Río Bravo (3)

–No entiendo –dijo Cabrera.
Los dos hombres estaban bebiendo en las oficinas de Carmona.

–Es muy sencillo. Los dos ciclotrones generan suficientes gluinos, y posiblemente una partícula cuántica aún no descubierta, cuya fisica no es tardiónica sino taquiónica. O algo más gordo. La desintegración de esas partículas taquiónicas cambia la flecha del tiempo y la masa en la zona de influencia viaja en el tiempo y el espacio hacia atrás.
–Pero… no entiendo…
–Hoy grabamos un anillo. El anillo parecía que se iba a desintegrar. No lo hizo: se fue unos setecientos años atrás, quedó enterrado, y lo desenterré, yo mismo, sin saber qué era. No fue sino hasta que realicé todos los cálculos con todos los decimales posibles que deduje lo que había pasado y necesitaba realizar un experimento para confirmarlo. Fue este. Yo sabía que conocer el resultado podría afectar el resultado. Incertidumbre cuántica, llámela. Por eso le pedí que fuera usted quien decidiera el grabado. Confío en que sepa usted qué oferta le estoy haciendo.
–Doctor… no entiendo nada. Esto es demasiado para mí…
–Escúcheme bien. Esto es una oportunidad única. Irrepetible. Estoy hablando de cambiar el pasado y salvar a millardos de personas. A un mundo. Tuve la idea en la cabeza desde que deduje la posibilidad de revertir la flecha del tiempo.
»En nuestro mundo ha habido momentos en los que la historia ha cambiado irrepetiblemente. Y algunos pueden evitarse por pequeños detalles. Otros requieren condiciones sociales específicas. Pero, por ejemplo, está la historia de México. Hace dos años explota un reactor suberráneo afuera de Los Álamos y necesitamos usar trajes protectores para evitar la radiación en Santa Fe. Trajes que tenemos desde el bombardeo de Albuquerque. Bombardeo realizado en represalia por el bombardeo de Naome, en represalia por el bombardeo en San Antonio, en represalia por el bombardeo en Kioto, en represalia por el bombardeo en San Francisco, en represalia por la represalia etcétera. Y todos estos bombardeos nucleares se derivan del bombardeo en Hiroshima. Bombardeo que no se hubiera producido si Hirohito no hubiera bombardeado la Bahía de las Perlas y la isla de la Pasión.
»Pero estoy seguro que esto no se hubiera producido por eventos anteriores. Estoy seguro que se debe al poder que México amasó desde la Guerra de Tejas. Creo firmemente que si Santa Anna, en lugar de atacar a lo que se convertiría en la Confederación, se hubiera quedado en Tejas, la historia cambiaría mucho. México hubiera permanecido en el poder, pero no se hubiera ganado a los poderosos enemigos de la Confederación ni de la Unión, y no se hubieran aliado con Alemania, Italia y Japón en la Segunda Guerra Mundial. Sin la Segunda Guerra, no hubiéramos tenido que desarrollar la bomba atómica en Los Álamos. La guerra nuclear no se hubiera realizado. Millones de personas hubieran vivido. Y sus hijos. Y los hijos de sus hijos. Y la guerra nuclear no se hubiera expandido por todo el mundo arruinando campos y ciudades y condenándonos a esta vida absurda.
»Le estoy ofreciendo la oportunidad de viajar al pasado y corregir el presente. Pero esto está condenándome a mí a muerte. Claro que, si lo hacen bien, la paradoja será tal que no me voy a enterar. ¿Cómo, si en realidad ni siquiera voy a existir? Porque, pase lo que pase, yo estoy acabado. Si no resulta, el tamaño del experimento lo matará y yo seré condenado por asesinato. O por la sobrecarga de los reactores, que nos harán volar en un millón de pedacitos. Pero si tiene éxito, si la paradoja que crearemos no es lo bastante grande como para destruir al universo, habrá un nuevo mundo. Un mundo en el que no tendrán que batallar todos los días con la radiación. Un mundo diferente. Un mundo sano. Un mundo feliz.
–Doctor, esto es demasiado… es como salido de una novela de ciencia ficción barata.
–Quizá lo sea.
–¿Qué tengo que ver en esto?
–Todo –dijo Carmona–. Conoces la historia de México, y con tu trabajo puedes predecir los cambios en la sociedad. Te llevarás los conocimientos de toda nuestra generación. Podrás corregir el mundo. Sé que podrás porque eres una persona inteligente.
–Necesito digerir todo esto.
–Tienes una semana. Es lo que puedo darte de tiempo para juntar la energa necesaria para trasladarte 200 años en el tiempo, hasta 1835. No puedo garantizar más tiempo. Es lo que durará el mame con respecto al anuncio que voy a hacer sobre la existencia de una partícula adicional a los gluinos; una partícula que posiblemente sea taquiónica. Después de eso… nada.
–¿Y tiempo de preparación?
-Vas a tener todo el tiempo que quieras. En el pasado, no en el presente. Mis cálculos demuestran que puedo transportar noventa kilos de materia. Pesas setenta. Diez kilogramos de materiales, y listoñ un poco de margen de maniobra por tu seguridad. Una computadora lo bastante pequeña como para caber en un libro, y lo bastante p potente como para poder realizar cualquer labor que necsites. Y con una fuente de energía solar. La batería seraá un problema del cual te podrás ocupar después, tras cambiar el curso de la historia. Y deberás ser muy cuidadoso para que nadie conozca el secreto de tu conocimiento. Wikipedia no estará ahí, ¿te das cuenta?
–doctor… –dijo Cabrera, llevándose las manos a las sienes– …esto es demasiado para mí. Es que no lo creo.
–Y sólo hay una oportunidad de hacerlo. Cualquier cambio en el pasado que no nos lleve a cometer los mismos errores impedirá la creación de este laboratorio.
Los dos hombres permanecieron en silencio. Carmona sirvió los restos de la botella de licor en sus respectivas copas. Apuró pronto la suya.
–Piénsalo, por favor. Ya tienes toda la informaciónn.
Cabrera se bebió de un trago su brandy.
–Una semana, doctor. Le diré en una semana.

