Río Bravo (2)

Era un cubículo estrecho, donde se hacía la mayor parte de las pruebas rápidas de metalurgia. La encargada, una estudiante de posgrado, miró a los dos hombres pero sin verlos.

–Doctora –dijo el doctor Carmona–, le ruego, por favor, que realice el grabado en el anillo, como quedamos.
–¿Qué debe decir este anillo?
–No se me ocurrió nada más –dijo Cabrera– que una combinación de letras y números que sea difícil de duplicar al azar. «W 1 N 5 T 0 N W 4 5 H 3 R 3».
–Hecho.
La muchacha tomó el anillo de platino, y con una grabadora de diamante escribió la serie de caracteres. Limpió el anillo y se lo pasó a Carmona. Un trabajo impecable.
–Ahora, doctora, me encantaría que pudiera limpiar éste otro.
–¿Dónde lo consiguió?
–Lo desenterré cuando excavamos para construir la cámara de impacto. Debe tener cerca de setecientos años.
–Será una pena quitarle toda la pátina, doctor.
–Lo sé, pero es muy importante que lo haga. Ya le expliqué las razones…
–Sí, pero aún así… Está bien.
–Gracias. Regresaremos en media hora. No es necesario que quede perfecto. Un trabajo preliminar basta, pero firmemente creo que es platino.
–No puede ser…
–Y sin embargo estoy seguro. Llámelo una corazonada. Hágalo y bailaré con usted el día de su boda.
Ella sonrió.
–Está bien, doctor.
–Gracias, doctora. Y ahora, si nos disculpa, tenemos un poco de trabajo todavía.
Carmona salió, casi arrastrando a Cabrera. Examinaba el anillo recién grabado.
–¿Puedo preguntar a dónde vamos, doctor? –preguntó Cabrera.
–Claro. Vamos a la cámara de impacto. Debemos colocar este anillo en el punto de impacto.

El anillo fue colocado en un pequeño soporte y cuidadosamente calibrado por un pequeño robot. El punto de impacto de los dos chorros de gluinos debía impactar al mismo tiempo al anillo por todos lados. Satisfecho, Carmona hizo que el robot se retirara, y pronto empezó el proceso por el cual los dos enormes ciclotrones generarían suficiente energía como para crear un hoyo negro de bolsillo.
–Déjeme explicarle a grandes rasgos, doctor, lo que sucederá. Primero, cargaremos suficiente energía como para alimentar a todo el país en cada uno de los ciclotrones. Segundo, usaremos dicha energía para generar gluinos. Tercero, enviaremos los chorros a la cámara de choque. Cuarto, revisaremos si en la cámara de choque los gluinos son capaces de formar nueva materia… o pueden desintegrar la existente. Esto es fundamental en mi investigación, doctor.
–Me temo que no entiendo.
Carmona presionó el botón de inicio. Un zumbido llenó el ambiente, mientras cientos de monitores se encendían y los enormes electromagnetos se calentaban.
–Hice este experimento hace exactamente cien días. En ese momento , como una broma pesada, mis colegas colocaron un lápiz en el punto de impacto. Imagine nuestra sorpresa cuando el lápiz desapareció sin dejar rastro. Pero más interesante fue que sí pude seguirle el rastro.
Los monitores empezaron a capturar datos.
–Si usted observa, hay energía que se captura en los sensores. Esto sólo sucede cuando hay un contaminante en la cámara. El resto del tiempo los sensores sólo registran información después del choque. Esto es parte fundamental de mi teoría: no es que los gluinos desintegren la materia, removiendo su campo intrínseco, sino que los gluinos la haen viajar en el tiempo. No hacia adelante, que sería lo más fácil, sino hacia atrás. La energía que empieza a recibirse es justo la energía que hace falta en las capturas de datos posteriores a la colisión.
En ese momento las paredes temblaron, y el anillo desapareció. Los datos de las pantallas eran un galimatías de información.
–Ahora, por favor, acompáñeme a revisar el anillo que acabamos de dejar limpiando.
–Me temo que estoy perdido, doctor.
–Mire, quizá esto le aclare las ideas.
Le alargó un lápiz, frágil por el tiempo que estuvo enterrado.
–Este lápiz lo encontré junto al anillo que dejamos limpiando. Salvo por la edad, es igual al lápiz que pusieron mis colegas. Porque es el mismo lápiz: lo excavé cuando construímos el doble ciclotrón.
–No entiendo.
–El anillo que mandé limpiar lo excavé al mismo tiempo. Según un geólogo, debía tener al menos setecientos años enterrado: es de antes de la llegada de Hernán Cortés a México. Estoy seguro que es de acero inoxidable, talla nueve, y con un grabado, porque así lo mostró un escaneo de rayos equis. Hasta hoy no sabía qué decía el grabado.
–Ah, doctor –dijo la estudiante de posgrado– el anillo ya casi está listo.
–¿Qué dice el anillo, querida?
–Veamos… –dijo la chica, sacando el anillo de la solución limpiadora y viendo el grabado. El anillo cayó al suelo. La chica miró al físico con la boca abierta.
Cabrera tomó el anillo del suelo. Era, sin duda, el anillo que Carmona había mandado limpiar. Un anillo de setecientos años. ¿Por qué, entonces, el anillo decía «Winston Was Here» en una mezcla de números y letras?

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