Tres-en-uno

Autor: Guillermo Ruiz

Ah, recuerdo claramente ese día. Fue, quizá, mi momento de gloria. También fue cuando me decidí a dar el siguiente paso. Pero quizá deba comenzar mi historia desde el principio.

Podría decir que todo comenzó cuando decidí jugar al rugby, pero no. La verdad todo comenzó cuando me atreví a pedirle a nuestra doctora que saliera conmigo. Eso fue más o menos en la fecha tres. Había salido yo del juego por un golpe. No recuerdo claramente el golpe, debo admitirlo. Lo único que recuerdo es que Satán venía de frente, y yo seguí de frente, y logré que soltara el balón justo antes de estamparme contra él. Lo siguiente que recuerdo es que abrí los ojos y ahí estaba ella. La miré directamente a los ojos, y dije algo similar a «Me morí y estoy en el cielo, ¿verdad?» Me avergüenza decirlo, pero aunque ella ya era nuestra doctora desde quizá unas dos temporadas, nunca la había visto como una chica. Era parte del equipo, y nunca me había fijado en ella. Después de todo, cuando la veía solía ser por razones médicas bastante urgentes.

Así que ese día me fijé en que ella, además de ser nuestra doctora, también era una chica. Sí, se puede ser bastante idiota a veces, y más cuando eres un jugador de rugby amateur. Pero yo, cuando me decido a hacer una cosa, la hago. Estaba en la banca, porque el coach no me dejó regresar al juego, y le pregunté a Diana si querría salir conmigo alguna vez. Así, de huevos. Y Diana me dijo que si no era la contusión la que me hacía hablar, lo pensaría. Yo, la verdad, no me acuerdo del resto del juego. Estaba más bien ocupado pensando qué hacer para convencerla.

A la siguiente semana volví a jugar, ganamos, y al finalizar el partido le dije que si quería salir conmigo. Ella me sonrió y me limpió la herida que tenía en la frente. Dos semanas después, volví a repetir la pregunta. Y así estuve hasta que llegamos a última fecha. Cuando ganamos, la persona que yo busqué entre la multitud fue a Diana, y la abracé y la besé frente a todos. Le dije entonces que al día siguiente la llevaría a cenar, lo quisiera o no. Y ella aceptó. Yo respiré aliviado y los dos nos unimos a la fiesta. Pero ese no fue mi momento de gloria. No. Mi más grande éxito fue después de haber ganado el campeonato.

Black and Blues contra Diablos. Éramos el rival más débil. Digo, Diablos tenía un presupuesto de poca madre, canchas empastadas, entrenamiento militarizado, viajes, autobuses de lujo para viajar, uniformes de primera calidad… Nosotros, en cambio, teníamos (y tenemos) camisas de las baratas, entrenamos en canchas de tierra, viajamos en un camión de redilas esperando que no nos agarre la policía… un poco más amateurs y no hubiéramos tenido dinero para pagarle a Diana su plaza como médico del equipo. Obvio es que, cuando llegamos a la final, éramos el equipo sorpresa.

Más que un partido, fue una masacre. Me tocó ser el uno, como siempre. Nada más ver al tres del otro equipo (Satán, mi eterno rival) supe que estaríamos en problemas: se tocó la ceja justo donde se veía la cicatriz que le hice en aquel partido donde lo detuve y robé el balón para mi equipo a cambio de una contusión. Yo me toqué el bigote. Me había dejado el bigote para ocultar que ese mismo partido me había reventado el labio, pero al contrario que a él, a mí no me había quedado ninguna cicatriz — pero igual me dejé el bigote. La mirada de odio que me dedicó no la he olvidado. Así que hice lo que cualquiera en mi lugar hubiera hecho: Me erguí cuan alto soy y golpeé tres veces mi pecho a la altura del corazón. El asintió. Así sellamos el destino del partido.

El árbitro hizo sonar el silbato, los Diablos patearon, Manzano recibió, y allá va el pendejo del Ruiz a recibir el balón y abrir espacio en las líneas enemigas. El primer ataque de Satán me permitió torearlo. Hice que tragara pasto y seguí corriendo hasta estamparme contra Cebú, el otro pilar de los Diablos. Pero eso le dio espacio a Reyes para recibir el balón a lo lejos y correr hacia la línea de try. No habían pasado ni treinta segundos y ya íbamos ganando cinco a cero. Manzano tomó el balón y lo pateó para conversión. El balón hizo un arco perfecto y pasó justo al centro de los dos palos. Una patada perfecta. La multitud se volvió loca.

