Río Grande (6)

Nocomah. «El errante». Así dio en llamar Ayasha («La pequeña») a Ramón Cabrera. La travesía, a pie, debía durar un mes. Llevaban ya dos, debido a la costumbre de Cabrera de revisar sus alrededores antes de inicar la travesía. Verdad era que, en una tierra sin caminos pavimentados ni GPS, con mapas primitivos, era preferible tener cuidado antes de avanzar. Además, había indios y colonos, a cual más peligroso.

La villa de Natchitoches estaba ubicada justo afuera de la villa que los indios natchitoches tenían en Louisiana. Los natchitoches le eran favorables a los franceses porque estaban en contra de los españoles, y gran parte de los indios wichita también, por las mismas razones. Era un camino peligroso, y por ello Cabrera y Ayasha tardarían apenas cuatro meses en cumplir su objetivo.
–El próximo año, cuando nosotros ya no estemos ahí, alguien más lo intentará –le contaba Nocomah a Ayasha– y tardarán un año.
Era un viaje poco común. Viajaban exactamente ocho horas, al amanecer y al atardecer. A medio día permanecían a resguardo, y Ayasha recibía instrucción escolar. En apenas dos meses Ayasha sabía más de ciencia y naturaleza que todos los bachilleres del mundo. Verdad es que su letra todavía dejaba mucho qué desear, pero mejoraría. Ya podía resolver pequeñas ecuaciones y las operaciones matemáticas básicas eran pan comido.
–Cuando termines de aprender todo lo que te enseñaré –le advertía Cabrera, mientras guardaban las cosas para continuar el viaje– tendrás la responsabilidad de guiar el Plan si algo me pasa. No tendrás que hacer mucho. Mi futuro ya no existe, y el tuyo todavía no se escribe.
La noche era para dormir, el día para aprender, la media luz para viajar. Las heridas de Ayasha se habían curado, y la chiquilla estaba dejando de ser una chiquilla. Y la aventura, algo que debía estarle vedado en razón de sexo y edad, le encantaba. Ya no estaba segura de que los dioses existieran, pero de existir, les agradecía por la llegada del Errante.
–No sé si el futuro que construya será mejor que el mío. Quizá sí. Quizá no. Pero vale la pena intentarlo. A mí no me tocará verlo. Tú apenas conocerás alguna diferencia con respecto a mis notas. Nuestros hijos y nietos sabrán si lo logramos.
El Errante podía estar loco, pero conocía tantas cosas y no se había equivocado en ninguna de ellas… que quizá tuviera razón.
–¿Cómo puedo estar segura de eso, Nocomah?
–No puedes. Yo ya no estoy seguro. Pero, si tengo razón, todo lo que leas en mis notas pasará. Hasta que cometamos un cambio muy grande y hagamos que un río, el del tiempo, cambie de curso, como una roca que cae desvía el cauce de un río.
La mitad del tiempo Ayasha no entendía de lo que hablaba el Errante. Pero no le importaba. Tenía cosas más importantes qué hacer… y todo estaba en sus notas.
El desierto dio paso a sabana, y la sabana a bosque, y el bosque a selva. Ayasha nunca había visto algo semejante. El Errante no parecía sorprendido, sino admirado. Lo escuchaba hablar en voz baja. En su tiempo, decía, eso no estaba tan bello como ahora. Mientras más se alejaban del desierto, el Errante parecía más contento. Y de pronto llegaron a una tierra llena de agua.
–Bienvenue sur le bayou, Ayasha.

Era el quince de julio de 1785 cuando Pierre Vial entró a la pequeña habitación. Ayasha estaba muy ocupada resolviendo problemas algebraicos, y Cabrera estaba muy ocupado trazando, con toda la exactitud que podía, el mapa de los vastos territorios entre Luisiana y Nuevo México.
–Bienvenue, Monseur Vial. Pardonnez mon français. Il ya bien longtemps que je ne parle pas.
–Habla usted el francés mejor que yo el español.
–No se preocupe. Yo le llevo mucha ventaja hablando español.
–Me dicen que quería usted hablar conmigo.
–Venga, por favor. Acerque esa lámpara, si es tan amable. Pero cuidado, que la pistola que trae en el cinto no se le vaya a disparar. Sería una lástima que algo le pasara justo ahora.
–¿Para qué quería verme, monsieur Cabrera?
–Tengo entendido que usted y el joven Francisco Xavier Chávez partirán en unos días para hablar con los jefes de las tribus Taovaya y Wichita. Hasta donde tengo entendido, el gobernador de Téjas se lo pidió.
–Así es.
–¿Quiere que su nombre pase a la historia? Sé que es usted un diplomático natural. Y como verá, estoy por el momento un tanto ocupado aquí. Lo que usted está viendo es un mapa, el más detallado hasta la fecha, de todo el territorio de Tejas. Si usted quiere pasar a la historia, le diré por dónde debe ir, y lo guiaré, para que usted se convierta en el primer europeo en cruzar las Grandes Llanuras de Téjas.
–¿Guiarme, usted a mí?
–Sí y no. Le proporcionaré guías que lo llevarán por el camino. Yo mismo los habré educado. Comanches. Conocen el terreno como la palma de su mano. Con mis guías usted será capaz de llegar de Santa Fe a Natchitoches en apenas dos meses.
–Imposible.
–Imposible… he escuchado tantas veces esa palabra que ha perdido sentido para mí. Hagamos lo siguiente. Usted saldrá el 23 de julio, ¿no es cierto? Ayasha y yo lo veremos allá el día 6 de agosto. Y, para hacer más interesante la apuesta, nos despediremos ese día, y saldremos al día siguiente.
–Está usted loco.
–Me lo han dicho muchas veces. ¿Acepta?
–¿Cómo sabré que no salió usted antes?
–Yo mismo lo despediré esa mañana.
–¿Cómo sé que no vendrá usted detrás nuestro?
–Porque, cuando llegue a las villas, yo ya estaré ahí. ¿Qué dice? Lo veremos aquí –puso un dedo en el mapa– saliendo desde aquí –señaló la villa– en menos tiempo que usted, porque conozco mejor el terreno.
–Los indios lo matarán.
–No lo creo. Y menos cuando hablo el idioma tan bien como usted o como Chávez. Además, porque tengo a Ayasha de mi lado.
–Una niña no garantiza nada.
–Ella es más que una niña. Creo que, en este momento, podría titularse como bachiller y ni siquiera ha terminado la instrucción primaria de donde yo vengo –sonrió socarronamente, de medio lado–. A menos, claro, que tenga usted miedo…
–Très bien. Lo veré allá.