La conferencia de prensa estaba planeada para una hora después, pero Carmona ya estaba preparando todo. El espectáculo debía ser perfecto. Pasara lo que pasara, aquello debía ser un espectáculo digno para recordar. Sentado en una silla desvencijada, Carmona esperaba, el estómago hecho nudo por los nervios. Cinco minutos antes de que diera inicio la conferencia de prensa, un hombre entró por la puerta, con un libro en una mano y un odre con agua en la otra, vestido a la usanza del norte de México en 1830. Al verlo, Carmona lanzó un suspiro de puro alivio.

Ninguno de los dos hombres dijo nada. Carmona asintió. El joven historiador ya conocía la ruta. No se saludaron ni se despidieron. No había motivo alguno. Mientras todos estaban atentos a la conferencia de prensa, Carmona repetiría la charada de la semana anterior, con un anillo nuevo, sólo que esta vez no habría un anillo nuevo en la cámara de colisión. Estaria Ramón Cabrera, hecho bolita, rogando porque el viejo físico no se equivocara en sus cálculos sobre la equivalencia masa y energía.

Carmona sólo alcanzó a mirar cómo las cámaras de televisión mostraban a Cabrera ser convertido en polvo, implotando, y desapareciendo. Entonces todo se puso blanco, antes de poder tener la certeza de que todo había salido bien.

Un zumbido llegó a los oídos de Cabrera. De pronto todo estaba oscuro, luego se iluminó, y la cámara de colisión se transformó en un cielo azul intenso. Lo que más le dolió fue caer de dos metros de altura, en la hondonada.