Y el partido continuó. A los diez minutos del primer tiempo por fin Satán me cazó y me hizo morder el suelo. Nos pusimos de pie, y el árbitro se acercó, listo para sacar tarjetas rojas si fuera necesario. En su lugar, mastiqué el suelo y el pasto y me lo tragué mientras miraba a Satán directo a los ojos. No impidió que Diablos marcara un try, pero sí hizo maravillas por la moral de Black and Blues. «He ahí un hombre que no le teme a nada: un auténtico pendejo» se diría por muchos meses después. Faltaban treinta segundos para que terminara la primera mitad cuando me llegó el balón. No soy corredor. No es mi trabajo. Pero tomé el balón y comencé a avanzar por la banda a toda velocidad. Corrí como poseído. Al final vi a Satán y a Cebú. Iban a planchar a cualquiera que se acercara a la línea de try. Se necesitaba estar loco para intentarlo. Pues vamos, me dije. Dos metros antes de que me alcanzaran pateé el balón por encima suyo. Ellos se lanzaron para taclearme y yo me lancé por encima de ellos. El par se golpeó, duro, muy duro, y yo logré recuperar el balón con la esquinita de las uñas y plancharlo en el área de gol. Otra conversión exitosa de Manzano y terminamos ganando por un punto el primer tiempo. El árbitro silbó el fin de la primera mitad.

No recuerdo exactamente qué pasó en el medio tiempo. Sé que el coach nos hizo observaciones, nos regañó (curioso, porque casi nunca hablaba en un juego) y nos mandó de regreso al campo. Moví la cabeza para desentumir los músculos del cuello y escuché tronar las vértebras. Satán y Cebú me miraron con ojos de odio y frentes vendadas. Vive dios, me dije, que de aquí, si salgo vivo, no será sano y quizá ni siquiera entero.

Empezó el segundo tiempo. Ahora sólo nos faltaba un punto para superar a Diablos. Y allá va el Ruiz. Me toca recibir el balón y correr. Cebú y Satán me marcan de cerca. Nadie marca a Reyes. Pateo, Reyes corre, recupera el balón, y vuela hacia el in-goal. Try. Fue como repetir la primer jugada del primer tiempo. Llevamos ahora cuatro puntos de ventaja. Manzano convierte; yo no puedo ya con la presión, y además, la cadera me esta matando, pero no voy a dejar que se me note. Seis. Satán y Cebú acrecentan la presión, y yo hago que mis compañeros me pasen el balón. Los estoy cansando. Pero la defensa de Diablos está mejor organizada que la ofensiva de Black and Blues, y no logramos llegar a la línea de try. Opto por lo más sencillo: pateo a gol. Tres puntos extras. Ahora son nueve.

Satán y Cebú se dan cuenta de que no soy el equipo. Deciden machacar a mis compañeros. El partido ha sido muy duro, y Reyes y Manzano son enviados fuera por lesión; Satán y Cebú son enviados fuera por juego sucio. Sus compañeros, sin embargo, aprovecharon las lesiones y nos metieron dos drops y un try. Se agotan los cambios y el tiempo. A dos minutos del final la ventaja de Diablos es de apenas tres puntos. Un try. Sólo un try. O dos drops. Podemos hacerlo. Estoy cansado. Veo rojo. Mi ceja está abierta, y no fue Satán. El árbitro me manda a la caja de sangre. Diana me ve, y puedo ver la preocupación en su rostro. Estoy seguro que me veía como un cristo vestido en una camisa de cuadros negros y azules. Sin decir nada tomo un puñado de vaselina y la embarro en la ceja. Diana aprieta fuertemente los labios y me venda la frente.

