. Me costó trabajo convencerla de que no comprara cosas que no íbamos a poder subir en el avión; sin embargo, para satisfacer su espíritu consumista, y sobre todo por el hecho de que tenía frío y se iba a poner peor el asunto en los Canadás, la convencí de que se comprara una sudadera y una camiseta. También la convencí de que se pusiera la camiseta antes de salir. Terminó con un poco de sed, y como desde la tienda ya no puedes regresar al museo, se bebió la cocacola conmemorativa que nos dieron en el camino al tren ligero. Planeado estrictamente al minuto llegamos al aeropuerto justo una hora antes de que el vuelo saliera, con tan buena suerte que encontramos un espacio de tiempo relativamente tranquilo para ir hasta nuestra terminal.

El médico dormía con la boca abierta.
Ella estaba hecha bolita contra él, también profundamente dormida.
—¿Crees que debemos despertarlos? —me preguntó ella, mientras los observábamos desde los asientos de enfrente.
—Te apuesto a que no puedes aventarle un chicle en la boca al doc.
—Va.
Falló dos veces, pero cuando le atinó y despertó al doctor, la cadena de sucesos valió la pena.
El doc se despertó y se puso a masticar el chicle, sin saber enteramente lo que pasaba. Entonces se despertó la güera, que vio a la morena con su sudadera de la cocacola, y lo primero que dijo no fue «¿Qué hora es?» ni «¿Ya llegamos?» sino un «¿Dónde compraste eso?».
—En el museo de la coca.
—¿Hay museo aquí?
—No, está en el centro.
—¿Hay museo en el centro?
—Sí.
Y entonces le dio un cachetadón guajolotero al doctor, porque no la llevó al museo, importándole más bien poco que el doc no tuviera ni la más pálida idea de la configuración geográfica del antecitado y multimentado museo, y tampoco hubiera podido asistir, porque su vuelo llegó una hora y media después del nuestro; si no hubiera sido por el cambio de horario de salida, muy probablemente hubieran perdido el vuelo. Pero no lo perdieron, y a fin de cuentas, ahí estábamos los cuatro, listos para irnos a Canadá.

Justo en ese momento nos llamaron para abordar.
Y allá fuimos.