Río Grande (5)

Cabrera se acercó a la capilla del presidio con la chiquilla comanche en brazos. El cura lo miró, incrédulo, desde la puerta.
–Necesito ayuda, padre.

–Pero, capitán…
–No diga nada, padre. Ella necesita ayuda. Ayúdeme, y yo lo ayudaré. No tengo mucho, pero quizá esto le ayude a no hacer preguntas…
Sacó un crucifijo de oro de las alforjas y se lo pasó al cura, mientras un indio –tlaxcalteca, a juzgar por el tono de piel– tomaba a la chiquilla. El cura conocía el crucifijo, sin duda, porque pertenecía a uno de los soldados que habían muerto en la batalla la noche anterior.
–Atiéndala, padre, que yo todavía tengo cuentas pendientes… volveré en la noche y nos iremos a… –estuvo a punto de decir Santa Fe– …San Antonio.
Le hizo señas a otro de los indios que estaban ahí. Fuera por la razón que fuera, quizá por el uniforme que vestía, Carmona se veía imponente y se daba a respetar.
El cura no dijo nada mientras Cabrera se alejaba.

No son ni dos mil personas, pensó Cabrera, mientras buscaba un lugar dónde conseguir un caballo. Agradeciendo profundamente el haber traído el dinero más viejo que encontró, y que en teoría no sería acuñado sino hasta dentro de dos años, Cabrera se las arregló para comprar un caballo, una mula, y comida suficiente para el viaje. No tenía sentido permanecer en Santa Fe. Necesitaba detener la catástrofe que, ahora, quedaba a más de ciento setenta años en el futuro. Habría mucho tiempo, y no estaría vivo para ver los resultados de su obra. Tampoco necesitaba estarlo. Sólo se necesitaba un pequeño e insignificante cambio en el tiempo, uno… pero necesitaba saber cuál sería el mejor. Cuando diera el golpe le bastaría saber que la historia subsecuente no había tenido lugar, reemplazada por otra. Así, miles de millones, quizá billones de vidas se salvarían en un plumazo. Debía haber muertes, pero serían menos. Lo importante es que debía alejarse de Santa Fe antes de que pusiera más en riesgo la estabilidad de la historia. No debía ser un golpe incontrolado, no: debía ser un cambio específico. Todo para que la Tierra no se viera envuelta en una guerra atómica a gran escala… y para ello primero se tenía qué asegurar que Pedro Vial negociara la paz con los comanches.

A pesar de todo, se dijo, es bueno saber que hubo una época en que Nuevo México no era una tierra inhóspita y radiactiva…

Los misioneros ya estaban enterados de lo sucedido. Cuando el resto de los soldados del regimiento regresaran, Cabrera y la chiquilla ya se habrían largado de ahí. La chiquilla era vital en su plan de emergencia… siempre y cuando en verdad fuera enero de 1785. Debía llegar a Natchitoches antes de que Vial se fuera de ahí el 23 de julio.
–Cómo carajos voy a llegar allá si no hay caminos, hay indios hostiles, y no tengo ni siquiera un mapa… —dijo entre dientes, mientras la chiquilla, con el brazo en cabestrillo, miraba al hombre blanco frente a ella.
Lo que iba a hacer, en su tiempo, sería considerado un crimen. Aquí no sabía cómo catalogarlo. Mientras comían y los sirvientes de los misioneros preparaban el caballo y la mula, Cabrera debía convencer a la chiquilla de acompañarlo.

Pero antes debía saber su nombre.