Han terminado las tarjetas amarillas de Satán y Cebú, y los tres entramos cuando falta menos de un minuto en el cronómetro, más el tiempo de reposición. Tres puntos es la diferencia. Y entonces Satán y Cebú logran abrir espacio entre mis compañeros y se las arreglan para patear a gol. Seis puntos. Veo a Satan. Veo a Cebú. Veo a mi equipo. Manzano está en la banca, con hielo en la rodilla. Reyes está en la banca, con un brazo en cabestrillo. Ahí está mi fullback, mi tocayo, detrás mío, con su número 15. Lo veo. Me ve. No necesitamos intercambiar palabras. Ambos sabemos lo que vamos a hacer. Recibo el balón. Corro hacia el frente. Pase. Pase. Pase. Pase. Memo lo recibe. Adelanta lo más que puede, hasta sobrepasarme. Puedo ver a Satán y a Cebú que corren contra él. Ya terminó el tiempo regular. El árbitro grita «Última jugada». Seis puntos de diferencia. Memo patea lo más alto y fuerte que puede. Un drop de tres puntos no nos sirve. No hay tiempo para dos drops. Tiene que ser un try y convertir. Corro como si me persiguiera el Ánima de Sayula. Cebú y Satán comprenden demasiado tarde lo que voy a hacer. Samuel recibe el balón a cinco metros de la línea de try y lo plancha el fullback de Diablos. Logro robar el balón. Grito desde el fondo de mis pulmones y brinco por encima de los muchachos. Estoy a un metro de la línea cuando Satán y Cebú me taclean por detrás.

El árbitro trae el silbato en la boca…

Los demás jugadores de Diablos caen encima mío.

El estadio está en completo silencio.

Uno a uno los Diablos se retiran de mí. Satán y Cebú son los últimos, y no lo hacen hasta que el árbitro no les ordena que lo hagan. Por fin puedo respirar. Tengo los brazos debajo del cuerpo. El balón no está a la vista. ¿Cómo iba a estarlo, si estaba debajo de mí, y no soy precisamente un hombre pequeño? El árbitro me pregunta si puedo levantarme. Le pregunto si ya ha marcado el try. Me dice que lo hará en cuanto vea el balón. Extiendo los brazos y me levanto, haciendo una lagartija. El balón está aún debajo de mis manos. El árbitro silba y hace la señal de try. Un try. Cinco puntos. El estadio estalla en júbilo. Incluso los Diablos celebran mi try. Ahora no podemos más que hacer la conversión y finalizar el partido. O anotamos esos dos puntos, o perdemos. La gloria depende de una patada de dos puntos. Mi pateador está en la banca…

Me puse de pie, grité, y tomé el balón. No era yo pateador, pero me sentía en la cima de mi carrera. Y en realidad lo estaba. Me dirigí a la línea de 22 metros. Puse el balón en el soporte. Conté tres pasos atrás, dos pasos a la izquierda. Ahí estaba la hache. Ahí estaban Cebú y Satán. Los dos sangraban. Yo sangraba. Los miré. Los Diablos estaban detrás de la línea de try. Los Black and Blues estaban detrás mío, haciendo una valla. Estaban listos para machacar a quien se atreviera a tratar de bloquear mi patada. Todo dependía de mí. Corrí hacia el balón. Nunca podré olvidar el dolor en la cadera. Sentí que algo se rompía. Grité como si me hubieran marcado a fuego.

El balón describió un vuelo horrible por el aire. Iba girando sin control cuando caí de espalda en el pasto. Me forcé a abrir los ojos y a ver el balón. Alcancé a ver que golpeaba uno de los postes. El sonido metálico aún zumbaba en mis oídos cuando los dos abanderados señalaron que el balón había entrado. El árbitro hizo sonar el silbato. Yo había ganado el juego con la conversión más horrible de la historia del rugby.

Me puse de pie, a pesar del dolor, y abracé y besé a Diana frente a todos. Pero ese no fue mi momento de gloria. No llegó cuando levanté la copa que significaba que habíamos ascendido de división. Tampoco cuando Satán y Cebú se acercaron para darme la mano al final del partido. «Bien hecho», dicen. Incluso pagaron una ronda cada uno en la celebración del campeonato. No: ninguno de esos fue mi momento de gloria.

Pero mi momento de gloria llegó esa misma noche.

Había sido yo el jugador más castigado por el juego rudo de los Diablos y preferí retirarme temprano. Las costillas me dolían, las articulaciones me mataban, y podía guardar monedas en la abertura de mi ceja. Diana se encargó de llevarme a mi casa. Cuando abrí la puerta me encogí de dolor, y Diana, preocupada, me ordenó acostarme en la cama para examinarme. Mi cuerpo estaba tapizado de los moretones que habían dado nombre al equipo. Diana revisaba mi botiquín de baño.
—¿Tienes aceite? Quiero darte un masaje.
—¿Aceite? Sí, en la repisa de abajo, junto a mi caja de herramientas.
—Aquí sólo hay Tres-En-Uno.
Me giré y la vi a los ojos, con cara seria.
—Es lo que usamos los verdaderos hombres, nena.

Mi momento de gloria.