Río Bravo (1)

La ficha permanecía verde mientras caminaba por los terrenos de la universidad. Eso era bueno, porque hacía un poco de viento, y los vientos del desierto tendían a arrastrar polvo radiactivo a Santa Fe.

Su traje tampoco era de protección extensiva. Era el modelo ligero y desechable que se utilizaba para salir de un edificio y acudir a otro. Si la ficha permanecía verde, no era necesario ni siquiera descontaminarse. Llegó al edificio sin novedad, y miró al desierto. Al menos, se dijo, no era como el Altiplano. Alguna vez el Altiplano había sido la Ciudad de México y era ahora una masa informe de arcilla radiactiva, absolutamente letal. Cerró la puerta, esperó a que el contador registrara cambios, y se quitó el traje. Un día más, pensó, en la Comisión de Energía Nuclear.

Sus anteojos comenzaron a registrar las novedades del día. Un mensaje del doctor Carmona atrajo su atención: solicitaba reunirse con él cuando terminara sus actividades del día. El historiador se quedó pensando en la razón por la cual el físico querría reunirse con él. Vaya, no es como si tuvieran actividades similares; su función ahí, después de todo, era más la de un bibliotecario glorificado que sabía interpretar los garabatos de brillantes físicos del pasado, un pasado de antes de la guerra nuclear que había costado tantas y tantas vidas humanas. El mundo se había vuelto un lugar peligroso en la superficie y pasarían miles de años antes de que la tierra volviera a dar vida, en lugar de quitarla.

El historiador terminó su trabajo, bebió un poco de agua de Jabra, y se dirigió al despacho de Carmona. El laberinto de oficinas subterráneas era su mundo, y estaba a gusto con él. Llegó en poco tiempo y pulsó el anunciador.
–Pase –escuchó mientras la puerta se abría. Adentro todo estaba oscuro.
–Doctor… –dijo Cabrera, con una mezcla de respeto y miedo. Un premio Nobel de física no todos los días pedía una reunión con un historiador.
–Cabrera, gracias por venir. ¿Tiene usted tiempo de escuchar una propuesta que es una locura, y al mismo tiempo, terriblemente atractiva?
–No entiendo…
–Lo entenderá a su debido tiempo. Antes permítame darle unas clasesitas de fisica.
La luz se apagó, y un proyector llenó tres paredes y el techo de la oficina.
–Dígame, doctor Cabrera, ¿Qué ve usted aquí?
El historiador examinó cuidadosamente lo proyectado. Sus anteojos interactuaban con la imagen proyectada, pero había un exceso de información. Tardó unos segundos en darse cuenta de lo que veía.
–Es una línea de tiempo. Una cronología detallada, muy detallada, de la historia de México.
–Es correcto, doctor. ¿Qué más?
–Hay simbología que no entiendo, pero me parece que se refiere a líneas de tiempo alternativas.
–Así es.
–¿Estudia usted psicohistoria, doctor?
–No exactamente. Pero parte de las ecuaciones que utilizo en física cuántica se aplican a grandes grupos humanos. La incertidumbre es casi la misma, y me pregunté por qué. No lo he averiguado, ni pretendo hacerlo, pero hubo un resultado en uno de mis experimentos que me llevó a buscar la ayuda de algunos estudiantes de posgrado en historia, específicamente en psicohistoria. Esto lo hizo uno de sus muchachos, me parece. Un joven talentoso, Carlos Belascoarán.
–¿Pero qué tiene que ver esto con la fisica cuántica?
–En un instante. Antes que nada, ¿gusta una copa? Tengo brandy, auténtico brandy, de antes de la guerra. Cuesta una fortuna y he decidido destaparla hoy y beberla con un amigo. Con uno sólo.

Carmona sirvió las dos copas. Cabrera aspiró con deleite. No bebía alcohol, pero por aquello estaba dispuesto a hacer una excepción. El primer trago se sintió como fuego en su garganta, pero luego la agradable sensación que siguió contrarrestó los efectos negativos. Carmona se quedó mirando su copa vacía.
–Años, años sin beber algo tan bueno como ésto. Lo voy a extrañar.
–¿A extrañar?
–Luego le cuento… primero lo primero. ¿Ha estado usted alguna vez en el Doble Colisionador de Gluinos, doctor?
–No. Nunca.
–¿Le gustaría acompañarme? Voy a hacer un pequeño experimento.
–Será un honor.
–Excelente. Ahora, antes de irnos, vea esto.
–Es… un anillo.
–Es el anillo que voy a usar en el experimento. Observe usted que es nuevo. Lo acabo de pedir. Es platino. Me costó una pequeña fortuna. Le ruego que piense usted en una frase pequeña en lo que llegamos con una de mis estudiantes. Ella grabará esa frase en el anillo.
Carmona tomó el anillo y salió de su oficina. Cabrera, confundido, lo siguió. La puerta se cerró automáticamente.