Ida y vuelta (1)

La historia que va a desarrollarse esta semana es real. Las identidades y los detalles geográficos se han cambiado para proteger a los inocentes.

—Relájese —me dijo la médico, mientras inyectaba algo en el tubo del suero. La miré.
—Una pregunta…
—Dígame —la inyección continuó.
—¿La máscara es para que no los reconozcan si algo sale mal?
Todos se rieron.
—No, es para que no nos contagie usted de sus cosas.
—¿Me haría el favor de revisar una vez más si no es esto una operación de cambio de sexo?
—Le juro que es una cirugía de articulación coxofemoral.
—Gracias. Una última pregunta antes de caer dormido —la inyección había terminado hacía rato, pero él seguía despierto.
—Dígame.
—¿Cómo se meten los cacahuates en los M&M?
—Exactamente igual que los barcos a las botellas, con mucha paciencia.
Siguió diciendo algo, pero ya no la escuché. Un rato después, cuando desperté, el quirófano todavía estaba ahí.
—Si tiene un poco más de ese fabuloso anestésico, doctora, le estaré agradecido —creo que dije.
Los médicos se sobresaltaron. Por fortuna, el cirujano estaba terminando de dar la última puntada y estaba yo lo bastante aturdido como para no darme cuenta de que me dolía la pierna.

Ella, en cambio, se despertó y lo primero que pensó es que debía darse un baño, porque la cita en la embajada de Canadá era ese mismo día. Estaba emocionada. Todo lo que le había pasado en el año y por fin iba a recibir un merecido descanso y además a cumplir dos de sus sueños dorados: el segundo era conocer Canadá; el primero, casarse con el hombre que amaba. Se miró en el espejo. Las ojeras, el pelo maltratado, la delgadez extrema… eso quedaría atrás. Estaba radiante… ese día sería su día, sin dudarlo. Buscó en el armario las cosas que se pondría. Optó por una falda plisada negra y una blusa blanca. No hacía mucho frío y además tenía mucho que no las usaba. Se peinó el cabello en una cola de caballo severa y adusta, pero elegante, y se maquilló con discreción; ese maquillaje ligero diseñado para ocultar más que para destacar. Medias oscuras y unos zapatos de tacón bajo, negros, complementaron el atuendo. Se miró. Parecía que se iba a graduar, como hacía diez años —diez años ya— de la carrera. Tomó su bolso de mano, sus papeles, y se marchó. No iba a caminar, ni a conducir: optó por un taxi.

En el hospital él tuvo mucho tiempo para reflexionar. Es, al mismo tiempo, la ventaja y la desventaja de haber estado en cirugía: al terminar, te relajas bastante. Se puede pensar, y se puede meditar. Miró los anillos. Para él, dos rocas pequeñas. Para ella, una sola grande. Exactamente un año antes, ella le había informado que tenía cáncer de seno. Etapa III. La noticia había devastado a la pareja. Pero si ella no estaba dispuesta a claudicar en la batalla, él tampoco. Habían sido momentos muy difíciles, y parecía que los habían superado. El cabello ya estaba creciendo de nuevo, pero ambos sabían que la batalla estaba aún muy lejos de terminar. Sin embargo, necesitaban un descanso. Él sabía que ella necesitaba el descanso y olvidar sus problemas. Su plan había comenzado un año antes, pero sólo había tomado forma hacía tres días.  Ahora se preguntaba si estaba en lo correcto haciendo las cosas así. Cuando ella le llamó, diciendo que lo peor había pasado y ahora sólo restaba esperar, él ya tenía planeadas muchas cosas. El pequeño accidente no había trastocado sus planes. Al menos, no mucho. Las nevadas sí, pero tenía previsto esa contingencia. Miró una vez más los anillos. Tallas 9 y 5. La radioterapia había terminado. La quimioterapia continuó, pero ahora podía vislumbrarse una esperanza: al menos el cáncer ya no se veía.

