Río Grande (4)

El cuerpo le dolía. El sol estaba en lo alto, pero en el suelo había una capa de nieve. Abrió los ojos, no vio a nadie, y trató de ponerse de pie, pero el dolor lo convenció de no hacerlo. Cerró los ojos, y trató de sentir si tenía algo roto.

El aire olía aún a ozono. No reaccionaba, de eso se daba cuenta él mismo.
–Una confusión… no, una contusión, sí, una contusión cerebral… –hablaba para sí mismo.
Había caído a un lecho de río. Ese río no estaba ahí antes. Evidentemente, la tierra había cambiado. Se levantó poco a poco, y trató de ponerse de pie una vez más. Todo estaba en su lugar. Sí, había caído, pero no podía haber caído de muy alto. Los viajes en el tiempo, se dijo, siempre deparan sorpresas. Por algún lado habría un anillo enterrado, un anillo que decía W1N5T0NW45H3R3. Se preguntó si su mera presencia habría bastado para alterar el flujo del tiempo y si la historia ya sería otra. La cabeza le dolía. Prefería no pensar en esas cosas por ahora. Revisó sus cosas. Todo estaba ahí, incluido el libro electrónico y el libro en papel que se había robado de la biblioteca en el último segundo. Un poco de comida, algo de agua, y una brújula. La brújula estaba rota, por la caída, sin duda. El libro funcionaba. La fecha era la misma. No había señal de radio que actualizara el reloj; todavía no. Iba a oscurecer. Se preguntó cuánto tiempo estuvo inconsciente; se preguntó si la hora tendría sentido; se preguntó, en especial, por la fecha. Santa Fe debía estar cerca… y podría evitarla si encontraba el camino real de tierra adentro.

El estómago le gruñó. Era hora de comer, fuera la hora que fuera. Tomó la ración fresca que había preparado esa mañana (que ahora quedaba en el futuro) y comió. Sería la última vez que haría eso. Bebió agua del río a través de su purificador. En realidad, llamarle río era concederle una grandiosidad que no merecía: era más bien un arroyo. En el futuro ni siquiera eso sería. El río Bravo, en cambio, eso sí era un río. Necesitaba orientarse, y decidió caminar hacia el oeste. Si estaba en el Santa Fe, moverse al oeste lo llevaría al Bravo. Y siguiendo el Bravo llegaría al Paso del Norte, y ahí ya era más fácil pedir camino. No se le ocurrió que la distancia era enorme…

…Tampoco se le ocurrió que había comanches en las cercanías.
–Carajo… –dijo en voz alta al ver la desolación.
Se acercó. El número de muertos era elevado. Guerras tribales… no. Las guerras entre comanches y colonos habían terminado en 1786 y habían comenzado de nuevo en 1831… Pero estos eran soldados españoles.

Dos aún vivían. Se acercó a ellos; recordaba sus clases obligatorias de primeros auxilios y su entrenamiento militar obligatorio. La herida era demasiado profunda. No había nada qué hacer. El soldado lo tomó de la mano.
–Mi daga…
Tomó la daga y la empuñó.
–Hacedlo…
Adoptó acento español antiguo para preguntar:
–¿Cómo os llamáis?
–Ramón Cabrera.
–Sonrió.
–Vengaré vuestra muerte, abuelo…
El soldado lo miró a los ojos y llevó una mano a la mejilla del joven.
–Estáis tan cambiado, Ramoncín…
Cabrera empujó la daga al centro del corazón mientras su antepasado cerraba los ojos.

El otro era una chiquilla comanche. Se preguntó por qué carajos una niña estaría en el campo de batalla. Se la veía enferma, sucia y herida. El río todavía estaba cerca; necesitaría agua. Limpió la herida; la desinfectó con el kit de primeros auxilios que, por fortuna, no había sacado de la mochila; el tajo era considerable y dejaría cicatriz, pero viviría. Tendría doce años, quizá trece.
–Unha nu nakisupana?inu? –preguntó Cabrera. «¿Puedes entenderme?»
–Taibo –dijo la chiquilla. «Extraño.»
–Suficiente –dijo Cabrera, que se dedicó a curar a la chiquilla.

La noche caía, y Cabrera ya había montado un pequeño campamento. Permaneció en vela toda la noche, haciendo cálculos, cuidando a la chiquilla, enterrando cadáveres, obteniendo ropas, midiendo las estrellas, y llegando a una conclusión.

Aquello no era 1845.

Aquello era 1785.

Había llegado antes de lo planeado.