Su plan no era secreto. ¿Cómo podría ser un secreto si requería solicitar visa? Pero los detalles estaban ofuscados de manera intencional. Sería una luna de miel que no olvidaría. Aunque no se casaran, ella y él se irían a Canadá, ¿no era cierto? La idea era irse veinte días. Eso sería auténtica vida de pareja. Si se aguantaban durante esos veinte días, aguantarían todo lo que fuera. Además, ¡qué diablos! era un viaje a Canadá, y ella no conocía Canadá. Él sí, y por eso se había encargado de hacer toda la planeación. Era curioso, porque ella siempre había sido muy ordenada; él, en cambio, era muy disperso, pero quizá por eso sus planes podían fallar y aún así arreglárselas para obtener un resultado satisfactorio. Claro que ella nunca dejaría de preguntarse si estaba tomando una buena desición, pero… Pero, qué carajos, podía darse el lujo de fallar alguna vez. El taxi hizo la parada.

—¿Así que se va de vacaciones a Canadá? —preguntó la enfermera, mientras me cambiaba el vendaje postoperatorio
—Pues sí. A ver cómo le hago. No tenía programado operarme dos semanas antes del viaje.
—Pero es usted joven, ya verá cómo se recupera pronto.
—Pues sí, pero mi cicatrización ya no es como era. Por eso terminé en quirófano.
—¿Cómo se lastimó, joven?
—Me poncharon cuatro llantas y no tenía refacción para tantas. Me reventé las grapas que tenía en el tendón al querer ponerlas.
—¿Grapas?
—Así le dice el veterinario y es fácil de recordar.
—Bueno, pues espero que esta vez no se le salten.
—Espero que esta vez sí dure. ¿Cómo ve la herida?
—Muy bien. Si se la cuida bien la cicatriz no se va a notar mucho.
—Hace diez años no se me hubiera notado nada. Pero ni modo.

—¿Ya tiene comprado el boleto de avión? —le preguntó la oficial consular, detrás del vidrio antibalas.
—No. Bueno, a lo mejor mi prometido ya compró los boletos.
—¿Su prometido?
—Sí. Me voy a casar y él me prometió que nos iríamos a visitar todo Canadá.
—¿Su novio no vino con usted?
—No. Él ya tiene la visa, y además, me dijo que hoy tenía una operación muy importante que no podía posponer.
—¿Cuándo se casa?
—En enero, el día tres.
—Bueno, pues felicidades de antemano.
—Gracias.
—Déjeme revisar algunas cosas de su solicitud. Tome asiento; yo le llamaré.

—No sabía que te ibas a Canadá —le dijo a su paciente, mientras empujaba la silla de ruedas por el pasillo. Debía hacerlo el personal de enfermería, pero ese paciente era su amigo.
—Sí, hombre. Seguro debe ser porque las grandes mentes pensamos parecido. Me estaba contando tu anestesióloga que soy casi tu último paciente del año por eso. ¿Te casas, o qué pedo?
—Sí, ya era tiempo. Y más con lo que nos ha pasado este año. Ya es justo que le de a ella una alegría. ¿Y tú?
—Yo, la verdad, me casaría si tuviera con quién.
—¿Y la muchacha con la que estabas saliendo? ¿Cómo se llama? ¿Penélope?
—Es correcto.
—Es un bonito nombre. La muchacha no está tan mal tampoco. ¿Te casas, o qué?
—No sé.
—Sí o no.
—La verdad es que no sé. O sea, por mí yo sí me casaba, y creo que ella también se anima. Lo que pasa es que hay unos problemillas de logística porque ella, técnicamente, sigue viviendo en el distrito federal.
—Ah, ya…
—Pero igual, si no nos podemos casar, pues de cualquier modo nos vamos a ir al norti, i’ñor…
—Tú ya has ido allá, ¿verdad?
—Sí. Incluso viví allá.
—¿Cómo es el frío?
—Chico, ¿has ido a los yunaites en invierno?
—Sí.
—Pues más frío. Helado. Si fueras arbolito de navidad se te caerían las esferas del frío.
—No me asustes…
—No te asusto. Te prevengo. Llévate la ropa más intolerablemente caliente que tengas y si al bajarte del avión tienes frío pídele al guía —porque supongo que vas en tour— que la primera parada sea a un centro comercial. Créeme que lo vas a necesitar.
—Enterado. Y ahora, mis recomendaciones. La primera es que no te muerdas los puntos. Si es necesario te voy a poner un cono. Y el próximo lunes ven a verme a mi consulta.
—¿Crees que el lunes estaré lo suficientemente bien como para ir a visitarte?
—No te hagas pendejo, si te ibas caminando por todo el hospital cuando te aburría tu cuarto.
—Sí, pero la madre esa para colgar el suero ayudaba.
—Te vienes con bastón y ya.
—Olrai —dijo el paciente, poniéndose de pie justo en la salida. El taxi ya estaba afuera.
—Te veo el lunes —dijo el médico, estrechando la palma del paciente.
—Es una cita, doc —replicó.

—¿Tiene usted una enfermedad que pueda representar una carga para el sistema de sanidad canadiense?
—No. Bueno, tuve. Ya no.
—¿Quiere explicarme?
—Tuve cáncer. Según mi médico está en remisión desde hace seis meses. Ayer me hice otro chequeo, y todo está bien. No ha regresado.
—¿Está curada, entonces?
—No lo sé. Con el cáncer nunca se sabe. Creo que estoy en el porcentaje más afortunado, pero no lo sé.
La oficial consular la miró. Eso explicaba tantas cosas…
El protocolo exigía que un médico certificado la revisara, pero el cáncer no era contagioso. Además, si era su última oportunidad de visitar Canadá… Quería suspirar, pero no podía darse el lujo. No frente a la solicitante.
—Necesito enviar su caso a revisión, por protocolo. Aunque no anticipo problemas, siempre y cuando la fecha de su viaje esté abierta.
—Está bien.
—Necesito tomar sus huellas y su fotografía. ¿Usa pupilentes?
—No.
—Mire a la cámara, por favor.

En casa yo me preguntaba si estábamos haciendo lo correcto. En especial porque el constante dolor en la pierna no me dejaba pensar con claridad. En esas circunstancias, agradezco la buena fortuna de verificar las fechas de los vuelos y revisar si estaban o no disponibles cambios. Mi visa canadiense todavía era válida, al igual que mi visa americana. Y las noticias del frío en Canadá no me gustaban nada. Pero soy hombre de recursos. Pocos, pero los tengo. Así que, haciendo alarde de una previsión que ya quisieran los videntes que cobran por decir sus pendejadas, moví y cancelé unos pocos vuelos una semana. Eso tuvo como consecuencia que mis vacaciones se redujeran diez días, pero también me daban tiempo para que cicatrizara mejor la operación. Y estaba yo en eso cuando me dí cuenta de que me había quitado los puntos de la piel.
—Quizá sí debí haberme puesto ese conito alrededor del cuello… —me dije en voz alta.
Hice entonces lo que cualquier persona en mi circunstancia hubiera hecho: me estiré al cajón del buró, rebusqué la kolaloka, y me pegué la herida mientras me quitaba la costura externa. Porque cuando quiero hacer algo, lo hago, o por lo menos hago mi mejor esfuerzo intentándolo.

El 16 de enero, un jueves, éramos dos parejas —de hecho éramos más, pero esta historia sólo trata de dos parejas— las que abordaban un vuelo con rumbo a Atlanta. De ahí partiríamos con rumbo a Toronto. El frío más frío ya había pasado. Ahora sólo quedaba el frío normal del invierno canadiense. Y cuando llegamos a Pearson, ellos listos para abordar un tour, nosotros listos para visitar a mis familiares, la pregunta que hice justo al salir por la puerta principal de YYZ fue «¿Alguno de ustedes sabe lo que son veinte grados bajo cero?»
Por supuesto, nadie me hizo caso de que sacaran su abrigo.
Y entonces, al abrir la puerta y penetrar el helado aire del Canadá, las opiniones fueron variadas.
—Hace un chingo de frío —dijo el recién casado.
—Brrr, qué frío —dijo su señora.
—Está haciendo un poco de fresco —dije yo.
—Estás loco —me dijo ella, metiéndose debajo de mi abrigo.
Ellos se fueron a su tour, y nosotros, al taxi. Acababa de comenzar nuestra aventura canadiense.